El constructivismo vuelve, un siglo después

El constructivismo, como movimiento artístico y arquitectónico, nació en los años veinte del siglo pasado en la Rusia Soviética, que acababa de derrocar al régimen zarista. Sus impulsores iban en busca de una estética adecuada para el hombre nuevo soviético. Un siglo después, sus días de gloria quedaron atrás, pero su patrimonio perdura y se celebra..

Por Polina Tsvíyovich*

«Hace 100 años, el 13 de diciembre de 1920, un grupo de pintores vanguardistas, compuesto por Aleksandr Ródchenko, Varvara Stepánova, Alexéi Gan y varias otras personas, crearon un club de constructivistas y (…) sentaron ciertas bases del estilo que ahora llamamos el constructivismo; ellos mismos lo bautizaron así», contó a Sputnik Antonio Vilches Noguerol, profesor asociado de la Academia Estatal de Artes e Industria de Moscú Stroganov y ganador del Premio de Moscú de Literatura y Arte.

El constructivismo se originó, sobre todo, como una corriente vanguardista revolucionaria: «Se produjo la Revolución rusa de 1917 y resultó obvia la tarea de procesarla de alguna manera estética (…) la tarea consistía en crear un mundo nuevo, un arte nuevo para la nueva persona» soviética, explicó el profesor a Sputnik.

Para los vanguardistas, y los constructivistas en particular, la revolución representaba una abolición absoluta de todo lo viejo: en el arte, en la arquitectura, en cualquier diseño.

En este contexto, Vilches Noguerol recordó el manifiesto «Una bofetada al gusto del público» escrito por los poetas futuristas Vladímir Mayakovski, David Burliuk y Alexéi Kruchiónikh y publicado en 1912. Desde sus líneas ya rechazaba todos los valores estéticos anteriores, sobre todo en la literatura, y llamaba a «arrojar a Pushkin, Dostoyevski, Tolstoi, etc., etc. desde el barco de vapor de la contemporaneidad».

Sus promotores se centraban en las estructuras, las ponían en primer plano en vez de ocultarlas con adornos lujosos. Rechazaban el principio de «el arte por el arte» y abogaban por el arte práctico, que sirviera al pueblo. De este modo, la «antiestética se convierte en la estética», indicó el profesor.

Por ejemplo, en 1925 la diseñadora de modas Nadezhda Lámanova y la escultora Vera Mújina –que más tarde creó la célebre estatua de el Obrero y la koljosiana– publicaron un libro llamado «Arte en el ámbito doméstico», que, entre otras cosas, enseñaba cómo coser vestidos cotidianos, usando toallas.

Estatua de el obrero y la koljosiana.

«El constructivismo como movimiento permaneció por unos 15 años en la cima, no solo de la cultura artística soviética, sino también de la mundial», señaló.

100 AÑOS DESPUÉS

Este jueves, para celebrar el aniversario 100 de la aparición organizada y consciente del referido movimiento, en Moscú se abre la exposición «¡Vamos el constructivismo!». Inicialmente debía celebrarse en diciembre de 2020, pero, debido a las medidas restrictivas anticovid impuestas por las autoridades de esta capital, sus puertas permanecieron cerradas para el público hasta enero de este año.

El proyecto es fruto del trabajo de la Unión de Diseñadores de Rusia, siete museos, seis fundaciones, cuatro universidades y academias y 53 diseñadores. La exhibición cuenta con fotografías, pósters y varios productos impresos, además de esbozos de proyectos arquitectónicos y bocetos de los pintores constructivistas; así como obras de homenaje de artistas contemporáneos.

Un póster soviético de la época del constructivismo.
Un póster soviético de la época del constructivismo.
Un edificio en Moscú en el estilo constructivista.

Además, los voluntarios de la fundación cultural y educativa «Magia de La Moda» –cuya presidenta y también ganadora del Premio de Moscú de Literatura y Arte, Natalia Kozlova, es curadora de la exposición– reconstruyeron más de 70 trajes del vestuario escénico y cotidiano de la época, basados en auténticos bocetos constructivistas. Mientras, Antonio Vilches Noguerol, que también diseñó más de 50 espacios expositivos y encabeza el estudio creativo ART DESIGN, es director de arte de la exposición.

La exposición ¡Vamos al constructivismo!

El objetivo de la muestra es recrear el ámbito de una exposición puramente constructivista, como si el visitante realmente estuviera en los años veinte del siglo pasado.

«Todo el equipamiento fue recreado en concordancia con el estilo (…), la metodología e incluso los materiales que usaban los propios vanguardistas: barras, contrachapado, clavos, tirafondos», es decir, se usaban materiales muy sencillos para crear estructuras muy prominentes, contó el diseñador.

La exhibición es acogida por la casa comunal en la calle Ordzhonikidze, también conocida como la de estudiantes del Instituto textil, o del arquitecto Iván Nikoláyev. Ese enorme edificio –el espacio expositivo de unos 800 metros cuadrados ocupa aproximadamente solo 1/20 del área total– es uno de los más famosos monumentos de la arquitectura constructivista en Rusia.

A la edificación la llaman también la «cinta transportadora», ya que, según la idea del arquitecto, la persona que vive en en ella se considera como una pieza montada sobre una banda transportadora, comentó Vilches Noguerol.
«Allí habían cuartitos de 1,5 por dos metros: la persona tenía que levantarse, ir y hacer ejercicios en su pijama (en otro cuarto), luego cepillar sus dientes, después pasar al comedor común e ir a clases», explicó.

TRIUNFO 1925

El propio Vilches Noguerol, siendo el director de arte de la exposición, creó varias instalaciones artísticas. Entre ellas destaca, sobre todo, la pieza llamada «Triunfo 1925», que conmemora un suceso muy importante de la historia del constructivismo soviético.

En 1925, París acogió la Exposición Internacional de Artes Decorativas e Industrias Modernas. El evento entró en la historia mundial por contribuir a la difusión internacional y la acuñación posterior del nombre del movimiento art déco, abreviatura de las palabras francesas «arts décoratifs».

Sin embargo, como la exposición era internacional, el mundo vio por primera vez el vanguardismo y, en particular, el constructivismo soviético.

El pabellón de la Unión Soviética, diseñado por el arquitecto ruso Konstantín Mélnikov, causó furor –cuenta el profesor. Hubo reseñas, tanto positivas como negativas, ya que antes de eso, los estilos arquitectónicos estaban dominados principalmente por el modernismo, o el art nouveau: con líneas curvas suaves e inspirado en la naturaleza. Mientras, el pabellón soviético era una «bestia roja»: puntiagudo, afilado, de acero, sin adornos.

Entre los galardones obtenidos por los soviéticos, cabe destacar el Gran Premio –el mayor galardón de la exposición– otorgado a la colección de vestidos creados por la diseñadora de modas Nadezhda Lámanova y decorados con bordados basados en los bocetos de su amiga, la escultora Vera Mújina.

Para el constructivismo soviético eso fue un verdadero triunfo.

EL FINAL Y EL PATRIMONIO

«En el caso del constructivismo, así como del vanguardismo de los años veinte en la Rusia Soviética, se trata de una historia muy dramática, ya que, a pesar de lo genial que eran los hallazgos (emblemáticos del movimiento), se logró realizar muy pocas cosas, especialmente con respecto a la arquitectura», dijo el profesor, quien lo explica por tres factores principales: el propio carácter del movimiento, las capacidades financieras de la Rusia Soviética y los objetivos de las nuevas autoridades.

«Este arte, en su esencia, está a la búsqueda», expresó el diseñador.

Al igual que en cualquier otra forma de arte, el constructivismo dio lugar tanto a las cosas que se incorporaron a la cultura dominante, como a los experimentos y conceptos considerados menos convencionales. Como consecuencia, algunas de las ideas del movimiento resultaron incomprendidas y acabaron sin ser aplicadas en la práctica.

Por otro lado, la Rusia Soviética, nacida de la revolución y la guerra civil, a principios de su existencia atravesaba años de hambruna, lo que obviamente afectaba sus capacidades financieras y no le permitía dar luz verde a muchos proyectos.

«Incluso durante la Exposición de 1925 en París, en la cual triunfó nuestro pabellón: basta leer las memorias de Rodchenko, o mejor dicho, sus cartas, cuando comprar el cartón se convertía en un verdadero problema», recalcó Vilches Noguerol.

Es decir, había muchos proyectos e ideas para varias formas del constructivismo, pero no había tanto dinero para apoyarlos, lo que en realidad es una historia muy típica, según él.

Finalmente, a partir de los años treinta, el movimiento constructivista –que siempre estaba a la búsqueda del arte y la estética nueva para el nuevo hombre soviético– quedaba sustituido por un arte más estático que, en vez de perseguir lo nuevo, tenía por objetivo celebrar lo presente y lo ya conseguido por las autoridades del país.

«Desde el punto de vista ideológico el arte se volvió diferente, pero eso no está bien o mal», subrayó Vilches Noguerol.

Lo cierto es que los constructivistas soviéticos, mientras vivían sus días de gloria, generaron ideas y proyectos arquitectónicos que se puede realizar incluso ahora.

El interlocutor de Sputnik puso de relieve que un patrimonio célebre del vanguardismo soviético –una enorme contribución de fama mundial a la cultura del siglo XX– en su mayor parte consistía en lo que hacían los constructivistas: «Son cosas efectivamente excepcionales y más allá del tiempo», puntualizó.

*Sputnik

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