EDITORIAL.- ¿Qué democracia?

Los griegos hablaban de la democracia, como el gobierno del pueblo; el sistema de gobierno, en el cual la soberanía del poder reside y está sustentada en el pueblo. Aristóteles ya había expuesto la necesidad de dividir las funciones entre los órganos deliberativos, administrativos y de justicia, aunque sin hablar de recíproco control entre ellos, para garantizar la libertad individual, frente al abuso del poder.

Es en la Revolución Francesa, cuando se sientan las bases del actual sistema democrático, desapareciendo el poder de la aristocracia y las monarquías absolutistas e instaurando la separación de los poderes Legislativo, Ejecutivo y Judicial, con la característica esencial de independencia y recíproco control, así como de colaboración, limitado por la Constitución, ley suprema en la jerarquía de las leyes.

El pueblo, conjunto de ciudadanos, resulta  depositario del poder constituyente, que aprueba la norma suprema constitucional y elige a los gobernantes, que ejercen los poderes constituidos, por su mandato. La realidad es bien distinta. Viendo lo que ocurre en el mundo hoy en día, centros de decisión extra nacionales condicionan normas de carácter constitucional, fiscal, financiera, política y social, por vía rápida y sin consulta ciudadana a los países afectados por esas injerencias.

Los recortes que estamos sufriendo en nuestros derechos no tienen su origen en los Gobiernos, exclusivamente, éstos se han limitado a hacer lo contrario de lo que prometieron para ganar las elecciones. Sin remilgos.

La causa está en los poderes económicos financieros cuyas directrices se acatan sin rechistar. Así funcionan las cosas en esta fase a la que llaman «globalización», y que no es otra cosa que el centrifugado del capitalismo internacional.

De hecho, vivimos en una dictadura económica, disfrazada, pero real.  Es la democracia burguesa. Las oligarquías mundiales, deciden nuestros destinos al preservar sus intereses clasistas. Somos desplazados al otro lado de la sociedad, al de los explotados, somos clase obrera. Padecemos y sufrimos las consecuencias de un sistema que no deseamos, de una crisis, inherente al mismo, que no hemos creado, agravada ahora por una pandemia que cayó del cielo, por cómo la tratan mediáticamente. Sin embargo, observamos que los ricos siguen siendo cada vez más ricos y los pobres más y más pobres.

Seres humanos sin los derechos más esenciales: trabajo, salud, vivienda… ¿Acaso es eso democracia real? Democracia no es poner una papeleta cada cuatro años. Esa es  la forma engañosa de  la dictadura que vivimos.

La democracia está secuestrada, amputada, porque el poder del ciudadano, se limita -bajo potentes y eficaces maquinarias de manipulación de conciencias-, en la esfera política, a retirar un gobierno y sustituirlo por otro, pero las grandes decisiones son tomadas en una esfera distinta. Las grandes organizaciones financieras internacionales, el FMI, el BCE, la OCDE, Wall Street, las organizaciones mundiales de comercio…, ninguno de estos organismos es democrático, por eso, no podemos seguir hablando de democracia, si aquellos, que efectivamente gobiernan el mundo, no son elegidos por el pueblo.

Sólo podemos hacer frente a esa realidad desde  la izquierda. El poder capitalista debe ser sustituido por el poder popular. El capitalismo debe dejar paso a un estadio superior, el socialismo. Esa debe ser nuestra tarea para alcanzar la verdadera democracia: la que garantiza todos los derechos de los ciudadanos, el reparto equitativo de la riqueza; la sociedad sin clases, la democracia real.

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