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Los británicos votan de nuevo el Brexit a través de los conservadores

Las elecciones británicas se pueden interpretar como un segundo referéndum sobre el Brexit y los electores han reiterado su deseo de abandonar la Unión Europea de la mano del Partido Conservador.

Por Luis Rivas*

Tres años de tergiversaciones políticas y de negación de un resultado libre y democrático se han saldado en las urnas con una masiva victoria de Boris Johnson, el líder «tory» que pedía claramente llegar al Brexit sin más dilación. Tres años de poner en duda lo que los británicos ya habían decidido pero que algunos interpretaban, desde su presunta superioridad moral, como un error que debía ser subsanado con otra consulta.

El único partido que propugnaba claramente por permanecer en la UE, el Liberal-Demócrata, se hunde y recibe así la respuesta de unos ciudadanos que no han soportado que se ponga en duda su voluntad e, incluso, su inteligencia.

Como ya ocurrió en Estados Unidos, el Brexit, la opción que puede considerarse antisistema a los ojos de los defensores del «establishment», fue despreciada y burlada por la prensa liberal y autodenominada progresista; los partidarios de cortar lazos con la UE fueron tachados de «deplorables», como los votantes de Donald Trump, en una campaña que, al igual que al otro lado del Atlántico, ha fracasado estrepitosamente.

Masivo voto a la derecha

La izquierda británica, representada desde el centro hasta la extrema izquierda por el Partido Laborista, cosecha la peor derrota desde 1935. Jeremy Corbyn, el líder izquierdista que pretendía aplicar las teorías del siglo XIX dos siglos más tarde, recibe varias lecciones.

Dejar de lado el debate sobre el Brexit para no evidenciar su ambigüedad sobre el asunto ha sido un error táctico descomunal. Pretender que el debate ideológico y la preocupación por los asuntos sociales podían desgajarse del Brexit le ha reportado una bofetada popular, de la que el histórico partido va a tardar en recuperarse.

El trasvase masivo de votos laboristas al Partido Conservador en las antiguas zonas obreras ahora desindustrializadas era algo que hasta el observador más ignorante podía prever. Pero como ocurre en otras potencias europeas, la izquierda se ha olvidado de los antiguos mineros y de los trabajadores siderúrgicos para cortejar a las élites urbanas que se han adaptado sin mucho problema a la globalización, pensando que ese electorado representa el futuro en una elección celebrada en el presente y añorando el pasado.

Si los votantes históricos de la izquierda se han decantado por el partido de Margareth Thatcher y Boris Johnson es precisamente porque su prioridad fue hace tres años el Brexit y sigue siéndolo ahora. La inseguridad laboral, la ausencia de perspectivas, la inseguridad también cultural y el desprecio de los «modernos» a las tradiciones y las raíces se unen en un totum revolutum que señala a la Unión Europea y a sus instituciones como el causante, o al menos uno de los responsables, del declive económico y social de miles de familias británicas.

Desde hace años, sociólogos y politólogos se esfuerzan en recordar a la izquierda europea y norteamericana que insultar a los votantes que se les escapan o que están hastiados de sus promesas no conduce sino a perderlos definitivamente. Llamar fascistas, xenófobos o racistas a partidarios del Brexit, confundiendo a una mayoría de sus exvotantes con una minoría de descerebrados sin ideología, es un error que se paga en las urnas.

La prensa que representa a esa manera de ver la nueva realidad no para de quejarse de las «fake news» del campo que consideran opuesto a su política del bien. Ha sido bastante ridículo escuchar y leer a periodistas que horas antes de conocer los resultados de las elecciones británicas se inflamaban ante la posible victoria laborista «gracias al voto masivo de la juventud» y otras lindezas. Cuando se confunden deseos con información se cae también en «fake news».

Blair 3; Corbyn 0

El programa del laborista Jeremy Corbyn era la antítesis de la versión laborista de Tony Blair, tan denostada por la izquierda de la izquierda dentro del partido y tan exitosa en una época precisa. Las promesas de Corbyn retrotraían a un mundo feliz pretecnológico que añoraba una época que Gran Bretaña no volverá a vivir, por mucho que el cineasta Ken Loach haga esfuerzos repetitivos.

La «tercera vía» de Blair fue entrepretada por muchos -dentro y fuera de las islas británicas- como una traición a la izquierda, pero, eso sí, después de tres vitorias electorales. Corbyn se va de vacío, con su pasado (y presente) de burgués radical-chic, amante deL exotismo latinoamericano y palestino. En el fondo, es el candidato al que más gustaría volver al pasado, a los felices 60 y 70.

Boris Johnson será el «premier» que romperá las amarras que unen a la UE con el Reino Unido. Comparte con Trump el récord de insultos y desprecio de los preceptores del pensamiento políticamente correcto. Los dos han hecho méritos, es cierto, para no ser considerados como políticos tradicionales, pero quizá sea también esa característica lo que les hace ser preferidos por ciudadanos hartos de recetas incapaces de protegerles del desempleo, de perder el orgullo y la soberanía, conceptos estos dos últimos, denostados por la nueva biblia bienpensante mundial.

Los enemigos de Boris Johnson sueñan ya con un castigo para el nuevo Primer ministro: que tras el Brexit, el Reino Unido reviente con la independencia de Escocia y la unificación de las dos irlandas.

*Sputnik

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