Villa miseria también es el periodismo

Parece más una cama que un descuido o un error.  Lo cierto es que Ginés González García ya no está, y tal vez era lo que quería ese hombre cansado, no estar.  Esa y otras son las reflexiones que sugiere el escandalete.

Por Juan Chaneton*

*jchaneton022@gmail.com

La palabra alemana «weltanshauung» adquirió carta de ciudadanía filosófica porque fue en la filosofía, en la política y en el derecho   -y en idioma alemán-   que su significado preciso quedó amonedado, en esos ámbitos del saber, como «cosmovisión».

Si nos atenemos al enciclopédico Espasa de 1978, tributario de la RAE, tal significante alude a lo que cada persona piensa del universo en todos los órdenes, social, político o moral. Todos los seres humanos poseen una cosmovisión. Heidegger, los nazis y Carl Schmitt apelaron, con frecuencia, a explicar el mundo en términos de weltanshauung, esto es, como concepto que delimita órdenes axiológicos, normativos, de valores y de principios.

Ellos, los nazis (y el filósofo y el jurista citados chapalearon en esa ciénaga), sostenían la arbitrariedad metafísica y alucinada como fundamento legitimante de su escala de valores. Por caso, el pensamiento de Carl Schmitt es tan metafísico que termina por no requerir ningún correlato en la realidad: vale por los propios enunciados que lo sustentan. O, dicho a la inversa, sus enunciados valen por sí mismos y su «verdad» se encuentra en la escritura misma, con independencia de lo que ocurra en la realidad. Así, la «doctrina» schmittiana dice que Estado-Pueblo-Gobierno son la misma cosa y nadie puede preguntar por el fundamento de esa aseveración: Schmitt le da carácter de axioma a lo que no es sino un enunciado en busca de alguna terrenalidad.

No hay que ser nazi para profesar una weltanschauung. De hecho, todos tenemos alguna cosmovisión, alguna moral, alguna ética. El problema aparece cuando nuestros propios valores empiezan a parecerse más a vicios que a virtudes. Y no hace falta, para estar en falta, parecerse a los nazis, lo cual, además, sería un poco tremendista. Alcanza con parecerse a la derecha; o con empezar a parecerse; o con tener borrosos los límites entre vivir y medrar, porque el lucro y la ventaja constituyen la ideología del mercado, no la del pueblo: es su weltanschauung, la del mercado.

Y si parecerse a la derecha es grave, mucho más lo es darle a esa derecha la oportunidad de que salga a pescar en el río revuelto de nuestros propios extravíos. Entre los que se apuraron a revolear la media agujereada llena de mierda para salpicar a todos, hicieron punta la Pato y el Lobo, esto es, la Bullrich y el Wolf, Waldo, el diputado, el amigo de Adelson y Netanyahu. Ellos también son tributarios de su propia cosmovisión, de su escala de valores: el hegemonismo neoliberal en el mundo y la violencia represiva contra los que, en las calles, protestan de esa hegemonía y sus consecuencias sociales.  A estas horas, se hallan aprovechando la  volada. Pero la culpa no es de ellos; es nuestra.

Personalmente,  no me sorprende la conducta de ciertos actores de la vida social, precisamente porque conozco su weltanschauung forjada, por cierto, en un pasado remoto. En el marco teórico del materialismo histórico, toda cosmovisión es ideología y ésta tiende a filtrarse por las fracturas de la razón iluminada o por los entresijos subconscientes de la conducta cotidiana. Se puede ser progresista como lo es, por caso, Pérez Esquivel, que repudia toda violencia, pero no calumniando al Che Guevara en línea con el general Barrientos Ortuño. Quien esto hace, tarde o temprano, mostrará la hilacha, mostrará que su ideología, que parecía progresista, en realidad no lo era.

La ideología  -el conjunto de valores que profesa una persona-  es la base que permite confiar en esa persona. De tal ideología, tal política. En todos los órdenes de la vida. No hay cortapisa que impida que un funcionario que negrea a la sirvienta o que pretenda «arreglarla» por izquierda, mañana no visite un vacunatorio vip o haga algo peor. ¿Cuál es la diferencia? ¿Por qué quien hace lo uno no hará lo otro? No estamos hablando de aplicar el código penal, en cuyo marco, hay delito sólo cuando la conducta se adecua al tipo legal y nunca debe haber «peligrosidad» que legitime una sanción. Estamos hablando de política, porque dar el ejemplo es, ante todo, política. Sobre todo cuando enfrentamos  a una derecha que no ha olvidado que su designio de máxima es encarcelar a Cristina.

La corrupción, en la Argentina, es, como Jano, bifacial.  Pues también es corrupto/a quien dice que es honesto/a cuando narra que le ofrecieron vacunarse por izquierda pero no aceptó «porque hubiera sido una falta de ética», y cuando le piden que dé el nombre de quien habría cometido ese delito (pues cuando este/a honesto/a  de utilería se mandaba la parte ni reparó en que estaba denunciando un delito) se arruga como papel de forro y dice que no, que en realidad lo que le hicieron no fue una proposición deshonesta sino una «insinuación vaga». Ese/a sujeto/a es un/a corrupto/a porque está medrando con un dolor nacional y universal para ganar puntos en la carrera de embolsados de la frivolidad.

Los quebrantos de unos se tocan con las mínimas miserias de otros. También nos ha llamado la atención el silencio de unos muy imbuidos de espíritu guevarista en los últimos dos o tres años. Nada han dicho de la muerte de Menem, antiguevarista obsceno si los hubo y benéfico dador a estos guevaristas de ocasión de la jubilación de privilegio con la cual viven. Hacen silencio ahora. No pueden decir que Menem fue una abominación, porque comen de sus sobras. Tampoco que fue un gran presidente, porque ahora son «guevaristas».  Luego, silban bajito y se callan. Un nudo, ahí. Una contradicción dura, de esas que configuran, una vez más, uno  de los mil rostros de la corrupción en la Argentina. No son «errores». Es la ideología, estúpido, tal vez cabría remedar acá.

Bien miradas las cosas, que el clima de época sea la decadencia y que ésta involucre tanto a la derecha como al progresismo, lejos de constituir una anomalía sociológica es la confirmación de que las crisis económicas influyen en la forma en que los seres humanos toman conciencia de esas crisis y luchan por resolverlas (Marx dixit). La clase política, la argentina al menos, está perdiendo lo que siempre tuvo: olfato para auscultar la realidad. Es uno de los síntomas que aparecen cuando algo nuevo está por nacer.

No es sólo Ginés. Y ni siquiera es Ginés. Es la política la que está corrupta. ¿O no podemos imaginar lo que estaría sucediendo en la Argentina si la pandemia nos agarraba con Dujovne, Arribas y el Toto Caputo al comando de este bravío bajel llamado  -como el de Hipólito Bouchard-  la Argentina?

Pero si, a más de todo esto, que ya es bastante, los amigos con poder de difusión llaman para que digan qué es lo que está pasando en el gobierno y en la sociedad a asesorantes insólitos que no atinan sino a balbucear unas  liviandades hijas de su ignorancia, y a proferir unas naderías propias de su novel condición y de su reluctancia al estudio, entonces sí que estamos ante un problema serio y lo que queda es encomendarnos al Papa que, hoy como ayer, sigue sin ser ni yanqui ni marxista pero lo cual  -y atento lo que en el orbe ocurre-  es mejor que nada. Poco  nivel, encima, los medios amigos.

Lo de Valdés y Taiana no se entiende bien. ¿Qué querían? ¿Que viajaran sin vacunarse?  A México no entra nadie sin vacuna encima. Alberto, ¿va sin vacuna? Venial, en todo caso. Se equivocaron de lugar: no era en un garito de la 9 de Julio donde tenían que ir a vacunarse, era en el Posadas.

Y Ginés. Al fin y al cabo, GGG le tiene dado medio siglo de su vida al peronismo. Él no fue a golpear ninguna puerta para ser ministro. Al contrario, varias veces se negó a serlo. Sólo ante la insistencia de AF («tenés que aceptar, no tengo a nadie para Salud»),  el hombre  agarró viaje.  Un vacunatorio vip en su propio ministerio es un acto de corrupción, claro, en tándem con la ingenuidad de un novato. Un ministro menemista jamás hubiera cometido ese desliz. La clase política  conoció tiempos más lúcidos.

Pero colgarle ahora al ex ministro de Salud el sambenito de paradigma de la corrupción es, por lo menos, inequitativo: el peronismo alberga en su seno a corruptos en serio como para que ahora se pretenda hacer de este hombre cansado el chivo que bale para que los carneros repten y rumien en paz.

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