EDITORIAL.- Otro mundo es posible

En 1944, en el contexto de las negociaciones previas al fin de la Segunda Guerra Mundial, nace lo que luego se conocería como el sistema financiero de Bretton Woods -llamado así por el nombre de la ciudad, sede, de la conferencia donde fue concebido-. Y aparece integrado por dos instituciones, fundamentales para entender las políticas de desarrollo que tuvieron lugar a partir de la segunda mitad del siglo XX: el Banco Internacional para la Reconstrucción y el Desarrollo –  que, poco a poco, fue ampliando sus funciones, dando pié a más organismos que funcionarían paralelamente a éste, integrando lo que hoy conocemos como el Banco Mundial-  y el Fondo Monetario Internacional.

Su estructura interna es la articulación que garantiza el funcionamiento del modo de vida capitalista entre los Estados del mundo. No se concibe a sí mismo si no es por que los Estados miembros aceptan, para sí y entre sí, las reglas de juego de la economía de mercado y un sistema financiero que lo acuña.

La actuación del Banco Mundial en los países menos desarrollados,  ha sido objeto de numerosas quejas. No digamos ya el FMI, criticado intensivamente por el Premio Nobel de economía (2001), Joseph Stiglitz, estadounidense, especialmente en lo concerniente a los condicionamientos que impone a los países en vías de desarrollo para el pago de su deuda o en la forma de otorgar nuevos préstamos y que han causado regresiones en la distribución de los ingresos y perjuicios a las políticas sociales. 

Ese daño social inherente al sistema capitalista se ve acentuado en la actualidad en medio de una pandemia que castiga doblemente a los pueblos y privilegia aún más a un puñado de grandes capitalistas.

No tenemos por qué aceptar el capitalismo como una economía de condición natural o sobrenatural, como si siempre hubiera sido así y no hubiera otro modo de vida económica; la esclavitud no fue para siempre, ni el feudalismo. El capitalismo tampoco será eterno y de su seno debe comenzar a construirse una sociedad diferente, superior, que no lleve la impronta de su nociva naturaleza: las desigualdades sociales que genera  y la incompatibilidad con el desarrollo sostenible. Cada vez son más los países donde los votantes optan por Gobiernos de izquierda, castigando así a los defensores del neoliberalismo.

El cambio es posible si no se ve este mundo como inamovible.

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