Los barrios de Madrid afrontan con indignación, resignación y escepticismo las primeras horas de restricciones

Los madrileños, confusos porque las zonas básicas de salud no coinciden con los barrios.

Indignación, resignación y escepticismo son los sentimientos que rezuman las conversaciones en las calles de san Andrés, en Villaverde Alto. Indignación manifestada este domingo con la participación de algunos vecinos  en las protestas contra el Gobierno autonómico. Resignación porque la incidencia del coronavirus sigue aumentando y el último dato les colocaba a la cabeza con 1.109 casos confirmados totales y una incidencia acumulada en los últimos 14 días de 1.782,97. Escepticismo porque ven difícil que restringiendo determinadas calles se pueda atajar la pandemia.

A las 00:00 de este lunes entraban en vigor las nuevas restricciones para contener la propagación del coronavirus en 37 zonas básicas de salud de la Comunidad de Madrid. El distrito de Villaverde, al sur de la capital, con una población de 149.000 habitantes y un porcentaje de inmigración del 19%, ha sido uno de los más afectados por las nuevas medidas impuestas por las autoridades. Cuatro de sus siete zonas básicas de salud están en la lista de las señaladas. Las de Ciudad de los Ángeles, Butarque y Alcocer se librarán de la vigilancia policial para el control de movimientos, actividades y reuniones.

Los vecinos de San Cristóbal, El Espinillo, Los Rosales y San Andrés no pueden moverse sin motivo justificado, ni reunirse en grupos de más de seis personas, ni utilizar los parques y jardines que han sido clausurados. Sus comercios, bares y restaurantes han reducido el aforo al 50% y sus iglesias a un tercio. A las 22:00 tienen que cerrar todos los establecimientos y, según la administración autonómica, la policía no sancionará a quienes incumplan la nueva normativa durante las primeras 48 horas. 

Paseando por las calles de San Andrés la primera duda que les surge a los vecinos es si su calle está dentro de las restricciones o no. Y es que las zonas básicas de salud no coinciden con los barrios de Villaverde. Son siete zonas para cinco barrios, de modo que algunos que creían ser vecinos de San Andrés (Villaverde Alto) se han librado porque su centro de salud es el de la C/ Potes (zona básica de Alcocer) y no el de la C/ Alberto Palacios (zona básica de salud de San Andrés).

El grupo de whatsapp de los vecinos del número uno de la calle San Jenaro continúa bullendo con enlaces a mapas y noticias en las que se dilucida si pertenecen a la zona básica de salud de Ciudad de los Ángeles (no restringido) o a la de San Andrés (restringido). Finalmente un vecino aporta una captura de imagen en la que se explica que esta calle pertenece a la zona básica de salud de Alcocer (no restringido). La sorpresa es equiparable al alivio. Sorpresa al descubrir que su zona de salud no coincide con lo que entendían era su barrio. Alivio porque no tendrán que estar pendientes de las nuevas restricciones.

La desorientación entre los vecinos de Villaverde es considerable y comprensible. Ni siquiera la parroquia de San Andrés pertenece a la zona básica de salud a la que presta su nombre.

La Avenida Real de Pinto es una de las fronteras invisibles y desconocidas para los vecinos de este barrio popular y obrero del sur de la capital. Las nuevas y controvertidas restricciones serán para los vecinos de una acera, los de enfrente pueden seguir con las viejas medidas de la nueva normalidad.

La plaza de Ágata, con la escultura de su emblemática tortuga, es el corazón del barrio y, sin embargo, sólo se verá afectada por las restricciones la parte donde se ubica la escuela municipal de música y el centro socio cultural. Se libra la sede de la CNT donde un cartel denuncia en su fachada la discriminación que sufren los vecinos del sur con estas medidas, al tiempo que exige la dimisión de la presidenta Ayuso.

El mercado municipal de la calle Alberto Palacios sigue funcionando con normalidad. En su puerta principal aún mantienen un aviso donde se indica que el aforo máximo es de 201 personas, el 75% de su capacidad. Lo tendrán que cambiar. Enfrente, un autobús de Cruz Roja invita a la donación de sangre. La gente hace sus compras y se respira normalidad. Con mascarilla, eso sí. Durante las dos horas de paseo por la zona no hemos visto a nadie sin ella. En espacios cerrados, más o menos ventilados y al aire libre. Higiénicas, sanitarias, con banderas de República Dominicana y de España, estampadas y lisas. Pero nadie sin ella.

En la calle Domingo Párraga, frente al centro de salud de San Andrés, un equipo del telediario entrevista a una señora que muestra su indignación por sentirse señalada, su escepticismo ante las medidas tomadas y la resignación de quien entiende que algo hay que hacer y que no queda más remedio que cumplir las restricciones impuestas durante, al menos, las dos próximas semanas.

En el intercambiador de Villaverde Alto en el que confluyen los autobuses urbanos e interurbanos con el cercanías y el metro tampoco hay presencia policial. Nada. Ni municipales, ni nacionales.

El CEIP San Carlos, en la calle Villastar, tiene todas sus ventanas abiertas. Los gritos de sus 420 alumnos llenan la calle. Antonio Muñoz, el ordenanza, nos cuenta que “los padres están siendo muy responsables y todo funciona bien, con normalidad”. Han desdoblado algunas aulas para no superar los 20 alumnos por clase, pero aún así “hay más gente en el colegio que en la verbena de San Bartolo de mi pueblo”, comenta Muñoz con humor castizo. “La enfermera dice que esto es un foco. Los chavales salen por turnos al patio y los profesores reciben a los padres al aire libre”, explica algunas de las medidas tomadas en este centro de educación infantil y primaria.

Sara Morcillo coloca con guantes de látex unas mesillas en la tienda de muebles y ropa de segunda mano que permanece abierta en la Avenida Espinela. “Las restricciones aquí no se han notado”, comenta mientras dos clientas miran libros y objetos de decoración. “Tenemos que reducir un poco más el aforo, pero no se nos suele llenar más que a última hora”, explica Morcillo. “Bueno, y que tendremos que venir con el papel a trabajar por si nos lo pide la policía”, apunta con humor y resignación. “Es lo que toca, habrá que capear el temporal”, remata.

Un poco más abajo, junto al supermercado regentado por una familia china, una decena de personas hacen cola manteniendo la distancia de seguridad para comprar el pan de cada día en la tahona. Esperan en silencio, esperando su turno. Nada que ver con los dos ancianos que en la esquina con la calle Parvillas Altas, frente a la casa de apuestas, discuten a un volumen más que audible sobre las multas, la necesidad de parar el virus y la inutilidad de las medidas adoptadas. “Se puede salir a trabajar y a comprar, pero no a pasear ni a tomar el sol. Es para mear y no echar gota”, sentencia uno de ellos como zanjando la cuestión.

Mientras tanto, el club de boxeo La Revancha, envía un correo a sus socios para indicarles que sólo podrán entrenar seis personas por hora y día. Y únicamente si viven en el barrio y no tienen que desplazarse desde otras zonas. Se están organizando. El centro Aquasport, única piscina cubierta de San Andrés, aún no se ha pronunciado.

Desorientación entre los 850.000 madrileños «confinados»

Pero no son sólo los 149.000 vecinos de Villaverde los desorientados, en total son 850.000 los madrileños que creen que estas medidas no servirán para atajar el coronavirus, y también los que no tienen claros los límites de las zonas ‘confinadas’.

En el distrito madrileño de Puente de Vallecas la Policía Municipal se ha colocado en el acceso desde la M-30 y en la entrada a la avenida de la Albufera y han pedido identificarse a conductores, pasajeros de taxis e incluso de autobuses, aunque sólo a título informativo: las multas comenzarán el miércoles.

La escena era de normalidad en el entorno de la estación de Cercanías de Entrevías, una de las áreas vallecanas sometida al confinamiento perimetral. «Más o menos está como todos los días», ha comentado a la agencia Efe Mercedes mientras paseaba, con cierta desorientación, a su perro. «No sé por dónde tengo que ir ni por dónde no, la gente mayor no tenemos ordenador y no sabemos para dónde tenemos que tirar», dice.

A varios kilómetros de allí había otra cola de gente por la mañana, en este caso para esperar una PCR en el centro de salud de Almendrales, en el distrito madrileño de Usera, otra de las zonas con restricciones. «Nos hacen encerrarnos pero no arreglan estas aglomeraciones en los centros de salud, y llevan así desde el verano, no hay quien lo entienda», declara Mar.

Las quejas también se reproducen más al sur, en localidades como Fuenlabrada, con tres zonas aisladas. Mati, que reside en una de ellas (Francia), se queja: «Nos están tratando como apestados. ¿Por qué en dos calles más allá no están confinados y aquí sí lo estamos?».

En los dos únicos municipios de la zona norte afectados por estas limitaciones, Alcobendas y San Sebastián de los Reyes, la mañana ha transcurrido con normalidad, aunque con episodios de dudas e incertidumbre por parte de unos vecinos que, aunque no han renunciado a hacer su rutina, sí han tenido que modificar algunos de sus destinos y paseos.

Ahora sólo queda esperar para comprobar si los vecinos saben a qué zona básica de salud pertenecen, las medidas que tienen que tomar, si las sanciones serán efectivas y, sobre todo, si la medida será eficaz.

RTVE

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