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Occidente al garete

Afortunadamente, aquel 28 de septiembre de 2015, en Nueva York, el primer ministro de la India, Narendra Modi, no le llevó el apunte al presidente de Estados Unidos, Barack Obama. Éste, sin tapujos ni suavidades, presionó a la India   -en línea con sus antecesores Bill Clinton y George W. Bush- para que cambiara sus políticas de propiedad intelectual. De haber accedido, el gobierno indio habría sido responsable de que millones de personas en todo el mundo perdieran el derecho a tener medicamentos accesibles que salvan vidas. India es la «farmacia» del mundo que produce genéricos.

Por Juan Chaneton*

*jchaneton022@gmail.com

Cuentan los que merodeaban por ahí el día en que se celebró esa cumbre, que Narendra Modi se despachó con  -palabras más o menos-  la siguiente argumentación:  ¿Así que porque el laboratorio tal descubrió tal o cual vacuna yo no puedo ir a «robársela» sólo porque la patente es de ese laboratorio?  ¿Y si con aquel medicamento yo le salvo la vida a 200 millones de mis ciudadanos infectados con HIV? En ese caso, ¿estamos ante un problema de derecho de propiedad y de negocios o ante un problema de derechos humanos? En ese caso, ¿quién tiene que decidir, el Ciadi o la OMS?; ¿el directorio de Gilead  o las Naciones Unidas? ¿Se trata de un problema individual o colectivo?

Para estar de acuerdo con Modi no es necesario abrevar en aguas maximalistas. Alcanza con León XIII y su Rerum Novarum, cuyo núcleo conceptual es que la propiedad privada es un derecho pero no un derecho absoluto sino limitado por el así llamado «bien común».

El coronavirus ha restituido el tema a la agenda no de tal o cual país, sino a la agenda de la humanidad. Pues, si ahora tal o cual laboratorio descubre la vacuna contra el coronavirus, ¿qué hará ese laboratorio? ¿Reivindicará la propiedad privada sobre la patente? ¿Demandará  a los que se la roben ante la «justicia universal»?

Es mucho lo que se ha precipitado en la coyuntura mundial a propósito de la pandemia y ya nada volverá a ser como antes. Enhorabuena, tal vez, si no fuera porque millones de muertos puede ser el escenario distópico que nos esté aguardando.

La pobreza se insinúa, ominosa, como espectral sepulturero de la riqueza. Tremenda dialéctica de la historia ante la cual sólo nos queda escribir para conjurar un poco el estupor que nos invade. El capitalismo ante el espejo de su propia criminalidad. Miles de  millones de seres humanos sin agua, sin higiene, sin alimento adecuado. Si allí ingresa el virus, la humanidad habrá colapsado. Eso es capitalismo en estado puro. Y capitalismo es Washington-Londres-Tel Aviv como eje y base que sustenta y reproduce la patologóa de occidente pero en el cual, además,  se asienta la codicia de servidores periféricos bien remunerados, que son, estos últimos servidores, los dueños de la riqueza y que, por caso, en Argentina, Brasil o Chile serán tan responsables de la muerte generalizada como lo son los que les defienden la propiedad local con el crimen y la guerra a nivel global.

En un informe fechado el jueves 19 de marzo, el Bank of America, por boca de la economista Michelle Meyer, decía que la economía de EE.UU. cayó en recesión y que el mercado laboral será uno de los sectores más afectados:  una pérdida de un millón de empleos cada mes desde el segundo trimestre de 2020,  alcanzando un total de 3,5 millones.

La opción, como epifanía secular, irrumpe sola y sin que nadie la convoque: planificación o dependencia, para decirlo como ironía de aroma retro. Hay que combatir la pandemia desde la realidad actual pero sin dejar de conocer el origen de las dificultades para, así,  combatirla con éxito.

Eso de que para luchar contra una enfermedad hay que perder puestos de trabajo y dejar de producir riqueza es propio de las economías de mercado, es decir, es una consecuencia del desorden económico que implica la oferta y la demanda. En esa etapa histórica de su desarrollo se halla el mundo y es la racionalidad de esa realidad lo que Occidente parecería empezar a debatir.

Con la planificación como herramienta generalizada no habría Channel Nº 5 para nadie pero tampoco moriría nadie de coronavirus, mucho más cuando en esa hipotética economía planificada las vacunas no faltarían nunca debido a unas políticas sustentadas en financiación proveniente del ahorro no sólo en guerras sino también del ahorro en boludez envasada como «industria del entretenimiento»  (que dilapida fortunas) administrada en nombre de la «libertad de expresión».

La Argentina se enfrenta -como cualquier país- a sus propias especificidades. El tonto que se encama en un albergue o el imbécil que dice yo no voy a vivir encerrado porque se le ocurre al Presidente han sido  -y deberán seguirlo siendo-  objeto de las más enérgicas pullas, por decirlo con elegancia. Pero es el caso que no son ésos los que ponen en peligro a la humanidad. Ésta podría colapsar por el lado de la pobreza generalizada, que existe como contracara de la opulencia de los pocos que en el mundo disfrutan de la vida.

El barril de petróleo vale, a estas horas, monedas. ¿Alguien cree que, como sería lógico, el precio de la nafta en surtidor bajó? NO. No bajó. Las empresas energéticas  -esas que en el marco de la Constitución argentina de 1949 eran propiedad del Estado-, hacen pingües negocios en tiempos de pandemia global. La avaricia del lucro, también globalizada, orienta las conductas de las empresas. Es una obscenidad moral a la cual nadie parece en disposición de ponerle fin. Pero de ponerle fin depende que no nos quedemos sin país.

¿Es más fácil ahora pensar la economía planificada? ¿Se advierte mejor, ahora, que planificación y libertad viven en tensión pero no en tensión insuperable? ¿Percibimos con más y mejor luz, ahora, que de la coordinación colectiva y, en última instancia, solidaria, depende la vida, la vida colectiva y la vida individual? ¿Empezamos a advertir, aunque sea un poco, por fin, que el socialismo y no el capitalismo es la condición para que la humanidad siga existiendo? ¿Nos damos cuenta, ahora, de que dos mil familias, en la Argentina, son las dueñas de la tierra fértil, de los recursos naturales, de los bancos, de los medios de comunicación y de los laboratorios que fabrican los remedios para las enfermedades? Es el capítulo nacional de la crisis.

El plano mundial ofrece, a  su turno, aristas diversas. No quiero misiles, quiero médicos, dijo Fidel Castro hace ya mucho tiempo, tanto tiempo hace que, cuando lo dijo, los que escuchábamos lo que decía no entendíamos mucho qué quería decir. Un médico o un misil. Un hospital o un banco. Un enfermero o un agente de bolsa. That is the issue, permítasenos el anglicismo.

Prolepsis: en el ejemplo que antecede, se impugna tácitamente a los misiles y a los agentes de bolsa. No a los bancos. Pero … los bancos; no las corporaciones que financian guerras y derrocamientos en pos del robo de lo ajeno, sean territorios o recursos.

La banca de fomento fue separada de la banca de inversión por Franklin Roosevelt en la inmediata posguerra. La primera «fomenta», es decir, ayuda. Ayuda a los ciudadanos y jefes de familia y a las pequeñas empresas. La segunda, la de «inversión», sirve para la timba, para la especulación, para inventar negocios «sub prime» … hasta que se generaliza en burbujas incontrolables.

La ley Glass-Steagall, que fue la que separó ambas bancas, duró hasta 1999, año en que el presidente Clinton la derogó. La ley Glass-Steagall era un obstáculo para la concentración del capital, tendencia que atraviesa al sistema y que muchos economistas, desde Marx en adelante,  teorizaron luego con la mirada puesta sobre lo que ocurría en Europa.

Banca de fomento para los trabajadores y las pymes; banca de fomento para que los grandes conglomerados productivos puedan hacer precisamente eso, producir. De eso se trata.

Pueblos sancionados con la desnutrición y con la carencia de medicamentos es el resultado de políticas estadounidenses a escala global. El bloqueo a Cuba, a Venezuela y a Irán es un crimen que ahora pagaremos todos. Pagaremos el doble por la demencial conducta de una clase dirigente estadounidense que gestiona la reproducción de las excelentes condiciones de vida de un millón de personas en detrimento de siete mil millones de seres humanos que también son personas.

Así las cosas, el éxito de AF medido en términos de liderazgo fortalecido luego de un eventual fin de la pandemia, lo colocaría en inmejorable posición para ir por un verdadero proyecto nacional soberanista en la Argentina. Una de las claves que debe tornar «sustentable» una política verdaderamente independiente por parte de nuestro país es la incorporación de las fuerzas armadas al proyecto de industrialización para la defensa, rearmamento y vinculación académica con los estados mayores de las fuerzas armadas de la Federación Rusa y de la República Popular China. El eje geoestratégico del mundo tenderá a acelerar su desplazamiento hacia oriente después de la pandemia. Los militares argentinos son ciudadanos de la Constitución, en un sentido, como cualquier otro ciudadano: tienen idéntica necesidad y derecho de participar en la política de su país. Hacia allí hay que ir, abandonando concepciones interesadas en imbuir en los uniformados la noción -perjudicial para el interés nacional-  de que constituyen un estamento diferente y superior. Sin las fuerzas armadas no habrá proyecto nacional posible.

Lo que fue destruido en todo el mundo (los sistemas de salud basados en el hospital público y en una asistencia médica accesible) deberá ser reconstruido. Pero eso es lo que dice el sentido común. Y las dinámicas financieras globales  -que son la objetiva expresión de la necesidad que tiene el capital de concentrase para no morir-  son ajenas a otro sentido que no sea el de la maximización del beneficio. Así, promete despliegues nuevos y originales el futuro. Despliegues de una dramática humana que empieza a estar atravesada, cada vez más, por la tensión planificación-libertad; que viene a ser la extrapolación al plano práctico del factor teórico que nació a fines del siglo XIX y confirió su impronta política a lo esencial del siglo XX:  la oposición socialismo-capitalismo.

La mirada sobre el escenario global nos reenvía al capítulo nacional. El Estado de sitio hablaría muy mal del pueblo argentino, dijo el Presidente, pues estaría significando que su indisciplina para cumplir con la cuarentena es hija del rigor. Pero este pueblo argentino es el mismo que, en sus vertientes turismo a Miami y turismo a «Europa» (que para el chetaje que viaja es España, el único lugar en el que se pueden comunicar) ya ha sacado chapa de hazmerreír debido a su autocentralidad fundada en nada y a su compulsiva costumbre de preguntar en el extranjero «¿qué les parecemos nosotros, los argentinos? …  ¿cómo nos ven?». La respuesta del primer mundo a esta pregunta es «no los vemos», pero al medio pelo argentino no le cae la ficha y no capta la devastadora ironía.

De modo que este excelente Presidente que está demostrando ser Alberto Fernández tiene, una vez más, que bailar con la más fea, es decir, tiene que gobernar para ese medio pelo imbécil afecto al plástico y a cualquier metal amarillo que brille, que es la composición social mayoritaria de ese turismo argentino que desprecia a los grasas sin ver que más berretas que ellos no hay nadie.

La decidida y decisiva intervención del Estado como expediente de emergencia para luchar contra el virus dispara, desde ya, ilusiones sobre un sedicente regreso del Estado de bienestar. Pero son sólo eso, ilusiones, pues aquellos bienestarismos europeos constituyeron una etapa histórica que, a su vez, obedecía a líneas de fuerza fundamentales en el funcionamiento general del capitalismo occidental. No hay regreso a ese pretérito como no lo hay al mercantilismo del siglo XVIII, que uno y otro no fueron el resultado de la decisión de ninguna voluntad individual sino de las leyes de hierro de la necesidad de las fuerzas productivas de crecer y de las relaciones de producción de hacer posible ese crecimiento.

Lo que sí se insinúa ya es una dificultad creciente de la globalización para seguir siendo lo que es. Habrá un conato de repliegue sobre sí mismos de los Estados nacionales. Pero esto ya era tendencia desde antes de la pandemia. El acto reflejo de las empresas será levantar o suprimir las cadenas multinacionales de valor y el Estado tenderá a controlarlas en aspectos como los stocks para situaciones de contingencia. Serán nuevos incentivos para que la tendencia a la baja de la tasa de ganancia se dispare. Pero una nueva oleada globalizadora, esta vez liderada por China y no por unos Estados Unidos en declive, seguirá adelante hasta agotar el proceso de universalización de la forma mercancía y, de ese modo, contrarrestará aquel descenso de la rentabilidad.

Los profetas del «déficit fiscal», en todo caso, estarán en dificultades teóricas. Ya retumba y aturde, en la Argentina, el silencio de Espert, Cachanosky, Milei, Giacomini y «libertarios» de igual pinet. Achicar el Estado, suprimir el Banco Central, entregar el gobierno de la sociedad al «mercado», echar gente a la calle para que disminuya el «costo laboral» y, dentro de un par de décadas, el «derrame» haya hecho las delicias del pueblo argentino, no parece sensato y, lo que es peor, va quedando al descubierto la pamplina.

El periodista sin atributos también existe: es el que pregunta, hoy, quién manda en la Argentina, si Alberto o Cristina. Hay que tener mala lecha para plantear eso. Es el tipo de periodista que, no obstante la medianía anclada en su ADN, ha sacado chapa de objetivo y sagaz. Hay varios que responden a ese fenotipo.

Los escenarios interactúan solos y es imposible considerar la situación nacional en tiempos de pandemia sin hacerlo en simultáneo con lo que ocurre en el mundo.

En cualquier caso, mientras son Cuba, Venezuela, China y Rusia los que están mandando médicos y ayuda a todo el mundo, la OTAN, ¿tendrá algo para aportar?  ¿Y el «comando sur»?

Moscú-Pekin-Nueva Delhi deberán tomar el toro  por los cuernos y convocar a los que, hasta hoy, muestran que se les quemaron los libros: Europa, Estados Unidos y Japón. Todos ellos deberán sentarse a la mesa y ponerse de acuerdo en cómo sigue esto, si es que sigue.

Mientras tanto, aquí en el sur, todo parece encaminarse a la prueba máxima, a la ordalía del fuego, que es la que debería atravesar un líder político de la calidad de Alberto Fernández para devenir, más allá, estadista, que es lo que reclama la hora, la hora de la pesadilla en cierne: si ya ha habido saqueos en el norte cabe esperar algún tipo de respuesta por parte de quienes deben enfrentar a la muerte sin agua y sin jabón y con la desnutrición acechando. Como siempre dijo la izquierda inteligente de aquí y del mundo: acabar con la pobreza no es sólo un imperativo moral; ni siquiera es un imperativo primordialmente moral; es una exigencia del funcionamiento de la economía para que la economía no termine explotando y nos liquide a todos.

En fin y como le dije hoy a un hombre, fino y espiritual como pocos y cuya amistad todavía no sé si merezco: se ve todo muy irreal,  muy de serie de tevé, como si un escenario distópico nos hubiera alcanzado, y la política empieza a tener dificultades para captarlo, para describirlo, tal vez la literatura pueda, no sería la primera vez que ésta se subroga en los derechos de aquélla y la supera…

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