El Cuarteto de Normandía, en un callejón sin salida

Al cumplirse un año de la última reunión al más alto nivel del denominado Cuarteto de Normandía, parece oportuno hacer balance de los resultados de este grupo multilateral creado en junio de 2014 para poner fin a la guerra desatada en el este de Ucrania.

Por Francisco Herranz*

Se llama Grupo de Contacto o Cuarteto de Normandía porque se generó de manera informal durante la reunión celebrada hace seis años en Francia, en conmemoración del 70º aniversario del desembarco aliado y donde se dieron cita los grandes líderes europeos. Aquella cumbre del recuerdo agrupó en la misma mesa a los representantes de cuatro estados: los presidentes de Rusia, Ucrania y Francia y la canciller de Alemania. 

El formato de Normandía resultó bastante exitoso durante sus primeros meses de existencia ya que, gracias a esta iniciativa internacional, se fundamentaron los acuerdos de paz suscritos en septiembre de 2014 y en febrero de 2015, más conocidos en el mundo diplomático como Minsk I y Minsk II.

Primeros acuerdos

Después de 17 horas de negociaciones mantenidas en la capital de Bielorrusia en 2015, bajo la supervisión de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), se adoptó un documento, firmado por todas las partes implicadas, que enumeraba hasta trece medidas para solucionar el conflicto armado surgido meses atrás en Donetsk y Lugansk. Ambas regiones orientales, fronterizas con Rusia, habían creado sus propias instituciones de gobierno y declarado su independencia.

El acuerdo de paz Minsk II, bastante complicado de aplicar, contempla:

  • el alto el fuego y su verificación,
  • la retirada mutua de armas pesadas de la línea de alto el fuego,
  • el diálogo sobre la convocatoria de elecciones locales en las dos regiones afectadas,
  • el perdón y la amnistía a las personas perseguidas o condenadas por hechos ocurridos en esas zonas,
  • el intercambio de prisioneros y detenidos,
  • la creación de corredores seguros de ayuda humanitaria,
  • la reanudación de los vínculos económicos con Donbás,
  • la restauración del control por Kiev de la frontera con Rusia,
  • la retirada de las tropas extranjeras,
  • la reforma constitucional de Ucrania en materia de descentralización, creando un estatus especial para Donetsk y Lugansk tras consultas previas con sus dirigentes.

Poco o nada de ello se ha cumplido.

Las negociaciones estuvieron congeladas desde 2016 hasta el otoño de 2019. La novedad se produjo con la llegada al poder, en mayo de ese año, de Volodímir Zelenski, un popular actor ucraniano reconvertido en político, que priorizó durante su campaña electoral la pacificación del este de su país.

Diciembre de 2019 en París

La última reunión del Cuarteto a su máximo nivel se llevó a cabo en París el 9 de diciembre de 2019. Después de casi seis horas de conversaciones, Zelenski y sus homólogos Vladímir Putin y Emmanuel Macron, así como la canciller Angela Merkel, reafirmaron los compromisos para lograr un alto el fuego y el canje de prisioneros. La crisis del coronavirus canceló sine die el encuentro previsto para este año en Berlín. Y no pinta que vaya a convocarse otra cumbre en breve.

Lo cierto es que no se advierten avances reales desde entonces, pese al trabajo de los grupos de trabajo. El Cuarteto de Normandía parece haber llegado a un punto muerto, incluso a un callejón sin salida. La eficacia del formato a cuatro bandas se ha complicado a consecuencia del aumento de la desconfianza entre sus propios miembros. Hace poco asistíamos a los reproches de Rusia hacia Francia por su falta de imparcialidad. Estas discrepancias están poniendo en tela de juicio la propia existencia del Cuarteto. 

Uno de los principales impedimentos para alcanzar la paz es el diferente punto de vista que tienen los bandos enfrentados sobre los detalles de los acuerdos. Minsk II habla de elecciones locales en las zonas separatistas y estipula que Kiev les otorgará un «estatus especial», pero no especifica cuál de los dos puntos debe ir primero.

Para salir de ese atolladero, el entonces ministro alemán de Exteriores Franz-Walter Steinmeier sugirió en 2019 que Donetsk y Lugansk recibirían su estatus especial provisional el día de los comicios locales, un estatus que se haría permanente solo si la OSCE certificara la limpieza de las elecciones. La Fórmula Steinmeier convenció a (casi) todos, pero no aceleró el proceso.

París y Berlín, co-signatarios de los acuerdos, están ansiosos por que termine el conflicto. Aunque siguen comprometidos públicamente con la letra y el espíritu de Minsk I y Minsk II, es justo preguntarse si darían la bienvenida a un acuerdo alcanzado por otros medios.

Las huellas de la guerra

La guerra ha dejado ya unas tremendas huellas:

  • 13.000 muertos,
  • 88.000 refugiados y solicitantes de asilo,
  • 734.000 desplazados internos,
  • un frente de 427 kilómetros de largo.

Ha convertido la que fue la parte más densamente poblada e industrialmente productiva de Ucrania en un área arruinada y alienada.

En 2017 Kiev prohibió el comercio con las regiones secesionistas y los líderes de Donetsk y Lugansk respondieron de la misma forma. A medida que ha ido trascurriendo el tiempo sin llegar la ansiada paz, ha ido aumentando la tensión social en la parte controlada por las autoridades ucranianas, porque, entre otras circunstancias, los jubilados de la zona separatista deben cruzar la línea del frente desde el este para cobrar en el oeste sus pensiones del Gobierno. La situación no es mucho mejor en el lado prorruso.

Según el último informe de la organización International Crisis Group (ICG), publicado en septiembre de este año, Kiev tendría que mover ficha y particularmente debería ayudar a esos pensionistas atrapados, debería alcanzar un acuerdo para reiniciar los intercambios comerciales e industriales entre ambas zonas y debería buscar aliados para activar la modernización de Donbás. Eso aliviaría la presión. La frustración es el sentimiento dominante entre la población local, lo que, mezclado con la política y la ideología, está caldeando sobremanera el ambiente. Y la pandemia ha introducido nuevos retos y problemas sociales que no favorecen en absoluto la tranquilidad. Al contrario. 

*Sputnik

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