El As en la manga

Se diría que Alberto Fernández deberá gobernar para todos, fundamentalmente porque el fascismo vuelve a ser opción en América Latina y al fascismo se lo enfrenta con éxito  -la historia lo demuestra- sólo cuando se le opone la más amplia unidad democrática.

Por Juan Chaneton*

*jchaneton022@gmail.com

El neoliberalismo ha quedado al desnudo exhibiendo su falta: políticas que mejoren la calidad de vida de los pueblos. La patraña del «déficit fiscal» expone a la luz del escrutinio público, su método: precarizar la salud y la educación, suprimir los «costos» laborales (el salario) y expulsar hacia la nada a trabajadores estatales y ajustar el sistema previsional, todo ello buscando un presunto superávit fiscal que, en el largo plazo, permitiría la inclusión de todo lo que destruyeron antes. Es el discurso encubridor que encubre lo indecible: piensan que siempre habrá pobres, que ellos nunca serán los pobres y que si los pobres optan por la insurgencia se los reprime y, en el límite, habrá que plantearse la eliminación de la población sobrante.

Estados Unidos  -que «se había ido» de Latinoamérica hacia regiones más calientes del mundo- está de vuelta. En realidad, nunca se había ido y ahora recoge el fruto de una siembra paciente y a largo plazo. Se trata del retorno de lo mismo pero a una escala superior del desarrollo histórico que, por ello, por tratarse de una etapa nueva y posterior de los asuntos sociales de nuestra región, viene con la marca que establece la diferencia respecto del pasado inmediato: el golpe de Estado y la violencia fascista constituyen, ahora, el modus operandi.

No estamos diciendo lo mismo que hemos  visto u oído por ahí  acerca de que los golpes de Estado ahora se perpetran con un disimulo que no existía antes. Eso es pura apariencia. En realidad, no es así porque no se trata del mismo fenómeno. En el fondo de las cosas subyace la diferencia entre fascismo y dictadura.

Los golpes de Estado del siglo XX no difieren de los actuales en su naturaleza de clase. Ambos se proponen asegurar la hegemonía de un bloque social abortando la contestación que, contra esa hegemonía, brota en el seno mismo de la sociedad civil. Pero aquellos golpes acontecían en forma de militarización transitoria del Estado con miras a restituir en el futuro las formas democráticas, que no habían servido para impedir la emergencia de opciones políticas que, con variantes, eran percibidas, todas ellas, como funcionales a un «comunismo» que gobernaba una mitad del mundo en el marco de la bipolaridad.

Que esas dictaduras se eternizaran luego en el gobierno del Estado no era otra cosa que la perversión del propio «modelo» jurídico político dictatorial pensado para hacer frente, en el continente, a dicha amenaza y que, aun como perversión, no implicaba riesgos ni costos políticos para la potencia que los había gestado y los financiaba y  apoyaba como propios.

La dinámica del enfrentamiento en la escala global entre Estados Unidos y la URSS fue dejando rezagada a esta última potencia sobre todo en materia económica, y esto convenció a la dirigencia estadounidense de que podía ganar la pugna con el bando comunista.

El diseño geoestratégico de la dupla Carter-Brzezinski pasó a incluir, como núcleo de ese programa ideológico con el cual se disponían a una suerte de batalla final contra el comunismo, unos valores fincados en la democracia y los derechos humanos, ámbitos en los que -se suponía-  el campo adversario era deficitario.

El apoyo a las criminales dictaduras que habían asolado la región latinoamericana como delegaciones locales de la potencia hegemónica, les fue quitado, una a una, de modo que estas dictaduras llegaron a su final en una dinámica de dominó, esto es, cayendo una tras otra en un lapso relativamente breve.

La democracia y los derechos humanos fueron el programa y la bandera que, a partir de ahora, los Estados Unidos izaron por todo el mundo, no sólo en América Latina. Las democracias parlamentarias sucedieron a las dictaduras como la forma de Estado prohijada y apoyada por los Estados Unidos. Mientras que, al amparo de esas  banderas, Estados Unidos y Europa veían difuminarse lo que hasta hacía muy poco parecía ser un campo comunista consolidado, hermético, competitivo y, por sobre todo, enemigo. La caída del muro de Berlín y la implosión de la URSS simbolizaban el éxito de una ofensiva política e ideológica.

La ironía fue que ese programa democrático y humanista (que había servido muy bien, incluso, para sellar la derrota de las experiencias armadas de esa época en América Latina) era tomado ahora y hecho propio por fuerzas sociales y políticas de la sociedad civil que, organizadas en partidos, o en frentes, o en movimientos, pasaban a disputar el control del Estado en el terreno electoral y, lo que resultaba ciertamente novedoso, ganaban, y lo hacían con programas nacionales y populares frontalmente reñidos con las necesidades y deseos de la potencia hegemónica que, poco a poco, pasaba a instituirse como uno de los polos de la nueva contradicción principal que, a nivel global, la enfrentaba con las nuevas potencias emergentes, Rusia y China.

El escenario que se fue configurando en el continente latinoamericano comenzó a ser, paulatinamente, desfavorable para unos Estados Unidos a los que, ahora, la democracia y los derechos humanos se le habían vuelto en contra y ya no les resultaba un programa  funcional para enfrentar esa especie de «nueva amenaza» que asomaba en países grandes y ricos como, por caso, Venezuela, Brasil y Argentina, pero también en otros, más pequeños, pero no por ello menos importantes en términos geopolíticos y geoestratégicos: Nicaragua, Honduras, Paraguay, Ecuador, Bolivia, Uruguay.

Estados Unidos, así, ha podido lidiar contra los procesos nacional-soberanistas de la región, pero  ha tenido que hacerlo al precio de bastardear y desprestigiar lo que antes le había servido como programa moral, aquí y en otras partes del mundo. El Estado de derecho, la división de poderes y las elecciones devinieron obstáculos en simetria precisa con lo que empezó a ocurrir en el plano global con los Estados-Nación: éstos devenían estorbos para los flujos transnacionalizados, mientras que tanta legalidad constitucional impedía ahora planes desestabilizadores contra los procesos soberanistas.

La fracasada política imperial en Venezuela y la torpe ilegalidad con que  -en Ecuador, Brasil y Bolivia-  Washington ha gestionado el conflicto están expresando una carencia de políticas para enfrentar lo impensado, al tiempo que explican el surgimiento de nuevos conceptos denotativos de lo que ocurre: la persecución judicial de opositores a través del llamado lawfare.

Esta es la pregunta hoy: ¿quién aprovechará mejor las posiblidades que ofrece el orden jurídico formal demoliberal, la derecha con el lawfare o el progresismo y la izquierda aceptando las reglas y participando en elecciones? ¿Quién realizará mejor sus intereses históricos dentro de tal marco institucional? No importa hoy la respuesta. La pregunta es lo central.

Es decir, que ya no se trata de las dictaduras de antaño. Tampoco se trata de golpes de Estado  que sólo diferirían de aquéllas en el «disimulo» al que se ve obligado ahora el imperio. Las cosas ocurren de un modo más complejo, pero no por ello menos asequibles. Se trata  -decíamos más  arriba-  de la diferencia conceptual entre fascismo y dictadura  o, dicho a la inversa, de la diferencia entre aquellas dictaduras  del siglo XX y este fascismo criollo del siglo XXI.

Las dictaduras del siglo XX no tenían objeción de principios a la institucionalidad demoliberal; sólo la suprimían «transitoriamente» hasta que un sedicente «reordenamiento» de la sociedad y del Estado permitiese el llamado a nuevas elecciones.

Los procesos de fascistización en curso hoy en América Latina, en cambio, albergan un potencial de transformación de aquella institucionalidad. El fascismo es una forma del Estado de excepción que corresponde a una crisis política. En América Latina se constata que los «populismos» introducen tal crisis al interior del sistema social y, como consecuencia de ello, se activan los «anticuerpos». En el límite, estos anticuerpos cobraban, en Europa, la forma de un Estado de excepción que fundaba un nuevo orden institucional derrocando al viejo sistema demoliberal.

La novedad de este presente latinoamericano le estaría jugando en contra a la potencia regional hegemónica, que ya no puede articular ni instigar soluciones radicales de tipo fascista al modo europeo, por lo cual los procesos de fascistización, aquí, sólo exhiben señas de identidad formales y accesorias: violencia privatizada, milicias civiles, operaciones punitivas, estado de exaltación en masas lúmpenes permeado por el odio y el racismo.

Esto ocurre porque para erigir un Estado fascista ortodoxo (también podríamos decir, «clásico») habría que dejar de lado expresamente el Estado de derecho, la democracia y las reglas y las garantías constitucionales. Pero los diseños geopolíticos de EE.UU. para la región carecen de sustituto para tal nuevo sistema. Además, si ayer se hizo diversionismo ideológico diciendo que la democracia y los derechos humanos constituyen el único programa moralmente admisible, no es fácil, hoy, borrar con el pulgar lo que se escribió con el meñique. El cuasifascismo vernáculo derroca a Evo Morales, pero inmediatamente tiene que llamar a elecciones. Tiene un problema, ahí, el Departamento de Estado.

En todo caso y mirando la experiencia boliviana, cobra sentido el Informe al III Pleno del Comintern, de junio de 1933, escrito y expuesto por quien tal vez haya sido el cuadro más lúcido con que contaba dicha organización, Clara Zetkin, quien, por encima y en contra de dirigentes como Jorge Dimitrov y Palmiro Togliatti, manifestó: » … El fascismo no es en absoluto la venganza de la burguesía contra el proletariado que se insurrecciona de manera combativa. Considerado desde el punto de vista histórico y objetivo, el fascismo sobreviene mucho más como un castigo porque el proletariado no ha sabido proseguir la revolución» (En Poulantzas, Nicos: Fascismo y dictadura; Siglo XXI, 2º ed., 1974, p. 49).

Clara, la heroica, no estaba hablando de la Bolivia de hoy, pero… Catorce años para que luego nos echen de un empujón no es lo mejor que nos puede pasar. Hay que revisar eso. Lo que no consiguieron en Venezuela lo consiguieron en Bolivia: dividir a las fuerzas armadas. Pero no se puede acusar al enemigo de hacer bien su trabajo.

Bien es cierto, entonces, que la restauración neoliberal es un programa golpista que trabaja en los intersticios de las debilidades, inconsecuencias e insuficiencias de los procesos soberanistas. A nadie deben caberle dudas de que si han invertido tiempo y esfuerzo en Bolivia y Brasil para lograr el desplazamiento de las opciones soberanistas, no va a ser por el resultado de una próxima elección en el Altiplano o por la decisión de un tribunal judicial en Brasil, que Evo Morales (o un sustituto) vaya a gobernar de nuevo en Bolivia o Lula (o un sustituto) será nuevamente candidato en Brasil. El «estado de derecho» es una vaca sagrada sólo para el progresismo. Violarlo mella la credibilidad de la derecha pero, por ahora, las cosas siguen su curso.

¿Cómo puede ser que en Bolivia 48 horas hayan podido más que 14 años? Pues en 48 horas la derecha resolvió su problema.  La explicación es que lo esencial en los procesos de envergadura histórica es la política y el poder. La derecha lo sabe, prepara el terreno y actúa. Y actúa bien, porque podrá dudar en todo menos en que la política y el poder son el alfa y el omega de la vida, de su vida como clase, de la lucha como antagonismo entre clases sociales enfrentadas siempre a morir, pues la positividad de la libertad está encarnada en las clases que carecen de libertad, y la negatividad del sometimiento y la exclusión  es la condición de existencia de un bloque clasista dominante y esclavizador que muere como tal si no esclaviza y domina, y vive y se reproduce como tal sólo si esclaviza y domina. El Amo y el Esclavo son diferentes pero sólo son lo que son en la medida en que su otro enfrentado esté ahí, necesario y nunca contingente.

El gobierno obtenido en una elección coincide con el poder real de un país sólo cuando en esa elección triunfa la derecha. Cuando la victoria es del progresismo ingresa una anomalía al teatro de operaciones, porque el gobierno está en un lugar del Estado pero el poder real está en otro lugar. Y esa anomalía clama por dejar de ser anomalía. Así como las sociedades no soportan el vacío de poder, tampoco soportan que las cosas funcionen por fuera o en contra de la normalidad, que siempre es una normalidad formal.

Y esa anomalía se subsana de dos modos: con el retorno a la adecuación Estado-poder real, y esto es lo que ocurre cuando la derecha vuelve al gobierno, como ocurrió en Brasil y acaba de ocurrir en Bolivia o Uruguay; o con el avance del proceso soberanista hacia la reforma constitucional, esto es, hacia la construcción de nuevas formas de representación de intereses y opiniones, ya sea yuxtapuestas armónicamente a los partidos políticos o sustituyéndolos. Y es esto lo que la derecha odia y cierto progresismo teme.

En realidad, no hay nada para temer. O, si algún temor puede estar justificado, es el de la derecha, que es la dueña de todo y de los privilegios anejos y que, en un nuevo marco constitucional, debería resignar posiciones. Pero el progresismo, sobre todo el progresismo blanco, debería evocar aquella figura libertaria que, en los Gründrisse, Marx llamó «intelecto general», que era ni más ni menos que lo que hoy se conoce como  inteligencia artificial, y que su cerebro (un cerebro del siglo XXI apresado en el siglo XIX) concebía como la base material de la reducción al mínimo de la jornada laboral y, con ello, como el sustento de la democracia y la libertad, que era esta última el telos o fin del hombre evocando, con ello, a ese mismo telos que para Aristóteles era la felicidad de la especie humana.

Hay que prestar  -hoy más que nunca-  atención a lo que ocurre en escala planetaria. El sábado 7 de diciembre, en la Plaza de Mayo, Macri dijo que hay que defender la libertad. De algún lado saca esa idea, ya que el hombre no es hombre que pueda caminar y masticar chicle al mismo tiempo. Es el discurso que se viene, acá y en todo el mundo. La libertad contra el totalitarismo. La represión de alta intensidad y el derrocamiento de gobiernos heterodoxos, ilumina las oscuridades de los designios: infligir al campo popular una derrota terminante y de dimensiones históricas de modo tal que, por un siglo, la «paz» de los cementerios les posibilite a los grandes propietarios de aquí y de todo el mundo, un nuevo ciclo de acumulación y les suministre el tiempo necesario para urdir alguna «solución final».

En este contexto, la derecha argentina va agotando sus recursos diversionistas, incluso esas dos «balas de plata» con que supo contar en el pasado: las alas derechas del peronismo y del radicalismo, que fueron siempre envolturas legitimantes para proyectos antipopulares y antinacionales. Menem y De la Rúa ponen nombre propio a esas desgracias históricas que debió soportar la Argentina, en especial los trabajadores argentinos.

Van a tratar de deslegitimar tempranamente a Sabina Frederic. Su ideología y la concepción nacional y soberana que tiene de los problemas y las soluciones vinculados a la defensa nacional y a la seguridad interior, la han puesto ya en el ojo de la tormenta. Dijo algo inadmisible: esa agenda es de la OTAN, no es la nuestra. Perfecto. Pero, por eso mismo, por perfecto y soberano, el juicio ya ha sido leído en clave «discurso del enemigo» por el enemigo de nuestro discurso soberano.

Hezbollah, ¿es terrorista? Eso dice la agenda de Washington. Ser o no ser alfil de Washington en América Latina, de eso se trata. Pero hay algo más en este tema. En este tema no es eficaz jugar al pragmatismo, es decir, me afilio a la teoría del terrorismo de Hezbollah, total, qué le importa a la Argentina un Hezbollah más o menos, le decimos que sí a Trump y a Netanyahu así nos deja tranquilos y vamos a lo importante, que son las inversiones… El que inauguró ese discurso en la Argentina fue Menem, le dijo a todo que sí al financista árabe que le pagaba la campaña y lo primero que hizo cuando asumió fue viajar a Israel y alinearse con la visión hemisférica de EE.UU. Después, no le alcanzaba el papel higiénico y hasta lo tuvo que pagar con la muerte de un hijo. En estos tiempos revueltos, lo mejor es la línea de principios. Cuando se es pobre, lo único que protege son los principios. Claro que, para mantener una línea de principios, hay que tener ideología; de lo contrario, se es pragmático y el pragmatismo deviene, así, recurso pobre de pobres de espíritu que serán tratados como tales en la arena donde los gladiadores no se andan con chiquitas.

¿Por qué Cuba y Venezuela siguen ahí, con las velas desplegadas al viento, y diciendo que el capitalismo ha muerto y que el futuro de la humanidad es el socialismo? Hay obstinaciones honorables. Siempre hay que guardarse en la manga el naipe marcado de la utopía.

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