Los cetáceos, felices con el confinamiento y en peligro por el turismo

En el Mediterráneo se ven delfines nadando cerca de las costas y grupos de cachalotes en zonas inusuales. El confinamiento decretado contra el coronavirus ha beneficiado a los cetáceos, pero la temporada turística podría arruinarlo todo.

«En cuanto han vuelto los navegantes, hemos visto circular vídeos que nos ponen los pelos de punta», lamenta Marion Leclerc, de la asociación científica para la conservación de los cetáceos «Souffleurs d’écume».

Uno de ellos muestra un «encuentro» con un rorcual en el golfo de Saint-Tropez, la famosa ciudad turística francesa de la Costa Azul: el barco se acerca a unos metros y tres adolescentes se abalanzan sobre el cetáceo con simples máscaras y tubos de buceo. Es peligroso para la ballena y para las personas: «¡Estamos hablando de un animal que pesa 70 toneladas!», advierte Leclerc.

A la asociación le preocupa que vuelvan algunos operadores que «acosan» a los animales con drones y después proponen a los turistas nadar con ellos.

«Muchos olvidan que el Mediterráneo es también un hogar, donde los animales se alimentan, se reproducen, descansan», lamenta la asociación que forma a operadores turísticos para que apliquen métodos responsables para la observación de los animales marinos, certificados internacionalmente por Accobams (Acuerdo sobre la Conservación de los Cetáceos).

El Mediterráneo es un mar pequeño (1% de la superficie oceánica mundial) pero acoge más de 10.000 especies.

En sus aguas y las del Mar Negro se han observado 21 tipos de cetáceos (de los 87 registrados en el mundo), según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). La mayoría están clasificados como «en peligro».

Además de los encuentros con turistas demasiado atrevidos, estos animales corren el riesgo de choques con barcos, en un mar que concentra el 25% del tráfico mundial. «Es la principal causa de mortalidad no natural en los grandes cetáceos», según Marion Leclerc.

«Reducir la velocidad» 

Una mañana de verano, unos cincuenta delfines azules y blancos nadaban alrededor del barco del Grupo de Interés Científico por los Mamíferos Marinos del Mediterráneo (GIS3M), en la bahía de La Ciotat, en la costa mediterránea francesa.

Lauréne Trudelle explica el motivo: «¡Hay que reducir la velocidad, colocarse en paralelo a su trayectoria para evitar cortarles la ruta, después vienen a jugar ¡si ellos quieren!». «Si no los persigues -añade Leclerc- es cuando ofrecen el espectáculo más bonito».

Durante los meses de confinamiento, el cese casi total del tráfico marítimo permitió a algunos cetáceos conquistar espacios generalmente demasiado frecuentados por las personas. Incluso los más viejos, de unos cien años, nunca habían vivido en semejante tranquilidad.

Con su equipo de investigadores, Hervé Glotin, un bioacústico de la Universidad de Tolón (sur), analizó los datos recopilados por drones marinos de la compañía Sea Proven.

«En las profundidades marinas, nuestros oídos sustituyen a los ojos», explica. Para observar el comportamiento de los cetáceos, los sensores de sonido han permitido seguir su rastro, sin molestarlos.

Estos animales se ubican y desplazan gracias al sónar: detectan los obstáculos en su ruta emitiendo ondas sonoras y analizando las reenviadas por los objetos.

Bajar 30 decibelios 

Durante el confinamiento, cuando se suspendieron las salidas científicas en el Mediterráneo, Sea Proven obtuvo las autorizaciones necesarias y la financiación de la fundación Príncipe Alberto II de Mónaco para proseguir con sus observaciones en el «santuario» marino Pelagos.

Y registró una reducción sorprendente de 30 decibelios en las zonas costeras, en ausencia total de navegantes.

En este «silencio» los cetáceos, y en particular los rorcuales, bastante solitarios, pudieron interactuar «a una distancia de dos a seis veces mayor de lo habitual», describe el profesor Glotin, lo que les ha permitido contactar con congéneres lejanos.

Los delfines aprovecharon la ausencia del hombre para jugar en las calas de Cassis (sur). «El período ha demostrado que somos realmente responsables del ruido en las bahías y que esta contaminación es completamente reversible», subraya el científico.

No es la única contaminación que ha disminuido en el Mediterráneo. Según Quiet-Sea la tasa de hidrocarburos en el agua se ha reducido a la mitad.

No hay un texto internacional sobre la salvaguardia de los cetáceos que sea vinculante para los armadores. Sólo Francia impone desde 2017 a los buques franceses de más de 24 metros que surcan Pelagos que se equipen con un dispositivo de localización de estos animales, lamenta la oenegé Tethys, con sede en Milán.

«¡Bastaría con reducir un 10% la velocidad de los barcos en zonas muy pobladas por cetáceos para reducir considerablemente el ruido y el riesgo de colisiones!», asegura Glotin.

EFE

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