Acontecimientos en pleno desarrollo

En el marco de la globalización (economía mundial con crecimiento anémico y sistemas políticos en crisis) un gobierno de Alberto Fernández en la Argentina es un activo que hay que preservar. Pero en el marco de la 1-11-14  y del municipio de José C. Paz, un gobierno de  Alberto Fernández  es una perplejidad que puede traer consecuencias.

Por Juan Chaneton*

*jchaneton022@gmail.com

Tal la contradicción de fierro que nos pesa sobre la espalda y sobre la aptitud cognitiva sin que el progresismo argentino venga en nuestra ayuda  para resolverla, pues ese progesismo sólo ve uno solo de los términos de la contradicción, concibe la política como campo de fuerzas donde la voluntad humana reina soberana y huye del esfuerzo reflexivo porque el facilismo le sienta mejor. Después de la pandemia vamos a instalar, ahora sí, el Estado de bienestar  -dicen- y para eso vamos a dialogar civilizadamente con Juntos por el Cambio  -completan-.

Los peronistas saben castigar una ofensa pero también saben perdonarla.

Lo que se discutía en el juzgado de Villena y se discute ahora en el de Juan Pablo Augé no es derecho, es política. Parece que fuera derecho, pero es política. No se trata de celebrar los pasos de baile leguleyos que se han comenzado a disparar a partir del decisorio de la cámara platense. No se trata de garantizarle a la mafia macrista del espionaje sus derechos procesales con la firme y progresista convicción de que, repetando el derecho, nos respetarán a nosotros y la justicia se impondrá finalmente, Macri irá preso y Cristina será desagraviada por las instituciones de la patria cuando un poder judicial finalmente convencido de la verdad de nuestras buenas razones reparta castigos e indulgencias con la balanza en ristre y la venda en los ojos.

Hay que caminar el sendero de los procedimientos judiciales asegurando garantías procesales a izquierda y derecha  -eso está fuera de toda duda-,   pero sin dejar de saber que  la ideología juridicista tiene destino de catástrofe para los que cifran en ella toda su fuerza, su masa crítica y su expectativa final pues, en el marco de esa ideología, hay personas e intereses -tanto en el campo de la derecha como en el campo progresista-  trabajando para que la derecha siga contando en la Argentina con su representación política y para que, por ende, Macri, Peña y su banda inmediata, no rindan cuentas de sus fechorías pues ello sepultaría no sólo a Macri sino también a la UCR y, más allá, dejaría en estado crítico al sistema de representación política en la Argentina, toda vez que legitimaría el cercenamiento de uno de los pilares en los que se sostiene ese sistema que es, como queda dicho, el macrismo y sus amalgamas electorales mafiosas, conservadoras y decididas a todo con tal de impedir una Argentina genuinamente nacional, democrática y popular.

Tenemos  -qué duda cabe-  que cumplir con las formas  -sobre todo con las garantías procesales-,  pero no por razones políticas sino por razones morales, porque somos mejores que ellos y porque la moral, para nosotros, no va escindida de la política. Pero hay que saber que la política no nos felicitará porque saquemos «10» en estado de derecho: la derecha nos quiere destruir, no felicitar; y  los conurbanos no están atentos a cuán fieles somos al estado de derecho.

Los conurbanos, más bien se hallan en estado de latencia, de una latencia trágica descripta por alguien que sabe algo de lo que dice: «Cuando en 2001 explotó fue por hambre. Salieron a saquear todos los negocios por comida. Hoy la bronca es de la gente que está sin trabajar. Y lo peor es que muchos están con necesidades mucho mayores que en 2001 …  en ciertos lugares la policía ya está superada. Todo el segundo cordón del Conurbano está así. Moreno está peor que José C. Paz; Malvinas Argentinas está igual que José C. Paz. La policía está desbordada y deben venir las fuerzas federales. La gente va avanzando y no la van a poder parar. La gente avanza y si vos la dejás va a seguir así. Como intendente tengo la preocupación de que esto se vaya a desbordar en algún momento. ¿Cuándo? Cuando empiecen a aparecer los muertos. Cuando la gente vea a sus muertos, cuando haya gente que no sea atendida en los hospitales porque están desbordados. Allí podremos tener un problema”. No es Delacroix el que pinta la tela, es Mario Ishii, que hace 18 años gobierna el distrito que lleva el nombre del fundador del diario La Prensa  https://www.infobae.com/politica/2020/07/05/alarmante-pronostico-de-un-intendente-peronista-del-conurbano-para-fines-de-agosto-vamos-a-estar-como-en-2001/.

En este contexto es más sensato llamar a la reforma agraria, como hace Grabois, que alentar expectativas en que el poder judicial va a hacer justicia con Macri y su banda. En este contexto, es mejor dudar y pensar, como bien hacen algunos, que hablar con el aplomo de los que no conocen la duda, como hacen otros emulando a Aldo Rico.

Es cierto que Villena autorizó micrófonos en Ezeiza, de modo que ahora estaría investigando delitos que él mismo cometió. Pero que se haga o no justicia en la Argentina  -esto ya deberíamos saberlo-   no depende, en primer lugar, de la actividad personal de los jueces, sino de la dinámica sistémica del poder judicial como agencia del Estado, ya que es esta dinámica objetiva la que deja más o menos margen a los agentes judiciales para hacer justicia. Es grave (ya sea que se opine por ignorancia o con malicia) alentar expectativas en un poder del Estado al que ya nadie respeta y que viene en decadencia desde que nació. Augé, el nuevo juez, es un producto de esta dinámica objetiva del subsistema judicial y no un juez digno y probo (virtudes que no le negamos) que por eso, por digno y probo, viene a higienizar lo que Villena ensuciaba. La causa espionaje, con el apartamiento de Villena, ha comenzado a andar su camino de exculpación final de Macri y del macrismo por los delitos de espionaje cometidos. Es una  pena que el progresismo argentino sea tan miope y nunca mire más allá de su nariz ensimismado en la contemplación de sí mismo. Y más que una pena es, esa miopía, abono para posibles tragedias que habría que extremarse en evitar.

El macrismo es antipolítica dentro de la política, y ello lo torna un fenómeno ambiguo, pero la ambigüedad, para la Argentina, es un destino, de modo que no cabe extrañarse aquí. El macrismo es la ceca de una cara que nos mostró el 2001: la licuación de la «centenaria» UCR. El macrismo nace despreciando profundamente a la política y a los políticos y si no es igual al lepenismo francés o al «cinque stelle» italiano,  ello se debe a que  -como acabamos de decir-,  en este país y desde el origen de su historia mínima, todo es y no es a un tiempo y todo es a medias porque no hay ni envergadura espiritual, ni proyecto nacional, ni calidad dirigencial para mirar un poco allende el negocio particular, que siempre aparece como vínculo prebendario con el Estado, sea que se trate del empresario «contratista», del jubilado de la política y de privilegio o del «dirigente» sindical que abomina de Agustín Tosco porque es marxista y encuentra virtudes morales en Rucci porque es peronista. Viven, ambos.

Mitad antipolítica y mitad «oposición responsable», el macrismo exhibe un espacio de sensatos de derecha que se diferencian de miserables talibanes del tipo Macri, Cornejo, Bullrich, Ferraro. Se trata del larretismo y del vidalismo, por ponerle un nombre. Seguirán divididos en la medida en que el Frente de Todos gestione con liviandad y haciendo del «estado de derecho» su fundamentalismo identitario. Se unificarán ni bien la gestión muestre signos de profundización en clave nacional, democrática y popular. ¿Esto es malo o es bueno? Es malo, creo yo, pero se escuchan ofertas en sentido opuesto. Nunca más intenso el deseo de estar equivocado.

Si el desastre ocurre, nada más estúpido que azuzar las llamas del incendio. No hay bolcheviques organizados preparando la insurrección triunfante en el Conurbano. Cerrar filas en defensa de la democracia y del gobierno constitucional de Alberto Fernández será siempre el arma de estos pueblos zaheridos por golpistas con camuflaje republicano. Pero para que la institucionalidad emerja sólida, incluso al cabo de temporales políticos y sociales que siempre son inhóspitos, es preciso que las autoridades autogeneren legitimidad, y ésta siempre ha de tener un comienzo de ejecución en el rescate de los millones de pobres e indigentes que, si objeto prioritario del programa de gobierno para la etapa posdeuda, devendrán masa crítica de población llamada a garantizar, precisamente, esa legitimdad renovada que resultará imprescindible para seguir gobernando.

Después, habrá que ponerse a trabajar en términos de largo plazo. El empresariado no prebendario tiene un papel que jugar en esto. Inversiones para generar empleo, ese es el programa ya conocido, como deseo, hasta por las «empleadas domésticas». Hasta la irrupción de la pandemia, la tasa de inversión como porcentaje del PBI, en la Argentina, estaba muy lejos del 22/24 % que se requeriría para poder hablar en serio de crecimiento. Hoy -además-   hay desinversión y quiebre generalizado de pymes. El empresariado prebendario está asustado y los que realmente tiran del carro están muertos con impuestos impagables yendo probablemente a una rebelión. Hay que sentarse con ellos. Hay que fomentar, con ellos, las UTE con capitales chinos, que son los únicos que, en el mundo, mantienen irrigadas las arterias de la economía global. Estados Unidos se opondrá y, en el límite y si Argentina insiste es disponer de su soberanía, Alberto Fernández será comparado con Maduro y el Grupo Callao será sospechado de financiamiento por algún cártel mexicano. Habrá llegado el momento de poner sobre la mesa lo que hay que poner, pero para eso hay que estar dispuestos a enfrentar a los «locales»: los rurales concentrados, los bancos y los medios hegemónicos.

Este «poder real» está vivo. Y frente a él hay que ser no sólo cuidadosos sino, además, inteligentes, y eso parece lo difícil. Nadie miente más y mejor que el indignado, sobre todo si es por televisión. El Chacho Jaroslavsky ha dejado descendencia, pero sería mejor no clamar al cielo diciendo boberías con énfasis  -como fulminaba Montaigne-  y, en lugar de la actuación, pensar el proceso político precisamente como eso, como proceso: los radicales de Cambiemos no se dejan conducir sino que piden ser conducidos por Patricia Bullrich, porque los radicales de Cambiemos maman su veneno y son hijos y entenados sietemesinos de aquel Roque Carranza que, en su rol de comando civil, mataba adolescentes y antes se había regocijado con las bombas que quemaban guardapolvos blancos en la Plaza de nuestra historia y en aquel junio del ’55, tan parecido al «verano del ’42 de los nazis. Los mejores radicales ya no son radicales; o lo son en una nueva dimensión y en otra escala. Los mejores radicales son como Leopoldo Moreau, por no citar sólo el caso más conocido; pero hay otros.

Encarcelar a Stornelli  y a Daniel Santoro, dos hombres de la mafia mediático-judicial macrista tiene, en caso de concretarse ese acto de justicia legítima, destino de Vicentín. El totalitarismo populista va por la propiedad privada y por la libertad de los ciudadanos, y los rurales y su clase media urbana no permitirán tamaño avance liberticida. Estamos en un problema. El mismo problema, una de sus caras, que no encuentra solución: Lula y Cristina fuera de la cancha porque si no,  ganaban la elección. Al cierre de esta nota, la fiscalía ilegal de Bolivia pide la detención internacional de Evo Morales acusándolo de «terrorismo». Estamos en un problema.

La economía, sin embargo, marcha hacia un escenario de, en principio, buenas noticias. Salvo el siempre reticente Black Rock, los principales fondos de inversión parecen aceptar la propuesta de Fernández-Guzmán encaminada a superar el problema de la deuda heredada de la espantosa gestión de Mauricio Macri. Un eventual final feliz a este problema debería tener como consecuencia virtuosa no una lluvia de inversiones pero sí lo necesario para el arranque: préstamos a tasa razonable para relanzar la inversión, la reducción impositiva y el consumo. Además del Estado argentino, los actores involucrados son el gobierno de Donald Trump, el FMI, el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo. Alberto Fernández mira, también, hacia la Unión Europea. En caso de un despegue exitoso de la economía argentina, China habría estado ausente de semejante milagro. Y si el «caso argentino» deviene ejemplo a nivel global, Xi Jinping y el proyecto «La Franja y la Ruta»  tal vez empezarían a ser mirados como innecesarios por buena parte del establishment argentino. Más que un error, ello será, tal vez, un imposible, pues hasta el Chile de Piñera es miembro del selecto club de la Ruta de la Seda. Por algo será. Pero en política, y sobre todo en política internacional, la conjetura excluye el rigor.

En suma, se juegan, en la Argentina de hoy, opciones y destinos. Madurez o inmadurez para enfrentar lo impensado. Y la guerra o la paz como perspectiva y marco que condiciona nuestras conductas.  Todo es un poco como aquel Verano del ’42, en Nantucket. Sólo que falta el ángel de Jennifer O’Neill.

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