Boris Skósirev, el hombre que se autoproclamó ‘rey de Andorra’ durante 13 días

Nacido en Vilna, este hijo de la aristocracia se erigió como monarca de este país entre España y Francia en julio de 1934. Su vida fue una sucesión de mentiras que le llevaron de un lugar a otro pisando cárceles.

Hay vidas de película y quienes convierten su vida en una película. Boris Skósirev es de esta segunda categoría. Introdujo tanta ficción en sus avatares cotidianos que cuesta distinguir lo verdadero de lo falso. Su biografía está tan exagerada que tiene más de leyenda que de enciclopedia. Noble del imperio ruso, intérprete de las tropas inglesas, agente secreto para la Alemania nazi… Nada se les escapaba a este embustero de raíces rusas.

Aunque quizás fue su autoproclamación como rey de Andorra lo más llamativo de todo y por lo que se le recuerda en la península Ibérica. Una historia que se replica en diversos medios con un tono entre anecdótico y jocoso, pero esconde altas dosis de fantasía. Y resume a la percepción la figura de Boris Skósirev (también escrito Skósirev o Skossyreff): nacido en Vilna en 1900 (ahora capital de Lituania y entonces perteneciente al Imperio ruso) este descendiente de una familia noble saltó de trola en trola para apropiarse de títulos que ni siquiera existían.

Como el cargo que dijo ostentar en la nación enclavada en los Pirineos. Cuando se apropió de una corona irreal y se denominó Boris I de Andorra simplemente seguía con la dinámica adoptada desde su infancia. Habría que mencionar un simple dato para ver con perspectiva esta gran biografía del disparate: Boris Skósirev falsificó su partida de nacimiento para ganar edad y acelerar la turbina de engaños. Si su bautizo tuvo lugar en 1900, él alegó haberlo hecho en 1896 para escalar en formación.

Boris Skórysev en una foto aparecida en la prensa cuando llegó a Madrid tras ser detenido en Seo de Urgel
Boris Skósyrev en una foto aparecida en la prensa cuando llegó a Madrid tras ser detenido en Seo de Urgel.

Pero esa es solo una curiosidad. Vayamos a lo gordo: Boris Skósirev se crio en uno de los estamentos de la aristocracia del momento. Su padre era militar e hijo de comerciantes y, con su madre, frecuentaba la sociedad palaciega de San Petesburgo. Pasó su infancia bajo las órdenes del zar y, supuestamente, se curtió en la batalla desde la Primera Guerra Mundial y la paralela Revolución Rusa.

Fue expulsado del imperio al derribarse el régimen y recaló en países europeos como Países Bajos o Inglaterra, que lo acogería tras haber colaborado con su ejército en las trincheras. O eso se dice: nada está corroborado y se supone que alcanzó las islas británicas asegurando que había sido capitán (y mentando a esos cuatro años de más que le daban la oportunidad de serlo).

De formación refinada y con facilidad para los idiomas, sorteó los problemas financieros del éxodo con estrategias para conseguir favores de las altas esferas. Le gustaban el juego y las mujeres, llegándose a casar en 1931 con Marie Louise Parat, 15 años mayor que él, y establecerse en Saint Cannat, cerca de Marsella. Dura poco: en 1932 se marcha y se instala en Palma de Mallorca y varias localidades catalanas como Sitges o Vilanova i La Geltrú, próximas a Barcelona. En 1933 cruza a Andorra con dos amantes, la norteamericana Florence Marmon y la inglesa Phyllis Peel Heard.

Boris Skósyrev en una foto de prensa tomada en Barcelona
Boris Skósyrev en una foto de prensa tomada en Barcelona.

Viven en hoteles separados mientras Skósirev se junta con empresarios de diferentes partes del globo y planifica esa alteración del orden que resuena en los diarios de la época y que se repite en la actualidad. Sin estudios serios, tal y como indica Miguel Izu, un escritor navarro que usó el personaje para su novela El rey de Andorra (Almuzara, 2018). «Solo hay dos autores que han abordado con rigor su historia: Alexander Kaffka y Gerhard Lang-Valchs», explica Izu a Sputnik, «y por lo que han demostrado, casi nada de lo que se cuenta es cierto».

Boris Skósirev, en realidad, ingresó en 1915 como cadete en la Armada rusa. «Abandonó dos meses después. Puede que para no ser expulsado. Luego fingió tener cuatro años más para pasar por capitán y trabajar como intérprete de las tropas británicas, que apoyaban al ejército zarista tras la Revolución de Octubre de 1917, y ser evacuado con ellas a Inglaterra en 1918», comenta Izu.

«Más adelante relataría que estudió en Oxford, que se incorporó a la Royal Navy y que trabajó como agente secreto. Pero, en realidad, sin dinero ni documentación, trató de sobrevivir falsificando cheques y, tras ser detenido, fue expulsado de Inglaterra en 1920», agrega.

No frenó el ritmo de vida. En la década de los años 20 visitó a su madre en Polonia, gasta el dinero que le da en casinos de Alemania y viaja a los Países Bajos, Suiza o Francia. Le tocó tirar, de nuevo, de la falsificación de cheques. Y, otra vez, caer detenido por donde pasaba. Sus estafas le provocan meses intercalados de prisión, aunque posteriormente contara que fue encarcelado como espía o que pasó ese tiempo estudiando en la Universidad de Jena, según apunta Izu.

Hasta 1933 y su aterrizaje en Andorra. Allí ve la oportunidad de levantar un nicho de riqueza al estilo de Mónaco o San Marino. «Consigue embaucar a unos cuantos empresarios y tener patrocinios para presentar sus ideas al Gobierno», anota el historiador Ignasi Vidal. «Tuvo suerte porque pudo acceder fácilmente: si ahora son 70.000 habitantes, en ese periodo serían unos 3.000», analiza, «y sus propuestas no estaban tan mal: eran la libertad de culto o de prensa, aumentar la capacidad de voto a más población, engendrar un paraíso fiscal… que luego se adoptaron».

Sus intenciones a lo mejor eran buenas, pero trastocaban un sistema que se ha mantenido desde hace siglos. Curiosamente, el Principado de Andorra responde a un coprincipado parlamentario. Esto es, la jefatura de Estado está compartida por dos copríncipes: el obispo de Seo de Urgel y el presidente de la República Francesa. Y Boris Skósirev pensaba dinamitar ese acuerdo, que hoy convive con una democracia parlamentaria.

Viñeta satírica de prensa sobre la proclamación de Boris Skórysev como rey de Andorra
Viñeta satírica de prensa sobre la proclamación de Boris Skósyrev como rey de Andorra.

En Francia, anota Vidal, a lo mejor les daba lo mismo, pero el religioso español se oponía tajantemente. «Y se estaba atravesando un momento de pequeñas revueltas», concreta. Un magma favorable que Skórisev quiere aprovechar. Miguel Izu aclara que se le echó porque ningún extranjero podía interceder en la política de este miniestado en las montañas. Había redactado una Constitución, diseñado una bandera propia y planificado unas elecciones. Supuestamente se había alojado en una mansión que hoy se denomina «la casa de los rusos», aunque no hay nada que lo acredite y huele, como todo lo que envuelve a Boris, a fábula.

«Desde el hotel Mundial de Seo de Urgel inicia una operación propagandística, lanza proclamas y corteja a la prensa internacional. Afirma que el presidente francés carece de derechos como copríncipe de Andorra y que el verdadero heredero es el pretendiente a la Corona francesa, el duque de Guisa, su primo, para quien actúa como lugarteniente», narra Izu.

Llega julio de 1934. El día 8 se autoproclama príncipe soberano de Andorra. Publica la Constitución escrita por él mismo, destituye al Consejo General y declara la guerra al obispo de Seo de Urgel. Los periódicos le dan pábulo y alientan sus enredos, a pesar de que el denominado Boris I de Andorra está en Seo de Urgel y nada altera el funcionamiento del país implicado.

«El Gobierno español, alarmado por estas noticias y temiendo que perjudique a sus relaciones con ambas naciones, lo detiene con la Ley de Vagos y Maleantes», afirma Vidal. El 21 de ese mes, con solo 13 jornadas de reinado, la Guardia Civil lo atrapa y lo deriva a Madrid: el día 22, las noticias dirán que no se le dio ninguna importancia, aunque él declare sus derechos dinásticos y asegure que tiene «gente contratada a buen precio» para hacer una «incursión bélica en el territorio de su fantástico principado».

Tampoco acaban en la capital de España sus aventuras. Poseedor del pasaporte Nansen, un documento de identidad expedido después de la Primera Guerra Mundial para los refugiados, goza de la categoría de apátrida y le permite moverse por Europa. Lo utilizó para transitar entre Portugal, Gibraltar o Francia. Al ser sorprendido por la Guerra Civil española, huye del país. Al otro lado de la frontera, es internado en el campo de concentración de Le Vernet, destinado a «extranjeros indeseables» y situado a pocos kilómetros de su reino andorrano.

Boris Skósyrev en una foto de 1935.
Retrato de Boris Skósyrev con el uniforme de la Wehrmacht, fuerzas armadas nazis.

Coincide con exiliados republicanos y con anarquistas italianos. «Entra en 1939 y en 1942 se va como voluntario a Alemania. En la Segunda Guerra Mundial, trabaja como traductor en empresas y como interrogador en el frente ruso», prosigue Izu. Le apresan los estadounidenses, pero pronto le sueltan. Pide la nacionalidad alemana en Boppard, zona de ocupación francesa en el oeste del país germano. Y termina en 1948 en la Unión Soviética, después de casi tres décadas desde su marcha.

«Dice ser un colaboracionista nazi para librarse de ser considerado traidor y la horca. Así le mandan a un gulag en Siberia, donde se le libera en 1956 por los acuerdos entre la URSS y la República Federal Alemana», traza el autor de ‘El Rey de Andorra’.

Regresa a Boppard y no se mueve hasta su fallecimiento en 1989. Eso no significa que su existencia deje de dar exclusivas. Convence a vecinos de sus vicisitudes como monarca, espía o reo. Y rememora hazañas en diarios locales. Incluso consigue que la revista alemana 7 Tage vereinigt mit Hausfreund publique una serie de artículos en 1963 catalogándolo como «el hombre que salvó a Alemania de la bomba atómica».

«Les suelta que era un agente secreto alemán desde la I Guerra Mundial y que, en febrero de 1945, se infiltra en la Conferencia de Yalta”, expone Izu, «en esta reunión, donde se decidiría la paz, se hace pasar por oficial francés (aunque no hubo representación francesa); al acabar, le comunica a Hitler, en su búnker, que los aliados piensan lanzar la bomba atómica contra Alemania».

Ese soplo hace que el Führer dé todo como perdido, se suicide y las bombas se desvíen a Japón, tal y como expresa con sorna el escritor navarro, que en el proceso de búsqueda consiguió pocos papeles oficiales y muchos rumores. «Es una historia que no tiene desperdicio», concluye. Boris Skósirev —o Skóssireff, o Boris I de Andorra— se confeccionó una vida de película. Una pena que confundiera la épica verdadera con el mero embuste.

Sputnik

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