La pobreza se enquista en España: «Ya no tengo nada más a lo que renunciar»

Desempleada, sin apoyo familiar y enferma de un doble cáncer. Son las tres realidades que afronta Jessica, una mujer de 46 años que ha tenido que recurrir a una asociación vecinal para poder pagar los medicamentos que necesita cada mes porque, después de haber solicitado varias ayudas sociales, sigue esperando una respuesta. El tiempo pasa y el poco dinero que ha recaudado vendiendo la mayor parte de sus pertenencias difícilmente le alcanza ya para comprar «una bolsita de arroz».

«He vendido todo: bolsos, abrigos… Tenía teléfono y tuve que dejar el número, porque me lo cortaron, y también me quedé sin internet en casa. Ya no tengo más nada a lo que renunciar. Todos los días, antes de irme a dormir, pienso en qué va a ser de mí mañana o pasado, si de repente ya no pueden ayudarme a pagar la medicación que necesito», cuenta Jessica en una conversación con RTVE.es.

Sin dinero para medicamentos o pañales

No hay entre sus palabras expresiones de derrota porque ya se ha levantado «miles de veces» en este último año y tratará de remontar, «como sea». Pero es consciente, sin embargo, de que combatir un cáncer de colon y otro de pulmón es mucho más difícil en un contexto tan desfavorable como el suyo  

«Me quedarán unos 35 euros, que los tengo para comprar lo más básico. La oncóloga me dice que, por mi enfermedad, debo llevar una buena alimentación, pero, ¿cómo lo hago? No puedo comprar pescado, tengo que comprar lo más barato para subsistir, una bolsita de arroz», dice Jessica, que por primera vez en su vida ha tenido que recurrir a los bancos de alimentos. 

Hace algo menos de dos años trabajaba cuidando a una señora mayor, pero al enfermar se vio obligada a coger la baja médica y se topó, de pronto, con muchos más gastos derivados de su enfermedad. Su mala suerte, dice, fue necesitar un salvavidas justo cuando una pandemia ralentiza y colapsa los servicios sociales.

«Si me llega la carta diciendo que me conceden una ayuda yo seré feliz. Ya no sé hacia dónde correr porque no hay camino, he hecho todos los trámites posibles. Si yo estuviera bien de salud me buscaría la vida como siempre, porque nunca he tenido que depender de nadie y me da hasta vergüenza molestar, pero cuando tienes una enfermedad todo es distinto», explica Jessica, que solicitó primero la RMI (Renta Mínima de Inserción) a comienzos de 2020 y más tarde, en julio, el Ingreso Mínimo Vital, sin haber obtenido respuesta todavía.

Mientras espera a que esa ayuda llegue, no puede comprar parches para mitigar el dolor ni los pañales que necesitaría en los días posteriores a las sesiones de quimioterapia, que le provocan fuertes diarreas. Los tiene que fabricar ella misma, con sábanas. 

Afortunadamente, el propietario del piso de alquiler donde vive,en el barrio madrileño de Villaverde, ha decidido no cobrarle la mensualidad hasta que su situación mejore e, incluso, ha llegado a pagarle la luz en algunas ocasiones. Además, cuenta con el apoyo de la asociación vecinal ‘La Incolora’, que, a través de la iniciativa Incofarmacia, paga los medicamentos que necesita, que cuestan unos 80 euros al mes. 

«Lejos de reducirse, la pobreza se va agravando»

El presidente de esa asociación y también vicepresidente de la Federación Regional de Asociaciones Vecinales de Madrid (FRAVM), Javier Cuenca, afirma que la pobreza se está «cronificando» en España tras un año de continuos latigazos a la economía.

“Ha pasado casi un año y lo que vemos es que, lejos de reducirse, la pobreza se va agravando porque los ERTES continúan, el paro sigue aumentando y los servicios sociales no dan abasto porque sigue creciendo la demanda”, señala Cuenca, convencido de que hay que reforzar los sistemas de ayuda para sacar del «abismo» a quienes ya han caído en él.

La última encuesta de Funcas sobre coronavirus, publicada a finales de enero de 2021, revela que más de un tercio de los españoles (36 %) ha visto cómo la situación económica de su hogar ha empeorado desde el inicio de la pandemia y tres cuartas partes de los que afirman haber ido a peor creen que no mejorarán (40%) o que su situación empeorará (36 %) hasta el verano.

Otro dato que evidencia la gravedad del problema lo aportan desde la Fundación Banco de Alimentos, que cerró el 2020 con récord histórico de personas atendidas en un año en el que se ha vivido, afirman, la «peor crisis alimentaria» desde el inicio de su actividad hace 25 años.

Según han indicado, desde el mes de marzo de 2020, la demanda de ayuda creció «más de un 40 %» y este 2021 ha arrancado con más de 186.000 personas en la Comunidad de Madrid, a quienes suministran alimentos a través de 565 entidades benéficas.

Un desempleado de 54 años: «Sientes que no tienes salida»

El sistema de protección social, desbordado por la crisis, no logra dar cobertura a todos los ciudadanos que demandan ayuda y, cuando esta llega, también es lenta.

De esto último también sabe bastante Alejandra, una joven madre soltera que, tras perder su trabajo como cuidadora de una anciana a causa de la pandemia, se vio en una situación de pobreza que no había vivido nunca. En julio, tras meses recurriendo a los bancos de alimentos para subsistir y sacar adelante a su hijo de cuatro años, pudo solicitar el ingreso mínimo vital, pero todavía espera una respuesta, siete meses después.

“Mi madre (trabajadora de limpieza) se ha tenido que venir a casa para que podamos vivir entre todos con lo que ella gana. También tengo dos hermanos menores, de 13 y 10 años. Vivimos cinco de ese pequeño sueldo”, dice la joven.

En el caso de Rafael, un desempleado de 54 años, también es crucial la ayuda familiar. Es la pensión de su madre, de 90 años, la que permite pagar el alquiler del piso en el que vive junto a su hija de 17 años porque con los 400 euros de subsidio que recibe ni siquiera pueden costear los gastos más elementales.

“La situación va cada vez a peor porque sientes que no tienes salida. El día que falte mi madre no sé lo que haremos… Nos tocará salir adelante como podamos”, reflexiona Rafael, que arrastra desde hace años una situación laboral de “precariedad” al no haber tenido nunca un contrato estable.

Siempre se ha dedicado a las reformas y a la pintura de hogares, pero ahora, debido a las circunstancias sanitarias y a la crisis, ni siquiera le salen estos trabajos puntuales que antes le permitían vivir al día.

“Parece que estamos culpando solo a la pandemia y no es así; es un agravante, está claro, pero mi situación laboral, como la de muchos, ya venía de años atrás. Yo no culpo a la pandemia, culpo al sistema económico de este país”, dice Rafael.

La ayuda se ha diversificado: medicamentos, ropa o asesoramiento

El análisis que él hace de lo ocurrido en este último año lo comparten otros muchos ciudadanos que viven en situación vulnerable y también quienes les brindan ayuda para amortiguar el golpe de la nueva crisis.

El vicepresidente de la FRAVM explica que, tras la irrupción de la COVID-19, el primer recurso que trataron de ofrecer desde estas asociaciones fue el más inmediato, el de los alimentos, pero con el paso de los meses y una situación de pobreza ya “enquistada” han tenido que actualizar las redes de apoyo para proporcionar otros tipos de ayuda.

“La ayuda se ha diversificado. A la crisis económica general se le van añadiendo otras crisis específicas, como la energética, así que hemos donado ropa de abrigo, por ejemplo, porque hay gente que tiene que renunciar en su casa a poner la calefacción. También se está ayudando con la compra de pañales y productos infantiles y, en algunos lugares, se han hecho campañas de donación de dinero para ayudar a personas a las que iban a expulsar de sus viviendas para que pudieran pagar el alquiler”, señala Cuenca.

Los miembros de la Asociación Vecinal de Aluche (AVA), que durante la primera ola de coronavirus vieron formarse largas colas de vecinos a las puertas de su sede para pedir alimentos, también dan cuenta de esta realidad y afirman que la pobreza “sigue igual o incluso ha aumentado” en ese barrio del sur de Madrid.

“Hemos tenido un tiempo en el que parecía que las demandas bajaban, pero desde hace un mes hemos visto un nuevo rebrote de pobreza con gente que había dejado de venir y ha tenido que volver. Esto se ha convertido en algo asumido y la pobreza se va a cronificar lamentablemente”, dice Esperanza, miembro de AVA.

La demanda aumenta, pero las donaciones caen

Como consecuencia de esto último, su asociación, que nunca antes se había dedicado a la ayuda social y humanitaria, ha tenido que “profesionalizarse”.

“Nos hemos organizado en estos meses. Esas colas tan largas que se veían ya no las tenemos porque dividimos los repartos a las 700 familias que reciben ayuda. Además, convocamos por tiempos para evitar que lleguen a la vez y no solo damos alimentos sino también información sobre empleo, les ayudamos a hacer curriculum vitae, les asesoramos…”, explica Esperanza.

Esa evolución adaptativa también se está viviendo en otras muchas asociaciones altruistas que cuentan con redes de apoyo vecinal, dado que “no hay visos de solución” al drama social, argumenta Cuenca. Él también apunta a uno de los principales problemas a los que se enfrentan ahora estas plataformas: el de la caída de donaciones.

El hecho de que esta situación se alargue durante tanto tiempo, dice, hace que la sociedad se desincentive y no colabore tanto como al principio, algo que también están viviendo otras muchas asociaciones y organizaciones de toda España.

Baleares es una comunidad especialmente afectada por la oleada de pobreza. Sin turistas, numerosos trabajadores de ese sector están necesitando recibir alimentos de unas ONG que también empiezan a agotar sus existencias.

En Ibiza, Cáritas Diocesana atiende a más del doble de personas que antes de la pandemia: 1.200 personas al mes solo en la ciudad, y tiene otros cuatro puntos más en el resto de la isla. Aunque el Fondo Social Europeo les envía 40 toneladas de alimentos y productos básicos cada trimestre, es insuficiente porque en menos de un mes ya se reparten. No hay donación ni contribución que cubra una demanda tan grande. 

RTVE

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