«No disparen que hay niños»: retazo de un asesinato

M. tiene 40 años, pero siente que nació el pasado 31 de enero: ella es una de las sobrevivientes de un acto de intolerancia política que ha estremecido a El Salvador, algo difícil para un país habituado a la violencia.

Por Tomás Lobo*

«Fue todo muy rápido… Gritamos: ‘no disparen que hay niños’… Un compañero se nos murió sin que pudiéramos hacer nada… Creí que esa noche mi hija se quedaba sin mamá», relata M., quien habló con Sputnik bajo condición de anonimato.

M. es una de las 20 personas que el pasado domingo volvían de una actividad del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), cuando el camión en que iban fue arrinconado por un sedán azul, del que bajaron tres sujetos que comenzaron a dispararles.

En apenas 57 segundos, la noche dominical se tiñó de sangre, terror y confusión: los veteranos militantes Gloria Rogel y Juan de Dios Tejada cayeron muertos por los balazos a quemarropa. Dos disparos tumbaron a Aquino, un exguerrillero de edad avanzada, y otro tiro silbó junto a M., quien al menos vivió para contarlo…

Las imágenes son confusas en la mente de M., quien sí tiene claro que nunca sintió tanto miedo, ni siquiera en los días del conflicto armado que desangró su país entre 1980 y 1992, o en los tiempos en que los pandilleros matan más de lo normal.

Lo próximo que recuerda es que el camión logró enfilar hacia el cercano Hospital Rosales, donde nada se pudo hacer por Rogel y Tejada. Aquino resiste, pero pierde sangre, y las otras víctimas, entre ellos menores de edad, están en shock.

DENUNCIAS Y REACCIONES

Nidia Díaz, firmante de los Acuerdos de Paz de 1992 y jefa de bancada del FMLN, fue la primera en denunciar el crimen, el cual lo achacó al discurso de odio y confrontación fomentado por el presidente Nayib Bukele.

«Vamos retrocediendo de la esperanza a la locura», diría la diputada días después, tras salir a la luz nuevos indicios del incidente, sobre todo por la postura adoptada por Casa Presidencial.

La reacción inicial de Bukele fue sugerir que se trató de un auto-atentado con fines electorales, mediante un «tuit» que generó inmediata repulsa desde la oposición, la sociedad civil e incluso la comunidad internacional.

Luego prometió capturar a los responsables y castigarlos, pero hasta el momento no se ha solidarizado con las víctimas, ni ha emitido una condena contundente contra los agresores.

Desde el Ejecutivo comenzó a imponerse el discurso de un supuesto intercambio de disparos. En pocas horas la Policía Nacional Civil (PNC) localizó y detuvo a los atacantes, uno de ellos con una herida de bala en el abdomen, pero también trató de arrestar al viejo Aquino, aún en el hospital.

Aquella noche, ante los policías que rodearon el Rosales y la prensa convocada, la dirección del FMLN alertó que la violencia podría volverse contra sus instigadores.

«(Bukele) está llevando al país a un caos, tarde o temprano tendremos cosas peores», advirtió Oscar Ortiz, secretario general del Frente, quien tildó el ataque como un acto terrorista.

DUELO DE NARRATIVAS

La Fiscalía General de la República inició la investigación, en medio del temor a que la PNC pudiera manipular evidencias. Se confirmó que los agresores trabajaban para el Ministerio de Salud, uno de ellos como PPI (guardaespaldas). En el interior del carro azul fueron encontradas trazas de heroína.

El vehículo de marras fue incautado el pasado lunes en el parqueo del Ministerio, y la ausencia de impactos de bala hizo tambalear la hipótesis de un intercambio de disparos, defendida –sin pruebas- por el gobierno.

De hecho, varios videos recién mostrados por la Policía para demostrar el supuesto intercambio eran borrosos, y generaron más suspicacias que certezas.

«Al querer desvirtuar las conclusiones de la investigación, lo que hace la Policía es desacreditarse más y menospreciar el trabajo que sus investigadores han hecho con los fiscales. No entiendo a quién defienden», replicó el fiscal general, Raúl Melara, ante tales pruebas.

Por el momento, lo único cierto es que hay dos muertos y varios heridos por un acto de presunta intolerancia política, a menos de un mes de un proceso electoral que ha crispado a la sociedad salvadoreña, por su alta beligerancia.

Los sobrevivientes, entre ellos M., tienen miedo de contar lo que pasó, porque viven en un país donde, como dijera san Oscar Arnulfo Romero, «la justicia es como la serpiente, que solo muerde al descalzo».

*Sputnik

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