Ni los guantes de Bernie, ni el barbijo de Cristina

La iglesia de Roma y la democracia anglosajona  son pares gemelos en el punto de la «universalidad». Ambos han sido totalitarios en el más ramplón de los sentidos.  Roma es «católica» porque es griegamente katholikós, esto es, universal. Es la única religión  que pretende que a ella deben integrarse  y profesarla todos los pueblos del mundo.

Por Juan Chaneton*

*jchaneton022@gmail.com

De igual modo, la democracia que nació en Estados Unidos e Inglaterra es la única aceptable por esos países;  y todas las naciones deberían adoptarla como propia, así dicen sus voceros.  Los anglosajones protestantes, así,  son también «católicos»  en el sentido etimológico del término: quieren imponer su democracia  -como Roma su religión-  a todo el mundo.

Sólo el tiempo de la Historia y las derrotas que sufrieron han podido disuadir a ambos actores globales de tamaña insensatez y de semejante aspiración, esa sí totalitaria. A la muy apostólica iglesia de Roma el autoritarismo le viene de lejos, pero lo que importa destacar es que tal imputación no es el designio malévolo de ningún enemigo de Dios pues ya Nicolò Contarini, el Dux de Venecia, denunciaba, en sus Istorie Veneciane, a los jesuitas en particular, a quienes reputaba como la impiedad disfrazada que reptaba en los umbríos salones del Vaticano proveyendo a la iglesia la doctrina totalitaria por excelencia, que fue  la que se adoptó en el concilio de Trento (1545) y que causó  -así lo decía Contarini en su magna obra histórica-  la fractura del cristianismo.

A los anglos y sajones, en cambio, la prepotencia les viene de más cerca, de la posguerra, en la cual entraron no sólo con la satisfacción del deber cumplido sino, en especial, con una excelente opinión de sí mismos sostenida en la semicerteza de que, sin ellos, la guerra se hubiera perdido,  afirmada en el deliberado ninguneo de la URSS (sin la cual también se perdía),  y bien argumentada en una pujanza económica que,  a partir de ese momento de la Historia, les permitiría empezar a ser los primeros en el mundo y, por ende, los que tenían razón no sólo cuando opinaban de economía sino, incluso, toda vez que decían que la democracia, su democracia, era el mejor sistema  para vivir, bien entendido que esto es lo que siempre  -desde Platón y los sofistas, hasta hoy-  pasa con los vencedores: se tiende a darles la razón en todo, pues se piensa  -equivocadamente-  que, si son exitosos en tal o cual materia, necesariamente han de serlo en todas.

Roma ya no cree ser la única sucursal divina y admite, a la mesa de su ágape, también, por lo menos, a las otras dos religiones monoteístas, a musulmanes y judíos. También a la ortodoxia oriental, tras la cual  -así han debido tomar nota los modernos «Bellarminos» del Vaticano-  laten  -enhiestos y respetables-  los pueblos eslavos que, esos sí, jamás pudieron ser uncidos al carro triunfal de ningún vencedor de la Tierra, ni al de Napoleón, ni al de Hitler, nada menos.

Y las democracias  protestantes del mundo anglosajón también empiezan a ser contrastadas con sus propios límites y obligadas, poco a poco, a abdicar de toda pretensión de hegemonía pues ya el orden mundial multipolar golpea a las puertas de Downing Street y de la Pennsylvania  Avenue  con sus demandas de sensatez y su desafío razonable que es también una esperanza:  practicar la verdadera democracia o, por lo menos, una democracia  que reclame tal nombre con mejor derecho.

El nuevo capítulo que se abre en la política interna de los Estados Unidos con el inicio de la «era Biden» promete escribirse en prosa por ahora indescifrable, aunque seguramente complicada para la paz social del país del norte. Más claras aparecen las cosas en lo que hace a la probable política exterior de Washington: más de lo mismo en los temas geopolíticos y geoestratégicos con cambios en la agenda climática y la «amenaza» inmigrante.

Hace cuatro años, con motivo del triunfo electoral de Trump, escribíamos: « … lo que parecía imposible ha sucedido: el conflicto social interno ha entrado a la sociedad estadounidense. La opulencia de posguerra y sus “dorados ‘70” ha hecho crisis y, simplemente, ya no existe. Este Presidente, al que no quieren ni los demócratas ni  los republicanos, “cortocircuitó” a la dirigencia y, mediante una apelación directa a las bases, se alzó con el triunfo electoral. Pero a EE.UU. no se lo gobierna sin “aparato”, es decir, sin ser parte funcional dentro del organigrama institucional. Y ello no está ocurriendo. Hay que seguir los pasos de Mike Pence, el vicepresidente. ¿Dónde está Pence?  ¿Qué hace?  ¿Con quiénes se reúne? Al parecer, esto recién empieza.» https://www.alainet.org/es/articulo/183319

Ese párrafo decía tres cosas: 1) el mundo debía disponerse a asistir, desplegándose  al interior de la sociedad norteamericana, a conflictos de clases como nunca, desde la guerra de secesión, había ocurrido; 2) a Trump le iba a ser muy difícil gobernar; 3) su propio vicepresidente era proclive a las presiones de los globalistas y era quien mejor aparecía con probabilidades de traicionarlo. Todo fue más o menos así y sólo el punto tres exhibe una diferencia en los tiempos: en vez de al principio, Pence se pasó de bando sólo al final.

El escenario que se le abre a Biden, además de difícil, es contradictorio. Una excelente elección y  millones de partidarios de Trump dispuestos a salir a la calle ante las primeras dificultades severas, no auguran, precisamente, paz social. Pero tampoco está dicho que el nuevo Presidente no pueda lidiar con ese potencial conflicto. El supremacismo blanco hace ruido pero no convoca a los millones que hacen falta para desestabilizar a un gobierno, de modo que si, además de con la reposición del Obamacare, Biden logra saldar políticas que mejoren el empleo, un escenario de  turbulencias manejables no está lejos de lo posible.

A ello se suma el fondo del asunto. Y éste reside en el interés corporativo que, en última instancia, expresaba Trump, que no difiere mucho de lo que representa el nuevo Presidente.

Bernie Sanders fue a la asunción de Biden. Trump, no. Y lapandilla globalista hubiera preferido a Trump en la fiesta. Porque Trump, en última instancia, es globalista a su manera. Vocifera viva la patria a cada instante y les hace morisquetas obscenas a los demócratas pero, cuando hay que ir a los bifes, el «estado profundo» y las corporaciones,  no se ven muy perjudicados.

Así, Trump no repuso  -como había prometido en campaña-  la ley Glass Steagall (rooseveltiano instrumento que favorecía a pymes y particulares). Esta ley había sido derogada por Clinton en 1999, y separaba la banca comercial (la que usa el ciudadano de a pie y las pymes) de la banca de inversión (la que sirve para la timba con “derivados”). Esa separación es vital: si se cae algún banco de inversión, no arrastra al resto en su caída. Las pymes, a salvo.

Y no sólo no repuso aquella norma, sino que una de sus primeras medidas fue firmar dos órdenes ejecutivas. Una de ellas abrió el camino para que el congreso revisara y  derogara la ley Dodds-Frank  -promulgada por Obama en 2010-   que regulaba el negocio financiero luego de la crisis que se llevó puesta a la banca Lehman Brothers.  Es decir que en esto, en las facilidades para el capital financiero, Trump se mostró a la derecha de Obama. La otra orden ejecutiva revocó normativa del ministerio de Trabajo que exigía a los operadores financieros probar que actuaban en beneficio de sus clientes y que, por ende, no estaban mandando tragados a éstos en un frenesí de especulación y negocios de alto riesgo.

De modo que, ante dos opciones de gobierno que, en lo sustantivo,  se diferencian menos de lo que parece, las probabilidades de Biden de obtener consenso y paz social no son remotas y dependerán mucho de lo que haga en materia de asistencia social y educativa y distribución de la riqueza. El punto fuerte de la oposición popular a Biden es el desempleo, cuya causa esa oposición la  atribuye a la inmigración.  Y ahí pesca el supremacismo. Pero si la inversión crece y, con ella, la ocupación, el pez se queda sin agua (valga la metáfora asiática). Y el odio a la negritud y a los hispanos va quedando cada vez más anacrónico y no puede nutrir, por sí solo, ningún programa convocante.

Contradicción dura, por cierto, para los globalistas. Pues su razón de ser es el mercado no libre, sino libérrimo, esto es, flujos sin barreras  -como el amor-  por amor al lucro y a escala mundial. Pero esta fue la partitura que interpretó la banda Bush-Clinton-Obama y condujo a los célebres «rust belts», cinturones de herrumbre, patética metáfora de la desocupación masiva que aludía a ciudades antaño industriales y ahora abandonadas y con sus fábricas «herrumbradas» por el desuso. De modo que el punto es, en este punto, de qué se va a disfrazar Biden para que vuelva a Estados Unidos el empleo generalizado.

Así también  -difíciles-  lucen las cosas para Biden en materia de política exterior. Y la política exterior de Estados Unidos, en esta fase histórica del desarrollo del capitalismo, tiene  un nombre excluyente: China.

China es el único país que se ha recuperado de la pandemia y, por ende, el único cuya economía se halla, nuevamente, en franco crecimiento. Si China sale de ésta bien parada y recuperando tasas de medida del Producto que ronden, en el próximo lustro, los diez puntos, en ese caso, a China ya no la para nadie.

En materia de política monetaria, el gobierno chino desestimuló la especulación bajando la tasa de interés bancario de 4,5 a 3,8 %; agregó demanda al mercado reduciendo los encajes y ofreciendo mucho crédito público y privado (sobre todo, para consumo y compra y alquiler de viviendas). En política fiscal: créditos preferenciales para las exportaciones; aumento del gasto público (sobre todo en inversión fija e investigación sanitaria); ayuda a las familias y empresas que más lo necesitaban; aumento de subsidios por desempleo, menos impuestos a las empresas y nulas cargas sociales por un tiempo muy acotado. La fuente de estos datos es de segunda mano pero, atento su insospechable sinofilia,  igualmente irreprochable: https://www.lanacion.com.ar/opinion/a-pesar-pandemia-china-evita-recesion-nid2583573.

Frente a este panorama, que es como decir frente a un enemigo que sin ninguna duda se encamina a superar a los Estados Unidos como primera economía del mundo  -en alianza expresa en algunos puntos y tácita en otros, con la potencia nuclear rusa-  lo único que podrá hacer Biden es lo mismo que podía hacer Trump: embarrar la cancha. Y en el Pacífico, el barro se obtiene en las adyacencias de Taiwán, mientras que, en el Caribe, lo provee Venezuela.

Reconocer a Taiwán como estado soberano no ha de estar en la agenda inmediata de Biden pues sería considerado por China como un gesto inamistoso a un tris de la declaración de guerra y ello complicaría prematuramente a los Estados Unidos en el escenario global sin ninguna tangible contrapartida a cambio.

En el punto referido a Venezuela, reconocer  a Guaidó, como ha hecho el flamante presidente norteamericano, se parece, más bien, a una respuesta apurada y provisoria ante una situación en la cual no se tiene la menor idea de qué hacer en lo inmediato. Nadie, ni Biden ni su «poder real» detrás del sillón del salón oval, creen ya, a esta altura, que un producto como Guaidó pueda constituir un activo, a largo plazo, para la política latinoamericana de la Casa Blanca.

Es demasiado pronto para saber cómo le irá al nuevo Presidente y también demasiado pronto para saber si lo suyo será un liderazgo sólido en los términos en que lo está reclamando a grito pelado la patética Unión Europea, que en realidad es la unión de las plutocracias gobernantes en Alemania, Francia y el Benelux, para quienes Europa es una entelequia ideológica que les importa menos que  la salud de sus fortunas y la estabilidad de unas monarquías de fantasía.

Un hombre viejo, con la salud quebrantada  y sin ideas propias acaba de sentar sus reales en la poltrona de la Casa Blanca. Será de transición, si antes los inescrutables designios del azar no disponen otra cosa. Kamala Harris se apresta para, antes o después, suceder al flamante Presidente. Más de lo mismo, también. Ha llegado, tal vez, el momento histórico de que, en los EE.UU., Bernie Sanders tenga, en Alexandria Ocasio Cortez o en algún sosia todavía oculto, un/a digno/a sucesor/a, uno/a  que le  pueda demostrar al pueblo norteamericano que hay vida  -la verdadera vida-  más allá de demócratas y republicanos. Pero si esta idea no cuaja, simultáneamente, el algún sector del Pentágono, no será viable.

Sería, si lo fuera, una «revolución» parecida a la que viviría, por caso, la Argentina, si alguna fuerza política pudiera convencer a la sociedad de que la reforma constitucional es imprescindible no para mejorar la gobernabilidad  -como sostienen algunos-  sino para mejorar la representación popular en el Parlamento.

Dos cimbronazos como ésos en los puntos polares del continente serían la prueba de que, como al cristianismo católico, a la democracia de cuño anglosajón le ha llegado la hora de reconocer que democracia no es lo que ellos dicen que es democracia, sino que tal vez sea lo que los pueblos quieren que sea la democracia.

Nos parece que éstos  -y no los guantes de Bernie Sanders o los barbijos de Cristina-  son los temas de fondo.

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