La desigualdad amenaza la sobrevivencia de la humanidad

La desigualdad se ha convertido en el principal problema de la humanidad, tan grave que abarca desde la esfera económica y la social hasta la política, estando detrás de las crisis de gobernabilidad que afecta a buena parte del mundo occidental y, de modo muy particular, a América Latina.

Por Raúl Zibechi*

La violencia institucional y policial, como mostró el asesinato de George Floyd, y la desestabilización política que viven numerosos países, están estrechamente ligadas al crecimiento exponencial de la desigualdad en una parte sustancial del planeta.

El editor jefe de la revista médica británica The Lancet, una de las más prestigiosas en su especialidad, acaba de lanzar un artículo polémico que aborda precisamente esta cuestión, a propósito de la pandemia de coronavirus. En «Fuera de línea: el COVID-19 no es una pandemia», publicado el 26 de setiembre, Richard Horton cuestiona que se aborde el coronavirus sólo como una enfermedad infecciosa.

En un segundo artículo del 3 de octubre, avanza que entre los científicos, «el consenso inicial sobre cómo manejar la propagación del virus se ha desintegrado», lo que agrava hasta niveles peligrosos la capacidad de enfrentarlo.

En el primer articulo citado, Horton no niega que exista una pandemia, sino sostiene que estamos ante dos tipos de enfermedades que «interactúan dentro de poblaciones específicas: la infección por el coronavirus 2 del síndrome respiratorio agudo severo [SARS-CoV-2] y una serie de enfermedades no transmisibles [ENT]».

Horton busca complejizar la situación para enfrentarla mejor, rehuyendo miradas simplificadoras, tan afines a los grandes medios. Apunta que la agregación de ambas enfermedades «en un contexto de disparidad social y económica, exacerba los efectos adversos de cada enfermedad».

La conjunción de diversas enfermedades, lo lleva a recuperar el concepto de sindemia, acuñado por el antropólogo médico Merrill Singer en la década de 1990, para abordar las interacciones biológicas y sociales en la salud humana. Para combatir eficazmente el COVID-19, «atacar las ENT será un requisito previo para una contención exitosa».

¿Qué son las ENT? Un conjunto de enfermedades crónicas como hipertensión, obesidad, diabetes, cáncer, enfermedades cardiovasculares y respiratorias. «El número total de personas que viven con enfermedades crónicas está aumentando», sostiene Horton.

Entre la población de los países pobres, a esas enfermedades crónicas (que son básicamente enfermedades de raíz social), deben agregarse «mordeduras de serpientes, epilepsia, enfermedad renal y anemia». La conclusión es que «la búsqueda de una solución puramente biomédica para COVID-19 fracasará», por más vacunas que se difundan, si no se abordan los «orígenes sociales de la pandemia».

Este es tal vez uno de los análisis más integrales difundidos recientemente: «Acercase a COVID-19 como una sindemia invitará a una visión más amplia, que abarque la educación, el empleo, la vivienda, la alimentación y el medio ambiente».

Por eso destaca que «si los gobiernos no diseñan políticas y programas para revertir las profundas disparidades, nuestras sociedades nunca estarán verdaderamente seguras contra la COVID-19». Este enfoque sistémico que debería desembocar en un tratamiento integral del problema de salud, no se focaliza sólo en la medicina clínica.

Sin embargo, las sociedades están caminando en un sentido opuesto al necesario, por lo menos en dos aspectos: el crecimiento exponencial de la desigualdad durante la pandemia y la persistencia en focalizar los problemas en las urgencias sanitarias, dejando de lado los demás enfoques. Ambos aspectos agravan a mediano plazo la situación.

El informe del periódico El Economista, del 7 de octubre, titulado «Los más ricos disparan su fortuna a cifra récord tras el confinamiento», asegura que «las grandes fortunas aprovecharon el rally de las bolsas para incrementar su riqueza en un 27,5% entre mayo y julio, hasta alcanzar un nuevo máximo de 10,2 billones de dólares».

Los datos se basan en un estudio elaborado por UBS y Pricewaterhouse Coopers (PwC), que agrega que al comienzo de la pandemia hubo una disminución en la concentración de la riqueza, que fue rápidamente revertida por la especulación financiera en las bolsas.

En 2014 había 917 mil millonarios en el mundo (personas que acumulan más de mil millones de dólares), cifra que ahora trepó a 2.189, la más alta que se recuerda. Uno de los aspectos más notables es lo que el informe denomina como «la gran polarización» entre las fortunas de los más ricos, «con sectores como la industria y la tecnología, con ganancias del 44,4% y el 41,3%» durante la pandemia.

El crecimiento de la riqueza está cada vez más concentrado en pocos sectores. Algo similar sucede con los países. Las grandes fortunas crecieron de modo muy particular en China y Estados Unidos, pero también en Francia, Canadá y Alemania. De 2009 a la fecha, la fortuna de los milmillonarios en EEUU se multiplicó casi por tres, en tanto la de China creció 12 veces, ya que partía de estándares más bajos. Como en todos los rubros, los ricos de China están alcanzando a los de EEUU a pasos acelerados.

Se imponen algunas reflexiones en base a estos datos.

La primera es que todo indica que la desigualdad seguirá creciendo a un ritmo frenético. Las dos primeras potencias, EEUU y China, no muestran mayores diferencias en cuanto al crecimiento de los multimillonarios y de la desigualdad. Esta realidad marca un cambio con lo sucedido en la primera mitad del siglo XX, cuando el ascenso de URSS encarnaba a una nación donde la desigualdad era sensiblemente menor que la que existía en Occidente.

La segunda, es que la humanidad ya no parece en condiciones de frenar su marcha hacia el abismo. Si salimos de la pandemia actual sin haber modificado la lógica estrecha con la que se abordan los problemas de salud, y además se agravan las desigualdades en el planeta, podemos dar por seguro que habrá nuevas pandemias, cada vez más depredadoras y mortales.

Ciertamente, no son buenas noticias. Algunos pensamos que sólo una potente irrupción de los sectores populares para mover el tablero del poder, como sucedió en las primeras décadas del siglo XX, es capaz de modificar esta marcha hacia el abismo.

*Sputnik

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