Por una teta no fue vaca: a propósito del «mérito»

Por izquierda y por derecha, los políticos derrapan. Y no se diga que los que derrapan no son «los políticos» sino sólo algún puntual desharrapado moral al que le queda grande la función de servir a la comunidad. En absoluto. Derrapan los políticos in totum  –con excepciones ciertamente honrosas-,  sólo que los que no derrapan son aquellos a los que no los gana el frenesí a destiempo frente al micrófono traidor o a la taimada cámara remota.

Por Juan Chaneton*

*jchaneton022@gmail.com

Se cuidan, a menudo con éxito, los políticos. Así como partir es morir un poco, hacer política es mentir un poco, el poco necesario para que al político que miente se le crea. Aclaremos, aquí,  que la mentira no siempre es mala. Incluso hay que decir que sólo mintiendo y mintiéndose a sí mismo, el ser humano puede soportar la angustiosa tarea de estar vivo. Es lo que dice Nietzsche cuando postula que hay verdad y mentira en sentido extramoral. El punto sería saber si a los políticos argentinos les caben esas generales o, en cambio, sólo son pasibles de juicio moral negativo. Pero no entramos en detalles.

En todo caso, su minusvalía moral, cuando se hace evidente, es el sello marcado a fuego sobre el vencido lacre del sistema «republicano-representativo-federal». Si así no fuera, no habría habido 2001 ni «que se vayan todos». No se fue ninguno, porque de tontos no tienen nada. Pero tampoco Constantino era tonto y sin embargo estaba  -aunque ni él lo supiera-  administrando la decadencia y a la vuelta de la colina capitolina, aguardaba Atila con los hunos y los otros que lo ayudaban.

La comparación parecerá forzada sólo si se piensa en la Argentina pero no si se mira lo que le está aconteciendo a Occidente y su epítome, Europa, a Occidente y a su nave insignia, Estados Unidos. Aquélla, cansada y vieja, se ve acosada por la inmigración y su epifenómeno, el neofascismo. Éste, atolondrado y violento, se mira, cada vez más neuróticamente, en el espejo de la impotencia: la intensidad con que arrecia su campaña antichina es directamente proporcional a las dificultades que está encontrando para derrotar a los asiáticos en el plano económico y tecnológico.

Digresión al margen y volviendo al primer párrafo, son los unos y los otros los que «se equivocan». Los políticos, cuando se enojan, se parecen  a los borrachos y a los niños: dicen lo que piensan. Pichetto dijo una vez que había argentinos de religión judía y «argentinos argentinos», es decir, argentinos de verdad y no truchos como serían los judíos nacidos aquí. Cuando se percató de la burrada dijo que había sido «en el calor del debate…», es decir, estaba enojado, es decir, decía lo que pensaba. La barbaridad ya es anécdota. Pero cuando la barbaridad es anécdota, la sociedad está confesando que no tiene soluciones para evitar, a futuro, estupideces semejantes.

El «diputado» Ameri, por su parte, acaba de protagonizar un «concurso real» de desatinos. En el mismo continuum fáctico faltó, primero, el respeto a sus pares y al decoro de su función y, sobre la pata,  trató como muñeca inflable a la mujer que lo acompañaba: sólo le besé una teta, dijo.

Con todo, lo más grave es cómo llegó a ser «diputado de la Nación»: escondido en una lista sábana que le permitió ocultar un obsceno pasado punteril. No es el único, claro: el nivel de iatrogenia del sistema de representación de intereses y opiniones de este país es altísimo, y las excepciones  -que siempre las hay-  no mueven el amperímetro.  ¿Un político digno de respeto y admiración? Se me ocurre un nombre: Axel Kicillof.  Hay otros, seguramente. Pero no son legión.

Hasta el día anterior al bochorno, el «diputado» Ameri era un clásico ejemplo que invitaba a la emulación edificante: una impecable carrera meritocrática lo había depositado en una banca. El «mérito», de eso se trata. Pero resultó que no era un meritorio sino un  ganapán que había encontrado un plausible resquicio para vivir  y, encima, para incursionar en tentativas ominosas en perjuicio de mujeres jóvenes que se acercaban a la política tal vez movidas por aquella límpida invitación de Néstor Kirchner: que nazcan mil flores. La pena máxima, merece. La pena máxima, en nuestro Código Penal, es la reclusión perpetua. Es un decir.

Diputado por Salta, Juan Ameri entró en las listas del Frente de Todos por la vía del Partido de la Victoria que preside Diana Conti. De impecable trayectoria en las luchas de género y por los derechos humanos, nada de lo actuado por el quídam afecta a Diana Conti. Pero hay que revisar eso de que había rumores sobre antecedentes de abuso por parte del sujeto, pero como no había denuncia igual se encaramó en las listas. Suena a  facilismo eso. En el futuro, habrá que ver de qué clase, envergadura  y seriedad son los rumores, e investigar a fondo las razones por las que no hay denuncia. A veces  -se sabe-  las víctimas no denuncian por miedo o por otras razones. No se puede confeccionar una lista de «representantes del pueblo» corriendo un albur y cruzando los dedos para que no «salte» nada.

De carambola y como sin querer, el episodio refuta a los meritocráticos. No sólo a un rudimentario Mario Negri que, conducido con firmeza y decisión por su ignorancia, confunde gordura con hinchazón evocando a los «bisabuelos inmigrantes» que no querían guerra sino paz y por eso se vinieron para acá. Y acá hicieron «mérito» y por el mérito los conoceréis y tú vales más que tus actos, le faltó decir. Y a los bisabuelos que no hicieron mérito, la represión, la cárcel y la ley de residencia. Y  los hijos de éstos, que ya nacieron en el conventillo y en medio del agua servida, no hicieron ningún mérito y, por eso, merecieron la suerte que tuvieron: la pobreza, la villa y el hambre. Y los tunantes de la meritocracia no dicen nada sobre esto.

De modo que si el mérito desplazara al amiguismo y al parentesco como razón para el ascenso, todo estaría muy bien, pero esto no sólo no ocurre sino que, aunque ocurriera, todavía habría que contestar la pregunta clave: qué clase de mérito puede hacer un niño que nace en la miseria, que no come, que deserta de la escuela, que se droga para poder seguir y a quien ningún partido político  -sobre todo el partido político del diputado Negri-  les ha traído, jamás, un poco de bálsamo para que su vida se parezca menos al infierno y un poco más a una oportunidad para esbozar, alguna vez, una sonrisa. La derecha sabe esto, pero hace como si no lo supiera porque lo único que tiene para decir es lo que no puede decir: que pobres hubo siempre. Así, no se gana una elección; entonces, se esconden detrás de la «meritocracia» y la igualdad de oportunidades. Mentira, entonces, pero ahora en sentido plenamente moral.

Un poco de sociología comparada nos puede llevar a Europa, por caso, a Francia. «En  Francia, la meritocracia es una ideología que tapa la realidad social del sistema escolar, un sistema reservado para los hijos de la burguesía en donde casi no reciben a hijos de clases populares. Es terrible, porque les hacen creer a los excluidos que su salida del sistema es una cuestión de méritos, es decir, una responsabilidad personal, cuando todo está preparado para que las mejores escuelas y universidades sean para los hijos de la burguesía. Y esto es peor hoy que hace 50 años, antes al menos llegaban algunos, había posibilidad de movilidad social.

El sistema escolar es la máquina de eliminar; es una operación de gran violencia social que se enmascara a través de la idea del mérito personal. Y éste es uno de los puntos por los que detesto el libro de Piketty (El capital en el siglo XXI). Él dijo que no está en contra de todas las inequidades, sino de aquellas que tienen que ver con cuestiones financieras, pero en cambio respeta las inequidades sociales basadas en razones de mérito y trabajo personal. Mi madre fue mucama, para ella no había ni hay ninguna inequidad justa fundada en la meritocracia. La de Piketty es una ideología que está en contra de la idea misma de clases y determinismos sociales; no puede ser leído como un libro de izquierda. Usar mil páginas de un libro para decir que todo se resuelve con ponerle un impuesto al capital financiero, no era necesario. Con un artículo en un diario era suficiente». Toda la lucidez de Didier Eribon, en esta larga cita, en estado líquido, como oro fundido. Lo dijo en una entrevista que, en Buenos Aires, le hizo Hinde Pomeraniec para La Nación del 5/7/2015. Eribon es sociólogo, filósofo, periodista, discípulo de Pierre Bourdieu y brillante entrevistador de Michel Foucault. Nació en Reims y hoy vive en París.

El mérito que tiene Eribon es que desnuda, con nitidez, la falacia del mérito y la meritocracia. De rebote, le pega al «progresista» Piketty, tan citado por la derecha de todo el mundo pero también por desprevenidos progresistas. Intervenir en la dimensión tributaria del sistema económico con miras a nivelar desigualdades es el programa de los reformistas de todo pelaje. Esa intervención no soluciona nada, como bien lo sabe y lo dice Eribon. La solución impositiva deja en pie el problema porque el problema no es la distribución de la riqueza sino la distribución de la propiedad de los recursos esenciales con que cuenta un país, bien entendido que esos recursos no son sólo los bienes que provee la industria y la finanza sino también  -y mucho más en la era de la globalización-  los servicios, en primer lugar, los servicios vinculados a la información y a las nuevas tecnologías aplicadas a la información.

Por una teta no fue vaca, entonces. Casi casi, Ameri, si no lo hubieran agarrado  in fraganti, seguía infamando a la política, esa vaca lechera que le habría permitido corruptelas miserables. Se acabó la vaca, para él, para su módico futuro, porque se le acabó la política, aunque no la jubilación, que es ese el efecto tangible que tiene la «renuncia» que presentó y no la expulsión, que era lo que merecía y lo que habría que haber dispuesto como gesto creíble de higiene pública.

La antipolítica está de parabienes. Pero no es con Bolsonaro o con Espert como se resuelven los problemas. Sin embargo, no hay que dejar de señalar lo que aparece como urgente necesidad de rectificación: si a la política entraran un poco menos los amigos y punteros y un poco más los que lo merecen, seríamos un poco mejores y, por ende, la derecha estaría una pizca peor de lo que ahora lo está por obra de un rumbo cierto y firme de un gobierno nacional que, pese a todo, avanza en lo sustantivo a la espera de acelerar el ritmo cuando la pandemia así lo permita, Dios mediante o  mediante el azar, el destino, la cábala o la decisión de un pueblo que ya no se engrupe con tonterías tales como que el «deficit fiscal» es la madre de todos los problemas. 

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