El covid-19 frena al ex presidente uruguayo Mujica y a su eterna búsqueda de la felicidad

Dos cosas terminaron la carrera política del expresidente uruguayo José «Pepe» Mujica: sus 85 años, y el coronavirus.

Por Ramiro Barreiro*

Quien gobernara Uruguay durante el período 2010-2015 abandonó el martes la política al renunciar a su banca en la Cámara de Senadores con un mensaje: «triunfar en la vida no es ganar. Triunfar en la vida es levantarse y volver a empezar cada vez que uno cae».

Si de eso se trata, Mujica ha triunfado.

Luego de ingresar a la arena tradicional de la política por influencia de su tío materno, en 1964 se unió al Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T), por entonces una organización guerrillera que tuvo su auge y su caída entre 1968 y 1972.

En diversos enfrentamientos con la policía, «el Pepe» fue herido de bala, apresado cuatro veces y protagonista, el 6 de septiembre de 1971, de una de las fugas más grandes de la historia, cuando 111 presos (106 de ellos, políticos) se escaparon de la cárcel de Punta Carretas, hoy reconvertida en centro comercial.

Su última y más dura detención llegó un año antes de que se instaure en Uruguay la dictadura cívico-militar (1973-1985), y duró casi 13 años.

Junto a él también se encontraban Eleuterio Fernández Huidobro (quien fue ministro de Defensa Nacional entre 2011 y su fallecimiento, en 2016) y el escritor y periodista Mauricio Rosencof, «rehenes» que el Gobierno militar usó como moneda de cambio para tener a raya al MLN-T.

«He pasado de todo en la vida. He estado seis meses atado con alambres con las manos en la espalda. Irme de cuerpo por no poder aguantar en un camión por estar dos días o tres encerrado. Estar dos años sin que me lleven a bañarme, y tener que bañarme con una taza de agua y un pañuelo. He pasado de todo. Pero no le tengo odio a nadie», dijo Mujica el martes en el Senado.

En total, el exmandatario uruguayo pasó unos 15 años de su vida en prisión.

«Toda forma de justicia, en mi filosofía casera, es una transacción con la necesidad de venganza», dijo el 17 de marzo de 1985, recién liberado de la cárcel.

«Hacer justicia no es hacer venganza. Los militares tienen muchas deudas, pero no les quiero aplicar a ellos las cárceles que me aplicaron a mí», dijo años más tarde, en septiembre de 2006, cuando todavía como Ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca, se le pidió opinión sobre un beneficio de detención solicitado por aquellos militares de la dictadura.

MUJICA PRESIDENTE

El Gobierno de Mujica estuvo más orientado en equiparar las diferencias de clase existentes entre los uruguayos que en perseguir la justicia por las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura.

Incluso, en 2015 impuso en el cargo de comandante en jefe del Ejército a Guido Manini Ríos, actualmente senador por el Gobierno de coalición que dirige Lacalle Pou, y con un pedido de desafuero por el supuesto encubrimiento de la confesión de un homicidio y posterior desaparición de un detenido por parte de otro militar.

«La política es la lucha por la felicidad humana, aunque suene a quimera», exclamó Mujica en su despedida, repitiendo un concepto que siempre se esmeró en destacar.

Durante su administración se legalizó el aborto y el matrimonio entre personas del mismo sexo; se reguló el consumo de cannabis y hasta se puso a disposición un corte de carne económico, que fue bautizado como «el asado del Pepe».

En materia económica continuó el proceso comenzado por Tabaré Vázquez (2005-2010 y 2015-2020), y completó un período, el de 2004 a 2013, en el que la proporción de gasto social en el gasto público en Uruguay aumentó casi 15 por ciento, el desempleo bajó del trece al siete por ciento y el salario mínimo aumentó 250 por ciento.

La felicidad, al poder.

MUJICA ÍCONO

Ese perfil de político sencillo, paciente, sin rencores y con una gran capacidad para pensar la realidad en forma intergeneracional, llamó la atención de la prensa y los líderes internacionales.

El mundo entero se preguntaba cómo era posible que un país de tres millones de habitantes fuera conducido por un adulto mayor que vivía en el campo y andaba por la vida en sandalias, con los dedos de los pies al aire y manejando un viejo Volkswagen Fusca.

Inquietudes que dicen mucho más de quien se las pregunta que del propio Mujica.

Sin pretenderlo, pero aprovechando los réditos políticos, se hizo conocido como «el presidente más pobre del mundo».

La moneda de cambio pasó a usarla el exguerrillero y expresidente.

Con su fama, llevó a las Naciones Unidas el mensaje del pueblo latinoamericano, al que el «Dios Mercado» le «financia en cuotas y tarjetas la apariencia de felicidad».

También se sentó frente al presidente ruso, Vladímir Putin, y, luego de extraer un mapa doblado de su bolsillo para explicarle al presidente del país más grande del mundo donde quedaba uno de los más pequeños, negoció inversiones en su tierra.

Pero este Mujica ya no puede andar y, por lo tanto, ya no habrá monedas girando en el aire.

«Me voy porque me está echando la pandemia. Ser senador significa hablar con gente y hablar por todos lados. El partido no se juega en los despachos, y estoy amenazado por todos lados: por vejez y por padecer una enfermedad inmunológica crónica, porque si mañana aparece una vacuna yo no me puedo vacunar», expresó.

*Sputnik

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