La Matanza, como Minsk

Le asiste la razón a la ministra de Seguridad de la Nación, Sabina Frederic, cuando dice que el problema de las tomas de tierras es, en primer término, un problema social. Pero hay un nudo ahí. Que el problema sea social no lo hace menos grave. Lo de Frederic peca de insuficiencia, no de inexactitud. Aun cuando, claro está, ella podría alegar que superar la insuficiencia no es de su competencia sino de la competencia de otras áreas de gobierno.

Lo cierto es que, como lo vienen sosteniendo las filosofías más prestigiosas desde tiempo inmemorial, el tiento se corta por lo más delgado. Y lo más delgado  -se sabía-  era el Conurbano bonaerense. Y, a estas horas, todavía no se ha detectado que el «efecto contagio» haya asomado sus lóbregos pendones en otros conurbanos argentinos, pero no sería para extrañarse si ello ocurriera.

Un Alberto Fernández exitoso al cabo de cuatro años de gobierno es una hipótesis no sólo inadmisible para la derecha argentina sino que, además, devendría baldón infamante sobre la frente de unos actores políticos que, si ese fuera el caso, estarían siendo derrotados donde logran éxitos sus colegas de otros países del continente.

Un gobierno normalmente exitoso de Alberto Fernández sería también un éxito de Cristina Fernández de Kirchner. En los cuatro años anteriores no la pudieron meter presa. Volvió a la política. Les puso al Presidente. Sería sobreseída con una justicia inspirada en el derecho y no en la política, como la que así despunta. Y, encima y como colofón, quedaría en pista nuevamente para volver al pináculo en 2023, aun cuando es dudoso que sea eso lo que ella se propone.

Si todo esto ocurriera, la derecha quedaría desnuda frente al espejo de Ecuador, Bolivia y Brasil, donde Correa, Evo Morales y Lula son impugandos con éxito por el establishment y están tendiendo, más bien, a dar las hurras de manera definitiva para alejarse, así, de la competencia electoral.

Lo que se está jugando en la Argentina, más precisamente en los conurbanos de Almirante Brown (que es donde comenzó la asonada policial acaudillada por un tal Luis Tonil, que lo primero que dijo fue que él  es «apolítico»), en Adrogué, La Matanza y en otras localidades aledañas a la capital federal, lo que se está jugando, decimos, es geopolítica.

El Departamento de Estado y su embajada en la Argentina son refractarios a un gobierno como el de Alberto Fernández. Su desgaste es su programa. Por todo lo que acabamos de decir. A Alberto Fernández le han plantado una protesta «de color» en plena pandemia, en pleno conurbano, nada menos que con la Policía como ariete y -curiosamente-  contra el funcionario menos progresista y más parecido a la derecha con que cuenta el gobierno de Axel Kicillof. Berni le da la razón a la Bonaerense y no a la madre de Facundo Astudillo en el caso del asesinato del joven. La derecha golpea allí, como si quisiera golpear en lo que, presume, es el punto fuerte del gobierno provincial.

Esa es la «mano negra» que, a estas horas, está denunciando el gobernador Axel Kicillof. La movida tiene a la tropa rasa como motor y base social. La oficialidad  -por lo menos, su mayor parte-  no se pliega a la asonada golpista. Lo hacen con la lógica de que abrir fuego contra Berni, que está de su lado y los defiende, es una canallada. Y con el sentido común de que, en plena pandemia y con el país y el mundo dados vuelta, el gobierno provincial y el nacional, en tándem, les garantizan cobrar puntualmente su sueldo, que no es malo, como sí lo es el de la tropa utilizada para plantar el motín.

Si, pese a todo, hay movida desestabilizadora es porque esta Policía en rebelión es la punta de lanza de un proyecto continental cuya exitosa ejecución de ningún modo puede tener una excepción en la Argentina. La obertura, si bien se mira, tuvo su preludio y tiene su leit motiv. El primero es la escaramuza en torno a Claver Carone, un partidario combativo del sometimiento de América Latina. El Banco Interamericano de Desarrollo (BID), bajo su conducción, garantizaría que sus préstamos se digiten para alinear a los díscolos: el que quiere plata, que haga neoliberalismo, no soberanía. América Latina deberá ser, en su alucinada prepotencia, como Serbia y Kósovo, dos títeres, a esta altura, de Washington y Tel Aviv. En cuanto al leit motiv, como todo leit motiv, se repite a lo largo de la pieza como insistente retintín: república, dicen; y agregan: Estado de derecho.

El designio es que Alberto Fernández empiece a marchar, de una vez por todas, en sintonía y en función del conflicto no ya geopolítico sino geoestratégico que Estados Unidos está tratando de librar con éxito contra Rusia y China. Los que han tenido protagonismo en los días previos (Duhalde, Florencia Arietto y Chiche Duhalde renunciando a su cargo en la gubernamental Comisión contra el Hambre) son pasibles de la sospecha de que algo sabían de lo que se venía, pero eso no es grave. Tampoco lo es que Duhalde y algunos de sus amigos como Eduardo Amadeo y Miguel Ángel Toma tengan excelentes y siempre frescos vínculos con la DEA, con la USAID y otras agencias  de superficie del Departamento de Estado. Nunca más cerca del PRO ha estado Duhalde que ahora. Allá él. Allá ellos. Aquí, nosotros.

En todo caso, lo que sí es grave es que todo está discurriendo como contra Cristina en 2013. Sublevan a la Policía. Con una diferencia: se viene una coordinación dura de la asonada golpista con puebladas civiles en todo el país. Y no va a alcanzar con decir que si Macri o Aranguren estuvieran presos nosotros nunca le haríamos lo que le hicieron al buen Lázaro. No alcanza con eso. Si hay algo acerca de lo cual la derecha no tiene dudas, es acerca de nuestra bonhomía. Pero tampoco tiene dudas sobre lo que significaría un «populismo exitoso». Por eso actúa preventivamente.

Las tomas de tierras previas a la chirinada de los «ropagruesa» de la Provincia insinuaron un escenario sobrecogedor: no hay con qué detener el desespero de los que tienen por punto único de su programa «mejor la muerte que seguir viviendo así». Todavía no avanzan sobre la capital.

Entre tanto  -y por esa razón entre otras razones – están desplegando el libreto de Minsk, la capital de Bielorrusia. Ese libreto es ajeno, pero lo implementa la derecha, que es local y conoce el terreno. En Minsk fracasaron, por ahora. Rusia ya sabe que, si triunfaran, sería el turno de Rusia.

Si triunfan en la Argentina, ¿qué sería? A este país, así, no lo puede gobernar la derecha. Desde el fondo de los tiempos, los dueños de la riqueza sueñan su pesadilla inmemorial: la distopía igualitaria. Su sueño inquieto reposa sobre jergón de hojas muertas, sobre paja seca. Y aun el Estado democrático alberga en su seno al germen fascista. Hiberna, éste, hasta que despierta. Hasta que lo despierta el espectro del caos. Nada de esto es literatura. Es la pura descripción de lo que les ocurre a las sociedades humanas cada vez que los de arriba no pueden seguir viviendo como antes y los de abajo no quieren seguir viviendo como hasta ahora.

El pueblo silencioso de la Argentina, que en esta desgraciada coyuntura global agradece íntima y calladamente a su divina o terrena providencia que una gestión humanista y solidaria se halle a cargo de los asuntos públicos, no se dejará arrebatar la democracia. Ganará la calle. A como dé lugar. No será la primera vez que un pueblo defiende a un gobierno popular. Pero este pueblo, sobre todo, se encamina a ganar las elecciones de medio término, las de 2021. Y eso es parte de la preocupación de la derecha. Bien entendido  -repetimos-  que a este gobierno no se lo defiende por Facebook ni por Twitter. Se lo defiende en la calle.

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