Prostitución en pandemia: más precariedad, más inseguridad y más violencia

Denuncian que sufren más agresividad por parte de los proxenetas: «Saben que necesitamos el dinero».

España es uno de los feudos de la prostitución en Europa y mueve 18 mil millones de euros cada año.

Se encienden las primeras luces mientras cae el sol y entra la noche, hay que apurar la tarde antes del toque de queda en Madrid. «Por la mañana mando curriculums y luego tengo que venir aquí a ver si consigo comer», dice Fátima, una de las decenas de prostitutas que acuden a la unidad móvil de Médicos del Mundo. Cada semana se trasladan hasta el polígono Marconi para repartir un kit sanitario y hacer un seguimiento a mujeres en situación de prostitución.

Mascarillas, gel hidroalcohólico, preservativos, lubricantes y compresas. Entregan el material necesario a estas mujeres que han visto cómo una situación de por sí muy difícil se complicaba aún más con la pandemia. No han encontrado ninguna alternativa a la prostitución. Fátima ya ha cumplido los 50 años y en septiembre volvió a recurrir a la prostitución, después de perder su trabajo. «Llevaba seis años trabajando con una señora encantadora, estaba muy contenta y no me faltaba de nada. Se ha contagiado y ha fallecido por coronavirus. No me había dado de alta y no pude pedir el paro. Me he tenido que tirar a la calle», dice indignada.

España es uno de los feudos de la prostitución en Europa y el tercer país del mundo donde más se consume. Un negocio que mueve 18.000 millones de euros cada año.

Fátima recoge su kit y pregunta a Médicos del Mundo si hay alguna novedad sobre el Ingreso Mínimo Vital o algún tipo de ayuda. «Tengo que mantener a mi hija que estudia en la universidad y lo está haciendo muy bien», cuenta orgullosa. «Es por ella», se justifica. «¿Me pregunto por qué a mí?», continúa su relato: «Todas las noches llego a mi casa llorando y no puedo decir nada». Aunque el riesgo de reinfección está ahí, Fátima no tiene miedo de contagiar a su hija porque la perdida del trabajo le coincidió con su contagio. Es diabética y estuvo dos meses intentando superar la enfermedad. 

Roberta, Paola, Jennifer o Vanessa no pueden esquivar el virus, como tampoco la prostitución: «La prevención es incompatible con lo que hacemos aquí». Asfixiadas económicamente, se ven abocadas a seguir atendiendo a una demanda que no decae con la pandemia, pero sí con los toques de queda. Sus condiciones de vida han empeorado y la precariedad extrema es su mayor amenaza. No han tenido desde un principio acceso a las ayudas y tampoco han dejado de hacer frente a los pagos de alquiler o las deudas.

Hay nombres que esconden historias mucho más invisibles en estos tiempos tan al límite. Silvia está a punto de dar a luz. Todas las tardes acude a un polígono de Barcelona, necesita prostituirse para recaudar lo máximo antes de que nazca su bebé. «Es una niña, hubiese preferido un niño porque sufren menos», confiesa. En su cara se entremezcla la ilusión por lo que llega y la desperación por su contexto. «Pagan más a mujeres embarazadas», explica. Se cansa mucho y teme el contagio.

«Es la primera vez que hemos repartido comida»

«Recogimos toda la documentación para solicitarles el Ingreso Mínimo Vital, iba a salir un reglamento especial por el cual las ONG podíamos ayudar a solicitar estas ayudas a las mujeres con las que llevamos años trabajando», asegura a RTVE.es Begoña Pablos Criado, técnica del Proyecto Prostitución de Médicos del Mundo. «Con las consecuencias de la pandemia ha sido la primera vez que hemos repartido comida», dice, para destacar la situación de precariedad, vulnerabilidad e invisibilidad que sufren estas mujeres.

«La mayoría tiene hijos, familiares en sus países que dependen de ellas y muchas han perdido sus empleos con la pandemia», relata Pablos. En total, en toda España han atendido a 8.234 personas desde 2020, de las cuales 723 presentaban claros indicios de trata.

«Estamos maniatadas. La pandemia era una oportunidad para que nos dieran ayudas y seguro que muchas compañeras lo habríamos dejado», denuncia ‘Happy’. Es una de las más jóvenes, tiene 23 años y es nigeriana. Quiere ser peluquera, tiene cinco hermanas y cuando dejó su país les prometió apoyar a su madre- «mi padre murió y las quiero ayudar a estudiar»-. Le oculta a su familia que se dedica a la prostitución. «Llevaba dos meses sin pagar el alquiler. No estoy de acuerdo con vender mi cuerpo, pero necesito el dinero para vivir», afirma.

Es fácil entrar, pero muy difícil salir 

«No me pongas condones que yo quiero dejarlo», interrumpe Jessica durante el reparto nocturno de Médicos del Mundo. «Era ayudante de cocina y antes trabajé también en una residencia limpiando», explica la joven nigeriana de 29 años. «Mamá, me marcho a buscarme la vida» le dijo un día a su madre cuando tenía 17 años. Tardó casi tres años en llegar a España, antes estuvo una temporada en Libia y otra en Marruecos.

«Tuve suerte con los papeles, pero no con el trabajo», cuenta. La joven sufre una discapacidad y confiesa: «Nunca he hecho esto en mi puta vida. Cuando me quedé sin trabajo en 2018 una amiga me trajo aquí y ahora solo quiero salir». En los últimos meses ha hecho cuatro entrevistas de trabajo y a veces piensa que igual este no es su destino final. «Siento mucho asco y el virus ya no me da miedo», dice. Le preocupan otras enfermedades más graves y, sobre todo, la frustración que cada día le pesa más.

La pandemia ha provocado también una bajada de los precios. «Desde cinco euros hasta 20», asegura Fátima. «Al competir con tantas chicas  jóvenes yo, que soy la más vieja, a veces acepto por diez y por 15». Las voces expertas denuncian que no solo han bajado los precios, sino que aceptan prácticas de más riesgo, lo que supone un riesgo para la salud muy alto en tiempos de COVID.

Denuncian que sufren más violencia por parte de los proxenetas y clientes. «Saben que necesitamos el dinero», lamenta ‘Happy’. Aunque ella rechace determinadas prácticas agresivas no todos respetan su voluntad. «Nos arriesgamos cada vez que nos metemos en un coche con un desconocido», confirma la joven.

Y a pesar de que la crisis por la pandemia ha hecho que algunas mujeres vuelvan a la prostitución o caigan en ella por primera vez, otras han salido por miedo al contagio. «Otros años salían de la prostitución tres o cuatro y este año hemos contado unas 15 mujeres», aseguran desde Médicos del Mundo. «Su vida la ponen en riesgo, pero la de su familia no», explica Pablos. Quieren evitar llevar la enfermedad a casa. «Los hombres que consumen prostitución saben que ellas no tienen más ingresos y se aprovechan», y añade: «Llevo muchos años trabajando con ellas y mi experiencia me dice que el 90 % quiere salir. Quieren un trabajo digno y esto, ellas mismas, lo consideran de indigno», lamenta. El problema es que nadie las escucha, afirma.

Pisos, trampa mortal para los contagios

«Los pisos son la trampa mortal», alerta, para comparar la situación de la prostitución en la calle con la de los apartamentos. En Madrid hay muchos pisos donde se ejerce. Allí el foco de contagio es muy alto ya que se trata de un un sitio cerrado por el que pueden pasar una veintena de personas cada día. «Es muy difícil trabajar en los pisos porque tienen siempre al proxeneta cerca», denuncia. 

La Policía Nacional dispone del teléfono 900 10 50 90 y el correo trata@policia.es, para informar o denunciar de posible delito de trata de seres humanos. En el último mes han abierto más de once investigaciones sobre posibles redes. La mayoría de las mujeres en situación de prostitución no tienen acceso al Sistema Público de Salud. 

Se ha disparado el uso de la aplicación Iris a través de la cual pueden recibir atención telefónica en más de diez idiomas. Muchas han demandado a las distintas entidades ayuda psicológica. 

«Los jóvenes siempre son más agresivos», denuncia Roberta. Ella es trans, tiene 33 años y llegó de Perú donde dejó a su madre con un hermano que tiene una discapacidad. Se encuentra de forma irregular en España y solo ejerce la prostitución cuando necesita el dinero. «Lo que llevamos de febrero aún no he ingresado nada con el toque de queda». Todos los días acude al polígono Marconi de 17:00 a 22:00 de la noche. «Me dicen que 50 euros sin condón y no lo acepto», explica. Entiende que esto es temporal:»Tengo que estar sana para cuando encuentre algo mejor. No es un trabajo para mí, solo quiero salvar mi día a día, pagar el alquiler y comer». «Somos seres humanos, estamos en la calle porque no tenemos otras oportunidades», dice para confesar después que se siente totalemente abandonada. 

Baleares: un ejemplo de intervención de la administración pública

Al igual que las oenegés, también las administraciones públicas han constatado que la COVID ha puesto en evidencia la vulnerabilidad de las mujeres que están en situación de prostitución. «Por parte del Gobierno balear se les reconoció una Renta Mínima de Inserción Social que varía su cantidad según si tuvieran hijos o no, mientras que por parte de los Consejos Insulares se encargaron de ofrecerles recursos habitacionales», asegura a RTVE.es la directora del Institut Balear de la Dona, María Durán Febrer. 

Duran Febrer también es vicepresidenta de la Asociación de Mujeres Juristas Themis y corredactora de la primera Proposición de Ley Integral contra la Violencia de Género aprobada en nuestro país en 2004. «La pandemia ha puesto en evidencia lo que viene a ser una oportunidad para que las administraciones públicas intervengamos, una vez que conozcamos esta realidad palpable», sentencia. 

«Nuestro último estudio nos confirma que más del 75 % lo habrían dejado si hubieran encontrado un trabajo ordinario», explica. Por ello, el gobierno autonómico se ha propuesto rescatar a unas 150 mujeres, a través de un plan habitacional, con ayuda psicológica y jurídica para que puedan legalizar su situación. «Queremos que nunca vuelvan a la prostitución si no quieren y que encuentren un trabajo normalizado», asegura.

En Baleares alrededor de 90.000 hombres acuden a la prostitución y, en 2020, se contabilizan unas 2.350 mujeres en esta situación. El dato más alarmante, considera Duran Febrer, es que «al menos 39 % de los hombres reconoce haber acudido alguna vez a la prostitución». Los perfiles varían desde los más jóvenes a los más mayores. Además, añade que han podido comprobar que entre el 30 % y el 50 % de las mujeres prostituidas en Baleares son víctimas de violencia de trata. 

En las islas, al igual que en el resto del país, ha disminuido la demanda porque se han cerrado la mayoría de clubes y establecimientos. 

Naciones Unidas ha alertado de que «millones de mujeres, niños y hombres en todo el mundo están sin trabajo, sin escolarizar y sin apoyo social en la continua crisis de la COVID-19, lo que los deja en mayor riesgo de trata de personas», ha revelado esta misma semana en su Informe Global sobre la Trata de Personas de Naciones Unidas. Más del 90 % son mujeres y niñas.

RTVE

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