Para la libertad sangro…

Tiempos revueltos nos están tocando vivir en los que la libertad se escatima, por los poderes institucionales. Es un terreno pantanoso, este de la libertad, que se teoriza y ocupa miles de páginas entre la intelectualidad y también en la gente común. La literatura da fe del interés de la misma.

Por José Manuel Barreal San Martín

Tanto es, que la famosa frase » Mi libertad termina donde empieza la tuya», vuelve a sonar como mantra incuestionable de defensa de la libertad. Una frase que se expone, a menudo, como un principio irrevocable de la convivencia libre entre personas. Es, para quienes sostienen tal aserto, la definición ideal de la libertad.

Sin embargo, si hacemos un esfuerzo pensando en lo que subyace en ese modelo de pretendida libertad, la cosa cambia de tal manera que  se convierte en la negación absoluta de la misma. Ya que, sin mucho error, se deduce que cuanto menos sea la libertad de los demás, mayor será la mía. Lo que pone en un serio aprieto a quienes con buena fe defienden lo que aquí, se cuestiona. Es el concepto de  libertad propugnado por el liberalismo, como filosofía política.

Es la exaltación del modelo  liberal y de la cultura capitalista, donde el individuo y la  propiedad privada, junto con  la democracia delegada y la liberalidad de mercados, son los exclusivos protagonistas de que «mi libertad termine para que comience la de ellos». Llevando la frase al límite, es la libertad de los estados totalitarios y de algunos partidos políticos. El «yo», del Estado y del Partido, está por encima de la libertad de los demás que finaliza donde comienza la de ellos.

Es el modelo por excelencia del solipsismo, en el que la persona es ella sola y única. Del yo solo, sin tener en cuenta a la sociedad. Para que tú seas libre yo tengo que dejar de serlo. Es el camino que ocuparía el espacio del absoluto egoísmo.

Por eso, la frase correcta debe ser : mi libertad solamente comienza cuando empieza también la tuya. Es la libertad de la comunidad. Ya Bakunin lo dejó claro. «No soy libre mientras haya personas privadas de libertad». Es el significado de la libertad colectiva.  Pero no solo el viejo anarquista lo dijo allá por el siglo XIX.  Más cercano en el tiempo lo expresó con meridiana claridad el pedagogo brasileño Paulo Freire, «jamás seremos libres solos; sólo seremos libres juntos. Mi libertad crece en la medida en que crece también la tuya y gestamos conjuntamente una sociedad de ciudadanos libres y solidarios».

No es una mera apreciación semántica, como a primera vista pueda parecer. Es mucho más. Se pone en juego la libertad real en oposición  a la del liberalismo, hoy mimada por los neoliberales, que en realidad define la más grosera competitividad.

Ese supuesto respeto hacia los demás que parece se deduce de la frase en cuestión es, sin embargo, la prioridad del individuo sobre la sociedad. No está de más recordar, en este caso,  a Margaret Thatcher que lo expresó sin complejos: “La sociedad no existe”. Mostrando de esa manera el carácter real y concreto del individuo frente a la sociedad.

Es el progreso social que se entiende, desde el liberalismo, como aquél que  solo se puede desarrollar al precio de no interferir en la lucha entre los miembros más fuertes y los más débiles de la sociedad.  Así, el león, le diría a la gacela: «Tu libertad termina donde comienza la mía». Y vaya si termina

Finalizo, continuando con Miguel Hernández «… pervivo. Para la libertad, mis ojos y mis manos, como un árbol carnal, generoso y cautivo,  (…) Porque soy como el árbol talado que retoño: aún tengo la vida». Pues eso. Aún tenemos la vida. No desesperemos.

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