Trabajo, valor y precio

“Los hombres en todos los tiempos cambiamos trabajo por trabajo,

servicio por servicio, porque nadie jamás se bastó a sí mismo.

José Cecilio del Valle

“Por lo tanto, el valor de cualquier mercancía, para la persona que la posee

y que no pretende usarla o consumirla sino intercambiarla por otras,

es igual a la cantidad de trabajo que le permite a la persona comprar u ordenar.

El trabajo es, así, la medida real del valor de cambio de todas las mercancías.”

 Adam Smith..

“Al producir sus medios de vida, el hombre produce indirectamente su propia vida material»

Carlos Marx

El dinero, cualquier moneda es una entidad simbólica, un reflejo como nuestro rostro frente al espejo o como una fotografía impresa o visible en cualquier sistema informático. Su existencia tiene sentido si confiamos en él. El problema está en que, cuando más se confía en él, aquellos a los que les gusta vivir del trabajo de los demás, se aprovechan de la gran mayoría. El resultado es muy pocos ricos y muchísimos pobres, desplazados, desempleados, migrantes forzados y privatización del agua y demás recursos naturales.

Por Jorge Luis Oviedo*

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El trabajo es la fuente de todo cuanto los seres humanos recolectamos (frutos, hojas, raíces…), producimos (granos, carne, pieles; o utensilios, herramientas, máquinas…) o  realizamos en el ámbito de la investigación científica, la invención tecnológica, la creación artística o la práctica deportiva.

Todas esas actividades tienen en común la dedicación de tiempo, conocimiento, práctica, experiencia, pasión y disciplina.

Hay trabajos que requieren mucho esfuerzo físico; otros dependen del conocimiento y experiencia intelectuales. Los deportes y las artes son reflejo de talento natural, determinación, dedicación; así como la experimentación, desarrollo y consolidación de técnicas en función de las características de cada disciplina.

Todos son trabajos, aunque algunos, como el arte y los deportes, no lo parezcan, porque aquellos que los realizan de forma sublime o excelsa lo disfrutan, probablemente, más que el espectador que acude al teatro, a la plaza o al estadio a disfrutar del espectáculo.

Toda labor humilde, desagradable, ingeniosa, espectacular, insustituible, altruista… debe tener una recompensa que permita a las personas, en cualquier lugar del planeta, acceder sin angustia a aquello que entre todos (en grupos o de manera individual) se produce o realiza.

La multiplicación de actividades laborales se incrementó desde  que, hace varios milenios, surgieron centros urbanos.

Fue el cultivo planificado de cereales, tubérculos, bulbos y la domesticación de animales lo que se convirtió en el gran parteaguas de la existencia humana; lo que permitió a algunos pueblos disponer de más tiempo para otras actividades que facilitaron el surgimiento de aptitudes que antes, al parecer, estaban silenciadas.

LAS VOCACIONES LABORALES

Y es, precisamente, esa inclinación vocacional lo que ha permitido que, con la tecnología y la ciencia, se hayan progresivamente mejorado las capacidades de cálculo, planificación, producción, construcción, comunicación; y, en cada etapa, disponer de más tiempo libre para todos. Tiempo que algunos  han dedicado a la investigación, otros a la composición de obras musicales, a la coreografía; algunos más a la  clasificación y estudio detallado de las otras especies y sus hábitats; a la invención de más instrumentos, armas, herramientas, maquinarias… y al embellecimiento de nuestros espacios públicos y particulares.

Empero, así como aparecieron entre las personas nuevas habilidades que estaban dormidas: curiosidad científica, ingenio para la invención, paciencia y disciplina para la reflexión filosófica, genialidades artísticas, se fortalecieron también aquellas conductas egoístas.  Esto último, pese a ser conveniente en el plano individual ( y útil en circunstancias especiales) tiende a generar desequilibrio en las colectividades. Su reflejo más evidente es el sojuzgamiento de pastores, campesinos y artesanos; y el aprovechamiento de la creatividad de los inventores, los artistas, por ejemplo.

En “LA CONQUISTA PERMANENTE”, señalamos con mayor detalle los aspectos que aparecieron como patrón universal en muchos lugares.

LA DIVISIÓN SOCIAL DEL TRABAJO

Así, pues, surgieron personas que se mostraron más eficaces para mediar entre vecinos, motivar a la mayoría para adoptar nuevas formas de organización social, defender el territorio de animales depredadores o de otros grupos humanos dedicados al pillaje. Esto dio como resultado la DIVISIÓN SOCIAL DEL TRABAJO.

Con la división social del trabajo, sin embargo, no siempre, los que se favorecieron por dirigir la tribu, mantuvieron el adecuado equilibrio social, político y de equidad distributiva. Muchos hicieron y hacen algo distinto: aprovecharse de esa condición privilegiada; de esa forma se vieron (y se ven en la actualidad) obligados a manipular a la mayoría. No es casualidad que la religión sea la primera y más antigua forma de propaganda sistémica; tampoco es casual que, desde su aparición, los medios electrónicos se encuentren en manos de aquellos que más se benefician del control de todos los medios de producción, represión y comunicación.

No es casual, entonces que la riqueza se concentre en pocas, muy pocas personas; y que la pobreza la padezcan muchísimos núcleos familiares y los pueblos originarios; no es casualidad que haya sido legal, hasta hace unas cuántas décadas, la esclavitud; o de que todavía persita una enorme desigualdad en el control de los medios de producción, industria, transporte y distribución de los bienes y servicios, pese a que la mayoría de países  presuman de democráticos.

La división social del trabajo en sí misma, no es directamente la causa, sino la manipulación que adoptan los que asumen la responsabilidad principal de la toma de decisiones colectivas al abusar del poder.

De ahí que la política (incluido lo militar, por supuesto) es, en todo momento, la principal actividad humana; por cuya razón, no debe quedar  totalmente en manos de unas pocas personas. Menos en aquellas que solamente están interesadas en su provecho personal.

Se requiere que las personas, así como las vuelven creyentes  durante la infancia, se politicen y participen activamente en debates y decisiones colectivas.

Actualmente en los países capitalistas, los verdaderos gobernantes son los oligarcas. De modo que las decisiones solamente se formalizan a través de los políticos de oficio, una vez  electos representantes.

Por eso nuestro interés fundamental es proponer un debate en torno al papel del trabajo, su valoración en función de la propia naturaleza humana; de sus características genéticas, de su capacidad para crear cultura en equilibrio con las demás especies y sus hábitats.

TODA CULTURA ES UN INVENTO Y UN REFLEJO DEL TRABAJO

No debemos olvidar que todo, absolutamente, todo aquello que existe fuera  de lo natural,  es reflejo de las muy diversas formas del trabajo humano: tradiciones existenciales, objetos materiales, instrumentos, máquinas, procesos de emisión y almacenamiento de la información…; y, como consecuencia, es cultura. Y toda cultura, en su totalidad, es un invento y  un bien colectivo.

De ahí, entonces, la necesidad entender que el trabajo es la actividad esencial de la cultura.

Por ello es necesario que nos preguntemos:

¿Por qué el trabajo –esfuerzo intelectual y físico– de las personas no tiene una valoración con base en aspectos esenciales comunes a todos?

¿Por qué en las sociedades que hacen alarde de la democracia, siguen sin someter a debate y votación la abolición de la LA PROPIEDAD PRIVADA SOBRE LOS BIENES NATURALES?

Para que esto se entienda mejor haré referencia a Aristóteles y su poderoso argumento sobre la esclavitud: “…porque es esclavo por naturaleza el que puede entregarse a otro; y lo que precisamente le obliga a hacerse de otro es el no poder llegar a comprender la razón sino cuando otro se la muestra, pero sin poseerla en sí mismo.”

Esta es la lógica esencial de la afirmación de Aristóteles para justificar la existencia de los señores: aquellos que dirigen a otros; y de los esclavos: aquellos que necesitan estar al servicio de otros. Incluso, dice, que ambos se favorecen.

Convengamos que hay personas que son mejores que otras para dirigir, investigar, inventar, practicar un deporte; pero también hay muchos que se ven obligados a aceptar empleos en los que son subalternos y, sin embargo, pueden comprender cómo son las cosas sin necesidad que otro se las demuestre. Sin embargo, el mayor problema del argumento de Aristóteles es que se sustenta en algo que no es natural: LA PROPIEDAD PRIVADA.

Al respecto Tomás Moro escribió: “Creo que donde hay propiedad privada y donde todo se mide por el dinero, difícilmente se logrará que la cosa pública se administre con justicia y se viva con prosperidad. A no ser que pienses que se administra justicia permitiendo que las mejores prebendas vayan a manos de los peores, o que juzgues como signo de prosperidad de un Estado el que unos cuantos acaparen casi todos los bienes y disfruten a placer de ellos, mientras los otros se mueren de miseria.”

En esencia, si no existe equilibrio entre lo individual y lo colectivo; y entre el esfuerzo laboral de unas personas con respecto a las otras; y en ese mismo orden, en el de unas naciones con las otras, la desigualdad continuará incrementándose exponencialmente año con año y propiciando problemas sociales: protestas, desplazamientos, incremento de la delincuencia, migración forzada, etc.

Cuando se repasa el comportamiento (conjunto de prácticas comerciales, diplomáticas, militares y de propaganda) de los principales países hegemónicos, concluimos que son, en efecto, extensiones o derivaciones del comportamiento de la élite que controla los medios de producción y propaganda de ese país. En el ámbito popular encontramos resumido ese comportamiento en el siguiente refrán: “Primero los dientes, después los parientes.”

En materia laboral supone que, para ganarse el afecto y respeto, de los asalariados de Alemania, USA o Reino Unido, por ejemplo, las oligarquías locales garantizarán un poco más (pero no mucho, porque el rebaño debe permanecer controlable) los derechos de los trabajadores; en cambio se hacen los desentendidos con los derechos laborales  de los trabajadores de los países-maquila(los que antes fueron República-banana) en que, a través de fondos de inversión, impulsan la producción de las “marcas” a través de empresas subcontratadas.

Está claro, pues,  que la existencia de la propiedad privada sobre los bienes naturales (que no se le deben ni al sistema solar ni a la galaxia ni a ninguna de la teoría sobre el universo) condiciona muchísimos aspectos relativos a la producción, las formas de apropiación del excedente y, lógicamente, la injusta distribución al final de cada cada ciclo.

De allí la importancia de insistir en la valoración del trabajo: reflejo de la cultura en su manifestación intangible y concreta.

IGUALES POR LOS GENES, SEGREGADOS Y DESIGUALES POR LOS OLIGARCAS

Los Homo sapiens tenemos una igualdad genética del 99.9%.

De modo que siendo tan iguales, genéticamente, es inconcebible y, de hecho, causa del desequilibrio social el que la conducta egoísta se haya impuesto como cultura durante un pequeño porcentaje de la existencia total de nuestra especie; cuya separación con relación a nuestros más cercanos primates, comenzó hace más de un millón de años; aunque los rasgos más específicos de nuestra especie se consolidaron hace 200 mil años.

La conducta egoísta ni siquiera era modelo dominante como categoría cultural hace 500 años, si tomamos en cuenta que, en las más antiguas e influyentes tradiciones religiosas universales se censuraban esos comportamientos como la avaricia, la usura, la codicia y la arrogancia.

Se trata, porcentualmente, de menos del 1% de la existencia de nuestra especie, en que la apología a estos comportamientos se volvió habitual y se impuso al resto de pueblos del planeta.

Con el Protestantismo en algunas de sus sectas estos comportamientos son aceptados e, incluso, fomentados. De hecho, son el sustento moral del capitalismo. Y se suelen reivindicar como auténticas conductas naturales. En efecto, lo son; pero también son naturales los muchísimos comportamientos gregarios que vienen de la extrema solidaridad celular de los millones de formas que la vida tiene en nuestro planeta.

HERENCIAS

La herencia genética es natural. La herencia de bienes, la ganancia, la inversión extranjera, la esclavitud, la conquista, el colonialismo, la propiedad privada, la herencia de poder, la religión, la servidumbre y los mitos capitalistas son inventos culturales que provocan o han provocado desequilibrio social, enorme desigualdad, pobreza, desempleo, desplazamientos, hambre y migración forzada.

Todas estas tradiciones o prácticas culturales, con excepción de la esclavitud, en la mayor parte del mundo que colonizaron los europeos a partir del siglo XVI, no existían.

Es, por esa, razón imprescindible, su discusión y la adopción de respuestas colectivas al respecto. Porque son esas prácticas las que se inculcan en la mente de todos para que continúen arraigadas en la vida cotidiana de la mayoría.

En la escuela, en millones de hogares (espacios indignos e insalubres) en las reuniones religiosas y a través de los la propaganda constante desde los medios de comunicación y las redes sociales, se hace apología de la propiedad privada sobre los bienes naturales.

Lo que no se recuerda a cada instante es que todos los alimentos que se producen en el mundo para garantizar la comida de casi 8 mil millones de personas (aunque no con igualdad de acceso) y a los miles de millones de animales domésticos que nos proporcionan leche, carnes, cueros… son producto del trabajo de millones de personas, lo mismo que la infraestructura de las ciudades, incluidos sus edificios, los autos que circulan por sus calles…

Por todo esto ( y muchas cosas más)   El trabajo diario de toda persona debe tener un valor universal a partir de un conjunto de aspectos totalmente objetivos (y algunos otros deseables, en función de lo conveniente que resultan, al valorarlos desde la perspectiva humana) para que, de acuerdo con ello, se haga la ponderación de la recompensa individual. Recompensa, no ganancia.

¿CUÁL ES EL VALOR QUE DEBEMOS OTORGAR A UNA JORNADA DE  ESTUDIO O DE TRABAJO?

Necesitamos definir ¿cuáles son las necesidades óptimas, medias y mínimas que deben corresponder a toda persona por su trabajo diario, semanal, mensual y anual?  También ¿cuáles son aquellos otros aspectos convenientes a los que toda persona debe tener acceso satisfactorio a través del “poder adquisitivo de su salario?

La más básica de todas las necesidades es la alimentación. De ella dependen el embrión y el feto; y luego la lactancia y el desarrollo, no solo de nuestro cuerpo en crecimiento, sino las facultades óptimas de nuestro cerebro. Y ya de adultos, la permanencia saludable de cada.

Sin embargo, las necesidades básicas son muchas más, entre otras: protección, refugio, afecto, conocimiento o entendimiento, recreación, participación, comunicación, identidad y libertad.

Pero hay una necesidad insustituible: ocupación o empleo. El  trabajo, desde nuestra óptica, debe ser tipificado como necesidad, obligación y derecho.

Cuando se lo cataloga, únicamente como un derecho, en realidad se está dejando un enorme espacio gris. Espacio que facilita muchas de las situaciones que se producen en los países que más propaganda hacen del capitalismo, de sus apologías al éxito individual, a la conquista de mercados, que no es otra que la violenta conquista guerrera de otras época.

Al asumir, como colectividad local, regional, nacional  o global, el compromiso de que se satisfagan satisfactoriamente todas las necesidades básicas de cada persona implica garantizar el empleo como derecho y obligación; y así  asegurar el acceso a todos los bienes y servicios fundamentales y convenientes; pero no en abstracto, sino como una realidad cuantificable.

Se trata como sociedades locales, regionales, nacionales y global asegurar la alimentación mínima necesaria para que no haya hambre y desnutrición; de acceder a un refugio digno (con todos los servicios públicos); de  tener al alcance servicios de salud,  educación, recreativos, artísticos, deportivos sin sufrir la segregación social que implica los ingresos precarios, el desempleo y la pobreza extrema.

Sin embargo, no podemos olvidar que los seres humanos, aunque solo somos un 1% diferentes (en nuestro ADN mitocondrial) de los chimpancés, aquellas actividades que, realmente, nos  hacen diferentes, con relación a las otras especies animales, son la creación artística, la incansable búsqueda del saber (filosofar, investigar, descubrir, inventar) y la práctica de los deportes, las artes, la literatura.

Estas actividades existenciales son las que le dan plenitud al ser humano. A ellas, el más clásico de los economistas del capitalismo, Adam  Smith, curiosamente, las denominó improductivas.

Con ello, pese a ser un filósofo de la moral, contribuyó a fortalecer la explotación de la clase trabajadora, a los asalariados de todas las actividades existentes: obreros, campesinos, operadores de maquinaria y equipo, profesionales de medicina, la docencia, la investigación social, etc.

Esto lo encontramos expuesto en el , en el “Capítulo 3, del Libro Segundo, De la acumulación del capital, o del trabajo productivo e improductivo”.

No debemos extrañarnos por ello, Smith y los demás autores contemporáneos o posteriores eran producto de una época y de una cultura basada en la esclavitud; que forjó su grandeza en el trabajo de los esclavos. Es frecuente, en la obra de Smith que se refiera a la mayoría de  pueblos originarios colonizados por europeos como salvajes. No es el único, por cierto.

Ahora bien, se entiende que Smith quiere puntualizar una cosa: la riqueza es consecuencia únicamente del intercambio con fines lucrativos. Esta se contradice, incluso, con su afirmación: «El trabajo anual de cada nación es el fondo del que se deriva todo el suministro  de cosas necesarias y convenientes para la vida que la nación consume anualmente…” (Introducción, primer párrafo)

Los campesinos y muchísimas personas todavía, en decenas de países hacen trabajos por los que no reciben remuneración monetaria: en la agricultura, acarreo del agua, crianza de los hijos, construcción de sus viviendas, fabricación de muebles, etc. Esos trabajos de subsistencia también son parte del suministro de cosas necesarias y convenientes; porque los campesinos no ahorran dinero, pero reservan granos, acarrean  leña, reparan su vivienda y participan en trabajos de la comunidad, con bastante frecuencia, sin percibir pago del municipio o del Estado del que son parte.

En el Informe TIEMPO PARA EL CUIDADO, El Trabajo de Cuidados y la Crisis de Desigualdad, de enero de 2020, de Oxfam, podemos leer:  “…en la parte más baja de la escala económica, encontramos a las mujeres y las niñas, especialmente aquellas que están en situación de pobreza o pertenecen a colectivos excluidos, que dedican al trabajo de cuidados no remunerado 12 500 millones de horas diarias, e incontables horas más a cambio de sueldos de pobreza. Su trabajo es sin embargo imprescindible para nuestras comunidades. Es la base sobre la que se asienta la prosperidad de las familias, así como la salud y la productividad de la mano de obra. Oxfam ha calculado que este trabajo aporta a la economía un valor añadido de, al menos, 10,8 billones de dólares. Se trata de una cifra enorme que, sin embargo, es una subestimación muy por debajo del valor real. A pesar de ello, las personas más ricas, en su mayoría hombres, acaparan la mayor parte de los beneficios económicos. Vivimos en un sistema injusto que explota y excluye a las mujeres y niñas más pobres, y acumula una creciente cantidad de riqueza y poder en manos de una pequeña élite rica.

A este tipo de trabajo (ocupación), pues, que se denominó VALOR DE USO; y ha sido excluido de ese “suministro de cosas necesarias y convenientes.”

No creo que hubiese una intención velada en Smith; pero dio pauta para que no se le haya otorgado una valoración adecuada a millones de horas y de jornadas laborales que hacen las personas de ambos sexos que, sin duda, son mayores en las áreas rurales que en las ciudades.

Esos trabajos improductivos, muchísimos de ellos remunerados en la actualidad, son los servicios de salud,  de educación, artísticos, de entretenimiento, los religiosos (los pastores protestantes exigen diezmo por su actividad), los gubernamentales, entre ellos, los de represión que realizan policías y militares. Hay que agregar los de tipo financiero. Estos últimos son los que, por su nivel especulativo, han permitido que unas pocas personas acumulen enorme poder económico y tengan como efecto colateral el incremento de la pobreza y la reducción de capacidad de compra de la mayoría.

Así, mientras las Sociedades Anónimas adquieren mucho valor, valor que se subasta en las “BOLSAS DE VALORES” a través de miles de acciones que pueden subir o bajar de precio; miles de millones de personas continúan devaluadas, su trabajo, aunque difícil y necesario, es mal remunerado, mal recompensado por una cultura existencial dominante basada en el lucro compulsivo.

En el capítulo relativo a los Salarios y el Trabajo, Smith, dice: “Un hombre ha de vivir siempre de su trabajo, y su salario debe al menos ser capaz de mantenerlo. En la mayor parte de los casos debe ser capaz de más; si no le será imposible mantener a su familia, y la raza de los trabajadores se extinguiría pasada una generación. El Sr. Cantillon supone por esta razón que en todas partes los trabajadores más modestos deben ganar al menos el doble de lo que necesitan para subsistir, para que puedan por parejas criar dos hijos; y supone que el trabajo de la mujer, que se encarga de criarlos, sólo alcanza para su propia subsistencia.”

Sin embargo, de entrada, en el primer párrafo, afirma: “El producto del trabajo constituye su recompensa natural, o salario.”

Se trata de una comparación forzada por la lógica de la importancia que Smith dio al capital. Importancia que va muy por encima del ingenio y la capacidad de organización o de trabajo asociado que tiene el ser humano. Es cierto que no todos las actividades laborales se hacen en grupo; pero es, totalmente, incuestionable que el conocimiento técnico, científico y cultural en general, es una actividad colectiva de la que nos favorecemos todos.

Por tanto, cuando presentamos algo desde la perspectiva individual, como Aristóteles, el papel del SEÑOR; o Smith y todos los que hoy en día nos muestran a determinados emprendedores exitosos (como hechos por sí mismos) están faltando a la realidad, a lo demostrable; porque cada nueva generación tiene tras de sí el conocimiento acumulado por la generaciones anteriores.

Precisamente, una de las razones fundamentales para que China, dirigida políticamente por el PARTIDO COMUNISTA, se haya puesto a la vanguardia en muchos aspectos de ciencia y tecnología; haya sacado a toda su población de la pobreza extrema; tenga hoy una clase media que representa el 25% de la población (en términos absolutos igual o mayor que la población total de USA) se debe al trabajo planificado en función del bien común, pese a permitir los emprendimientos particulares como en las sociedades occidentales, tìpcamente, capitalistas.

Es conveniente que entendamos que ese trabajo al que, desde la óptica del lucro, solamente se le otorga valor de uso, se sume en la contabilidad (simbólica e intangible del dinero) a la hora de calcular en precio esa contribución al trabajo de toda la comunidad.

¿Por qué? Porque no son una carga para la sociedad. Es un elogio a la estupidez o la locura obligar a todas las personas que se vean obligadas a intercambiar su fuerza de trabajo (física intelectual)  a través del intangible y manipulable dinero.

PREGUNTAS CONVENIENTES

Por eso conviene que nos hagamos algunas preguntas:

¿Cuál es el valor de una vida, la mía, de la de un campesino centroamericano, la de un científico, la de un artista reconocido, la de un deportista excepcional?

¿Qué precio debe tener la recompensa de un buen gerente en un supermercado o de un recolector de basura o de un albañil que se expone todos los días a los eventos atmosféricos?

¿Cuántas veces más, que un campesino que contribuye con su trabajo a alimentarnos, deben obtener los deportistas de élite?

¿Debe recompensarse a los estudiantes de todos los niveles a través de puntos canjeables por objetos, horas de esparcimiento, viajes… en función de su rendimiento académico  y su interacción con compañeros y maestros?

¿Podemos cuantificar el valor de una vida humana?

¿Es posible, sobre la base de esa cuantificación, otorgar el precio o recompensa monetaria de la jornada laboral?

¿De cuánto debe ser la recompensa mínima universal, de cuánto la recompensa media y cuántas veces más que la mínima, debe tener una recompensa máxima?

¿Deberán crearse  mecanismos especiales para recompensar a científicos, inventores, artistas y deportistas excepcionales?

¿Debe ponerse límites objetivos a algunas de las libertades individuales?

Por ejemplo, las libertades de pensamiento y expresión suelen estar censuradas en, prácticamente, todos las naciones. Cuando se rebasan, son tipificadas como falta o delito. Consecuentemente, terminan siendo castigadas. Hay presos políticos en muchos países.

Sin embargo, las libertades relacionadas con la adquisición de bienes naturales, medios de producción en general, inversiones, comercio, etc. suelen ser, por lo general, ilimitadas en la mayoría de naciones.

Esto último es más objetivo que las libertades de pensamiento y expresión.

Podemos hacernos muchas más interrogantes y buscar, con base en la discusión abierta, las respuestas más adecuadas. Hasta hoy, al menos, en los últimos cinco mil años; pero con énfasis mayor en los últimos cien, debido a la aparición de los medios electrónicos y la informática, la propaganda sistémica se ha esmerado en permitir la libertad de expresión, a tiempo que aniquilan la libertad de pensamiento.

A mi juicio, la única libertad que debe ser ilimitada y promovida es la libertad de pensamiento. Sin embargo, cuando los medios de comunicación están mayoritariamente en manos de particulares –influyentes por su poder económico– lo que prolifera es un único pensamiento con muchas más variaciones que las interpretaciones de una obra musical.

Ahora bien es, objetivamente, factible determinar lo que se necesita para satisfacer las necesidades básicas de toda persona a nivel alimentario: calorías, vitaminas, minerales, etc. Del mismo modo se procede con los espacios vitales o refugios y todo aquello que se considera necesario y conveniente para la existencia plena de las personas, como recompensa al estudio y práctica que cada oficio o profesión requiere; la importancia del trabajo con relación a la producción y servicios que  brinda; las dificultades físicas que supone; sus exigencias intelectuales; el ambiente laboral; los riesgos de accidentes, etc.

Es cierto que hay trabajos que no requieren esfuerzo intelectual ni ser favorecido por la naturaleza a nivel vocacional, con lo cual se facilita el ejercicio de esa actividad con índice de excelencia.

Pero esos trabajos son imprescindibles para la sociedad: la producción y recolección de alimentos, su higiene y transporte; la recolección de la basura, por ejemplo; en tanto no se inventen las máquinas para hacerlo. Y, por otra parte, las personas que los realizan son 99.9% iguales a los dueños  de los principales bancos, fondos de inversión, cadenas de supermercados o de plataformas tecnológicas.

Muchos de esos trabajos necesarios, pero desagradables, cuando se los compara con aquellos otros que se realizan en ambientes climatizados, sin gran riesgo de caídas, martillazos en los dedos, quemaduras y sin la necesidad de soportar hedores que se atascan en las trastiendas de la memoria.

Todos estos aspectos requieren de una valoración, que tampoco es altamente subjetiva.

El trabajo artístico,  el científico y el deportivo pueden ser valorados por los aportes en aspectos como experiencia, participación, publicaciones, investigaciones, etc.

Hay que obtener el promedio y veremos que es muy similar, más allá de los casos excepcionales que aparecen en todas las actividades humanas: genios científicos, artísticos, deportivos.

TRABAJOS INNECESARIOS O DE MIERDA

Ahora bien, existen trabajos que son innecesarios, David Graeber (1961-2020) los denomina “Trabajos de Mierda”; porque le quitan la oportunidad a otras de tener un trabajo necesario para la sociedad. Solo que, como él afirma (algo que ya  propusieron  otros autores también), la jornada laboral debe reducirse y emplear a todas las personas en edad productiva, en labores realmente necesarias: ya sea producción de bienes o realización de tareas necesarias y convenientes.

La antropología es un trabajo improductivo desde la perspectiva de los comerciantes, también lo es la literatura, la ciencia (si no incrementa los ingresos de los que financian investigaciones); y es lo que puede decirse de muchísimas actividades, incluida esta propuesta.

Sin embargo, hay que considerar el bienestar de la comunidad, el bienestar de todos como individualidades y como colectividad.

De ahí que la valoración de una jornada de trabajo, y sus escalas por tipos de producción y servicios debe hacerse entre iguales; no es un asunto subjetivo; puede objetivarse en función de muy variados aspectos visibles, dependiendo de lo que se trate.

No olvidemos, por supuesto, que todos tenemos unas necesidades alimentarias para estar saludables, cuyas niveles se miden en los laboratorios. Sobre la base de sus diagnósticos, se brindan las recomendaciones. Es muy poco lo que varía de una persona a otra

En la actualidad en muchos países sigue habiendo hambre, desnutrición y millones de muertes relacionadas con esos problemas no resueltos, pese a los esfuerzos y la detallada investigación y difusión de Informes que Organismos de Naciones Unidas hacen año con año.

Ese esfuerzo se ahoga en el inmenso océano de la unificada propaganda sistémica.

De modo que valorar la jornada laboral mínima, media o máxima de los seres humanos es totalmente factible con voluntad política local, regional, nacional y, finalmente, global. Pero, en este caso, no me refiero a la voluntad política de aquellos que se ha apropiado (con sus artimañas, entre ellas, la violencia) de los medios de producción y propaganda), sino a la mayoría, al 87% de la población, como mínimo; porque es allí donde están los asalariados o los desempleados.

Sin embargo, hasta hoy lo que prevalece es un discurso que justifica el precio o, mejor dicho, el desprecio de las personas.

Las sociedades con gobiernos representativos terminan siendo controladas por los que a su vez controlan las corporaciones; y sus decisiones (convertidas en Ley) son justificadas por la  propaganda sistémica.

LA MANIPULACIÓN DEL DINERO

De esta forma el dinero se convierte en el medio  más útil para los oligarcas a través de los artilugios financieros y comerciales. Lo podemos comparar a las tecnologías de caza, pesca y –la más inhumana– las de guerras de conquista. Pero también, a los mitos esenciales de la religión; solo que a diferencia de las divinidades que a veces no acuden al llamado de las peticiones de los mortales, el dinero, al menos en lo que los oligarcas evidencian con su uso, es todopoderoso. Incluso desde antes que los capitalistas  inventaran  el mecanismo de la deuda para su creación.

Por ejemplo, en la medida que, en las ciudades, se acapararon  la propiedad y la distribución de los productos más básicos: agua, alimentos, servicios de salud, etc., la propaganda de los oligarcas capitalistas en torno al dinero (como el medio que lo proporciona o facilita todo), se arraigó en la mente de la mayoría; y pasó a convertirse en el dios que lo resuelve todo; aunque solo unos pocos acceden a él en las cantidades convenientes y en el momento más oportuno.

Porque, el dinero, fijador de precios, es más volátil que las diminutas semillas de los pastos.

Por esa razón es que el precio del trabajo se encuentra tan distorsionado y no refleja, en  ninguna parte del mundo capitalista la valoración de la jornada laboral de las personas. En el la cúspide de la pirámide los ingresos son miles de veces mayores al mínimo y, en general, muy por encima del promedio.

Aunque la distorsión pudiera, en algunos lugares, remontarse a muchos siglos, la verdad es que el mayor desequilibrio es reciente. Prácticamente del siglo XX a esta parte. Bastaría con hacer una comparación entre los niveles de desigualdad de ingresos que existen ahora, con las que se producían entre los asalariados del siglo XVIII y XIX, de principios del XX y luego cómo evolucionaron los salarios en los últimos 40 años; porque, a final de cuentas, todo depende de decisiones humanas, de la manera cómo la sociedad esté organizada.

Así que preguntémonos:

¿Quién o quiénes organizaron las sociedades dominantes actuales?

¿Por qué no se somete a discusión abierta, democrática de cabo a rabo, la organización productiva, comercial, laboral de las naciones?

¿Por qué no se someten a decisión soberana (consulta popular) las decisiones más importantes de las naciones?

¿Por qué son los oligarcas quienes deciden el destino de las sociedades?

Aquellos que, históricamente, han tenido la  posibilidad de imponer un determinado orden productivo son los terminan controlando la mayoría de medios de producción y propaganda; son los que llevan la ventaja en el reparto y en la imposición de prácticas culturales que luego se afianzan como leyes.

Las mayorías que sufren los rigores laborales, la precariedad, la imposibilidad de acceder a servicios de calidad, la comodidad suficiente para su vida en intimidad; ni a la alimentación adecuada ni mucho menos a tiempo para disfrutar con amigos y familiares, terminan por manifestar su incomodidad.

En el siglo XVIII en Inglaterra, la sede del Imperio más poderoso de la época, Smith, lo describe así: “Se ha dicho que las asociaciones de patronos son inusuales y las de los obreros usuales. Pero el que imagine que por ello los patronos no se unen, no sabe nada de nada. Los patronos están siempre y en todo lugar en una especie de acuerdo, tácito pero constante y uniforme, para no elevar los salarios sobre la tasa que exista en cada momento. Violar este concierto es en todo lugar el acto más impopular, y expone al patrono que lo comete al reproche entre sus vecinos y sus pares. Es verdad que rara vez oímos hablar de este acuerdo, porque es el estado de cosas usual, y uno podría decir natural, del que nadie oye hablar jamás. Los patronos a veces entran en uniones particulares para hundir los salarios por debajo de esa tasa. Se urden siempre con el máximo silencio y secreto hasta el momento de su ejecución, y cuando los obreros, como a veces ocurre, se someten sin resistencia, pasan completamente desapercibidas. Sin embargo, tales asociaciones son frecuentemente enfrentadas por una combinación defensiva de los trabajadores; y a veces ellos también, sin ninguna provocación de esta suerte, se unen por su cuenta para elevar el precio del trabajo. Los argumentos que esgrimen son a veces el alto precio de los alimentos, y a veces el gran beneficio que sus patronos obtienen gracias a su esfuerzo. Pero sea que sus asociaciones resulten ofensivas o defensivas, siempre habla mucho sobre ellas. Para precipitar la solución del conflicto siempre organizan grandes alborotos, y a veces recurren a la violencia y los atropellos más reprobables. Se trata de personas desesperadas, que actúan con la locura y frenesí propios de desesperados, que enfrentan la alternativa de morir de hambre o de aterrorizar a sus patronos para que acepten de inmediato sus condiciones. En estas ocasiones los patronos son tan estruendosos como ellos, y nunca cesan de dar voces pidiendo el socorro del magistrado civil y el cumplimiento riguroso de las leyes que con tanta severidad han sido promulgadas contra los sindicatos de sirvientes, obreros y jornaleros. Los trabajadores, en consecuencia, rara vez derivan alguna ventaja de la violencia de esas tumultuosas asociaciones que, en parte por la intervención del magistrado civil, en parte por la mayor resistencia de los patronos, y en parte por la necesidad del grueso de los obreros de someterse simplemente para garantizar su subsistencia presente, suelen terminar en nada salvo el castigo o la ruina de sus dirigentes.”  (Cap. de Los Salarios…)

Marx nos legó, años más tarde, una obra monumental –EL CAPITAL– cuya intención fue la de argumentar con muchas pruebas y análisis lo que ya se había anunciado de forma sintética en EL MANIFIESTO COMUNISTA, como alegato y proclama.

Pero, inmerso en sus investigaciones y redacción, no tuvo en cuenta que ese 0.1% de variante genética que todos poseemos, permite, a algunos, comportamientos y capacidad de manipulación enormes.

De ahí que, hasta hoy, si bien las tesis de Marx siguen siendo acertadas en su análisis, la intelectualidad orgánica capitalista encontró formas de atenuar los movimientos obreros y continuar con las prácticas culturales de explotación.

Por eso, al hacer una valoración, tanto del trabajo físico insustituible; y el trabajo intelectual que se manifiesta en la invención de máquinas, equipos y objetos útiles y aquel otro que es expresión artística (imaginación literaria, expresión de emociones a través de la poesía, la música, la danza, el canto, la plástica, etc,), así como los deportes, debemos entender que la voluntad política de los oligarcas es una, con una lógica muy distinta a la lógica del bienestar común e individual de los miles millones de trabajadores y profesionales de todas la áreas productivas materiales e inmateriales.

Pero no solamente eso, sino que es conveniente iniciar una discusión amplia sobre el abordaje del conocimiento humano, esto, es aquello que trasciende las tradiciones existenciales y que se aplica en la mejora tecnológica, en la informática, la construcción de vías terrestres, puertos, puentes, urbanización, las telecomunicaciones (internet, redes sociales, televisión digital, radio) servicios de salud, educativos, etc.

Se trata de establecer las fronteras entre lo público: aquello a lo que todos tenemos derecho a acceder con posibilidades reales de obtenerlo en el mismo nivel de cobertura y calidad; y aquellos otros aspectos que pueden ser exclusivamente privados o privativos en el ambiente familiar o personal.

Para más claridad, vayámonos a todo el entorno natural previo a la aparición del Homo sapiens sapiens o de los Homo sapiens predator que controlan a la mayoría de las estructuras oligarcas y el uso reiterado de la fuerzas policiales y militares; y de todos los artilugios laborales, económicos y financieros.

Creo que podemos recurrir a los relatos de la creación de las religiones más extendidas y arraigadas.

A mí particularmente me agrada el relato de la creación que se refiere en el Popol Vuh, mito maya quiché, porque al momento de crear al ser humano, los dioses hacen tres intentos. En otras palabras: prueba y error.

Lo que sí es coincidente en todos los mitos de la creación es que al ser humano lo preceden los mares, las montañas, los valles, los ríos, las plantas, los peces y demás fieras y animales del bosque o de la selva.

Se difiere en el papel que las aguas, el fuego, la luz, las tinieblas ( el día y la noche), el viento, las olas, las inundaciones, los volcanes, el desierto representan en cada entorno.

En cambio el sol, la luna y las estrellas aparecen en todos.

¿Qué diablos tienen que ver los mitos de la creación o que se haya demostrado que la vida en nuestro planeta es parte de un “largo verso interminable” que se inició hace mil millones de años?

Los humanos, somos, al menos es lo que asumimos como consecuencia de nuestro ego, la cúspide evolutiva de la vida en la tierra. Y dado que compartimos genes con todas las otras especies; pero no sólo eso, sino que la vida, toda, tiene un código universal. Véase mejor LOS LENGUAJES DE LA VIDA, Cap. 5 de LA VIDA EN CUATRO LETRAS de Carlo López Otín.

Durante la mayor parte de la existencia humana tampoco hubo propiedad privada; el origen de esta es reciente; y muy reciente, la forma como se destruyó el concepto de lo colectivo de la mayor parte de los pueblos del planeta a partir del siglo XVI, aunque se reconozca tímidamente su existencia en la DECLARACIÓN UNIVERSAL DE LOS DERECHOS HUMANOS (1948)

MENOR JORNADA, MÁS EMPLEO Y REMUNERACIÓN DIGNA

En la actualidad tenemos muchos instrumentos, máquinas, equipos, aparatos pequeños o grandes y de muy variados usos que facilitan el trabajo o permiten que se realice a mayor celeridad.

Hacia finales de la presente década habrá tanta automatización que lo más conveniente es que se reduzca la jornada laboral o se reduzca la semana laboral de las personas. En cambio, los robots harán muchas más tareas. Esto ya lo abordamos en nuestro escrito: La Automatización Productiva No Debe Generar Desempleo

Solamente los que viven de las rentas consideran que el trabajo no es necesario para producir bienes y servicios. Una deducción más alejada que aquella de los fisiócratas que consideraban que solo la renta de la tierra producía riqueza. Aunque la afirmación no es inocente.

De hecho, el mecanismo de emisión monetaria que se afianzó durante el pasado siglo –y que se empeñan en sostener a través de un capitalismo más amigable– es la deuda. Deudas públicas y privadas que obligan al innecesario pago de impuestos primero y de intereses por las deudas privadas.

Con ello se han robado el presente y el futuro de miles de millones de personas; y le han robado la esperanza a los nonatos de las próximas décadas.

Por eso no debemos olvidar que ningún producto humano, material o abstracto que forme parte de nuestras múltiples culturas existe  al margen del trabajo.

LAS TEORÍAS DEL VALOR

Las teorías objetivas del valor  de los siglos XVIII y XIX, no tenían cómo establecer equivalentes universales de valor del ser humano.

Había todavía esclavitud y servidumbre en los centros hegemónicos; también exclusión, racismo y, por cierto, las mujeres eran, en la ilustrada Europa, pertenencia de sus maridos, salvo las contadas excepciones entre la nobleza.

En el caso de Marx nos muestra, con su teoría del valor, el origen de la plusvalía (el mecanismo para quedarse con una parte del tiempo (socialmente necesario) diario, semanal o mensual del trabajador reflejado en su fuerza de trabajo). Pero la cadena posterior existente en la comercialización de los productos, también son formas de plusvalía (o despojo) que, por supuesto, se incrementan entre más larga es la cadena: intermediación, interés financiero, transporte, riesgos del viaje, deterioro y caducidad de algunos productos, impuestos varios. Todos ellos, finalmente, cargados a los consumidores; para que los participante de la cadena, puedan “ganar algo” o ver recompensado su esfuerzo el proceso.

La evolución en unas cuantas décadas, de ese encadenamiento, se encuentra concentrado en pocas personas a través de sociedades anónimas que acaparan: producción de semillas, fertilizantes, transporte, industrialización, comercio minorista, financiamiento, etc.

A esos costos que incrementan el precio deben agregarse en la actualidad otros tantos: seguros, intereses (casi todo se basa en el crédito), publicidad (muy abundante y cara para algunas marcas y sus productos)…

Sin embargo, está claro que los aportes de Smith, David Ricardo y Marx son relevantes para comprender el origen de la acumulación de capital de unos pocos (a través de un intangible como el dinero) y el por qué, la mayoría de asalariados que realizan los trabajos más riesgosos o desagradables, raramente, logran escapar de la pobreza.

Por su parte, La teoría subjetiva del valor se basa en las excepciones, porque, precisamente, no tiene en cuenta las cosas imprescindibles o necesarias ni la búsqueda del bien común, sino las complacencias (subjetivas por ello) de los gustos o caprichos personales; la libertad absoluta del individuo que suele desconocer la tradición cultural que lo precede o simplemente la hace a un lado, porque no lo favorece.

En ella prevalece el criterio de la subasta. Y la subasta (quién da más) proviene de la ventaja que llevan unos pocos multimillonarios a partir de la legalidad de las formas de despojo.

La teoría subjetiva del valor (más allá de las muchas subjetividades humanas sobre diversidad de asuntos) es parte de la propaganda sistémica del capitalismo y sus modelos. Su propagandistas y defensores, la presenta incluso, como la verdadera (del mismo modo que los creyentes de una determinada fe, presenta a su religión como la única fuente de verdad revelada);  y con unos ejemplos, realmente, ridículos.

La teoría subjetiva del valor es un reflejo claro de los artilugios justificatorios a que recurre la propaganda sistémica.

Que alguien, por capricho personal decida ir a una subasta y adquirir una pintura por, digamos US $50 o $120 millones, siempre que sus utilidades (provenientes del trabajo de otros), se lo permitan. Eso es posible, porque hay unas tradiciones que fueron impuestas hace siglos (arrogancia del poder económico). También unas formas de despojo legal que se remontan a esas épocas; y otras artimañas actuales que permiten que unos pocos incrementen excesivamente sus ingresos en detrimento de la mayoría. Tal como ocurrió durante el 2020 en los centros bursátiles, favoreciendo a los más ricos.

Así que, de nuevo, la teoría subjetiva del valor, está al margen del bien común. Literalmente se trata de una forma de propaganda a través de un discurso que valida los mecanismo con que se despoja a  la mayoría de las personas de su fuerza de trabajo, de sus creaciones intelectuales y, a las comunidades, de sus bienes artísticos; porque el arte no solo  queda secuestrado en manos de “exitosos empresarios” que cobran por  exhibir esas pertenencia en museos privados.

Por cierto, se debe legislar para que todas las obras artísticas pictóricas o escultóricas, por ejemplo, más iconográficas, se conviertan en patrimonio público de la colectividad donde se produjo dicha creación a partir de una X cantidad de años de haber sido vendida o fallecido su creador.

DEVALUACIÓN MONETARIA Y PRECARIEDAD LABORAL

Por otra parte, la referencia entre monedas no es una forma apropiada para valorar el trabajo de la mayoría.

Ha sido muy útil para los países hegemónicos; hasta hace muy poco, conquistadores tradicionales. De hecho sus monedas son fuertes, también sus ejércitos y sus mecanismos de chantaje comercial, por imposición de prácticas especulativas y estafadoras.

La devaluación monetaria es también una devaluación laboral. Se devalúa a las personas a través de una remuneración insuficiente que los obliga a realizar jornadas más largas y trabajos más riesgosos y agotadores.

Con los actuales niveles de desempleo, tanto las mujeres como los hombres, mayores de treinta años, son descartados para asumir empleos en aquellos negocios donde se ocupa la celeridad de los más jóvenes, porque no hay robot, aún, para sustituirlos.

A lo anterior deben sumarse la otras formas a través de las cuales, la recompensa salarial recibida, se achica en exceso, por el sobreprecio que se debe pagar en muchos productos (muchos de ellos necesarios) una vez que están disponibles en las estanterías de las tiendas.

Lo habitual, entonces, es que miles de millones de personas (en el Tercer, Cuarto … y Noveno Mundo, si lo asociamos con el infierno de Dante,  se vean condenadas a adquirir todo, absolutamente todo, usado: primero las ideas, por supuesto; y después ropa, calzado, prendas interiores, cameras, colchas, utensilios, recipientes, herramientas, electrodomésticos; menos los medicamentos; aunque es muy probable que a algunas regiones altamente asoladas por la codicia de los oligarcas capitalistas, los antígenos aparezcan semanas antes de su fecha de caducidad, porque sobraron en Europa o USA.

A la devaluación hay que agregar las deudas, los impuestos y los intereses. Todas no son más que formas oscuras de sustitución de la esclavitud y la servidumbre de otras épocas.

De ahí la importancia de eliminar el mecanismo de deuda como forma de emitir dinero, porque con él se eliminan también los impuestos y se adopta la CONTRIBUCIÓN REFLEJA.

Y, reiteramos, con  la Contribución Refleja (por duplicación del PIB total del mismo modo como se duplican las células y las formas de vida, incluida la de nuestra especie) se fortalece lo público, se garantiza pleno empleo, se posibilita el acceso de todos a todo lo necesario y conveniente; y se produce sin la compulsiva celeridad a la que obliga el lucro, sino con la de la planificación conveniente que permite garantizar respuestas rápidas organizadas a las eventualidades como las pandemias.

Finalizo con un par de preguntas y una breve reflexión sobre la voluntad política soberana.

¿Cuál es la necedad, el capricho de las élites oligarcas y de políticos de oficio traidores a sus pueblos, de que las mayorías vivamos endeudadas, cargadas de impuestos y en precariedad?

¿Si el trabajo de todos, se refleja en la producción de bienes y servicios por qué no se refleja en la recompensa que por derecho corresponde a los trabajadores para acceder a lo necesario y conveniente de esos bienes y servicios?

Claro, estas preguntas no son para los oligarcas ni siquiera para los que promueven nuevas tendencias capitalistas  (verde, amable,  amigable, responsable…); son para los asalariados, para los millones de mal remunerados o para esos centenares de millones de personas subempleadas, desempleadas o expulsadas de sus territorio originales o explotadas a través de las mil una formas de prestidigitación financiera capitalista.

Es impostergable asumir el control de los medios, de decidir en forma colectiva y organizada la construcción de nuevas formas de producción y reparto de los bienes y servicios.

Y entender que el dinero, cualquier moneda es una entidad simbólica, un reflejo como nuestro rostro frente al espejo o como una fotografía impresa o visible en cualquier sistema informático. Su existencia tiene sentido si confiamos en él. El problema está en que, cuando más se confía en él, aquellos a los que les gusta vivir del trabajo de los demás, se aprovechan de la mayoría: muy pocos ricos y muchísimos pobres.

Por eso se arraigaron las deudas (no los favores)  los impuestos y el interés sobre el dinero. Pero ninguna de esas tres cosas son naturales.

El trabajo, en cambio, es real y produce cosas materiales, o abstracciones de muy variada índole (diseños de objetos, máquinas, edificios, redes, medios de transporte y comunicación, etc. ) o bien obras artísticas y literarias.

Al final, todo ese trabajo material e intelectual se refleja en las cosas tangibles e intangibles que denominamos bienes y servicios; de modo que el dinero debe reflejar el valor real de nuestro trabajo siempre.

Y es allí donde debe aplicarse la VOLUNTAD POLÍTICA DE LA COLECTIVIDAD; SU DECISIÓN SOBERANA PARA ELIMINAR DEUDAS E IMPUESTOS.

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