Nunca hay que banalizar el nazismo

Yo tuve de «maestro» a Remus Tetu, un criminal nazifascista que asoló al campo popular argentino en los años ’70 militanto su odio en las trincheras de la derecha peronista de aquel ayer ya casi olvidado. ¿Puede, entonces, el diario Página 12, sugerir que mi formación cultural peca de inclinaciones subconscientes a la barbarie, toda vez que aquel quídam me habría influido con su veneno valiéndose del cargo jerárquico que ocupaba en el colegio Don Bosco de Bahía Blanca, que es el lugar donde lo tuve de profesor de Geografía en 1962?

Juan Chaneton*

*jchaneton022@gmail.com

Evidentemente, no. No puede, ese diario, decir eso, pero lo acaba de decir,  en otra clave y refiriéndose a otra persona, no a mí, cuando, lo que correspondía, era aprovechar la oportunidad: la cavernaria ideología de Soledad Acuña quedaba expuesta como posta y ocasión para instalar el debate acerca de la extensión y contenido de la educación en la Argentina y nunca debería haber servido para el estéril ejercicio de impugnar individualmente a ese módico Golem de Larreta.

No le es útil al pueblo de la patria  -de la grande o de la chica-  decir que Acuña estudió en las riberas del Correntoso y bajo el influjo de Primo Capraro y Erich Priebke, pues así no se demuestra  lo que habría que empezar a demostrar: que el enemigo de la educación  es el sistema  que rige en la Argentina desde hace un siglo pues es ese sistema el que ha perpetuado la ignorancia de unos y el saber de otros, toda vez que de esa perpetuación depende la reproducción de unas condiciones materiales de vida signadas por la desigualdad, por una desigualdad rampante.

Derrapó el progresismo, pero no es la primera vez que el progresismo derrapa y después tiene que salir a aclarar oscureciendo.

Por caso, se dijo, una vez, que el error de Macri (cuando  le pidió al Fondo lo que había prometido que nunca le iba a pedir) había consistido en anunciar el crédito sin hablar primero con Christine Lagarde. Una boludez decir eso, claro, pero dicha con énfasis es grave. Y el que la dijo fatiga con frecuencia la tevé sustituyendo la reflexión por una estentórea rimbombancia.

Y se dijo, asimismo, que «durante nuestro gobierno (el de CFK) había inflación, pero los salarios aumentaban más que la inflación», en una patética confesión de que, si el modelo era ese, la insustentabilidad era su sino.

Estos son algunos de los locuaces comunicadores que tiene el progresismo hoy en la Argentina. Y nadie se da cuenta de que ahí hay un déficit. En tanto, Aníbal y Amado, que jamás dirían burradas semejantes, están lejos de la gestión porque nadie se anima a desatar las iras de Magnetto.

Y tal vez por eso  -o seguramente por eso-  el diario La Nación concede generosos espacios a ciertos progresistas, que no a otros. Son bienintencionados, estos progresistas, qué duda cabe, pero marran el penal con demasiada frecuencia. ¿Qué más quiere La Nación…? No quiere nada más: le concede espacio a un discurso conservador pero que viene proferido por un emisor progresista y, encima y para mejor, oficialista, ya sea porque es vocero del Presidente o porque lo asesora, o porque regentea un «think tank» a la medida de nuestro subdesarrollo.

Hace mucho que el progresismo argentino  -del cual Página 12 viene a ser numen y fuente inspiradora-  viene derrapando. Ahora, con este asunto de la Acuña, de nuevo al pasto. Y no es la derecha, entonces, la que avanza por su virtud, somos nosotros mismos los que boludeamos diciendo «nosotres» y haciéndonos los progres pero que, cuando tenemos que demostrar y demostrarnos que, más allá de la política, a nuestra ideología y a nuestros principios y valores los tenemos  -como a los cojones-  bien puestos, tropezamos de manera estúpida y exhibiendo una mediocridad teórica y práctica con la cual, francamente y si no mejoramos, no podremos  nunca ir en pos de ninguna utopía y permaneceremos siempre en el más acá del progresismo bobo que vegeta y regurgita como «ala izquierda» de un sistema social en el que, al fin y al cabo, los que sufren no somos «nosotres» sino «elles», los de Guernica, los de Itatí, los pobres, qué mal que viven los pobres, viste …?

Dice el diario que el diario nunca dijo que Acuña fuera nazi y eso tampoco es cierto. Una imagen vale más que mil palabras, y por mucho que lo que se muestra haga silencio, su silencio habla y dice más que si hubiera hablado. La escracharon al lado de Priebke y la llamaron nazi, y ahora dicen que no le dijeron nazi, escudándose en una formalidad gráfica que no exhibe palabras pero sí exhibe toda la contundencia del documento.

Y también decimos todo el tiempo que la lucha política se libra, en  estos globalizados días de vino y rosas,  en «el plano de la comunicación»; y creemos decirlo en línea con Ramonet y Chomsky; es decir, decimos que los decires son sustantivos a la hora de batallar; es decir, decimos que lo cultural es la clave; pero cuando tenemos que dar esa batalla cultural, es ahí, precisamente, donde hacemos sapo; y hacemos sapo por falta  -también precisamente-  de cultura general, de formación teórica y práctica y de, en suma,  voluntad y carácter para poner el culo en la silla cuatro horas por día para estudiar todo aquello que ignoramos, que es mucho, y que resulta indispensable si lo que queremos  no es figurar en el ágora anhelantes de aplauso sino entregar lo poco o mucho que tengamos, como prenda de servicio a un pueblo que sigue sufriendo y sufre cada vez más a pesar de lo progresistas que somos. La derecha, así, de parabienes.

Era evitable esa tapa de Página 12.  Aunque Acuña sea nazi, si lo fuera, y tal vez lo sea. Es un error tontuelo esa tapa de Página 12. Es frívola esa tapa de Página 12. Es irresponsable esa tapa de Página 12.  Es una liviandad esa tapa. No tendrá más consecuencias que la de ratificar el momento pobre que vive el progresismo. Era evitable esa tapa con sólo tener claro hacia dónde se va. Pero no es el caso. De hacia dónde se va, ni idea. Pero dónde queremos estar, eso sí lo tenemos claro: queremos ser la buena conciencia burguesa del sistema cultural burgués de la Argentina.

Si nos dicen que porque somos pobres optamos por la docencia y, una vez hecha esa opción, devenimos viejos, fracasados y zurdos, nuestra respuesta no puede ser «callate, nazi» pues, de ese modo, incurrimos en falacia ad hóminem.

Bullshit, entonces, porque si bien cada uno de esos lamentables traspiés del progresismo, considerados individualmente, no tienen más efecto que el de hacer graznar a la derecha, en conjunto exhiben, de cara al futuro, la oquedad vacía que se hace gesto y máscara de una comprobación esencial: nuestro desarme ideológico, político y moral nos inhibiría, de así seguir, de enfrentar con éxito a la derecha en los complicados escenarios que se avecinan. Porque la derecha, esa sí, viene por todo. Con Biden o con Trump, viene por todo.

Una vez, Pierre Menard le escribió a Borges diciéndole, más o menos, lo que sigue: «Pensar, analizar, inventar … no son actos anómalos, son la normal respiración de la inteligencia. (Criticar) el ocasional cumplimiento de esa función … es confesar nuestra languidez o nuestra barbarie. Todo hombre debe ser capaz de todas las ideas y entiendo que en el porvenir lo será».

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