África atraviesa la segunda ola bajo la amenaza de las nuevas variantes del virus y la escasez de vacunas

Sudáfrica supone el 40 % de los casos contabilizados y casi la mitad de las muertes en un continente sin estadísticas fiables.

Sin unidad de cuidados intensivos, con una plantilla sanitaria exhausta y con dificultades para garantizar el suministro de oxígeno a pacientes con COVID-19. El Hospital Central Queen Elisabeth de Blantyre, la segunda ciudad de Malawi, hace frente estos días al fuerte envite de la segunda ola de la pandemia que todavía sacude el continente africano y que se cree que está relacionada con las nuevas variantes del virus SARS-CoV2 -mucho más transmisibles-, según los informes de la África CDC, la agencia de salud pública para el control y prevención de enfermedades de la Unión Africana.

Solo en el mes de enero, este país del sureste de África ha registrado cuatro veces más casos y muertes que en todo 2020. Médicos Sin Fronteras -que trabaja habitualmente con un programa oncológico en el hospital- teme que se alcanzará el pico de ingresos a mediados de este mes de febrero. Solo en las tres primeras semanas de enero pasaron de 12 pacientes COVID a 107 cuando la capacidad inicial del hospital es de 80 camas, aunque se ha ampliado a 40 puestos más. Malawi se ha visto obligada a importar oxígeno de Sudáfrica porque su producción nacional no es suficiente para hacer frente a una demanda creciente.

«No hay capacidad para intubar a los pacientes. No hay UCI (…) En el mes de enero un 10 % de los pacientes ingresados fallecieron. En Malawi la mitad de los muertos tiene menos de 50 años. Son países jóvenes, pero los más jóvenes deberían sobrevivir más fácilmente al virus. Son personas que deberían sobrevivir si hubiera un sistema sanitario con recursos para tratarlos», explica a RTVE.es el portavoz de MSF para Malawi, Francesco Segoni, quien subraya la necesidad de que lleguen más vacunas a África para proteger -al menos en los primeros momentos- a los sanitarios.

África, cerca de doblar su número de muertos en tres meses

Desde que empezó la pandemia, África ha comunicado 3,7 millones de casos de COVID-19 y ha notificado más de 96.000 muertes, según los datos de la Universidad de John Hopkins a 11 de febrero. Son apenas el 3,5 % de todos los diagnósticos y el 4 % de todos los fallecimientos a nivel mundial, cuando el continente representa con sus cerca de 1.300 millones de habitantes, el 17 % de la población de todo el planeta.

África tardó en alcanzar los dos millones de infectados y los 50.000 muertos nueve meses desde que se detectó el primer caso a finales de febrero de 2020 en Egipto, pero desde noviembre, en apenas tres meses, ha sumado otros 1,7 millones de casos y 46.000 fallecidos más.

Lo ha hecho a lomos de una segunda ola, aparentemente, mucho más dura. La primera registró su pico en la semana del 13 al 17 de julio con 128.678 casos diagnosticados, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). La segunda alcanzó la cresta en la semana del 4 al 11 de enero con 227.266 afectados.

El efecto Sudáfrica en los datos de todo el continente

Como continente África ha doblegado ya la curva, pero los datos globales están condicionados estadísticamente por las cifras de Sudáfrica que con 1,48 millones de infectados y más de 47.000 muertos representa el 40 % de todos los diagnósticos del continente y casi el 49 % de todos los óbitos contabilizados.

A pesar de su situación crítica, Malawi -con 18 millones de habitantes- solo ha registrado 28.050 casos y 900 fallecidos, por ejemplo. Estas cifras bajas en relación con la población son la tónica general en el continente. Más allá de factores como la edad -que según los expertos consultados estaría detrás de una menor prevalencia de casos graves de COVID-19 en África- la falta de estadísticas fiables -en muchos países no hay registro ni de nacimientos ni de muertes- condiciona los datos de todo un continente, ya de por sí muy diverso.

Después de Sudáfrica el país con más casos es Marruecos, que con 476.000 casos tiene un tercio menos. El segundo país con más muertos notificados es Egipto, que suma unos 9.800. En el siguiente gráfico puede verse las curvas de los diez países con más casos -Sudáfrica, Marruecos, Túnez, Egipto, Etiopía, Nigeria, Libia, Argelia, Kenia y Ghana- y/o con más muertos. Los mismos salvo Ghana, que se cae en este caso de la lista en la que sí entra Sudán.

Las nuevas variantes y la segunda ola

El epidemiólogo Xavier Gómez-Olivé, doctor y profesor asociado en la Universidad de Witwatersrand, en Sudáfrica, cree que hay varios factores que explicarían el mayor número de casos de esta segunda ola aunque tendrán que ser confirmados en el futuro cuando se disponga de más datos. «El primero es la nueva variante que apareció en Sudáfrica en septiembre, pero que a partir de noviembre ha sido la predominante. Solo en Sudáfrica ha habido el doble de casos que había habido en el primer pico de la epidemia (…) Y cualquier pico en este país impacta en los datos de todo el continente», explica.

La conocida como variante sudafricana (501Y.V2) -que sería hasta un 50 % más transmisible, según los estudios científicos preliminares- se ha encontrado por ahora -además de en Sudáfrica- en Botswana, Comoros, Ghana, Kenya, Zambia y Mozambique, según Africa CDC.

La directora regional de la OMS para el continente africano, Matshidiso Moeti, advirtió hace ya un par de semanas de que las nuevas variantes del virus -junto a la fatiga pandémica y las secuelas de las reuniones de fin de año- podrían provocar una «tormenta perfecta» que impulsara la segunda ola saturando el sistema sanitario. De hecho, la oficina para África de la OMS alertó de que a pesar del retroceso de los casos en Sudáfrica había al menos una veintena de países donde seguían subiendo.

Según el semáforo de riesgo que elabora el PERP -una asociación público privada para la respuesta ante la COVID-19 de la que forma parte la OMS- a partir de los datos de África CDC, a día de hoy están en el nivel máximo de alerta por el rápido crecimiento de la pandemia países del entorno de Sudáfrica como Namibia, Botswana, Mozambique, Lesoto, Eswati, Zambia; Libia y Túnez en el norte de África; y Somalia, Sudán del Sur y Guinea Bissau en el resto del continente.

El segundo factor que estaría influyendo en este mayor registro de casos, según Gómez-Olivé, es la posibilidad de que se esté testando más en esta segunda ola que en la primera, como ha ocurrido en otros países occidentales como España. Aún así, este experto advierte de que el número que se está reportando de casos es «muy inferior» al real. Algunos estudios preliminares, como el que está realizando este epidemiólogo sobre una pequeña muestra de la población con la que habitualmente trabajan, concluyen que hasta un 30 % de las personas ha estado en contacto con el virus.

Sin registro de muertes en tiempo real

La epidemióloga Anna Roca, de la unidad para Gambia de la London School & Hygiene & Tropical Medicine, también señala que esta segunda ola parece más intensa que la primera, pero se muestra cauta a la hora de señalar cuáles pueden ser las causas y llama la atención sobre los condicionantes estadísticos de un continente como África para conocer el alcance real de la pandemia. Aunque se esté testando más, no se hace como en los países occidentales. En Gambia, por ejemplo, «la gente no se quiere testar porque hay mucha estigmatización (…) Se testa a grupos extremos, a los que quieren viajar al exterior y que suelen ser asintomáticos si dan positivo y a los que necesitan ir al hospital por su gravedad».

En este sentido, Roca señala que, tras la primera ola, «se hicieron estudios serológicos en muchos países y se vió que en la mayoría, el porcentaje de población con anticuerpos positivos es realmente alto, como si hubiera habido mucha transmisión».

En muchos países de África -donde mucha gente fallece en sus casas- no existe, además, un registro de muertes. No es posible saber cuántas personas han fallecido por COVID-19 porque ni siquiera es posible saber cuántas personas mueren en general. Los datos se elaboran después, explica Roca, a través del llamado Health and Demographic Surveillance System. Un sistema que estudia los fenómenos demográficos en muestras representativas de población censada para luego extrapolar las cifras al conjunto.

Sudáfrica, nuevamente, vuelve a ser una excepción porque sí cuenta con registro de fallecidos, pero aún así -y al igual que otros países como España- también tiene un exceso de mortalidad no recogida en las cifras oficiales.

Población más joven y con menos enfermedades crónicas

Y aún contando con el factor estadístico que distorsiona las cifras del impacto de la pandemia en África, el continente está siendo menos golpeado por la COVID-19 que otros lugares del planeta. La epidemióloga Anna Roca atribuye estas cifras más bajas a la edad de la población y a la rápida reacción de los países.

«Cuando empezó la pandemia todos los africanistas dijeron que mataría a millones de africanos (…) ya que no hay UCI en la mayoría de los hospitales y respiradores, muy pocos (…) Pero un aspecto que no se consideró lo suficiente, al principio, es la diferencia de edad. La población africana es muy joven. En Gambia la mediana de edad es de 18 años y solo el 3 % de la población tiene más de 35 años. Yo creo que eso ha sido básico para marcar la diferencia aunque no explique totalmente las cifras bajas de mortalidad», señala esta experta.

Roca apunta como otra posible causa del menor impacto de la pandemia a que muchos países cerraron completamente sus fronteras desde el primer caso: «La introducción de casos fue mucho más lenta por la reacción rápida de los gobiernos».

El epidemiólogo Xavier Gómez-Olivé señala también la edad de la población como factor clave y añade, entre otros, la menor prevalencia de enfermedades crónicas relacionadas con una mayor mortalidad por COVID-19 como la obesidad, la diabetes o la hipertensión.

Por su parte, el antropólogo Oriol Puig, investigador del CIDOB especializado sobre la línea de África, señala -además de la edad y las rápidas medidas- la «falta de conexión» de la mayoría de países del continente «a un sistema globalizado» con menos viajes internacionales y turismo que otros lugares del planeta. El factor de la movilidad, sería para este experto, una clave de la menor incidencia en África excepto en países más conectados como Sudáfrica o los del Magreb.

Las secuelas a largo plazo de una COVID-19 endémica

«Al principio estábamos entre las dos lógicas. La más catastrofista y la más optimista [sobre cómo impactaría la pandemia]. Las consecuencias sanitarias quizás África no las está viviendo con la misma intensidad que nosotros, pero las consecuencias económicas de un continente que sigue dependiendo en gran medida del exterior -exportaciones, cooperación, ayuda internacional, etc…- claro que se notarán. Porque si nosotros en 2023 empezamos a salir del bache, África seguramente -y la historia me da la razón- le costará mucho más», señala Oriol Puig.

El riesgo -alertan todos los organismos internacionales- es que la COVID-19 se convierta en una enfermedad endémica en África si se queda atrás en el reparto de vacunas. Mientras en los países desarrollados -como España- se habla de alcanzar la llamada inmunidad de rebaño -establecida de manera general en el 70 % de la población vacunada- en verano, en África las autoridades sanitarias esperan llegar al 30-35 % de la población este año y alcanzar el 60 % en dos o tres años, según los datos recogidos por Reuters.

La OMS junto con la Alianza para la Vacunación (Gavi) y la Coalición para las Innovaciones en Preparación para Epidemias (CEPI) ha puesto en marcha el mecanismo COVAX para favorecer un acceso equitativo a las vacunas contra la COVID-19. El objetivo es ennviar 90 millones de dosis en el primer semestre del año. El propósito es vacunar al 20 % de la población llegando a las 600 dosis este año. La Unión Africana, por su parte, ha asegurado 670 millones de dosis para distribuir en 2021 y 2022, informa Efe.

«Es un problema mundial y hay que solucionarlo a nivel mundial, tener anchura de miras», señala Francesco Segoni, que reclama que los países más ricos no empiecen a vacunar al conjunto de la población -una vez inmunizados sanitarios y personas de riesgo- para poder vacunar también a estos grupos en África. «En Malawi serían suficientes 40.000 dosis para inmunizar, de momento, a los profesionales sanitarios de las dos ciudades más afectadas por el virus».

«Espero que el mundo haya aprendido de la epidemia de sida», señala Xavier Gómez-Olivé. «Desde un punto de vista epidemiológico no tendría ningún sentido no ayudar a todos los países del mundo. El virus se mueve tan rápido como la población. Pensar que yo me vacuno y no hace falta que se vacunen los demás no va a solucionar el problema», señala este experto, que llama la atención sobre el hecho de que, mientras el virus siga circulando en algún punto del planeta, surgirán nuevas variantes frente a las cuales puede no funcionar la inmunización recibida.

RTVE

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