Alac, Torres, Olivares: el nombre de la rosa

El 14 de marzo de 2020, se cumplen cincuenta años de aquellos fuegos proletarios que ardieron en lo que hoy es “la villa” de El Chocón y que en aquel ayer fundacional era un conglomerado de obreros de la construcción venidos allí a edificar “la obra del siglo”, como llamó al embalse del río Lima y el periodismo de entonces.Venidos también, esos obreros, a edificar su esperanza que, por eso, porque necesitaban ganarse la vida, era la esperanza de la fuerza humana en lucha contra la tierra.

Por Juan Chaneton*

*jchaneton022@gmail.com

Impresit, Girola y Lodigiani eran tres constructoras italianas que, fusionadas como Impregilo y luego de ventianni di lavoro nel mondo-como rezaba su eslogan-,  se unieron a la argentina Sollazo Hnos. para construir la presa de El Chocón. Las otras empresas que participaron en el emprendimiento fueron Cartellone, Mario Wainstein y Analvi.

Toda clase de gentes arribó, por aquellos años, a la provincia de Neuquén. Compatriotas del centro y del norte del país, así como también hombres, mujeres y niños, oriundos de la periferia limítrofe, trajeron a El Chocón sus ilusiones y sus preconceptos. Estos últimos se referían, sobre todo, a salarios y condiciones de trabajo y a la expectativa de construirse un futuro. La esperanza no coincidió del todo con la realidad que encontraron. Echaron mano, entonces, a la ultima ratio del trabajador: hicieron huelga. Ganaron la primera y perdieron la segunda, o casi. Y el relato de una derrota es, siempre, una suma de estupor y divagaciones atroces, a las que el relator acosa con las morbosidades del suplicio, Andrés Rivera dixit.

Los trabajadores suelen ganar ex post facto. Es el drama subjetivo de una clase que siempre suele partir desdeuna debilidad estructural y congénita[1]. Solo se hace fuerte luchando; y se debilita cuando no lo hace. Como los de la Patagonia, en los ’20, o los del Cordobazo, cincuenta años después, las razones de los obreros de El Chocón sólo se asemejarán a algo plausible cuando una posteridad sin  pasión aborde la tarea de saber qué pasó, en aquellos años, en las riberas del Limay, así decíamos nosotros,al comenzar el siglo actual, en el libro que hemos escrito sobre aquel conflicto, y al cual hemos reinterpretado ahora   -aunque no mucho-  al reescribir conceptos y repetir citas.[2]

La característica de aquella obra propia es su falta de objetividad. Como lo es el de esta nota. Cuando son los obreros los que se la están jugando, no hay que preguntar quién tiene razón, siempre hay que estar del lado de los obreros. Esto era verdad en los ’70 y lo sigue siendo ahora, bajo la dictadura del algoritmo.

También creo que el arte no es ajeno a la política; no es sólo un fenómeno estético, el arte; rezuma ética y política, el arte. Y la interpretación es la clave. Por ella y a través de ella irrumpen aquéllas. Y así, “ … ¿no se ve que la interpretación no es un mero intento de domesticación de los textos sino toda una estrategia de producción de nuevas simbolicidades, de creación de nuevos imaginarios que construyen sentidos determinados para las prácticas sociales? ¿No se ve que la interpretación es, en este registro, un campo de batalla…? (Eduardo Grüner, prólogo a Foucault: una política de la interpretación).

Pero la posteridad aludida ya está entre nosotros; y somos nosotros mismos esa posteridad. O una posteridad posible. Vendrán otras, con otros ojos, tal vez unos ojos lúcidos, más lúcidos que los nuestros. Pero la pasión persiste. Y siempre persiste la pasión cuando el testigo no es sólo testigo sino también obstinado activista en las luchas sociales.

El testigo persiste aunque se quede solo. Se trata, en última instancia  -así me ha parecido en estos años últimos de reflexión inevitable-  de deseo. Es deseo de independencia del pensamiento. Pero  -y aquí vemos que son incitantes las etimologías- este deseo de que el pensamiento propio sea independiente está en la raíz griega de la palabra “hereje”. Hereje significó, en los primeros tiempos, “tomar con la mano” y así fue hasta que algo o alguien hizo emerger la metáfora, y ésta fue “elegir personalmente”, pues el que toma con la mano elige personalmente y el que piensa por sí y sin sujeción a lo que prescribe la organización, la institución o la costumbre piensa por sí y corre el riesgo de devenir hereje.[3]

Por eso y a despecho del viento en contra, nuestra pasión persiste; es la pasión por decir la verdad, aun cuando esa verdad nos lleve a tomar con la mano, a elegir personalmente, a no repetir lo conveniente sino lo que nos parece y, en fin, a consagrarnos, impenitentes, como herejes irredentos. Nos ha costado -nos cuesta- caro. No sólo los extraños, también los propios, se impacientan  -o temen-,  a veces, nuestros juicios. Hasta hoy, aguantamos. Lo que mata es la soledad, eso sí. Pero nadie dijo que iba a ser fácil eso de vivir aunando política y valores; política y principios. Pues la política, sin valores y sin principios, deviene quehacer infame. En El Chocón copularon bien política y principios.

La pasión nos dice, hoy, que memorar aquellas huelgas de diciembre de 1969 y de febrero-marzo de 1970 debe ser un trabajo de interrogación acerca de la vigencia de aquellas luchas en el hoy del capitalismo globalizado. No debemos incurrir en ninguna retrospección romántica, sino abocarnos a una constante puesta a punto de las armas de la crítica y de la crítica de las armas con el obstinado propósito de insistir en la acumulación de masa crítica para, llegada la oportunidad histórica, jugarla a favor de la transformación de la Argentina en una sociedad poscapitalista que nos permita, al fin, dejar atrás la edad de la piedra y la prehistoria para ingresar a la era de la inteligencia artificial en pos de la verdadera libertad. Para eso sirve saber cómo lucharon los obreros de El Chocón: para saber cómo deben luchar las generaciones hoy y de cara al futuro. Nuestra vida termina, pero la Argentina sigue. América Latina sigue.

Las enseñanzas que dejan aquellas luchas se refieren a lo ideológico porque esas lecciones del pasado versan sobre la necesidad de no claudicar aun cuando las condiciones en que se libran los combates sean difíciles. Pero las enseñanzas se refieren también a lo político en la medida en que, en El Chocón, lo que se discutió, de fondo, fue el principio democrático y, en el límite, qué es la democracia: si es lo que dice la burguesía que es la democracia o la democracia es la asamblea obrera que, proyectada a escala nacional, será, algún día, la asamblea nacional del poder popular como máxima instancia legislativa del país. Ni más ni menos que eso estuvo en juego, de modo explícito o implícito, en las huelgas de El Chocón. El Estado nunca reprime porque sí. Y veamos cómo esto fue así.

El conflicto brotó al margen de las direcciones sindicales, es decir, al margen de Rogelio Coria, que era el secretario general de la Unión Obrera de la Construcción (UOCRA) a nivel nacional. Fue, por ello, una “huelga salvaje” que, en tanto tal, cuestionó la estructura sindical y descolocó a los jerarcas gremiales. Y, traspuesto ese límite, todo era posible, pues el contexto nacional de entonces tendía a otorgar centralidad al componente político de los conflictos.

Chocón

Y éste no era cualquier conflicto. Era un conflicto “clasista”, es decir, uno de esos que inspiraban su acción, en esos días de vino y rosas proletarios, en las tres banderas históricas que había definido Agustín Tosco y que constituían el acervo ideológico de ese así llamado, en la época, clasismo: independencia de la clase obrera de las patronales,de la burocracia sindical y del Estado. Alberto Piccinini, dirigente obrero metalúrgico (Acindar) en la Villa Constitución de 1974/75, encabezó una huelga victoriosa de este tipo, enfrentado a la burocracia dirigencial de la UOM nacional dirigida por Lorenzo Miguel. Es un ejemplo. Hubo otros.

Y tanto es así, que se trata de una lectura que no pasaba inadvertida, tampoco, para los enemigos de los obreros y del conflicto. Así, la revista Panorama consignaba: “ … El olvido de las bases (alusión a Coria y la burocracia sindical) contiene otro peligro, tal vez mayor: cada concentración de trabajadores es un polvorín latente, y cada conflicto, una mecha encendida. Una característica de las huelgas salvajes es que zambullen de un golpe, a quienes las realizan, en el ejercicio del poder real: en la Villa Chica, la producción, las comunicaciones, la legislación, el ordenamiento de las vidas, una nueva estructura disciplinaria, pasan a ser materia de debate corriente. Los resultados pueden ser sobrecogedores”. Las bastardillas, en este párrafo, las hemos puesto nosotros. Esto decía Panorama, Año VII, Nº 150, 10-16 de marzo de 1970, en su página 12.

¿Se entiende, entonces? ¿Se entiende que no es la formalidad legal que los obreros de El Chocón habían violado (al elegir delegados al margen del sindicato) lo que preocupaba a los enemigos de los obreros? Los resultados del hecho puro y simple de que los obreros se habían dado su propio autogobierno eran o podían ser “sobrecogedores” porque si eso era lo que se extendía al orden nacional, el poder cambiaba de manos en la Argentina. No importa, ahora, si eso era posible o probable  -o no lo era en absoluto-  en el país de entonces. Lo que importa es que las élites observan siempre con preocupación estos embriones de “doble poder” porque, de desarrollarse y consolidarse, en sus aguas obreras y populares se ahogarán ellos, los dueños del poder burgués, las élites y, por eso, actúan preventivamente y se anticipan a destruir el embrión a través de los medios, de las negociaciones, del diversionismo ideológico, de la complicidad de partidos políticos (no de todos, ciertamente) y, en última instancia, de la represión.

Aquello fue, así, una prefiguralidad que las circunstancias históricas han querido que, alcanzándonos en nuestro presente, reverbere, hoy, espectralmente, en el Jujuy de Milagro Sala, por ejemplo. La nota de Panorama que citamos bien la podría haber escrito Gerardo Morales, el actual gobernador de la provincia norteña. Y tampoco importa (o importa pero no es éste el lugar para discutirlo) que aquel amago de poder dual,en El Chocón, haya sido genuinamente clasista, es decir, independiente del Estado, algo que no pudo ni puede decir Milagro Sala, lo que no le quita valor al experimento jujeño como factum a ser estudiado acuciosamente.

Pero, sea como fuere, tiene sentido memorar El Chocón si hacemos vivir el recuerdo no como nostalgia, sino como venero y hontanar de enseñanzas a comparar con lo que nos ocurre hoy. El Chocón vive … sólo si procedemos de este modo. El homenaje a esta lucha obrera (a las luchas obreras) debe ser algo más que un saludo a la bandera.

Hayan perdido o ganado, los trabajadores de El Chocón tuvieron sus razones e hicieron su historia. En marzo de 1970 culminó la segunda huelga. Los despedidos volvieron a sus casas y un detalle no poco importante es que, en ese año, hay otro despido pero en la cúpula del poder. Otro dictador, Roberto Marcelo Levingston, releva a Onganía, deteriorado ya por causas variadas y concurrentes, entre las cuales las asonadas de Córdoba (el Cordobazo de mayo de 1969) y de El Chocón habrán jugado su papel.

Y lo primero que hizo el ex agregado militar en la embajada argentina en Estados Unidos  -devenido presidente-  fue comisionar a su ministro encargado de las cuestiones sociales, Francisco Manrique, para que redactara un proyecto  -que verá la luz como ley 18.825-  cuyo artículo 1º disponía: “En todas aquellas obras públicas o concesiones de obras públicas nacionales que por su importancia, dimensiones, medio físico en el que se realizan y movilización de recursos humanos, planteen problemas específicos de seguridad y bienestar social, el personal que trabaje en la ejecución de las mismas tendrá asegurada una cobertura asistencial básica consistente en prestación médica, odontológica, medicina del trabajo, atención farmacéutica, servicios de proveeduría y comedores económicos, planes de recreación, desarrollo de cursos de capacitación y de extensión cultural…”.

Poco más o menos, era por lo que habían luchado los obreros de El Chocón.

Seguramente, los dirigentes de la huelga no luchaban sólo por eso. Porque enarbolaban (aunque tal vez ni ellos lo supieran) un “programa de transición”, es decir, un pliego de reivindicaciones que es preciso imponer con la lucha sindical. El caso es que, en el curso de esta lucha, el conjunto (ya no sólo los dirigentes) puede comenzar a columbrar el sentido más profundo de las cosas. La calle enseña; y lo que podían aprender los obreros en el curso de la lucha que les proponían librar Alac Torres y Olivares, los líderes de los obreros en conflicto, es que el capitalismo tiene sus límites en materia de mejoras sociales. En el contexto nacional de entonces, toda lucha sindical era tironeada,objetivamente, hacia lecturas que las vinculaban con el problema del poder político. De modo que los trabajadores de El Chocón, si bien fueron a la huelga, en principio, por un programa similar al que luego les ofreció Manrique, en realidad albergaban, como fuerza social, un potencial político desestabilizador de una dictadura agonizante y, más allá, contestador de todo sistema de distribución de la riqueza que no los tuviera prioritariamente en cuenta.

Y estamos de vuelta, así, en el mismo punto, el punto del poder. Y así como  ecuaciones elípticas y formas modulares transportadas a la imagen pueden revelar una cuarta dimensión  (es una conjetura matemática que emerge en torno del teorema de Fermat), así también el punto de llegada de cualquier reflexión que busque lo esencial del conflicto que nos ocupa, será siempre el de las proporciones del poder, el de su geometría y su aritmética,es decir, quién y en qué medida dispone de él,  y cuántos y cuáles actores del contencioso son depositarios de una distribución de potencia e impotencia que, como efecto del devenir de los hechos, corporizará como cuántum que le toca a cada uno, al tiempo que instala a los protagonistas en el lugar  -en el vértice o en la base,  en la diagonal o en la curva- que les allanará o les dificultará el camino hacia su aumento o disminución, hacia el aumento o disminución del poder de que, en un momento dado, disponen.

Cuando comienza la primera huelga en El Chocón, en el país ya se habían producido el Cordobazo, el Rosariazo, el primero de los Tucumanazos y el Cipolletazo. El Mendozazo y el Rocazo vendrían después (1972). El país ardía.

El conflicto se desenvolvió en un marco político nacional surcado por contradicciones a las cuales la “revolución argentina” del general Juan Carlos Onganía se propuso poner fin de una  manera abrupta que, a la postre, resultó ineficaz.

Este militar derrocó a Arturo Illia el 28 de junio de 1966 urgido por una colusión de fuerzas que, en escala continental, favorecía ya la ruptura del orden constitucional alentada por el Departamento de Estado norteamericano, preocupado por el potencial de insurgencia popular continental que fluía de la revolución encabezada por Fidel Castro en Cuba.

En febrero de 1970 Perón llamaba a persistir en la lucha armada  -para derrocar dictaduras militares-  a las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP).[4]

El contexto nacional y regional de entonces mostraba, ciertamente, que la guerra tendía a devenir continuación de la política. El panorama era inquietante para quienes detentaban el poder desprovistos de legitimidad, que eso significa “detentar”, poseer sin derecho.El clima espiritual de época era la violencia lisa y llana.

Y hasta el arte y la literatura se perfilaban, por aquellos años, como campo propicio para la experimentación política. Un activo ejercicio de la represión en el plano de la cultura tuvo su clímax un mes después de la asunción de Onganía. Se intervinieron siete universidades y se golpeó y encarceló a docentes y alumnos. La jornada, conocida como “la noche de los bastones largos”, significó un doble comienzo: el del tránsito al exilio de profesionales docentes de prestigio y nivel reconocidos en todo el mundo; y el de la decadencia de la Universidad de Buenos Aires, que había solido ser, en años anteriores, centro de irradiación del saber científico y referencia intelectual para todo el continente.

Esta circunstancia hizo que pronto el quehacer cultural se convirtiera en resonante espacio de disidencia y, luego, de activa resistencia a los designios de la dictadura, que había entregado el manejo de las instituciones académicas a la derecha católica.

Y así, el punto de cruce entre el arte y la política se sintetizaba en la conclusión de la vanguardia estética de que “ … toda institución artística absorbe cualquier manifestación crítica, por virulenta que sea; y que, por lo tanto, hay que abandonarlas”.[5]

La fidelidad a este programa ideológico llevaría a estas vanguardias a las villas, fábricas, sindicatos, comisiones de fomento barriales, y éstos serán ámbitos que experimentarán, de consuno con los artistas, una práctica social novedosa, disolvente y rebelde.

No había que confundir lo real con la verdad, parecía ser la consigna estética de aquellas vanguardias. La verdad era el arte y arte era todo lo que negaba radicalmente la realidad. Si unicornios y sirenas podían ser pensados aunque no tuviesen existencia fuera del pensamiento, ello habilitaba la distinción entre objetos empíricos y objetos intencionales. A los primeros, pura realidad, pertenecía la sociedad capitalista. A los segundos, puro deseo, los unicornios, las sirenas y la nueva sociedad. El arte devenía nexo entre el pasado y el futuro. Se confundía con la revolución.

El gobierno de Onganía, lejos de enervar tensiones, alimentaba el fuego de la revuelta con políticas autoritarias, torpes y sin perspectiva.

Se enfrentaban en El Chocón el participacionismo de cuño corista con una suerte de clasismo inspirado en Agustín Tosco, el mítico líder lucifuercista cordobés. Para colmo, dos de los dirigentes, en el conflicto neuquino eran, efectivamente, comunistas, esto es, afiliados al PC. No necesitó más Rogelio Coria para saber que, en este caso, tendría que apelar, como lo hizo, al más crudo macartismo. Y tal vez haya tenido éxito, pues la segunda huelga de El Chocón, en verdad, no fue una victoria obrera. Salvo que por victoria se entienda un programa reivindicativo obtenido a posteriori, con obreros despedidos y con la dirigencia descabezada. Parece más ajustado a la verdad suponer que la amalgama entre burocracia sindical, Secretaría de Trabajo y represión policial fue un escollo difícil de salvar para obreros venidos desde todos los rincones del país a establecerse, temporariamente, a orillas del Limay.

El aislamiento era la marca en el orillo de todo cuanto tuviera un conato de iniciación en aquellas latitudes. Y al aislamiento  -a la imperiosa necesidad de romperlo-  estuvo ligada la rutilante participación del obispo en el conflicto. Me dijo Antonio Alac: “ … Nosotros conocíamos a Pascual, pero no conocíamos al obispo. La decisión de ir a recabar la solidaridad de monseñor estuvo precedida de un gran debate entre nosotros, entre los obreros. La discusión estaba referida a la calidad ideológica de la iglesia como institución. Estábamos en 1969, y algunos pensaban que darle participación a la iglesia era abrirle un espacio a la derecha. No obstante, las opciones, para nosotros, no eran muchas. Estábamos aislados, a 1200 kilómetros de la Capital Federal y la clave del triunfo, si aspirábamos a triunfar, era tejer una red de solidaridades lo más amplia posible. Convocamos a monseñor De Nevares y encontramos a un pastor sensible al sufrimiento de la gente. Y esa convocatoria fue fruto del debate político entre nosotros. Eso es lo importante.[6]

Me impresionaba muy vivamente, por aquellos años, la calidad política de un cuadro como Antonio Alac.

El 12 de diciembre de 1969 se realizó en El Chocón la asamblea en que fueron elegidos como delegados, por primera vez, Antonio Alac, Edgardo Adán Torres y Armando Olivares, quienes contaban, a la sazón, con 32, 24 y 26 años respectivamente. El mecanismo asambleario utilizado para tal elección no encajaba ni en la lógica de la burocracia sindical ni en los intereses de la empresa. Llamaron a la policía. La llamaron dos veces en el curso de cuatro días. No pudieron detener a los delegados por la sencilla razón de que a éstos los defendían, con palos y piedras, los trabajadores. Reculó la policía.

La pieza 3 del pabellón 14 se constituyó, desde el inicio, en el estado mayor de la primera huelga. Hasta allí tuvo que ir Rogelio Coria a parlamentar con los delegados elegidos por los trabajadores. Los “zurditos” le impusieron sus condiciones para el llamado a nuevas elecciones. Éstas se realizaron el día 20. Tozudos, los obreros ratificaron a sus tres delegados.

Esperó el pretexto, Coria. Éste llegó. La conducción de los obreros de El Chocón no era “tradeunionista”, es decir, no agotaba su programa en la satisfacción de reclamos puramente sindicales. Decía, por el contrario, que para la satisfacción de estos reclamos no era indiferente el tipo de gobierno que hubiera en el país. Agustín Tosco, en Córdoba, convocaba al clasismo para construir oposición a la dictadura militar. Hasta allí fueron Alac, Torres y Olivares. El pretexto buscado por Coria había llegado. Los expulsó por “inconducta sindical”: habían concurrido a la “Reunión Obrera y Popular por la Justicia Social y la Liberación Nacional” realizada en Córdoba.

El llamamiento a la huelga fue la respuesta obrera y el acatamiento fue unánime. El pliego exigía 40 % de aumento y reincorporación de los delegados.

Comenzaba, así, el segundo conflicto en la presa.

Las líneas de fuerza fundamentales y los detalles que rodearon a la segunda huelga han sido  materia del trabajo ya citado que sirve de base a esta nota: el nudo del segundo conflicto fue la decisión de los obreros de insistir con la representación de los delegados elegidos por ellos mismos en asamblea; así como la decisión de Rogelio Coria (apoyado por las empresas y por el Estado en su faz negociadora primero y represiva después) de no aceptar esa decisión obrera.

Así se llegó al final.

Pero antes del final, ingresan al tablado actores no menores del dramatis personae de esta puesta en escena trágica y neuquina, trágica y argentina. El conflicto de El Chocón no es concebible sin sus dirigentes. Pero tampoco lo es sin la solidaridad que despertó en sectores de la sociedad en principio ajenos a él.

La solidaridad con la huelga y con los huelguistas de El Chocón tuvo cara, cuerpo y alma de mujer, aunque no hayan sido sólo mujeres las que militaron en el apoyo al conflicto. Y dos nombres emergen como ligados de modo identitario a las luchas de El Chocón: Ana Ejea y Sara Mansilla.

Dijo una vez Antonio Alac que “ … el papel de la mujer fue muy relevante en el conflicto. La «Gorda Ana», en ese sentido, tuvo una actividad descollante…”. Y así fue, no más. Lo corrobora la propia Sara Mansilla: “ … ella (Ana) fue la síntesis; si había que realizar una gestión, si había que tomar una medida, si alguien quería conectarse con el conflicto para ayudar, había que hablar con Ana. Cuando había que hacer peticiones afuera, ella era mandatada por el resto de las mujeres, para que fuera en nombre de todas.

Ana Ejea, durante las huelgas, tenía 32 años. Había sido activista de la huelga de la fruta de 1957 y por eso estuvo presa. Terminado el conflicto en El Chocón, eludió la represión escondiéndose en las bardas. Monseñor De Nevares la puso a salvo sacándola del obrador en su legendaria estanciera. Su abogado, en aquellos años duros, fue Jorge Brillo.

En cuanto a Sara Mansilla, ella también fue una especie de síntesis de los liderazgos que se verificaron en el campo de la solidaridad y la difusión del conflicto. Sin ella, todo habría sido más difícil. En su momento, sintetizó así: “Aprendimos mucho de esa huelga. ¡Cómo no va a ser un triunfo! ¡Si hubo un intercambio tremendamente enriquecedor entre sectores de lo más diversos! Obreros de la presa con empleados municipales, docentes, empleados de comercio, todos confluían en las asambleas y eso producía un lazo solidario muy fuerte. Creo que todas las luchas de hoy, en 1997, tienen un antecedente histórico muy preciso en la huelga de El Chocón”.[7]

En cuanto a la dinámica y a la mecánica que adquirió la solidaridad, Sara Mansilla advierte: “La huelga nos permitió generar movimientos de solidaridad en todas partes. Fuimos a las fábricas, a los galpones de empaque, a la administración pública. Construimos un movimiento amplio y plural. Sólo quedó excluido de aquí el sapagismo, que en realidad quiso infiltrarse en la huelga y tuvo un comportamiento muy oportunista … Él (Felipe Sapag) había aceptado ser interventor de la dictadura militar en Neuquén; aun así, intentó vincularse a sectores políticos y sindicales, pero no recibió ningún apoyo. Sapag trató de dividir a la CGT, pero no pudo. Sólo tres o cuatro dirigentes sapagistas se retiraron de ella”.[8]

Felipe Sapag, por su parte,  dijo: “ … esa situación (el conflicto en El Chocón) se debe a un estado de ánimo, por parte de los obreros, contra el actual representante sindical (por el señor Coria)”. Estos dichos constan en la edición del diario La Prensa del 21/10/1970.

Con muertos y heridos se terminó de construir “la obra del siglo”. Y en buena hora que terminó. Así lo dijeron, recurrentemente, en sus volantes y en sus declaraciones públicas, los dirigentes de la huelga. El árbol nunca les tapó el bosque: la obra debía terminarse porque en ello iba el aumento en la calidad de vida de todos y el progreso de Neuquén y del país. Hubo muertos y heridos durante la construcción y eso por las razones de siempre: los costos laborales.

Pascual Rodríguez, confiando sólo en su memoria, me aseguró, en febrero de 1998, que las muertes por accidentes de trabajo en El Chocón “habrán sido unas diez o doce”. Y aquí viene el dato curioso. El ingeniero Hugo Mochkovsky manifestó, al contrario de lo que suponía Pascual, que “ … hubo muchos muertos en El Chocón; fueron treinta y tantos… Nosotros tenemos  una estadística: en este tipo de obras muere un hombre cada un millón de horas de trabajo. Tres mil personas significan, por día, treinta mil horas. En un mes, trabajando día y noche, eran 700.000 horas. Esto quiere decir que, en obras como éstas, muere un hombre cada mes y medio, más o menos (entrevista con el autor, Bs. As., 24/2/1998).[9]A confesión de parte …

El ingeniero Mochkovsky, en El Chocón, fue segundo jefe de movimiento de suelos. En esa tarea, tuvo un ayudante voluntario que se presentó un día y le dijo que le gustaba remover suelos, mover el piso, dijo que, en realidad, lo que le gustaba eran los explosivos, que quería aprender a usar explosivos. Aprendió, el hombre. Y unos años después, escondido detrás del alias  “mayor Guastavino”, transitaba desdorosos derroteros por lo cual, hasta hoy, vive en prisión. Raúl Guglielminetti  -de él se trata-  trabajó para Impregilo.

Y a propósito de Pascual Rodríguez. Sin él tampoco El Chocón hubiera sido lo que fue. Pilar de la conducción del conflicto junto a los tres delegados, Pascual no lo era, pero era imprescindible, fue imprescindible.

“Cura obrero” se decía en los ’70, y la verdad es que nunca fueron del todo ni curas ni obreros, pues fueron algo más trascendente: fueron activistas de la justicia social y militantes contra la explotación laboral y las misérrimas condiciones de trabajo a lo largo y a lo ancho de Argentina y de Latinoamérica.

Oriundo de Gualeguay, Entre Ríos, donde había nacido el 21 de febrero de 1935, comenzó a trabajar en las obras como peón general, en 1969, en la empresa Cartellone. En 1966 se había radicado en Buenos Aires, como consecuencia de la persecución que, en su contra inició el segundo jefe del regimiento litoraleño, el después conocido general Galtieri quien, al tiempo del golpe de Estado de Onganía, se hizo cargo de la intendencia.

Rodríguez era un cura perteneciente al clero diocesano y había obtenido permiso para hacer su licenciatura en Teología en la Capital Federal. En la facultad de Villa Devoto se vinculó a los grupos universitarios “Marcha” ligados al peronismo e influidos por Hernández Arregui.

Celebraba misa en la parroquia de San Antonio, cercana a la facultad y poco después se lo ve integrando la “Comisión de Apoyo a la FOTIA”, el sindicato azucarero tucumano que, en esa  época, luchaba contra el cierre de ingenios decretado por la política económica de Krieger Vasena, el ministro de economía de Onganía. Dicha comisión funcionaba en la Federación Gráfica Bonaerense, uno de cuyos dirigentes era Rodolfo Walsh a quien, por esos días, conoció Pascual Rodríguez.

En marzo de 1968, cuando nace la CGT de los Argentinos, Rodríguez se incorpora a ese organismo obrero, y mantiene y continúa el vínculo con el autor de “Variaciones en rojo”, hasta que ingresa al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo.

En ese año, Monseñor de Nevares lo invita a trasladarse a Neuquén, lo cual concreta enseguida para ingresar a trabajar a Cartellone. Luego se desempeñará en Impregilo en la categoría de medio oficial pañolero, y toda su labor en El Chocón será una prueba práctica de la convicción de estos curas en el sentido de que la evangelización de la clase obrera no podía ni debía hacerse desde fuera de la clase misma, sino comprometiéndose socialmente con sus necesidades y con su práctica cotidiana, sin privilegios y en la perspectiva de la liberación social preconizada por el tercermundismo sacerdotal.

Pascual Rodríguez murió en su casa de Plottier, donde vivía junto a Margarita, su compañera de toda la vida, el 18 de junio de 2007. Lo quise mucho en poco tiempo, porque nos había alcanzado el tiempo para intimar y explorar juntos las oquedades de la existencia.

Pascual vivió a pleno. Celebró misa, invocó a su dios, consagró bautismos y supo unir, ante el altar de ese dios suyo, a amantes de todo signo. Fue amante y marido, fue padre. Transgredió todo lo que quiso. Nunca quiso transgredir la ley de Dios. Fue mi amigo.

La última jornada del conflicto fue la del 12 de marzo de 1970. Ninguna noche como aquella noche han podido vivir, hasta hoy, los habitantes de la villa El Chocón. Ninguna como aquélla vivirán en el futuro. Porque aquella noche fue una noche de Walpurgis con sus aprestos nocturnos que anunciaban el aquelarre innoble en el que íncubos y brujas de ocasión sacrificarían todo aquello que odiaban, todo aquello que se oponía al mal que ellos, arpías y mefistos, han venido a hacer a esta Tierra desde que el humano cayó sobre su rostro y emprendió su extraviada expedición cósmica, absurda y sin destino conocido.

Era el 12 de marzo, y la tensión subía, otra vez, en las filas obreras. La noche caía sobre las bardas y el Lima y era pura naturaleza, indiferente a los avatares de los hombres, fluyendo hacia su mar, es decir, hacia el punto preciso en que confundiría sus aguas con el salobre magma de un océano lejano.

El obispo, Monseñor doctor don Jaime Francisco de Nevares y Casares, malgrado su origen de clase, o tal vez precisamente por ello, pernoctó junto a los obreros esa noche, llevando a la práctica, sin concesiones, el mensaje cristiano, que nos da, según algunos, la terrible potestad de elegir el infierno, según otros, la de abogar por el prójimo, y según Muriel Barberyuna incomprensible vocación por los sufrimientos largos y por las culpas recurrentes.

Hubo vigilia de armas, otra vez, en El Chocón. Las trincheras obreras, oscurecidas para evitar el blanco represivo, ofrecían, esa noche, un espectáculo estremecedor. Siluetas silenciosas se desplazaban, aquí y allá, entre predruzcos y roca madre, como sombras chinescas que se aprestaran para una partida en la que se iba a dirimir el ser y el no ser de cada uno.

Nadie esperaba nada de su propio destino, que parecía jugarse allí, en esa tierra dura, reseca y estéril. Y todos esperaban a Godot[10], es decir, a algo o a alguien que diera sentido a sus vidas. Los centinelas obreros de El Chocón se sentían, esa noche, como perennes habitantes de las tinieblas tratando de escudriñar, a través del viento y de la noche fría, movimientos del enemigo.

Y algo se divisaba en las trincheras policiales. Era el arribo nocturno de hombres y perros; eran los aprestos finales para una represión que todos intuían próxima y que debía saldar, con la lógica del Estado gendarme, lo que las palabras no habían podido dirimir: un conflicto de clase. Los obreros sabían que Pacheco, el jefe de “la Güemes”, había pedido los refuerzos. Y lo sabían porque pudieron interceptar, el día anterior, la onda radial de la policía. Nadie se andaba con chiquitas allí. Los obreros contaban, también, con su propia tecnología; y ésta no era provista ni por el oro de Moscú, ni por el de La Habana sino, sólo, por el propio ingenio.

Pese a todo, la razón  -que combatía en las filas obreras-moriría, al final, junto a la esperanza proletaria, porque era sólo eso, razón de los trabajadores,sin la fuerza indispensable para imponerla.

Como afirma Maurice Godelier: “ … no hay dominación sin violencia, aun cuando ésta se limite a permanecer en el horizonte”. La policía de Neuquén, finalmente, no reprimió a los obreros en huelga. Esta tarea quedó a cargo de “la mejor del mundo”, de los “patanegras”, esto es, la policía de la provincia de Buenos Aires (la Brigada Güemes). Pero no es menos cierto que la presencia disuasiva de los uniformados neuquinos, a lo largo de todo el conflicto, operó, en los hechos, con la funcionalidad que el maestro francés le atribuye a la violencia como componente estructural del Estado. Aquéllos permanecieron, a lo largo de todo el conflicto, “en el horizonte”, es decir, como amenaza latente, y siempre fueron fuerzas con las que podía contar, llegado el caso, el bando no obrero de esta lucha.

La mirada retrospectiva induce a pensar que mucho antes de que los obreros comenzaran a discutir en asamblea la decisión a adoptar, ya la derrota era el único destino del movimiento. Cuando Armando Olivares concedió la palabra al primer orador de ese 12 de marzo en el obrador, ya la opción era la no-victoria. El bloque obrero se hallaba desarmado políticamente; el conflicto, aislado y en la lejanía, era mirado ahora con más curiosidad que entusiasmo desde el resto del país, y las medidas de apoyo a la huelga, en otros conglomerados obreros, brillaban por su ausencia.

El  “armamento”  de los trabajadores jamás fue más allá de las necesidades de autodefensa. Tampoco hubiera podido ser de otro modo. Mentía también aquí, la versión oficial, que atribuía a los obreros la posesión de un verdadero arsenal.

En esas condiciones, la opción por el rechazo de la propuesta gubernamental se parecía bastante a frotar la lámpara de Aladino: el genio maligno de la represión se sintió convocado y su irrupción no pudo ser conjurada por hombres cansados y, ahora sí, un poco desmoralizados. Esto fue lo que finalmente ocurrió.

Pero si la asamblea del 12 de marzo se hubiera inclinado por la solución opuesta, esto es, la aceptación de que Alac, Torres y Olivares no podrían ya ser elegidos por sus bases para representarlos, esto implicaba una claudicación política esencial, ya que el nudo del conflicto y su origen recóndito había sido, desde el comienzo mismo de la construcción de las obras, que se respetara la voluntad de los trabajadores.

Más de una vez, en las asambleas sucesivas que se hicieron a lo largo del conflicto, resonó la voz estentórea del espíritu obrero en El Chocón: estamos dispuestos a renunciar al 40 % de aumento, pero no a que ustedes sean nuestros delegados. Fue esto lo que siempre quisieron las bases obreras y recurrentemente lo manifestaron en sus mitines.

A esa altura de los acontecimientos, una u otra variante llevaba a la derrota.

Aquí estriba uno de los núcleos políticos e ideológicos del conflicto de El Chocón que mantienen su vigencia en el hoy de la tercera década del siglo XXI e inmersos ya, como estamos, en esa dinámica de funcionamiento del sistema capitalista llamada globalización.

Lo que se discutió en El Chocón  -lo hemos dicho ya-  fue el principio democrático. Y es el principio democrático el que hoy levantan como bandera los pueblos de todo el mundo en una doble lucha que los tiene por protagonistas: la lucha contra la acumulación asimétrica de la riqueza global y la lucha por ampliar la participación de la sociedad civil en la gestión de la cosa pública, en el caso, a través del reconocimiento del derecho de las organizaciones sociales a ocupar sus legítimos lugares en el organigrama institucional del Estado, particularmente, en el poder legislativo.En la Argentina, por caso, una eventual reforma constitucional, si genuina, no podría soslayar este hecho.

O manda la organización sindical o manda la asamblea obrera. Esa era una dualidad irreductible en los ’70 del siglo pasado. Pero no era una dualidad caprichosa; era, además, una dualidad legitimada por la situación concreta de entonces. El jefe de los obreros de la Unión Obrera de la Construcción (UOCRA), llamado Rogelio Coria, en aquel ayer combativo era, a la vez, el símbolo más abyecto de la corrupción y de la traición a la clase obrera, tal vez el arquetipo, a lo largo de toda la historia del movimiento obrero argentino, de la colusión infame del dirigente obrero con las patronales para entregar los conflictos y derrotar a los propios obreros que tenía la obligación de representar. La opulencia de su vida diaria sólo tenía la virtud de que no impostaba pobreza: lucía su modo de vida, financiado por el dinero de los trabajadores y por los negocios con las patronales de la construcción, con una impudicia y un desenfado que provocaban asco y odio por igual. De esa clase de hombres estaba hecha la llamada entonces “burocracia sindical”. Contra ella lucharon los obreros de El Chocón. Pero también lucharon, como hemos visto, contra otros enemigos y a favor de otros objetivos, a favor de sus propias utopías, porque una lucha obrera sin utopía no es lucha, seguro que es engaño reformista o disimulada cobardía.

Todos los conflictos del siglo XX, en particular los de la segunda mitad del siglo XX, han dejado enseñanzas para los obreros y los pueblos que luchan hoy. Hay que buscarlas a esas enseñanzas, porque están, aunque no se dejen ver así no más.

El capitalismo se ha globalizado sobre la base de la universalización de la forma mercancía; y no responde ya, ese capitalismo globalizado, a una representación simbólica del tipo «cadena» con sus «eslabones débiles».

Lo que alguna vez fue una descripción ajustada del capitalismo monopolista imperialista de mitad del siglo XX  (capitalismo que tendía a romperse en aquellos puntos geográfico-políticos en los que las contradicciones se acumulaban tornando más «débil» a uno de esos puntos), aquella descripción ajustada, decimos, ha devenido otra representación, la cual puede ser captada como una proliferación numerosa y uniforme de fracturas embrionarias en los cimientos mismos del edificio global, fisuras que se van extendiendo, de modo homogéneo y paulatino, por  esos cimientos que se van resquebrajando de a poco y que, cada vez menos, pueden soportar el peso de tal sistema global que marcha, en forma también paulatina pero sin pausa, hacia una situación crítica.

Que este ocaso asuma la forma de una explosión o la de un gemido lastimero, como dice T. S. Eliot en su poesía, es algo impredecible. No es impredecible, en cambio, el tiempo. El tiempo de las transformaciones anticapitalistas arribará en breve con brevedad china, con brevedad de un siglo, tal vez.Pero esos cien años, ese siglo, es, para los hijos de Confucio y de Sun Tzu, de Marx, de Mao, de Deng  y de Xi Jinping, el instante que tarda la mano en espantar la mosca que revolotea sobre nuestra cabeza.

Persistir aunque la lucha se parezca mucho a una siembra en tierra reseca y hostil, esa es una enseñanza más que nos legaron Alac, Torres, Olivares y los obreros de El Chocón. Hay esperanza  -parecen decirnos-,  aunque esa esperanza no sea para nosotros;y nos dicen, así,  lo mismo que una vez nos dijo Kafka.

Pero no importa que la esperanza no sea para nosotros.¿Cómo va a importar si, a esta hora exactamente, otro niño wichi  -en Salta-  muere sin entender que está muriendo y sin saber que había nacido…? ¿Cómo va a importar, si el implicado en el crimen se ha mudado a Europa, nada menos, con su encantadora familia?

Entonces, y siendo así, como no importan las dificultades, hay que seguir. Como siguieron ellos, los obreros de El Chocón.

Seguramente fueron los agresores, ya que fueron los vencidos, nos dice Sartre en El Diablo y Dios. Más de acá, más nuestro y en otra clave, aunque tan dúctil y perceptivo (¿tan sabio?) como el filósofo francés, otro filósofo, nuestro Karateka Medina, supo disertar, en modo pop, así: “Cuando estás arriba te perdonan todo; cuando te caés te unifican la causa…”.Algo de todo eso, también, ocurrió en El Chocón en 1970.

En cualquier caso, los militantes de hoy, como los de aquel ayer, deberán ser albañiles dotados de una voluntad descomunal para trabajar en condiciones de aislamiento y de una rara habilidad para convertir al viento y al frío en impotente astucia de la naturaleza; deberán, también, prepararse para arrostrar una geografía inhóspita en un paisaje desolado; contarán, asimismo, con una tozuda decisión de avanzar cuando el único rédito es el sinsabor cotidiano y estarán siempre dispuestos a predicar en el desierto y a desafiar el sentido común y a erigir a la democracia no sólo en principio ordenador de la vida, sino en método de conocimiento y de toma de decisiones, y sobre todo, serán hombres y mujeres decididos a nadar contra la corriente, a hacer lo inesperado, a decir lo inaceptable, a burlarse de la muerte, a enamorarse de la vida y acceder al absoluto, al único absoluto al que pueden aspirar los humanos, que es la risa de un niño, de ese niño que ahora nace para vivir su aventura de conocer el mundo: para no morir sin, primero, haber sido un hombre.

Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus, ha dejado dicho, en una línea última, Umberto Eco: de la rosa nos queda sólo el nombre, el nombre desnudo.

Mas, ¿cuál es el nombre de la rosa? Bueno, nuestra memoria nos dice ahora que, si como afirma el griego en el Cratilo, el nombre es arquetipo de la cosa, en las letras de rosa está la rosa, y todo el Nilo en la palabra Nilo. Jorge de Burgos, en el opus magnum de Eco, es un bibliotecario ciego. Es ciego, es bibliotecario y se llama Jorge. Homenaje, el de Eco, a un hombre, a un escritor. Homenaje, el nuestro, a muchos hombres y mujeres, que escribieron, también, aunque con otra tinta,una historia.

Quede El Chocón, como de la rosa, no nos quede sólo el nombre, depende de nosotros… de nosotros como especie, que no como generación, por cierto.

Hoy, sólo queda el viento donde estuvo la rosa. Pero la rosa estuvo allí, hace cincuenta años, no lo olvidemos. No lo olvidemos nunca.

 

[1] En el Manifiesto Comunista Marx afirma que “ … la burguesía no ha forjado solamente las armas que deben darle muerte; ha producido, también, los hombres que empuñarán esas armas: los obreros modernos, los proletarios” (M.C., Ed. Polémica, Bs. As., 1975, p. 41). Esta calidad de “sepulturero” de la burguesía que ostenta el proletariado debido a su ubicación “objetiva” en la producción no da cuenta, precisamente, de debilidad. Pero nuestra afirmación va en otra dirección. Sólo queremos destacar la situación individual, subjetiva y concreta, de un conglomerado fabril que, recién instalado, se halla aún desorganizado y, por lo tanto, es débil frente a eventuales medidas disciplinaristas de la patronal. Es en este sentido, y sólo en éste, que vale nuestra referencia a la debilidad de la clase obrera.

[2]Dios y el Diablo en la tierra del viento; subtitulado Cristianos y marxistas en las huelgas de El Chocón; Catálogos, Bs. As., 1º edición argentina, 2005.

[3] Héroes y Herejes; BarrowsDunham; T. I, Seix Barral, Barcelona, 1969, p. 31.

[4]Documentos de la Resistencia Peronista; Roberto Baschetti, recopilador; Puntosur Editores, Bs. As., 1988, p. 439.

[5] Ana Longoni: Tucumán arde: encuentros y desencuentros entre vanguardia artística y política, p. 317 (En “Cultura y Política en los años ’60”; Enrique Oteiza, coordinador. Instituto de Investigaciones «Gino Germani»; Facultad de Ciencias Sociales; Oficina de Publicaciones del CBC, UBA, Bs. As., 1997).

[6] Op. cit., p. 29.

[7] Op. cit., p. 96.

[8]Ibídem, p. 94.

[9]Op. cit., p. 152.

[10] Alusión a la obra teatral de Samuel Beckett “Esperando a Godot”.

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