El delfín de Morales, un «tibio» veterano y un joven belicoso, disputan el mando boliviano

El economista delfín de Evo Morales, el intelectual favorito de las clases medias acomodadas y el paladín ultraconservador de las protestas cívicas se han erigido como los tres principales candidatos a la Presidencia de Bolivia, cargo que, tras un año de crisis política, se dirimirá en las elecciones de este domingo 18.

Luis Arce, el ministro de Economía en 12 de los 14 años de la gestión de Morales y reconocido gestor de la «evonomics», como llamaron medios internacionales al «boom» de estabilidad, crecimiento y disminución de la pobreza y la desigualdad recientes, es el favorito según las encuestas.

Carlos Mesa Gisbert, un historiador y periodista autodidacta que ya fue derrotado por el Movimiento Al Socialismo (MAS) en las elecciones de 2019 -anuladas luego por denuncias de fraude-, vuelve a plantarse como el conservador mejor perfilado contra el masismo, tratando de concentrar votos para, al menos, forzar un balotaje.

El abogado y empresario Luis Fernando Camacho, surgido del liderazgo del Comité Cívico de Santa Cruz (este) y de un grupo juvenil de choque de esa organización regional, se ha erigido como el tercero en disputa, que podría ganar fuerza parlamentaria para disputar espacios de poder.

ARCE, MÁS «PROCESO»

Arce, de 57 años, ha asumido la difícil tarea de reemplazar a Morales, fundador y líder histórico del MAS, el candidato más ganador y el presidente de más duración en la historia boliviana (2006-2019), echado del poder en noviembre pasado a poco más de dos meses de iniciar un polémico cuarto mandato consecutivo.

«Arce no solo ha sido capaz de alcanzar su propio brillo bajo la sombra de Morales, sino que parece haber logrado liderar una candidatura que renueva los ideales y las emociones del «proceso de cambio» pero ya sin el peso del gran líder», dijo a Sputnik el analista Marco Cossío.

Morales impuso en enero a Arce como candidato presidencial, contra la voluntad de los movimientos sindicales y sociales que apoyaban al excanciller indígena David Choquehuanca.

De esa apuesta por un rostro urbano y académico, sin renunciar a lo indígena, surgió el binomio masista Arce-Choquehuanca.

La crisis económica posterior la crisis política de noviembre de 2019, agravada por el aparente mal manejo de la pandemia de covid-19, dio a Arce la posibilidad de hacer de la recuperación de la estabilidad y el crecimiento las banderas de su campaña electoral.

Con la ventaja de no tener que ofrecer algo nuevo sino solo mostrar lo que había hecho en los 14 años pasados, Arce no tuvo dificultades para diferenciar la era dorada del MAS con el conflictivo Gobierno transitorio de Jeanine Áñez, que sumió en el caos al país al pretender un acelerado desmontaje del modelo «socio comunitario» de Morales y mostrar más casos de corrupción que respuestas efectivas contra la pandemia.

De pocas palabras y hasta demasiado serio como ministro y docente universitario, Arce sorprendió en la campaña al revelar sus habilidades de guitarrista, cantor y bailarín en las concentraciones, caminatas y muchos otros actos callejeros con los que hizo campaña.

De hecho, el economista graduado en Bolivia y posgraduado en el Reino Unido prolongó el estilo de política movilizada con que Morales había liderado al país en los años precedentes.

Pero «Evo no será el presidente, nosotros asumiremos el mando efectivo en todo sentido», aseguró en una entrevista.

MESA, NO MÁS MAS

El expresidente Mesa (2003-2005), de 67 años, hará su segundo intento de ganar la Presidencia en la culminación de una carrera política que inició en 2002, cuando dejó atrás sus años de historiador, periodista y empresario de medios para ser el vicepresidente del empresario neoliberal Gonzalo Sánchez de Lozada (1993-1997 y 2002-2003).

Sucedió a Sánchez de Lozada cuando éste renunció en octubre de 2003, acorralado por protestas contra sus políticas neoliberales, y debía estar al mando hasta 2007 pero dimitió también, con dos años de anticipación, a causa de una aguda crisis política y económica.

En los comicios de 2019, su propuesta electoral no fue un plan de gobierno sino esencialmente una denuncia contra el «fraude» del MAS, que planteó desde 2018 y convirtió en consigna de protestas callejeras tras la victoria de Morales.

Mesa nunca se hizo responsable del golpe contra el presidente indígena ni de la gestión transitoria de Áñez, pero ha compartido con la Presidenta transitoria el discurso de ataque al MAS, a Morales y al candidato Arce.

Igual que hace un año, el candidato que concentra su respaldo en sectores de clase media, con imagen de intelectual aunque no haya culminado estudios universitarios, ha lanzado ideas difusas de un programa de gobierno, concentrando en cambio su retórica en el rechazo al MAS como objetivo central de su propuesta.

«Catorce años de fraude y corrupción», era la frase inicial casi invariable de sus apariciones en entrevistas, foros o conferencias de prensa, aunque no en discursos porque a diferencia del candidato masista, Mesa casi no ha salido a las calles y se ha manifestado más en avisos en medios y redes sociales.

El expresidente que proclama haber sido el único que derrotó a Morales -no en las urnas sino por haberlo forzado a renunciar- presenta como base de su gobierno la denuncia de que Bolivia sufre una triple crisis: sanitaria, económica y de corrupción.

Mesa, que ahora critica la pasada gestión económica del MAS que en el pasado alabó -como recuerdan videos divulgados por sus detractores en las redes- se ha ganado el calificativo de «tibio», acuñado por la presidenta Áñez a causa de su aparente aversión a asumir posiciones claras en situaciones conflictivas.

«El programa de Mesa se resume en «no más MAS», pero esto puede ser insuficiente para gobernar», advirtió Cossío, sociólogo docente de la universidad de La Paz.

«MACHO» CONTRA LOS VIEJOS

Camacho, de 41 años, se ganó fama de «macho» por sus encendidos discursos y desafíos a Morales al conducir desde el Comité Cívico cruceño parte de las protestas que terminaron derribando al líder indígena.

Ingresó al Palacio de Gobierno con biblia en mano, en noviembre pasado, poco antes de que lo hiciera a la presidenta Áñez; puso a algunos de sus colaboradores en cargos de ministros y no tardó en romper con la gobernante cuando ella decidió en enero ser también candidata.

Camacho enlistó entonces a Áñez entre los «viejos políticos» que había jurado echar del poder en los días de las revueltas contra Morales.

«Igual que Mesa, Camacho no tiene más programa que el «fuera Evo», pero se diferencia en que no duda en asumir posiciones radicales de línea neoliberal y hasta racista», señaló Cossío.

Autodefinido como defensor de principios cristianos contra el «comunismo» del MAS, del libre mercado y de la República en contraste con el nuevo Estado Plurinacional, el excívico no ha ocultado su ambición de convertirse en relevo generacional de la política boliviana, a la que denuncia como corrupta.

Camacho, envalentonado por el fuerte respaldo empresarial y regionalista en su departamento, se ha negado tenazmente a renunciar a su candidatura, en favor de Mesa, como han hecho otros aspirantes conservadores, entre ellos Áñez.

Su victoria proyectada en Santa Cruz le daría presencia en el parlamento y lo constituiría al mismo tiempo en el nuevo líder político de ese departamento, el más grande y rico del país que ansía hace décadas el poder político de La Paz.

Sputnik

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