Esta fue la tragedia más terrible vivida en la historia de la Marina Soviética

En el verano de 1941, barcos de la flota soviética del Báltico trataron de abrirse paso desde Tallin, a punto de ser capturados por los alemanes, hacia Leningrado. Sin embargo, debido a la falta de visión del mando soviético, esa operación se convirtió en un verdadero infierno.

A finales del verano de 1941, la Armada Soviética vivió algunos de los días más oscuros de su historia. El 28 de agosto, prácticamente ante los ojos de las tropas alemanas, que habían tomado Tallin, la Flota Roja del Báltico abandonó el puerto de la capital de la Estonia soviética con la esperanza de llegar a Leningrado. La llamada travesía de Tallin terminó con la pérdida de más de 50 barcos y se cobró la vida de más de 10.000 soldados, marineros y civiles soviéticos.

Una trampa

Tallin se convirtió en la base principal de la Flota Soviética del Báltico poco después de que los estados bálticos se convirtieran en parte de la URSS en 1940. La ciudad estaba bien preparada para repeler ataques desde el mar y desde el aire. El eslabón débil de su defensa eran las fortificaciones en tierra, ya que nadie podía imaginar que un enemigo pudiera cruzar Lituania y Letonia y plantarse en la capital de Estonia.

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El puerto de Tallin el 1 de septiembre 1941, tras haber sido capturado por los alemanes.

Sin embargo, esto es exactamente lo que pasó. Ya a principios de julio, las tropas germanas del Grupo de Ejército Norte entraron en territorio estonio y el 7 de agosto alcanzaron la costa del golfo de Finlandia, aislando así por tierra la ciudad de las principales fuerzas del Ejército Rojo. Pero incluso en esa situación, el mando soviético no dio la orden de evacuar Tallin, con la intención de defenderla hasta el final. Eso, a pesar de que las fuerzas de defensa de la ciudad era muy pequeña y consistían en unidades del 10º Cuerpo de Fusileros, marineros, la NKVD y la autodefensa local.

El 25 de agosto, la situación se volvió crítica. Las tropas soviéticas habían sido empujadas hacia la línea defensiva principal en las cercanías de Tallin, y la artillería alemana podía alcanzar toda la ciudad y el puerto con sus proyectiles. En el lado positivo, los barcos de la Flota del Báltico podían ahora también disparar al enemigo. Este apoyo artillero fue muy útil para las tropas que cubrían la tan esperada evacuación de la Flota del Báltico, anunciada por su comandante, el vicealmirante Vladímir Tributs, el 27 de agosto.

Evacuación

La subida a bordo de las naves duró todo el día y la noche, y se llevó a cabo en una atmósfera de completo caos y desorganización. Las cosas se pusieron pero más por el pánico causado por los combates que ya se estaban produciendo en las calles de la propia ciudad.

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El vicealmirante Vladímir Tributs.

Los barcos estaban sobrecargados, no había suficiente espacio a bordo para muchos soldados y marineros, que recorrían sin cesar el muelle de arriba a abajo. La evacuación del material militar era una quimera: la maquinaria era simplemente arrojada al mar o volada. Muchas de las unidades del Ejército Rojo que luchaban con el enemigo en las calles de la ciudad tampoco subieron a bordo. Cuando los alemanes ocuparon Tallin, capturaron a unos 11.000 soldados soviéticos.

El 28 de agosto, 225 barcos de la Flota del Báltico organizados en cuatro convoyes salieron de Tallin y se dirigieron a la base naval de Kronstadt en la isla de Kotlin, cerca de Leningrado. Según varias estimaciones, llevaban a bordo entre 20.000 y 41.000 personas, incluidos militares del Décimo Cuerpo, civiles y a los dirigentes de la Estonia soviética.

Catástrofe

Los comandantes de la Flota del Báltico sabían muy bien que desde julio los alemanes y los finlandeses habían estado ocupados minando el golfo de Finlandia, pero no hicieron nada para contrarrestar esta situación. Al final, fueron por estos campos de minas marinas por los que tuvieron que pasar los barcos soviéticos, convirtiéndose en la principal causa de la tragedia.

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Los convoyes se desplazaban con extrema lentitud, siguiendo la estela de los dragaminas, cuya tarea era detectar y destruir los ingenios explosivos. A menudo, los barcos soviéticos, al ser atacados por la artillería costera del enemigo o por torpederos finlandeses (los barcos alemanes no participaron en los combates), se salían de la estrecha franja que había sido despejada de minas, impactaban contra uno de estos dispositivos y se hundían, literalmente, en cuestión de minutos.

La lenta masa de barcos se convirtió en un excelente objetivo para los aviones de la Luftwaffe, que disparaban como si aquello fuera una práctica de tiro. Incluso si los pilotos alemanes no lograban hundir un barco por sí mismos, el navío, al ser dañado, a menudo se desviaba de su curso y hacía detonar una mina.

No había aviación soviética en el cielo. La tardía evacuación se llevó a cabo cuando todos los aeródromos cercanos a Tallin habían sido destruidos hace tiempo por el enemigo. Los cazas de la estrella roja sólo pudieron dar cobertura a los convoyes en la etapa final del viaje. Como los marineros bromearon amargamente: “Hicimos el viaje de Tallin a Kronstadt bajo la protección de los bombarderos alemanes en picado”. 

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El mando de la flota perdió el control de la operación casi inmediatamente después de salir de Tallin. Los barcos actuaron de forma independiente y perecieron en masa por las minas. Los pocos dragaminas, que tenían para operar de noche, a menudo chocaban con sus objetivos a batir y se hundían. La totalidad de la retaguardia (cinco de seis barcos), que no disponía de ningún dragaminas, fue destruida casi por completo.

Las pérdidas fueron enormes. Por ejemplo, de las 1.280 personas a bordo del barco de transporte hundido Alev sólo sobrevivieron seis. El subdirector de la sección especial del 10º Cuerpo de Fusileros, el teniente de la Seguridad del Estado Doronin informó que mientras el barco de transporte Veronia se hundía había escuchado numerosos disparos de revólver: las personas a bordo se suicidaban para evitar morir ahogadas.

“De repente, una nube negra y ardiente se elevó sobre el centro del barco. La llamarada se elevó hasta la parte superior de los mástiles, mientras que la columna en expansión de humo negro y objetos volando alrededor y hacia arriba se elevó dos veces más alto que el fuego”, recordaría Vladímir Trifonov, señalizador del rompehielos Suur- Tõll, sobre el hundimiento del destructor Yakov Sverdlov. “Unos segundos más tarde, cuando el humo se disipó y cayó detrás del barco mortalmente herido que seguía avanzando por inercia, vi claramente que el barco se había partido por la mitad, su proa y su popa empezaron a sobresalir, mientras que partes del casco desgarrado comenzaron a hundirse bajo el agua. En cosa de dos minutos, el barco había desaparecido”. 

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Bajo los constantes ataques de la aviación alemana, los marineros, sin embargo, lograron rescatar con vida a más de 9.000 personas del agua. Sólo cuando, más cerca de Kronstadt, la aviación soviética apareció en los cielos, la Flota del Báltico pudo sentirse relativamente segura.

De la sartén al fuego

En el curso de los tres días que duró la travesía desde de Tallin, la Flota del Báltico perdió de 50 a 62 buques, incluidos destructores, submarinos, dragaminas, lanchas patrulleras, barcos de la guardia costera y torpederos. Sin embargo, la mayoría de los navíos perdidos (más de 40) eran barcos de transporte y auxiliares. Por su parte, los alemanes perdieron 10 aviones.

En la operación murieron entre 11.000 y 15.000 personas. Además de los civiles, muchos soldados del 10º Cuerpo de Fusileros y marineros, que tenían una experiencia de combate inestimable obtenida en la lucha por Estonia.

A pesar de las grandes pérdidas, la Flota del Báltico logró sobrevivir como una unidad preparada para el combate. Habiendo pasado por esta terrible experiencia, no tuvo mucho tiempo para descansar. Apenas una semana después, comenzaron los intensos combates por Leningrado, en los que desempeñaría un importante papel.

RBTH

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