EDITORIAL. Pandemia económica

De mantener el modelo económico, como estaba antes de la Pandemia de Covid 19, la situación mundial devendrá en una crisis aun mayor a la que ya hoy se vive:

Surgirán trastornos sociales de toda índole: enormes tasas de desempleo; falta de ingresos de los Estados,  desabasto, crisis social que afectará al ámbito familiar…. En países  con determinado tipo de  Gobiernos habrá aumento de la delincuencia, del pillaje e incluso motines: todo como una forma de rebelión social derivado de una crisis que surge en un contexto macro económico.

La pandemia ha provocado la crisis mundial más extendida desde 1870. Esta es la conclusión a la que han llegado, recientemente, los expertos del Banco Mundial.

Que hay una crisis de grandes dimensiones, es evidente. No hay economista que niegue esta realidad. De hecho, antes de la pandemia ya asomaban síntomas de naturaleza sistémica.

Ahora, los países europeos verán sus deudas en magnitudes nunca vistas. Más de 20 países de América Latina  han solicitado en los últimos meses préstamos para poder enfrentar la pandemia del covid-19. Contraer más deuda significa menor soberanía y mayores presiones para aplicar un modelo regresivo del Estado.

Las consecuencias económicas de la pandemia ya están golpeando a los Estados Unidos con una velocidad y gravedad sin precedentes: Alta tasa de desempleo, revueltas sociales y  la inyección de tres billones de dólares en su economía desde el inicio de la crisis de salud con  una deuda récord que amenaza al dólar y la hegemonía estadounidense.

En África lo que se está viviendo es una catástrofe por la situación previa del continente en materia económica y del nulo reparto de las riquezas. Países con deudas excesivas, impagables, y millones de africanos viviendo en la hambruna, la ausencia de agua potable y epidemias letales, además del nuevo coronavirus. Lo mismo ocurre en muchos países asiáticos, asolados también por sanciones, y conflictos bélicos.

En medio de todo esto, instituciones internacionales al amparo de la ONU se han manifestado en el sentido de condonar la deuda de los países en vías de desarrollo, algo que ha llegado a pedir incluso el Papa Francisco.

En una situación como esta, los Estados se ven obligados a inyectar grandes cantidades de dinero público a fondo perdido para que el sistema siga funcionando, lo que implica más endeudamiento. Pero parece que algo comienza a cambiar.

Cuando miles de empresas en el mundo enfrentan la bancarrota, hasta los más acérrimos enemigos de la intervención estatal están discutiendo la posibilidad de nacionalizar —total o parcialmente— las empresas en quiebra.

Y no sólo países del este de Europa, como los casos de Bulgaria, Hungría o Eslovaquia,  sino potencias económicas liberales como Francia y Alemania. Incluso en EEUU hay voces que reclaman un cambio del modelo de nacionalizar pérdidas a cambio de nada. Larry Kudlow, asesor de la Casa Blanca, sugirió  en marzo «si damos ayuda, debemos tomar una parte de las acciones», en otras palabras, la entrada del Estado en las grandes empresas estratégicas y el sector financiero.

Coincidimos con el economista francés Thomas Piketty cuando afirma que «deberíamos usar esta terrible crisis como una oportunidad para replantearnos el sistema económico. Ha mostrado el alto nivel de desigualdad que tenemos en nuestras sociedades. Alguna gente ha tenido que seguir trabajando o vivir de ayudas». «El nivel extremo de desigualdades sociales impone la necesidad de cambiar el sistema económico», concluye.

Esto es: el impacto del coronavirus obligará a cambiar la ideología dominante de los años 90 y 2.000, con el centro en la primacía del mercado y la «sacralización de la propiedad».

Cambios los habrá, por la propia supervivencia del sistema capitalista y de la élite privilegiada que lo defiende, la cuestión es qué alcance tendrán y si supondrá una inercia histórica hacia el otro modelo, el socialista.

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