UNAM: ¡Goya… Goya… Cachún-Cachún-ra-ra…!

Hay la anécdota de que el famoso “Goya” universitario, nació cuando el foco estudiantil estaba en el Centro de la Ciudad de México…

Por Joel Hernández Santiago*

*joelhsantiago@gmail.com

Esto es, que luego de sus clases, a muchos estudiantes de la Universidad les gustaba ir a los cines Río, Venus y el Goya que estaban por el rumbo y eran su refugio ‘para su descanso mental y de las arduas tareas del aprendizaje académico’. El cine preferido era el “Goya” y, por eso lo repetían entre ellos en tono de burla. En tanto el Cachún es una deformación de ‘cachondez’ por las películas que, para la época, iban‘más allá de lo virtuoso’ y que hoy mismo serían como para “niños y adultos”

Por el centro de estudiantes había casas de huéspedes para muchachos y muchachas que venían de los estados de la República a estudiar; había restaurantes económicos, fondas, lugares de recreo y esparcimiento para lo extra-escolar. También bibliotecas y círculos de estudio. Se vivía –dicen– con alegría, aunque no faltaba uno que otro pleito entre muchachos o grupos, pero nada extremo

Lo importante era el estudio. El aprendizaje ya en preparatoria o en la Universidad; el conocimiento y la enseñanza. Eran las calles de San Ildefonso, Donceles, Argentina, Brasil, Moneda y otras del rumbo en donde estaban los edificios de la Universidad. Era el México anterior a 1954, cuando la capital del país contaba con apenas 3 millones de habitantes y aún era “la región más transparente del aíre”. Todo México tenía 28.5 millones de seres mexicanos.

Llegar a la universidad era y es para muchos un triunfo. Es el momento cumbre de un momento esperado con ansia, con emoción y nerviosismo; es un regalo de nuestros tiempos y de todos aquellos que por décadas se esforzaron por entregarnos una Universidad que estuviera a la altura del arte; es la culminación de un gran esfuerzo personal y familiar.

Porque eso es: la universidad no nada más forma a estudiantes, no nada más les enseña; hace mejores seres humanos; los transforma una vez que cruzan por primera vez sus puertas y recorren sus pasillos y vibran en sus aulas. Los convierte en otros, siempre para bien, porque ahí están los maestros que enseñan la regla de tres y saben lo que saben porque otro día, mucho antes, también cruzaron esos umbrales del conocimiento, asimismo azorados, cariñosos, emocionados.

En pláticas con el maestro Miguel Ángel Granados Chapa narraba cómo fue que al llegar de su tierra, Hidalgo, lo hizo para entrar a la Universidad Nacional Autónoma de México, cuyo campus, desde 1954 ya estaba en el sur del Distrito Federal…

Era su sueño a ojos abiertos; era la ilusión de su vida y de pronto llegar ahí por primera vez, y verla a distancia, la emoción le llenó el ánima y no pudo contenerse porque al final de todo y a pesar de todo habría de iniciar un nuevo camino, el que le abriría las puertas para ser, luego –y esto lo digo yo- para ser luego el enorme periodista que fue, el enorme maestro y el gran amigo: todo junto.

Pues eso es: Esta es nuestra Universidad Nacional Autónoma de México –UNAM-, hoy tan agraviada, tan vilipendiada y ofendida por grupos enmascarados de interés político. Grupos que no alcanzan a entender la magnitud de nuestra Máxima Casa de Estudios; la casa que es de todos los mexicanos porque ahí han estado y están los que quieren construir y quieren aportar y quieren entregar. Y ser el aliciente familiar e individual… Colectivo y Nacional…

La nuestra no es una Universidad cualquiera. Tiene una larguísima historia de luchas, de construcción, de ímpetus y de voluntades históricas que viene desde la etapa Colonial hasta nuestros días. La nuestra es una casa que nos recibe a todos y todos recibimos todo de ella, porque nos hace universitarios para siempre, y universales.

La Universidad fue fundada en 1910 por el entonces presidente de México, Porfirio Díaz por impulso de don Justo Sierra que desde el siglo XIX había luchado por la creación firme y formal de una Universidad mexicana, heredera, sí, de aquella Real Universidad de México cuya fundación ocurrió el 22 de septiembre de 1551 y comenzó sus andanzas educativas el 25 de enero de 1553, todavía bajo ordenanza real española, pero luego el Papa Clemente VIII metió la cuchara y otorgó una bula para convertirla en 1595 en Real y Pontificia Universidad de México…

La Real y Pontificia Universidad de México llegaría al siglo XIX cuando fue cerrada en 1833 y más tarde clausurada definitivamente en 1865 por Maximiliano. Luego, según el decreto del 26 de mayo de 1910, don Porfirio crea e inaugura la nueva Universidad Nacional de México, así llamada.

En 1929 hubo conflictos. Y una larga huelga y lucha de universitarios habría de conseguir la autonomía para la institución académica, educativa, de investigación y creación. Justo Sierra lo había advertido: “El objetivo de la Universidad es educador y científico y debe concentrar, sistematizar y difundir entre el pueblo mexicano que hay que preparar para el porvenir”.

La ya Universidad Nacional de México, Autónoma; luego Universidad Nacional Autónoma de México, sería el espacio libre y plural que ha recibido múltiples ideas y sueños de futuro; muchos de ellos distintos a lo que es; muchos de ellos con intentos  por recuperar a la Nación de sus conflictos y problemas, sus contradicciones y sus fracasos; muchos de ellos exitosos: todo ahí…

Nuestra UNAM resiste todo. Es su fortaleza la que la hace enorme e inmortal. No sólo se le agrede físicamente, sino que también se le agrede cuando no se cumple el propósito del aprendizaje, del humanismo y cuando no se mira con solidez al futuro; cuando no se multiplica el ideal solidario y científico que le da sentido. También cuando la enseñanza no alcanza las exigencias de una sociedad siempre demandante de sabiduría y soluciones…

Pero es extremadamente doloroso cuando se le daña, cuando se le destruye, cuando se le confisca el espacio y el tiempo de enseñanza.

Esto no significa que los jóvenes estudiantes dejen de ser exigentes, respondones, gritones, libres y amantes de su condición universitaria. Es su derecho y defienden sus derechos. A ellos hay que apoyarles porque sus demandas siempre son justas.Nosotros fuimos ellos, entonces.

Y es justo defender a la mujer universitaria; es indispensable que acabe el acoso y el agravio a la mujer ya estudiantes o profesoras o investigadoras y creadoras: todas. Si es urgente que quienes se hacen cargo de la dignidad y ética universitarias velen por el cuidado femenino y se someta a la ley a quienes se pruebe que atentaron en contra de ellas y quienes fueron omisos.

Pero –por otro lado- esto no puede ser utilizado por unos cuantos como pretexto para indignar a nuestra Universidad por responder a intereses políticos muy codificados y destructivos…

José Vasconcelos que fue rector de la todavía Universidad Nacional de México, en 1920 escrituró el emblema universitario: “Por mi raza hablará el espíritu”… “Hay en este lema –dijo después el oaxaqueño– la convicción de que la raza nuestra elaborará una cultura de tendencias nuevas, de esencia espiritual y libérrima”…

A lo largo de más de un siglo de nuestra universidad han surgido ideas, ciencia, tecnología, pensamiento, creación: que de ahí surgieron dos premios Nobel y muchas aportaciones para la salud, para la ciencia y tecnología, las letras, las leyes… Y mucho para el bienestar del mundo ha salido de sus centros de investigación; y miles-millones de alumnos han vivido una vida mejor luego de estar ahí como estudiosos. Son 350 mil estudiantes (2017) con 40 mil profesores, investigadores y personal de apoyo logístico, administrativo…: un mundo puesto a la mano para la universalidad de todos.

En el lapso han ocurrido conflictos pero asimismo éstos han encontrado la defensa fuerte de estudiantes y rectores, como Javier Barros Sierra, quien levantó la mano junto con los estudiantes en 1968… La nuestra es una de las mejores universidades del mundo y una de las más importantes y prestigiadas de América Latina a la que concurren estudiantes de todo el mundo para encontrarse con nuestra águila bicéfala universitaria…

La Universidad está al alcance y a la mano de todos. Y todos la queremos mucho. Y habremos de defenderla con el conocimiento y el amor que nos ha otorgado en tantos años, tantos lustros y décadas: es nuestra casa hogar para quienes acudimos al llamado de la enorme, inmensa UNAM: nuestra UNAM en donde está nuestro ombligo enterrado. “Por mi raza hablará el espíritu”.

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