‘Billy el Niño’, el torturador que ilustra en España «la falta de calidad democrática»

Un documental se centra en la figura de Juan Antonio González Pacheco, destacado policía franquista, para ilustrar las rémoras del pasado en el sistema político actual.

Por Alberto García Palomo*

Se le llamaba Billy el Niño por su crueldad, por la velocidad con la que sacaba la pistola para atemorizar a sus detenidos. Pertenecía a la Brigada Político Social de la Policía Nacional durante el franquismo y cuando acabó la dictadura, en ese periodo que se conoce como Transición, ascendió a inspector.

Registrado como Antonio González Pacheco en su carnet de identidad, Billy el Niño es una figura clave en la historia reciente de España: para algunos, muestra ese cambio consensuado que trajo la democracia. Para otros, ilustra las rémoras de un sistema donde colea el pasado totalitario.

Ahora, el director madrileño Max Lemcke ha querido retratar —junto a Javier Palacios en la fotografía o el equipo del periódico Ctxt— un viaje en torno a este controvertido personaje. El documental Billy se estrenará en noviembre dentro del Festival de Cine de Sevilla. Ha conseguido realizarse gracias al micromecenazgo de unas 1.300 personas.

«Nos ha llevado un año entre la gente que había sido torturada y los que querían hablar. La idea era hacer un documental fresco, espontáneo, que tuviera mucha energía», cuenta Lemcke a Sputnik.

Con Billy pretendían hacer un repaso de ese periodo y subrayar las lagunas de la política española actual. «Hay una falta de calidad democrática y eso hay que resolverlo», aventura el director. Para eso han contado con una veintena de «luchadores» («no les gusta denominarse víctimas», aclara Lemcke), mandatarios y analistas.

«Queríamos centrarnos en la violencia y ser críticos», insiste, «porque nuestra Transición fue de las más violentas del mundo y se enseña como algo modélico».

El personaje que titula el documental es el hilo conductor. ¿Por qué? Este exalto cargo policial concentra, según apuntan, algunos de los grandes rasgos que perduraron de la dictadura: las torturas, la impunidad o el silencio. Billy el Niño nació en un pueblo de Cáceres en 1946 y pronto fue haciéndose hueco en el cuerpo de las fuerzas de seguridad.

La fama que le precedía (de ahí el mote) era la de un ser sanguinario, que infligía brutales abusos a opositores políticos en los calabozos de la Dirección General de Seguridad, situada en la Puerta del Sol madrileña. Su impronta sigue en los testimonios de José María Chato Galante, Roser Rius, Lidia Falcón, Josefa Rodríguez Asturias o Francisco Rodríguez Veloso, activistas por la Memoria Histórica, o de periodistas como Paco Lobatón.

Todos sufrieron su ira. A Lobatón le rasgó el pecho con la pistola en una manifestación universitaria. Al escritor Gonzalo Moure le golpeó con tanto sadismo durante varios días de arresto que aún le duran los problemas de audición y equilibrio. Antonio Chapero, miembro de un partido comunista, se revolvió entre sus patadas y rodillazos antes de ingresar en prisión. Rosa García Alarcón aguantó insultos y amenazas de violación. Y su sombra planea sobre la muerte de Enrique Ruano, un militante antifranquista.

«Aparece la palabra memoricidio porque en España se ha borrado lo que ocurrió. El rey [por Juan Carlos I, padre de Felipe VI] nos lo impusieron, no se dio ninguna otra opción. Y la paz fue obligada y encubierta», resume Lemcke, asegurando que el franquismo «aceptó la democracia a cambio de conservar sus privilegios».

Fue, añade el cineasta, un cambio de camisa. Antonio González Pacheco, Billy el Niño, ejemplifica este maquillaje electoral. Cuando acabó la dictadura no solo no fue juzgado, sino que se le concedió la medalla al Mérito Policial. En 1982 abandonó su puesto público y montó una agencia de seguridad. En 2013, la jueza argentina María Servini pidió su extradición después de una querella de las víctimas en el país sudamericano. La Audiencia Nacional la rechazó argumentando que los hechos habían prescrito. Y solo después se aceptó en España una querella individual.

Y, mientras, caminaba de forma anónima por la capital de España. Con su pensión y sus condecoraciones en vigor. «Él inició lo que ahora se conoce como las cloacas del estado. Estaba involucrado hasta en los GAL o en los asesinatos de Atocha. Los que han gobernado nunca han hecho nada por juzgarlo ni quitarle reconocimientos estatales. Y sus compañeros de la Policía aún le consideran un buen funcionario», explica Lemcke, que resalta la ausencia de muchos políticos y de representantes de la Policía.

«Queríamos ser críticos con la izquierda, porque han sido muy tibios. Los años 70 fueron muy complicados, estaba todo muy polarizado, y hay que reconocerles el mérito, pero otra cosa es no verlo ahora, con la distancia, y hablar de eso», dice Max Lemcke.

Indica el director que desde el PSOE (Partido Socialista), que ha ostentado el poder durante décadas, no se movió ningún dedo por cuestionar ese perdón que ellos mismos habían secundado en la Ley de Amnistía firmada en 1977 y que instituciones como el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos han pedido retirar por incumplir la normativa sobre estos derechos fundamentales.

Solo aparece Pablo Iglesias, vicepresidente del Gobierno por Unidas Podemos, que ha encabezado la lucha por retirar las medallas y condecoraciones a autoridades de la época franquista. «Homenajear a los luchadores por la libertad y la justicia social es también perseguir y dar a conocer a sus verdugos», asegura. Logró su propósito, con la abstención del PP y el voto en contra de Vox, el 11 de junio de este año. «Hay que afrontar que tenemos que superar esa etapa. Se supone que dos tercios de los españoles votaron la Constitución de 1978, ¿no?, pues atrevámonos a modificarla», espeta Max Lemcke, que valora la Ley de Memoria Histórica impulsada por José Luis Rodríguez Zapatero (en eterna controversia) y cree que habría que «mirar a ambos bandos» de la contienda para «mejorar la calidad democrática del país».

«Hay que hablar de los muertos, enfrentarnos al pasado con profesionalidad y dar un paso adelante, porque aún existe un daño psicológico entre los afectados y los otros se han ido de rositas», sentencia.

Justo mientras montaban el documental, Billy el Niño fallecía de coronavirus (el 7 de mayo). «Fue un shock terrible porque era nuestro personaje y sentíamos un latir de esperanza entre los represaliados, pero intentamos integrar la situación de la mejor forma, porque lo importante es contar nuestra historia y que la gente la conozca», afirma.

*Sputnik

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