Beirut, a donde el mundo mira de nuevo

La explosión que sacudió a Beirut este martes volvió los ojos del mundo hacia la capital libanesa, una urbe llena de historias y contrastes de todo tipo, donde convergen credos y posiciones extremas que hacen compleja la vida, sin restarle belleza.

Por Héctor Miranda*

En Beirut todo encanta: el clima, la arquitectura, esa aura de ciudad ribereña, el comercio, la cocina, las mujeres, la prisa de las personas por llegar a cualquier lugar y esa sensación perenne de ciudad en guerra, marcada por las barricadas hechas con sacos de arena, aunque haya pasado mucho tiempo desde que se disparó el último proyectil.

Un por ciento alto de las edificaciones guardan huellas de algún combate. Las marcas dejadas por las balas de fusiles y ametralladoras, o por proyectiles de mortero, y hasta de algún tanque, se pueden ver en cualquier lugar de una ciudad que disfruta de sí misma y que vive con intensidad cada uno de sus días.

El tráfico a veces aplasta como en cualquier otra urbe del mundo, pero, para el turista, la sensación de estar en Beirut suele ser única e inolvidable.

LA EXPLOSIÓN CAMBIÓ TODO

En unos segundos el rostro hermoso de la ciudad se bañó de sangre y escombros este martes. Más de un centenar de personas murió, casi cinco mil resultaron heridas y un número indeterminado siguen desaparecidas. Miles de viviendas cayeron por la fuerza de la explosión y la onda expansiva se llevó ventanales y puertas por doquier.

Unos se preguntan si la mano del terrorismo estuvo detrás de la voladura del almacén donde se guardaban desde hacía seis años unas 2.700 toneladas de nitrato de amonio o fue solo el descuido el que generó la explosión de una sustancia con la cual se fabrican abonos para la agricultura, y también explosivos para la guerra o el terrorismo, entre otras cosas.

El Gobierno libanés, en primera instancia, se negó a aceptar investigadores foráneos y advirtió que los suyos eran capaces de preparar un informe certero de todo lo que había pasado, para lo cual dio un plazo de cinco días, en medio de una cruzada internacional de ayuda, y entre protestas de la oposición, que exige involucrar a expertos extranjeros en la investigación.

Las autoridades dijeron también que los daños estaban valorados en una cifra entre los 10 .000 a 15.000 millones de dólares, todo eso en medio de una profunda crisis que llevó a cambios de gobiernos, incluso a largos periodos sin consenso para nombrar a un primer ministro u otro.

Para algunos, queda como consuelo que Israel no esté detrás de la explosión, porque lo admitió el gobierno libanés y lo certificó la cúpula cercana a Benjamin Netanyahu, sobre todo en momentos en los cuales la tensión crecía en la frontera común después de producirse algún encontronazo entre el ejército sionista y Hizbolá.

LA DURA RECONSTRUCCIÓN

La comunidad internacional, sumida en una profunda crisis por la pandemia del coronavirus, no le da la espalda al Líbano y desde muchas partes llegan las muestras de solidaridad y los envíos de ayuda humanitaria para una ciudad que puede demorar años, tal vez lustros, en recuperar lo que perdió con la explosión en su puerto.

El arribo al país del presidente francés, Emmanuel Macron, con la intención de «expresar la amistad y la hermandad de nuestro país al pueblo libanés» y también «hacer conclusiones y ayudar a organizar el apoyo internacional a Beirut y a la población del Líbano», parece bien vista por todas las corrientes políticas, sobre todo por los nexos de siempre con París y la necesidad de respaldo internacional.

Sin embargo, habrá que esperar para ver cómo se desenvuelve la situación en un país carcomido por los conflictos desde hace años, en una región muy volátil y en medio de la pandemia generada por el coronavirus.

Los que adoran a Beirut saben que la ciudad se levantará una vez más, tal como ha hecho durante milenios, para volver a ser la urbe que encantó a todo el que estuvo en ella, desde aquellos que solo llegaron en funciones de trabajo hasta el más exigente de los turistas.

*Sputnik

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