A los españoles también los deportaban a campos de concentración, pero ¿por qué?

El 5 de mayo se conmemoró en España el «Día de las víctimas españolas del nazismo», un homenaje que llegó con 74 años de retraso, para recordar a los miles de españoles deportados y fallecidos en los campos de concentración.

Un 5 de mayo de 1945 los prisioneros del campo de concentración de Mauthausen (Austria), conocido como el campo de concentración de los españoles, recibían a las fuerzas aliadas con una inmensa pancarta que decía «los españoles antifascistas saludan a las fuerzas liberadoras». Ese día, después de sufrir tantas torturas y atrocidades, los sobrevivientes recuperaban la libertad. 

Sin embargo, tuvieron que pasar 74 años para que su país los reconociera como víctimas y dedicara un día en su honor, tal como lo hizo el Gobierno de Pedro Sánchez el 26 de abril de 2019.

Tras esta decisión, todos los 5 de mayo, España honrará «la memoria de estos españoles y reconoce que representan una parte fundamental de nuestra historia democrática por su ejemplo insuperable de sacrificio y lucha por la democracia y la libertad», tal como lo comunicó en su momento el ministerio de Justicia.

Sobre este reconocimiento, la lucha por la memoria histórica y el papel que jugó la Unión Soviética en la derrota del nazismo, Sputnik conversa con el historiador español, Antonio Sánchez Muñoz, profesor de la Universidad de Lisboa e investigador especializado en archivos alemanes.

—En 2019, después de 74 años, se reconoció a los españoles víctimas del nazismo. ¿Por qué tanto tiempo después?

—Durante el franquismo, evidentemente, no se honró oficialmente a los deportados a los campos de concentración. Hubiera sido un contrasentido, porque el propio régimen colaboró con el nazismo para que esos españoles acabasen en campos. Por lo tanto, durante los 40 años de dictadura, en España prácticamente no se habló de los deportados.

Pero tras la muerte de Franco en 1975, tampoco existió especial interés entre los dirigentes políticos por tratar los temas oscuros del pasado reciente como la Guerra Civil, el exilio y la deportación. Hubo una especie de pacto del silencio que debía evitar dividir a la sociedad española y poner en riesgo una Transición enormemente frágil. La democracia en España nació pues amnésica. El silencio sobre el pasado solo se rompió después del año 2000 cuando en España emergió un movimiento memorialístico protagonizado por nietos de los que combatieron en la Guerra Civil en el lado republicano.

Desde hace 20 años existe pues este así llamado “movimiento de recuperación de la memoria histórica” que surge de la sociedad civil y empuja al poder político. Ninguno de los gobiernos, conservadores o socialistas, tuvieron nunca interés por el tema, pero la presión social les obligó a mover ficha, sobre todo en la época de Zapatero entre 2004 y 2011. Con el regreso de los socialistas al poder en 2018 de nuevo el movimiento memorialístico consigue algunas concesiones de los gobernantes, y así se llega a la decisión del gobierno de pedro Sánchez de declarar el 5 de mayo como día de homenaje a las víctimas españolas del nazismo.

—Se calcula que unos 10.000 españoles fueron deportados a campos de concentración. ¿Por qué enviaban españoles a campos de concentración si España no participó en la II Guerra Mundial?

—Los españoles que sufrieron los campos de concentración eran republicanos que  habían perdido la Guerra Civil y que al final de la misma se exiliaron en Francia por temor a ser fusilados por Franco. Hay que recordar que los “nacionales” se rebelaron contra la República no apenas para acabar con la democracia sino también para erradicar la “antiespaña”, es decir a izquierdistas, nacionalistas, masones, etc. El objetivo era “limpiar” la patria de indeseables, de ahí las interminables matanzas de civiles y de soldados del Ejército Republicano.

Acabada la guerra, Franco aun hizo ejecutar a casi 50.000 personas. Se entiende así que muchos de los refugiados en Francia no se planteasen volver a España ni siquiera cuando estalló la Segunda Guerra Mundial en septiembre de 1939.

Cuando Alemania ocupa Francia en la primavera de 1940, en el país quedaban 100.000 ex combatientes republicanos españoles. De ellos 10.000 acabaron en campos de concentración alemanes, es decir, el 10% del total. Es un porcentaje altísimo, incomparable con el caso de los franceses, belgas u holandeses. España no estaba en guerra, y sin embargo se deportó a los españoles de forma masiva ¿por qué? Evidentemente porque eran antifascistas.

Eran un peligro para Alemania porque era gente que tenía experiencia bélica, muchos de ellos socialistas, comunistas, anarquistas que estaban dispuestos a tomar otra vez las armas para luchar contra los nazis. Por eso los alemanes decidieron reprimirles, a unos deportándolos a campos de concentración en el Reich y a la gran masa de ellos enviándolos a campos de trabajo forzado, sobre todo en la costa atlántica de Francia.

—¿Cuál fue la situación que vivieron los españoles en esos campos de concentración?

—Los nazis tenían una denominación específica para los españoles que habían combatido en la Guerra Civil en el lado republicano. Era los Rotspanier, es decir, españoles rojos. Como los antifascistas alemanes, los Rostpanier eran considerados enemigos políticos del Reich. El jefe de las SS Reinhard Heydrich se refería a ellos en 1941 como “una peligrosa chusma comunista”.

En los documentos oficiales alemanes, por ejemplo en los formularios de los campos de concentración, Rostpanier aparece como una categoría de preso, junto a judío, homosexual, gitano, asocial o testigo de gehová. Esto es importante recalcarlo. Estas personas fueron represaliadas de manera sistemática por los nazis. No por españolas, claro, sino por antifascistas. Lo mismo ocurría con los miles de brigadistas internacionales que habían combatido a Franco y que los alemanes llamaban Rostpanienkämpfer, es decir, luchadores de la España roja. Los nazis consideraban a todos los ex combatientes republicanos como comunistas, como aliados de la Unión Soviética, y por lo tanto, como un peligro para la seguridad del Reich.

—¿Cómo eran tratados los Rotspanier?

—Los españoles no fueron gaseados como los judíos, pero fueron sometidos a trabajos forzados como también lo hicieron con tantísimos millones de prisioneros de guerra soviéticos, eslavos, a quienes los nazis los consideraba como no humanos. Para los nazis, los españoles eran gente no aprovechable, gente que no tenía un lugar en la Europa que ellos querían construir y, por lo tanto, los sometían a trabajos forzados extremos para que muriesen.

La mayor parte de los que estuvieron en Mauthausen, unos seis de cada diez, murieron trabajando, principalmente en una cantera famosa que había en ese campo de concentración. Los ponían a cargar piedras de granito de esa cantera, con la que construían por ejemplo la nueva Berlín, y tenían que subir una escalera de más de 150 escalones con piedras de 50 kilos sobre sus espaldas. Eso provocaba un agotamiento absoluto, estaban muy mal alimentados, pasando frío, sometidos a malos tratos de todas las formas imaginables y así morían. Los sometían a trabajos extenuantes para matarlos lentamente.

—Usted sostiene que los españoles víctimas del nazismo son más de 10.000. ¿Por qué?

—Cuando hablamos de víctimas del nazismo casi siempre pensamos solo en los que fueron deportados a campos de concentración. Pero los nazis reprimían a los pueblos de Europa y a su propia población de diversas maneras.

De los algo más de 100.000 exiliados de la Guerra Civil, unos 10.000 hombres y unas 200 mujeres acabaron en campos de concentración. Otros 5.000 lucharon contra los alemanes como soldados de los ejércitos aliados. Su historia es también conocida. Pero ¿qué pasó con el resto? Pues la gran masa de exiliados fueron trabajadores forzados, tanto del III Reich como del régimen colaboracionista de Vichy. Ya en 1940, este régimen dirigido por el mariscal Pétain forzó a todos los hombres españoles entre 18 y 50 años sin empleo a servir a la economía francesa en los así llamados Grupos de Trabajadores Extranjeros (GTE). No cobraban salario, pero tampoco eran desde luego esclavos; si querían podían escapar, pero con la Alemania nazi a un lado y la España franquista al otro no llegarían lejos.

La inmensa mayoría de los trabajadores de las GTE eran españoles, pero también había todo tipo de refugiados que habían huidos de sus países huyendo de la ocupación nazi. Con la ofensiva sobre la Unión Soviética de 1941, la mayor parte del Ejército Alemán se desplazó al este y dejó desprotegida Europa occidental. Entonces Hitler decide construir una muralla defensiva gigantesca en la costa atlántica desde la frontera con España hasta el norte de Noruega que debía impedir la ofensiva de los aliados por Occidente. Este Muro Atlántico estaría formado por bunkers, baterías, bases submarinas y otras infraestructuras. En su construcción participarían casi medio millón de trabajadores, tanto libres como forzados. Entre estos últimos destacaban por su número los prisioneros de guerra soviéticos y serbios, y los Rotspanier deportados a la costa francesa desde las GTE del interior del país.

—¿Y estos trabajadores estaban bajo las órdenes de quién?

—Las obras del Muro Atlántico fueron dirigidas por Organización Todt, un organismo nazi creado en 1938 y que llevaba el nombre del ingeniero predilecto de Hitler, Fritz Todt. Este hombre fue el responsable en los años 30 de la construcción de autopistas en el Reich. Durante la guerra, la Todt se dedicó a poner en pie infraestructuras de todo tipo para asegurar el control de los territorios ocupados por la Wehrmacht.

En esos años, la Todt llegó a contar con un verdadero “ejército” de trabajadores de 1,5 millones de europeos. El servicio de inteligencia británico dijo en un informe de 1945 que la Todt había construido en los cinco años de guerra mucho más de lo que había construido el Imperio Romano en Europa. Su fiebre constructiva requirió la movilización de gigantescos recursos económicos, que en buena parte procedieron del saqueo de los bancos nacionales de los países que los alemanes iban ocupando. Las impresionantes y antiestéticas construcciones de la Todt siguen ahí 80 años más tarde, como testigos mudos de la barbarie nazi.

—¿En qué condiciones trabajaron para la Todt?

—La Organización Todt, como era tan grande y diversa, tenía todo tipo de situaciones. Así mientras los franceses o los belgas se enrolaban de forma voluntaria, cobraban buenos salarios y tenían libertad de movimiento, los soviéticos, serbios, polacos o republicanos españoles eran deportados, vivían en campos vigilados y por lo general no tenían salario. Eran en fin, trabajadores forzados. Pero en Europa occidental, aún hoy en día, la mayoría de la gente cree que la Todt solo tenía trabajadores libres, que se habían enrolado de manera voluntaria. Pero no es así. Queda por tanto mucho trabajo de investigación y de difusión pública por hacer para que se conozca la historia de los cientos de miles de trabajadores forzados de la Organización Todt.

Pensemos que apenas sabemos nada de los 40.000 antifascistas españoles obligados a construir el Muro Atlántico en Francia y en las Islas del Canal, y que en su mayoría trabajaron en las bases submarinas alemanas de Brest, Lorient, Saint Nazaire, La Rochelle y Burdeos. Las condiciones de vida de los españoles en estos campos de trabajo variaba según las zonas, siendo con diferencia las más extremas las de las Islas del Canal, donde murieron decenas de ellos.

—Se celebran 75 años del fin de la II Guerra Mundial. ¿Qué papel jugó el Ejército Rojo, el pueblo soviético en la derrota del nazismo?

—Nadie pone en duda, y nadie puso en duda entonces, que el país que más se sacrificó para acabar con el nazismo fue la Unión Soviética. El Ejército Rojo perdió 25 millones de soldados durante la II Guerra Mundial. La cifra impone respeto. Sin embargo, durante la Guerra Fría no era apropiado en los países occidentales reconocer los méritos del ahora gran enemigo soviético en la salvación de Europa. Occidente creó su propio relato sobre la II Guerra Mundial, en el que los protagonistas eran por supuesto ellos mismos, y especialmente los americanos. A la construcción de ese relato contribuyeron los medios de comunicación de masas, sobre todo el cine. Todos conocemos películas de Hollywood sobre el desembarco de Normandía, el momento clave de la versión occidental sobre la liberación de Europa. Claro que el desembarco de Normandía fue relevante, pero la guerra por entonces ya estaba decidida del lado de los aliados, fundamentalmente gracias al Ejército Rojo. La apertura de un frente occidental en Europa aceleró por supuesto el fin de la guerra, pero sin desembarco de Normandía también Hitler se hubiera suicidado en su bunker, y quien sabe si hasta los soviéticos hubieran liberado París y la historia de Europa después de 1945 hubiera sido muy diferente.

Con el fin de la Guerra Fría, se podría haber superado la propaganda americana y haber construido una visión popular más objetiva sobre el papel de la Unión Soviética en la II Guerra Mundial. Pero curiosamente lo que hemos visto en los últimos 20 años es un ascenso de la hostilidad hacia Rusia, con Polonia y Hungría a la cabeza, que usa la historia como arma, presentando a la Unión Soviética (de la que Rusia apenas sería heredera) como un régimen tan criminal y odioso como la Alemania nazi. Esta visión maniquea impide cualquier debate serio sobre la II Guerra Mundial.

—¿Cuál es el riesgo de que se imponga este relato?

—Como principio general, un relato falsificado de la historia no es sano para una sociedad. Ya sabemos que la historia es una cosa y otra distinta la manera en que se recuerda el pasado, esto es, la memoria histórica. Difieren, eso es natural y lógico. Pero cuanto más cercana sea la memoria histórica a la verdad histórica, menos espacio habrá para la manipulación.

No hay ninguna duda que fue la Unión Soviética la que tuvo el mayor peso en la liberación de Europa en la II Guerra Mundial. ¿Que la Unión Soviética era por entonces una dictadura? Sí, es cierto, pero eso no anula su papel crucial en la destrucción del nazismo. Puedo llegar a entender que Polonia o las repúblicas bálticas sientan poca simpatía por Putin, pero eso no debería llevarles a manipular la historia en busca de argumentos. Poner al mismo nivel al III Reich y a la Unión Soviética resulta altamente problemático porque en el fondo se está relativizando al nazismo, y con ello se alimenta el populismo y el neofascismo.

—El año pasado, el Consejo Europeo aprobó una resolución en la cual ponen al mismo nivel los crímenes del nazismo con los del comunismo. ¿Qué se busca con esta resolución? ¿Hacia dónde puede llevar una resolución así?

—Eso es una memoria muy específica de Europa del Este, relacionada con su propia historia reciente y con el ascenso de movimientos ultranacionalistas en algunos países. Se puede entender que tras la dictadura comunistas Europa del Este tuviesen especial interés en remarcar que habían sido de alguna forma víctimas de la Unión Soviética. Pero lo que no pueden pretender es que su memoria nacional sea asumida como la memoria del conjunto de Europa.

En España por ejemplo, el discurso anti-soviético chirría enormemente. Pensemos que la URSS fue el único país que apoyó a la democracia española, el único país que dio respaldo militar a la República. Ni Inglaterra ni Francia ni otros países democráticos vendieron siquiera armas al gobierno legítimo español, mientras  Hitler y Mussolini enviaron tropas, aviones y munición a los rebeldes y contribuyeron así decisivamente a la victoria del fascismo. Entre los sectores no profranquistas en España, resulta por ello imposible hacer suya la visión en blanco y negro que en Europa oriental se tiene de la URSS. Europa es plural, y ha de asumir como natural la pluralidad de memorias del pasado remoto y reciente. Lo que ha de preocupar en mi opinión no es la falta de una memoria histórica única europea, sino el hecho de que algunos gobiernos ultraconservadores intenten imponer una suerte de historia oficial maniquea al servicio de objetivos políticos contrarios a los valores europeos.

—Europa está viendo un resurgimiento de partidos nacionalistas, extremistas. ¿Qué habría que hacer para que la historia no se repita?

—No es fácil erradicar el odio. Pero sí perseguir con la ley a los que lo siembran. A un partido que no respeta los valores humanos, que se basa en la mentira, y que desprecia la democracia, el Estado tiene la obligación de frenarlo.

No se puede ser tolerante con el intolerante. La República de Weimar lo fue con los nazis, y eso llevó a la destrucción de la democracia alemana. La historia nos sirve aquí de guía. Los fascistas pueden empezar siendo muy inocentes o muy pocos, pero pueden acabar llegando al poder. Aunque después de la II Guerra Mundial pensamos que nunca más se repetiría el radicalismo ni el odio,  estamos viendo que no es así y Europa tiene que tomárselo muy en serio.

Sputnik

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