Paisaje después de la batalla

Dejemos que la ciencia haga su trabajo y reduzca progresivamente la carga letal del virus. Aplaudamos el esfuerzo del personal sanitario que, en ocasiones con instrumental de baja calidad o diseñado y construido improvisadamente con sus propias manos, arriesga su vida en un acto de solidaridad extraordinario. Cumplamos ordenadamente lo que el sentido común nos aconseja (confinamiento, higiene, distancia social, etc.). Y preparémonos para el día después, que más pronto o más tarde llegará, sin poder visualizar de una forma clara y precisa los escenarios que nos esperan.

Por Alfonso Durán Pich*

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El Covid-19 es una señal de alerta y un catalizador. Es una señal de alerta de la respuesta de la naturaleza a nuestras continuas agresiones. Los humanos nos creemos poderosos, liquidamos la flora y la fauna, llenamos el espacio de basura electrónica, rompemos el equilibrio natural del entorno, y luego nos escondemos atemorizados cuando un virus (un ente sin vida aparente) pone de manifiesto nuestra fragilidad.

El Covid-19 es un catalizador, una substancia que ha acelerado la crisis sistémica en la que nos hallamos insertos. No es una crisis económico-financiera, como aparentaba ser la del 2007, sino una crisis global, una crisis larvada que viene de lejos, con componentes sociales, culturales, políticos, tecnológicos y económicos.

El Covid-19 ha abierto muchos interrogantes sobre la vida en sociedad. Solo en las guerras y en las horas del “toque de queda” la gente era obligada a recluirse en sus hogares. Ahora el confinamiento es total, con salidas puntuales reguladas para casos de necesidad. En la vida moderna, los urbanitas que viven en núcleos familiares comparten como mucho los fines de semana. El resto de los días son días apresurados, en los que cada uno tiene sus obligaciones (profesionales, logísticas, estudiantiles etc.) y hay poco tiempo para el debate civilizado. En la etapa Covid-19 se van a romper muchas costuras y los procesos de divorcio van a llenar los juzgados.

El Covid-19 ha puesto sobre la mesa la eticidad de los valores dominantes, en su doble dimensión moral y social. El cortoplacismo, el consumismo, la lucha por el poder a cualquier precio, el dinero como objetivo supremo, la cosificación de las relaciones personales, el culto a la banalidad, el desprecio a la otredad. Todo se ha venido abajo.

El Covid-19 ha demostrado que cuanto más cerca estés del problema, más acertarás en tus decisiones. “Small is beautiful”, que nos enseñó Schumacher. Por eso la primera decisión –la más elemental– habría sido confinar los territorios, bloquear las fronteras exteriores e impedir así la transmisión. Luego cada territorio (para eso, como mínimo, servían las Comunidades Autónomas) debería haber gestionado su propia realidad. No se ha hecho así. Los Estados decimonónicos (como el español, el francés o el italiano) han fracasado en sus intentos para resolver el problema, donde el afán centralizador jacobinista se ha mezclado con una utilización del ejército en labores que no le corresponden y para las que no está preparado. Incluso el lenguaje utilizado y las imágenes transmitidas son más propios de una guerra convencional (al estilo Tercios de Flandes) que de un fenómeno que solo los científicos pueden analizar con suficiencia. En el caso del Estado español, el retrato es todavía más grosero, como si los virus se rindieran ante los vítores al rey, la unidad de España y la constitución. Nadie les perdonará los desaguisados que han cometido y las muertes que podrían haber evitado, en parte por incompetencia y en parte por altivez.

El Covid-19 ha cuestionado el enfoque de nuestras nuevas tecnologías, que han ido derivando hacia el campo empresarial y a la lógica del beneficio privado, en detrimento de una orientación al bienestar público. Demasiada inteligencia instrumental dedicada por ejemplo a nuevas aplicaciones para móviles (la mayoría superfluas) y poca inteligencia al estudio y conocimiento de los grandes misterios del universo, de sus organismos, de las interrelaciones entre ellos.

El Covid-19 ha dado el toque definitivo al modelo dominante de la economía neoliberal, donde las ganancias se obtienen en el casino global, sin una relación directa con las actividades productivas. En estas últimas se da la paradoja de una sobrecapacidad de producción enfrentada a un infra consumo. Un modelo en el que los Bancos Centrales han volcado dinero en los mercados a bajo precio, sin seguir de cerca la utilización de ese dinero. Un modelo en el que la Deuda Pública junto a la Privada aleja la capacidad de restaurar el equilibrio de las cuentas. Un modelo que ha producido una sociedad endeudada, y así sometida a los dictámenes de los acreedores. Un modelo en que los “takers” han ganado por goleada a los “makers”. Un modelo perverso.

El Covid-19 ha evidenciado que Occidente tiene sus fábricas en China y en los países colindantes con el gigante chino. Y que las unidades productivas que todavía quedan en el hemisferio occidental también dependen de componentes fabricados en Oriente. Antes se decía que si Washington estornudaba todo el mundo cogía un resfriado. Ahora el estornudo viene de China y cambia las relaciones de poder entre los países.

El Covid-19 ha destapado que la globalidad y sus secuelas es un disparate. Que hay que volver a la proximidad, a las lechugas y tomates del campo más próximo. Que la movilidad per se no tiene razón de ser. Que hay que conocer a fondo el espacio propio antes de invadir el ajeno. Que las tecnologías de la información y la comunicación hacen innecesarios muchos viajes. Que el turismo de masas es un residuo de una forma de interpretar el mundo que ha dejado de tener sentido. Que los viajes “low cost” son una copia imperfecta del “capitalismo popular” con el que enredaron a nuestros abuelos.

El definitiva, el Covid-19 ha hecho saltar por los aires todo el andamiaje que la crisis del 2007 ya había explicitado y que los “analistas simbólicos” habían intentado reconstruir a base de cartón-piedra. Y ahora, ¿qué queda?, ¿con qué nos vamos a encontrar?

En apariencia, nada habrá cambiado. Pero poco a poco nos daremos cuenta de que ya nada será como antes. No sé si mejor o peor, pero diferente.

Los Estados actuales se romperán, aunque algunos, como el español, ya está hecho trizas. Habrá estados federales, confederales o independientes. Eso sí, el tamaño se reducirá. Las federaciones supranacionales (tipo Unión Europea) desaparecerán, y así lo harán todas las organizaciones derivadas de ellas, con lo que habrá un abundante mercado de funcionarios en busca de trabajo. El poder, como ya hemos dicho, dejará el Atlántico y se desplazará al Pacífico, en un equilibrio inestable entre China y la India.

El dinero continuará moviéndose a su antojo, pero no así las personas ni las mercancías. El comercio exterior se moverá en una zona intermedia entre el liberalismo puro y el proteccionismo.

No habrá trabajo para todos, por lo que será necesario la creación de una “renta mínima” unipersonal, única forma de evitar una revolución, que esta vez podría ser violenta. La “clase media” será una antigualla de las novelas burguesas. Las disparidades de renta y patrimonio se agudizarán. El modelo chino se  impondrá, con matices: capitalismo de mercado y autoritarismo político. En el caso de Occidente prevalecerá políticamente la “democracia autoritaria”, como podemos ver en España, Polonia, Hungría, Grecia, etc.

Podemos interpretar el escenario del Covid-19 como un modelo de ingeniería social, en el que controlas a la población frente a la amenaza de un peligro desconocido.

Si no quieres ser protagonista pasivo de este escenario, ya puedes empezar a moverte. Entretanto, cuídate.

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