Los estudiantes extranjeros en Londres se suman a las colas del hambre: «No se lo he contado a mi familia»

En el Reino Unido hay más de 400.000 estudiantes no europeos.

Con la pandemia, la educación es online y la falta de trabajo ha llevado a muchos a las colas del hambre.

Una hilera de personas con carros de la compra y maletas hacen cola en la calle ya caída la tarde. Están en Newham, en el este de Londres, uno de los barrios más deprimidos de una ciudad en la que las colas del hambre, como en tantas otras de Europa, comienzan a ser parte de la geografía urbana.

Lo que tiene de particular el banco de alimentos que gestiona Newham Community Project, es que da cobertura específicamente a estudiantes internacionales. Veinteañeros que cursan másteres cuyas matrículas rondan los 16.000 euros por curso y que residen en Londres gracias a una visa que les fue expedida por el gobierno, tras contrastar que podrían afrontar sus gastos.

El banco de alimentos que gestiona Newham Community Project da cobertura específicamente a estudiantes internacionales.
El banco de alimentos que gestiona Newham Community Project da cobertura específicamente a estudiantes.

Ese documento les da permiso además, para trabajar a tiempo parcial. Y aquí está el quid del problema. La solvencia de estos jóvenes depende de esos trabajos, fundamentalmente en comercio y hostelería, sectores paralizados desde hace meses por el confinamiento.

La pandemia ha bloqueado sus fuentes de ingresos

«La universidad son 15.000 libras por año y vivir aquí también es caro», nos dice Nami Sha, que estudia un máster de gestión en la Universidad del Este de Londres.

Desde hace cinco meses no tiene trabajo. En noviembre, Londres se confinó por segunda vez y prácticamente no ha vuelto a abrir desde entonces a excepción de unos días en diciembre.

Su familia le hacía una transferencia mensual, pero la crisis provocada por la pandemia es global y ahora, ni su padre ni su madre tienen tampoco empleo. «Está siendo una etapa muy difícil», señala, mientras dice que está deseando que reabran la biblioteca de la Universidad.

La demanda de ayuda solo hace más que crecer

A falta de media hora para que comience el reparto, ya son decenas las personas que se concentran en la cola. Mientras en el interior algunos voluntarios preparan paquetes de alimentación básica, afuera se advierte de que aquellos que no estén registrados no podrán acceder a la ayuda.

Llevan un control estricto porque cada vez tienen una demanda mayor, al punto de que, hace dos semanas, por primera vez, la despensa quedó completamente vacía y a algunas personas tuvieron que decirles que volvieran al día siguiente.

«Atendemos fácilmente a unas 2.000 personas a la semana», dice Elyas Ismail, que es quien coordina el reparto. Toma las hojas de registro y pasa páginas hasta llegar a veinte. «En total, son 400 casas. Pero en esta hay 2 estudiantes, en esta ocho, en esta cuatro, en esta diez… «, comenta.

Hay muchos que están viviendo de una forma muy precaria, compartiendo habitaciones e incluso camas para abaratar costes. Hacinamiento en una de las zonas, por otro lado, más afectadas por la pandemia de todo el país.

Viven en una de las zonas más golpeadas por la COVID-19

A los barrios de Dagenham, Redbridge y Newham, en el este de la capital, se les conoce como el ‘Triángulo Covid’, esta zona del este de Londres presentó en el pico de la segunda ola, la tasa de infección más alta del país con 1 de cada 16 habitantes contagiados.

«Es muy triste, es descorazonador lo que vemos» -continúa Elyas. «Están realmente pasándolo muy mal. Son estudiantes pobres. Sus familias, en muchos casos, han pedido un crédito, han pedido dinero prestado, han hipotecado tierras, sus casas o vendido joyas para que sus hijos puedan estar aquí estudiando. Y mira como están. Esto es una vergüenza para este país, que es uno de los más ricos del mundo», apunta Elyas con indignación.

Kawsan está ya en su segundo curso. Estudia un máster de comercio internacional en la Universidad de Coventry. «Cada día pienso en volver a mi país. Todo iba bien hasta que llegó la pesadilla. Está siendo una etapa realmente complicada, pero vine con un sueño y me voy a ir con él cumplido», asegura mientras parece estar contando los días que quedan para que acabe un curso que además, está haciendo por Internet porque con el cierre de las aulas todo es online.

«Estamos pagando 14.000 libras de matrícula igual aunque no podamos hacer uso de los servicios de la universidad. No tiene sentido». Kawsan acude a la cola del hambre desde hace dos meses. Sus padres le ayudaron a pagar sus estudios, pero él debía hacerse cargo de su estancia. Lo hacía sin problemas, ya que trabajaba en unos grandes almacenes que prescindieron de personal por la crisis.

«Nunca en mi vida me hubiera visto pidiendo para comer»

Ninguno de estos jóvenes se hubiera imaginado esta situación antes de venir. Juli Kava, de 23 años, estudiante de un máster de comercio internacional en la Universidad de Hartfordshire, llegó en septiembre y aún no ha encontrado trabajo. Cruza los dedos para que la situación mejore. Le queda año y medio para completar su formación.

«Nunca en mi vida me hubiera visto pidiendo para comer. ¿En un banco de alimentos? En India es algo que ves en los templos, con familias muy pobres», nos dice Kava. «No, no, no, no… ¡Para nada! Cuando vinimos la situación era bien distinta», dice Nilan Pattel, alumna de un máster de negocios en la Universidad de Northumbria. «No se lo he contado a mi familia porque desde allí no pueden hacer nada y se preocuparían».

En el curso 2019-20, último del que hay datos, había en Reino Unido 550.000 estudiantes no británicos. De ellos, más de 400.000 eran no europeos, mayoritariamente indios o chinos. Los europeos, hasta el momento, tienen las mismas condiciones que los nacionales, puesto que el Brexit comenzó a aplicarse el 1 de enero de 2021, después de comenzado el curso. A partir del próximo, igualmente tendrán que ceñirse al sistema de visas contemplado en el nuevo sistema migratorio.

Anjika, una joven de 23 años de Bangladesh que estudia un máster de gestión habla bajito, como avergonzada. «Yo trabajaba en un café, pero con el confinamiento se acabó. He pagado ya a la universidad 14.000 libras y tengo que pagar más. El alquiler son 400 libras a la semana… Es una situación muy difícil la que todos nosotros estamos atravesando. Y además, a pesar de esta situación horrible, en la que nada más podemos hacer porque estamos todos sufriendo el mismo problema, la universidad nos manda correos electrónicos para que paguemos advirtiendo de que si no lo hacemos nos reportarán a inmigración» – comenta esta joven a la que se percibe con miedo en el cuerpo.

No quieren renunciar a cumplir sus sueños

Ese es el proceso previsto. Si vives en Reino Unido con una visa de estudiante y ese documento queda suspendido, no puedes seguir en el país. El contexto, sin embargo, es absolutamente excepcional y para estos jóvenes, pensar en volver a sus países con las manos vacías, sin su diploma, es motivo de angustia.

En Newham Community Project les están ayudando a negociar prórrogas en los plazos de pago. Algunas han accedido a ser flexibles. Están en contacto con cerca de una veintena de instituciones. De la misma forma, median con caseros porque el pago de la renta es para muchos otro quebradero de cabeza.

Elyas nos presenta a Mónica, de 22 años. Es una de las jóvenes a las que están echando una mano en esto. Han pedido al arrendador un margen, pero la respuesta ha sido negativa. «Queremos pagar mes a mes, pero ahora no podemos. Vamos a pagar, pero necesitamos más tiempo», dice con una voz un tanto angustiada mientras cuenta que le faltan aún por pagar 9.000 libras a la universidad.

Mónica habla en plural porque está casada y está en Londres acompañada por su marido, que atraviesa por otra situación que daría para otro reportaje. Es un esclavo del s. XXI. Ante la falta de trabajo, lo único que ha encontrado es realizar envíos a domicilio. Por once horas al día haciendo deliveries le pagan 30 o 40 libras.

Para la mayoría de estos jóvenes es su primera vez en el extranjero. Incluso muchos, se han subido por primera vez a un avión para llegar a Londres. Y se sienten perdidos. Sin apoyos, sin ayuda, con todas las expectativas familiares depositadas en ellos y decididos a complacerlas cueste lo que cueste. Son los pobres de hoy; son los profesionales del futuro.

RTVE

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