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La conquista permanente

OLIGARQUÍAS RICAS Y PODEROSAS, GOBIERNOS DÉBILES Y PROCLIVES A LA CORRUPCIÓN, MAYORÍAS POBRES Y MARGINADAS, COMUNIDADES ORGANIZADAS PARA BENEFICIO DE LAS ÉLITES DEPREDADORAS

MEJOR ARREAR LAS MULAS QUE LLEVAR LA CARGA

Si nos ubicamos unos doce milenios antes, cuando las primeras poblaciones comenzaron a permanecer en un solo sitio como consecuencia de la invención de la agricultura y la domesticación de animales, concluiremos necesariamente que  apareció la necesidad, primero, de defender el territorio y, después, de expandirlo.

Por Jorge Luis Oviedo*

Con la necesaria expansión territorial, los mejor organizados en defensa, armas y destrezas de guerra, se volverían conquistadores.

Y la conquista tiene sentido, si es continua; pero la permanencia debemos asumirla como control y no como ejercicio explícitamente violento. Así, pues, debieron aparecer las primeras imposiciones tributarias.

A los conquistadores les correspondió, en este caso a su élite, la mejor parte: volverse señores, dirigentes, tanto de  los suyos, como de las otras poblaciones sometidas a su alrededor; mientras incrementaban territorio, cultivos, tributos, tecnologías  y el “orgullo civilizador”, justificado por la casta sacerdotal que, indudablemente, era mucho más que inventora de rezos y divinidades.

De este modo los grupos conquistados y colonizados debían contribuir con las labores de mayor esfuerzo físico, en tanto los conquistadores perfeccionaron sus capacidades de dominación en todo sentido: las estrictamente guerreras, las de propaganda (religión), las de producción: la agropecuaria, pastoril, selección de semillas;  los descubrimientos e invenciones de técnicas y herramientas para mejorar la producción, el uso eficiente del agua, la prevención de enfermedades, la construcción de refugios, el aprovechamiento de las pieles, huesos, tendones de los animales…

Todo ello fue así porque se descubrió que al diversificarse las labores, se obtenía más conocimiento en determinados asuntos o en la fabricación de objetos útiles; y que, hacer esto, permitía apropiarse del talento creativo  de los propios y de los conquistados: doble ganancia.

En síntesis, al conquistador le resultó mejor dirigir que hacer todo el proceso o, como dice un antiguo refrán, “Es mejor arrear las mulas que llevar la carga”.

Está claro, entonces, que los pueblos conquistadores, al  expandirse,  asumieron la responsabilidad de sostener el poder; y, por tanto debieron, por generaciones, mejorar continuamente las artimañas de esta difícil actividad. (LA EXPANSIÓN NO ES INFINITA)*

Los éxitos visibles del poder son atractivos; pero las sutilezas (porque la fuerza siempre ha sido la última instancia para alcanzarlo y para sostenerlo) de su ejercicio deben estar siendo afinadas constantemente; y no son hereditarias como los genes.

Este patrón conquistador se ha repetido en distintos lugares, épocas y culturas: Conquista, sometimiento, sincretismo, dominación final. En esta última etapa se consolida la cultura dominante sobre el resto o lo que queda de la periferia tributaria conquistada.

Es claro que unas culturas se decantaron por la esclavitud y otras por la servidumbre; en algunos casos se impusieron ambas prácticas.

Así ha sido la historia humana, así ha sido la construcción del poder elitista que surgió después de la invención de la agricultura.

Los pueblos y culturas que afianzaron su tradición conquistadora o imperial se vieron obligados a dedicar mayor  de tiempo al trabajo intelectual: consolidar un discurso de justificación que diera identidad  y orgullo a los propios; y provocara temor o admiración en los dominados; y por otra parte, mejorar la capacidad de solventar problemas, mejorar las defensas y la tácticas de guerra, mejorar las técnicas de seducción política; en fin, inventar continuamente para no dormirse en sus laureles.

Entendamos, entonces, que la fuerza ha de ser siempre, el último recurso para dominar a otros; pues el mayor beneficio de conquistar o comerciar con ventaja es, precisamente aprovecharse de los otros; no solo por la fuerza de trabajo para las cuestiones cotidianas y elementales, sino para acaparar los talentos creativos en todos los ámbitos que, ampliamente demostrado está, dichas naturales habilidades no se transmiten de padres a hijos de la forma como trasladamos un objeto de un sitio a otro.

Si fuese así, la acumulación de conocimiento y experiencia que una persona adquiere debería ser mejorada por la siguiente generación y, al cabo de 100 generaciones, tendríamos gobernantes sabios, inventores más prolíficos, genios musicales, pintores, científicos, etc. que superaran a sus predecesores y un encadenamiento evolutivo distinto.

La mejoría de las especies animales y vegetales que se han hecho para incrementar la producción de leche y carne en el ganado; la cantidad de granos en los cereales, etc. no aplican para las aptitudes o vocaciones que aparecen en nuestra especie.   Y, menos aún, para la toma de decisiones que en el transcurso de la vida hacemos las personas. Por eso, y dicho entre paréntesis, la búsqueda de talentos que realizan los países hegemónicos es una práctica habitual que se traduce en becas de estudio para  la juventud talentosa, cuya finalidad es aprovechar, en la medida de los posible, toda la creatividad dispersa.

Así, pues, como esa garantía no existe, la expansión imperial de Egipcios, Persas, Cartagineses, Mayas, Quechuas (Incas), Aztecas, Otomanos, Rusos, Chinos, Japoneses o Romanos ha mostrado una realidad distinta; y muchos de esos antiguos imperios ya no existen. Otros han renacido adaptados a las realidades y desafíos contemporáneos.

Así, con la decadencia y desaparición final del Imperio Romano (“Buscas en Roma a Roma, ¡oh peregrino!/ y  en Roma misma a Roma No la hallas:/ Cadáveres son la que ostentó murallas/ y tumba de sí propio el Aventino”… Francisco Quevedo,  A Roma en Ruinas)  la Europa, Occidental, pues, que estuvo prácticamente encerrada durante casi mil años, logró, finalmente, a partir del siglo XVI (el XV inclusive si se considera las exploraciones progresivas de  Portugal por toda la costa africana iniciada mucho antes del paradigmático 1492) imponerse al resto del planeta sobre la base de una superioridad guerrera y algunas enfermedades, que se convirtieron en armas biológicas efectivas, especialmente en  la Conquista de América.

Lo cierto, si vemos la ventaja, que siempre tuvieron los conquistadores, desde la aparición de la agricultura, es que nunca un puñado de reinos o un Imperio, había dominado tantos territorios y culturas en 400 años: el planeta entero.

Pero no cabe duda que los Europeos se beneficiaron de sus explotaciones marítimas. La conquista de islas y continentes completos; esclavizar o someter a servidumbre, por una parte; comercializar, donde no pareció factible la conquista y, finalmente, establecerse en territorios de ultramar, como se los llamó en aquella época. Lo cierto es que a partir del siglo XVI Europa se adueñó de  la casi totalidad de América, África, Oceanía y gran parte de Asia.

Es conveniente destacar que los europeos resultaron beneficiados por los inventos, el conocimiento teórico y práctico; a veces ni siquiera imaginado por ellos, del que se apropiaron sin otorgar reconocimiento a los pueblos sometidos.

Destacan el oro y  la plata, por ejemplo, porque eran los dos metales relacionados con el dinero: sus patrones. En América, sin embargo, se lo usaba con fines ornamentales tanto en el México Antiguo, como en la región andina o en la actual Colombia con su orfebrería chibcha. Para los europeos acumular oro era sinónimo de riqueza; lo siguen viendo de esa forma. Se continúa acumulando en bóvedas, aunque como “patrón de respaldo monetario” USA demostró que son más efectivas las armas, en tanto patrón de conquista permanente.

De modo que el descubrimiento de información, diseños de máquinas, uso  de explosivos, observación de los astros, estudio del clima, ciclos del tiempo, información de la farmacopea natural, etc. fue a dar a manos de la élite intelectual europea apoyada por nobles que hacían de mecenas.

Eso dio a Europa la oportunidad, no solo de erigirse como  dominadora del mundo por la fuerza de las armas, sino de imponer en paulatinamente una cultura dominante  basada en formas de producción, comercio, organización política, social, religiosa; y, postergando, para como conquistadores sacar ventaja,  la ciencia y las tecnologías –que de los descubrimientos científicos– surgieron. Robar conocimiento y producir otros nuevos sobre una metodología (la experimentación) que estuvo postergada por cuestiones religiosas) fue beneficioso para la Europa Occidental. De otra forma no se justificarían los viajes de “curiosidad científica” como los de Charles Darwin, Humboldt o las crónicas como “La Historia General y Natural de las Indias de Fernández de Oviedo en plena conquista durante el siglo XVI.

Y no se trata solamente del botín, no se trata de la consolidación de los tributos como parte del dominación colonial, sino de otros aspectos fundamentales que se han  pasado por alto: conocimiento acumulado por los pueblos “descubiertos, conquistados y colonizados. Especialmente aquellos que tenían tradición escrita más antigua que la de la Europa Occidental. Ese saber, debido al fanatismo  evangelizador español se perdió en casi su totalidad en las culturas de América. Pero Gran Bretaña no cometería ese yerro con la India y la China.

La obtención de nuevas fuentes de conocimiento le permitió a Europa ir mucho más allá del Renacimiento artístico y de la divergencia católico protestante al interior del cristianismo.

Si ya después de las Cruzadas se había beneficiado con una oleada no solo de intercambio comercial, sino cultural. Piénsese, por ejemplo, en la adopción del sistema de numeración indo-arábigo, que después les tocaría universalizar.

Esto, repito se suele pasar por alto; debido, sobretodo, a que el vencedor, el conquistador se quedaba con todo lo que le parecía conveniente; y, normalmente, se destaca lo material: oro, plata, esmeraldas, seda, especias.

Así, el dogmatismo religioso debió acomodarse mucho más (ajustarse) a los estrictamente moral; al gobierno de la conducta, a la imposición de la obediencia y la mansedumbre; mientras en el interior de las Cortes de Europa surgía una oleada de pensamiento proclive a lo experimental y  mucho más acorde con la necesidad de entender el mundo desde su naturaleza y no como una mera extensión de las divinidades.

Aún estamos bajo esa influencia, básicamente, bajo esa propaganda que, afortunadamente,  comenzó a resquebrajarse por la dificultad de su expansión.

La mayor impostura europea no fueron ni la tradicional conquista ni el saqueo de recursos minerales (metales muy apetecidos) durante más de trescientos años, sino la sutil imposición de un modelo de vida universal basado en el comercio; y teniendo como divisa la ganancia, es decir, el sutil despojo sin tregua de todos los recursos; incluido el mejor tiempo de la juventud de los nativos y de los actuales habitantes de estos países, a través del trabajo asalariado y con el mecanismo de la inversión extranjera: Forma menos violenta de dominación imperial.

Si bien después de la Segunda Guerra Mundial, USA asume el timón de este modelo, se trata en realidad de una extensión de la Europa anglosajona establecida en el Norte de América.

*Escritor

 

 

 

 

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