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30 años después, Chile busca derribar su propio Muro de Berlín

Mientras el Muro de Berlín caía en 1989, Chile iniciaba una transición a la democracia que prometía a sus ciudadanos las fantasías del modelo neoliberal. En diálogo con Sputnik, el dirigente comunista Camilo Sánchez explicó cómo los jóvenes chilenos de hoy están tirando otro paradigma: el del «laboratorio» neoliberal.

La caída del Muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989, fue interpretada internacionalmente como una victoria del capitalismo sobre cualquier otro tipo de modelo alternativo. América Latina no fue la excepción y la época coincidió con el inicio de una década caracterizada por gobiernos que aplicaron políticas neoliberales a ultranza.

En Chile, ese proceso se dio a la perfección. En 1989, y tras la derrota de Augusto Pinochet en el plebiscito de 1988, la dictadura ya había ingresado en un período de transición que permitiría retornar a la democracia a partir de 1990.

El Partido Comunista de Chile, que estuvo en la clandestinidad durante toda la dictadura, siguió proscripto hasta 1990 y debió sumarse a las coaliciones de centroizquierda que apoyaban la candidatura de Patricio Aylwin, que acabaría siendo el primer presidente tras el regreso a la democracia. Si bien se trataría de un Gobierno de corte socialdemócrata, la caída del Muro de Berlín había consolidado la idea de que un modelo económico alternativo no sería viable en el país.

Para Camilo Sánchez, actual presidente de las Juventudes Comunistas de Chile, la caída del muro tuvo una fuerte repercusión en el proceso de «transición política y económica» que experimentó su país a partir de 1990 en el que, consideró, Chile fue «utilizado como laboratorio» del modelo neoliberal que ganaba terreno en el continente.

«Nos dijeron que esto iba a durar para siempre, que se había conseguido aquel sitial de la sociedad que se había buscado por milenios y que la estabilidad y el progreso era lo único que venía hacia adelante», señaló Sánchez.

Aquella promesa de prosperidad, sostuvo, «escondía la realidad que se iba madurando dentro del pueblo chileno de rabia, indignación y desigualdad extrema».

Treinta años después de aquel hito, Sánchez apuntó que Chile vuelve a vivir «un momento de inflexión» surgido a partir de «una situación de crisis completa del modelo neoliberal». Para el dirigente, la situación actual «derriba ese discurso de que la sociedad neoliberal, la expresión capitalista, iba a permanecer incólume y que podía desarrollar el progreso humano de forma permanente y ascendente».

A su juicio, que el estallido social se haya dado en 2019 no es casual sino el fruto de la evolución de movimientos sociales, como el que reclamó cambios en el sistema educativo en 2011 y logró «la apertura de debates que estaban vetados en Chile».

Uno de los mayores cambios fue, apuntó, el quiebre del «sistema bipartidista que no permitía que terceras fuerzas políticas o sectores que planteaban alternativas al modelo tuvieran su expresión política». El Partido Comunista de Chile, por ejemplo, recién logró tener diputados en el Congreso en el año 2009, tras un acuerdo con la Concertación, la coalición de centroizquierda que gobernaba el país desde el final de la dictadura.

Sánchez dijo que, a esa nueva posibilidad de debate, se sumó el hecho de que «la desigualdad ya no puede ser escondida», ya que la institucionalidad chilena «no ha dado el ancho para resolver cuestiones que tienen antigüedad y también crudeza».

«Estos no son los 30 pesos del metro, son los 30 años de transición que no han permitido resultados positivos para una inmensa mayoría», sintetizó.

Sánchez remarcó que a los chilenos «les han vendido el cuento del progreso pero en sus casas sus familias no lo han podido ver». En ese contexto, incluso el acceso a mejores servicios o a niveles más altos de educación no redundó en una mejor calidad de vida, afirmó el dirigente, sino en «más endeudamiento» para las familias.

Si bien las movilizaciones actuales tienen un carácter mayoritariamente espontáneo, Sánchez considera que el Partido Comunista y sus juventudes también pueden ser consideradas «protagonistas» del movimiento.

«Nos sentimos protagonistas no porque lo hayamos digitado o lo conduzcamos sino porque siempre hemos considerado que el levantamiento de la juventud era lo que iba a impedir que la agenda antiderechos del Gobierno se abriera paso», enfatizó.

Para Sánchez, «la juventud chilena nos ha alimentado la esperanza a las organizaciones políticas que tenemos el sueño de transformaciones radicales en esta sociedad».

El presidente de las Juventudes Comunistas aseguró que esa esperanza que proviene de los jóvenes «es la demostración más clara de que el consenso neoliberal no existe».

Sputnik

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