María Moliner, una vida dedicada a las palabras

El 22 de enero de 2021 se celebra el 40 aniversario del fallecimiento de María Moliner. Ella visualizó un sistema de bibliotecas moderno en España. También un diccionario más práctico. Su herencia son las palabras.

El libro es el pilar sobre el que se sostiene la cultura. Sus páginas transmiten información, pero también ilusión y emoción. Una historia puede ayudar al individuo a descubrir partes que ni conocía de sí mismo. Sus palabras ayudan y consuelan. A su vez, son portadores de cambio. Su lectura es capaz de derribar reyes y tumbar fronteras. En ellos se graba el pasado y se intuye el futuro. Son el templo sobre el que se deposita el saber y horror de la humanidad. En ellos creía María Moliner.

Una mujer que apostó por el conocimiento como vía para mejorar el mundo. Quería que cualquier persona tuviese acceso a los libros. Que la lectura se convirtiese en un hábito. Una forma de pensar todavía vigente en la actualidad. El legado de María Moliner perdura a 22 de enero de 2021, cuando se cumplen 40 años de su muerte.

«Los libros fueron la gran pasión de María Moliner y su ordenación y cuidado, su vocación y su modo de vida . María Moliner, la mujer que reformuló el diccionario y acercó la cultura a la clase trabajadora», comenta a Sputnik Mundo Tomás Bustamante, bibliotecario de la Universidad de Málaga y presidente de la Asociación Andaluza de Bibliotecarios.

Nacida en la localidad zaragozana de Paniza el 30 de marzo de 1900, María Moliner se mudó con su familia en 1902 primero a Almazón (Soria) y después a Madrid. En la capital, ella y sus hermanos estudiaron en la Institución Libre de Enseñanza. Precisamente, entre sus muros, el filólogo y docente Américo Castro despertó el interés de una joven María por la expresión lingüística y la gramática.

Moliner cursó la Licenciatura de Historia en la Universidad de Zaragoza entre 1918 y 1921. Un año después, ingresó por oposición en el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos. «Fue una de las primeras mujeres en formar parte de este grupo», destaca Javier Argento, presidente de la Asociación de Archiveros, Bibliotecarios y Documentalistas de Madrid, a Sputnik Mundo. La carrera de Moliner empezó con un breve paso por el Archivo de Simancas, antes de desembarcar en la Delegación de Hacienda de Murcia para trabajar como documentalista. En la ciudad del Segura conoció al que fue su marido y padre de sus hijos, Fernando Ramón y Ferrando.

En los años 30, la pareja se trasladó a Valencia, donde Moliner vivió su periodo de mayor plenitud laboral. Participó en la promoción y organización de la Escuela Cossío, inspirada en la Institución Libre de Enseñanza, en la que también impartió clases de Literatura y Gramática. En 1936, fue llamada para dirigir la biblioteca de la Universidad de Valencia. Además, prestó su colaboración a las Misiones Pedagógicas de la República. Su plan Instrucciones para el servicio de las pequeñas bibliotecas suena todavía moderno. Desde su punto de vista, los libros tenían que llegar a todas partes, ya que solo estos son motor para la regeneración de la sociedad.

«El 29 de mayo de 1932, se crea el Patronato de Misiones Pedagógicas, cuyo objetivo es extender la cultura por todos los rincones de España. Y es aquí donde ella juega un papel muy importante, ya que se le encarga establecer y crear bibliotecas públicas fijas y circulantes. En 1935, se crean más de 5.000 bibliotecas y estas se instalan no sólo en pueblos, sino también en diminutas aldeas», explica Bustamante

También presentó el Proyecto de bases de un Plan de organización general de Bibliotecas del Estado, en el que abogaba por el trabajo coordinado de las bibliotecas a nivel nacional. Un diseño casi visionario que contemplaba todo tipo de bibliotecas: las públicas, las universitarias o las especializadas.

«Fue una mujer adelantada a su tiempo, así lo muestra este plan, aunque nunca pudo ponerse en práctica por la retrógrada política del franquismo. Sin embargo, su legado puso las bases de nuestro sistema bibliotecario actual», asegura el bibliotecario. 

Acabada la Guerra Civil, la dictadura tomó represalias contra Moliner. La archivera perdió su puesto de trabajo y toda responsabilidad. En 1946, fue destinada a la biblioteca de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales. Allí estaría hasta 1970, año en el que se jubiló.

El franquismo frenó su carrera como bibliotecaria. Sin embargo, abrió la puerta a la que sería su gran obra. Su nuevo empleo le daría el tiempo necesario para configurar el Diccionario de uso del español. Su contribución a la idea del conocimiento como arma de cambio social. «Estando yo solita en casa una tarde cogí un lápiz, una cuartilla y empecé a esbozar un diccionario que yo proyectaba breve, unos seis meses de trabajo, y la cosa se ha convertido en quince años», relató la propia Moliner en una entrevista.

La lexicógrafa estaba convencida de la necesidad de un diccionario más práctico, relacionado con el habla de la población. Por ello, ideó una obra en la que no solo se explicaba el significado de las palabras. También incluía sinónimos, palabras afines y referencias que conducían al lector desde el término que conoce al modo de decir que desconoce. Además, empleaba un particular orden alfabético, en el que los vocablos se agrupaban por su raíz léxica. La otra novedad era la desaparición de los dígrafos ch y ll como letras independientes. Cambios con los que le dotaba de una mayor agilidad.

Moliner construyó el diccionario escribiendo fichas, que pasaron de llenar cajas de zapatos a ocupar toda su casa. Con la ayuda del escritor Dámaso Alonso, su trabajo vería la luz en 1966, año en el que se publicó su primer volumen. El siguiente aparecería en 1967.

En un principio, el Diccionario de uso del español no contaría con la aceptación de los académicos. A pesar del inmenso proceso de investigación, la Real Academia Española decidió no incluir su candidatura a ostentar una silla del organismo en 1972. No obstante, el paso del tiempo daría alas a su obra. La publicación cuenta actualmente con cuatro versiones. La última, de 2016, contiene 92.700 entradas.

La arterioesclerosis cerebral segaría la vida de la bibliotecaria en 1981. La académica sin silla. La intelectual que el franquismo intentó apagar. Sin embargo, su recuerdo quedó grabado en las estanterías de las bibliotecas. En las páginas del diccionario. María Moliner vive en las palabras. En los libros. Y ellos forman parte de la vida de todos.

«María Moliner es una figura imprescindible en la cultura española. Ya no sólo por su labor como lexicógrafa o bibliotecaria, sino por su defensa de la cultura a nivel estatal», sentencia Argento.

Sputnik

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