Doparse para vivir: más de dos millones de españoles toman ansiolíticos a diario

Junto a Portugal, España es el país de la Unión Europea que más ansiolíticos, sedantes e hipnóticos consume.

Durante el confinamiento su consumo se ha incrementado entre un 10 y 15% y puede acabar en adicción.

A Alfredo (nombre ficticio) le costaba dormir. La ansiedad que le provocaba el trabajo le tenía en un estado de tensión constante. Una breve visita al médico le bastó para conseguir la receta de una pastilla que se convertiría en su compañera de viaje durante años: un ansiolítico. Tan inseparables se hicieron que tardaron 5 años y un accidente de coche en terminar su relación. Supuso el fin de su idilio con las benzodiacepinas.

Puede que gran parte de la población no sepa identificar estos medicamentos, pero si hablamos de Valium, Orfidal, Lexatín o cualquiera de los numerosos acabados en -Zepam, como Diazepam o Lorazepam, muchos lo localicemos en casa. En España, según datos del Ministerio de Sanidad, una de cada diez personas toman estos fármacos a diario, siendo uno de los países de la Unión Europea que más consumen.

Medicalizar los problemas: doparse para vivir

El exceso de trabajo fue lo que llevó a Alfredo a comenzar a consumir ansiolíticos, pero detrás de ese gesto hay cientos de motivos: un ERTE, el duelo por la pérdida de un familiar o incluso una separación sentimental. En España es común tratar aspectos sociales de la vida con fármacos: “Estamos intentando resolver problemas emocionales o laborales con dopaje, en lugar de aprender a manejar el estrés de la vida cotidiana”, afirma el Dr. Antonio Cano-Vindel, Catedrático de Psicología de la Complutense y presidente de la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés.

Normalmente el uso de estas pastillas no debería prorrogarse más de unas cuantas semanas, pero esta premisa no suele cumplirse: “Tenemos gente que lleva tomándolo décadas y terminan siendo adictos”, asevera el catedrático.

Es fácil y rápido. Las benzodiacepinas te aíslan de las emociones y te ayudan a seguir. Alivian, pero no curan. Como un torniquete. A su rápido efecto se le suma la ligereza con la que se recetan desde las consultas de atención primaria: “La gente no sabe lo que se está tomando”, afirma Cano-Vindel. Además, asegura que no se está “advirtiendo de las consecuencias que tienen estos fármacos».

Existe un barniz social que exime al medicamento de cualquier contraindicación: no puede ser malo si sale de la consulta de un centro de salud. Gemma Maudes, psicóloga y subdirectora del área de género, drogas y familia de la Fundación Salud y Comunidad, puntualiza: “Tomar medicación muchas veces es sinónimo de cuidarse, pero es un error. Están consiguiendo lo contrario”.

Para Maudes, uno de los problemas del exceso de consumo radica en la facilidad que hay para adquirir estos fármacos: “El acceso a este tipo de fármacos es prácticamente inmediato. Sin necesidad de tener ningún diagnóstico puedes estar tomando esta medicación. De hecho, en los últimos tres años se ha triplicado el consumo y hay más gente tomando este tipo de medicación que personas diagnosticadas con este tipo de dolencias”, reconoce la doctora.

Daniel Martínez, psicólogo de la fundación Recal, advierte el peligro que esto supone: “Tenemos un problema y las cifras lo marcan y lo señalan. Se dice que tenemos la mejor Sanidad, pero en cuestión de salud mental no creo que sea la mejor”.

La adicción a drogas de bata blanca

Tranquilizantes en la izquierda, estimulantes en la derecha. Así describía el periodista Michael Herr los bolsillos de los soldados en la guerra de Vietman. Y así aprendió a sobrevivir Andrés (nombre ficticio), contrarrestando los efectos de las benzodiacepinas con estimulantes. Comenzó a tomarlos para calmar los nervios que le producía terminar un máster que necesitaba “para acceder a un puesto de trabajo mejor”, confiesa. Después del máster llegó la ansiedad laboral y, más tarde, un duelo. Luego, una ruptura. Cualquier tipo de ansiedad lo mitigaba con psicofármacos: “El problema es que te recetan este tipo de fármacos sin saber si puedes desarrollar algún tipo de adicción, como me pasó a mí”, lamenta.

A Nacho (nombre ficticio) su primera caja se la dio su madre cuando apenas tenía 15 años: “Tenía un examen y no era capaz de soportar la ansiedad”, y confiesa que, a partir de ese momento, se convirtió en la solución de todas sus ansiedades. Nacho descubrió que estas pastillas le quitaban cualquier tipo de sufrimiento y no paró: “Todo el mundo quiere evitar el dolor, es muy fácil engancharse a esto”.

Fácil engancharse y sencillo conseguir esta ‘droga social’: “Siempre hay alguien dispuesto a darte algo que ‘le va bien’”, reconoce. Y si no había nadie, Nacho encontraba la manera. Una visita a urgencias, un par de lamentos y veinte minutos más tarde ya había conseguido una caja de pastillas con la que podía solucionar sus problemas.

Alfredo (nombre ficticio) llegó a tomar 620 miligramos al día. Su rutina consistía en salir a la calle con un bolsillo lleno de benzodiacepinas y una botella de agua en la mano. Empezó a consumir para aliviar la tensión del trabajo. “Tengo lo que necesitas”, le dijo el médico: “Tómate una para dormir y si necesitas te tomas otra, tú no te preocupes”. Y Alfredo le hizo caso, llegando a consumir 120 pastillas al día. Hasta que un día tuvo un accidente de coche cuando llevaba a su hija al colegio. Perdió la custodia, su pareja lo abandonó y el trabajo para el que se medicaba desapareció: “Uno no piensa que el médico te puede mandar algo que puede destrozarte la vida”, reflexiona. Hoy lleva 17 años sin tomar una sola pastilla y parte de su rehabilitación consiste en concienciar a otros para que su historia no se repita.

Gemma Maudes reconoce el aumento de los casos, pero con una importante advertencia al pasado: “El consumo de hipnosedantes y benzodiacepinas siempre ha estado, lo que pasa es que ha estado muy invisibilizado”.

Un problema para las arcas públicas

El consumo de psicofármacos no es solo una cuestión de salud pública, con los años se ha convertido en un problema económico. Según los cálculos de Cano-Vindel, tratar los costes derivados de los trastornos emocionales y de ansiedad asciende hasta los 23.000 millones de euros.

La mayor parte de esta cifra se la llevan los gastos no sanitarios, “por un lado tenemos las bajas laborales derivadas de no tratar bien los trastornos emocionales y, por otro, las bajas de discapacidad permanente derivadas de los mismos. Esto supone mantener una ayuda de por vida a gente que tiene una esperanza de vida todavía muy alta”, afirma Cano.

Este problema podría atajarse aumentando la ratio de psicólogos en la atención primaria. Según el estudio clínico PsicAP (Psicología en Atención Primaria), el tratamiento psicológico consigue la disminución del consumo de psicofármacos y la hiperfrecuentación a las consultas de Atención Primaria.

“Está demostrado que con un tratamiento de 7 sesiones de tratamiento se puede evitar el uso de psicofármacos”, afirma el catedrático. Lamentablemente España apenas cuenta con una ratio de 6 psicólogos clínicos por cada 100.000 habitantes, frente a los 18 por cada 100.000 que tiene como media la Unión Europea.

Daniel advierte de las consecuencias de no hacer este tipo de cambios en el sistema de salud: “Si no hacemos esta inversión en la Sanidad Pública, a medio-largo plazo vamos a recibir todas las consecuencias de tener una sociedad medicalizada, quizás adicta, en la que la benzodiacepina de turno será como el café de la mañana para ir a trabajar: parte del menú diario”.

“Yo tuve que tocar fondo y sentirme muy mal para entrar en rehabilitación. Si con mi testimonio la gente se lo pudiese ahorrar, me daría por satisfecho”, dice. Se despide y vuelve a terapia. Aún queda mucho trabajo por hacer.

RTVE

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