Más paro, más ERTE y más precariedad: las cifras que las mujeres españolas soportan por la pandemia, pero también sin ella

La pandemia de la COVID-19 está profundizando las desigualdades de género que ya existían en el mercado laboral y poniendo en evidencia la precariedad que sufren las mujeres en sus condiciones de trabajo. En España, más de la mitad del desempleo generado a raíz de la crisis del coronavirus se ha concentrado en mujeres, según los últimos datos de la Encuesta de Población Activa (EPA). También son mayoría en los Expedientes de Regulación Temporal de Empleo (ERTE), en los empleos eventuales y en los contratos a tiempo parcial, y tienen sueldos inferiores a sus compañeros varones.

Simone de Beauvoir, la reconocida voz del feminismo del siglo XX, alertaba ya en 1949 -en su obra El segundo sexo– de la fragilidad que adquieren las conquistas de las mujeres cuando la sociedad atraviesa períodos de incertidumbre social o política. «No olvidéis jamás que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados. Estos derechos nunca se dan por adquiridos. Debéis permanecer vigilantes durante toda vuestra vida», rezaba esta escritora y filósofa francesa.

Lo cierto es que la discriminación de la mujer en el mercado laboral ha existido desde siempre y el coronavirus lo que ha hecho es evidenciar la situación de vulnerabilidad de las mujeres, sobre todo para conciliar su vida familiar y laboral: son ellas las que asumen la mayor parte de los cuidados de mayores, menores y personas dependientes. Incluso antes de la COVID-19, realizaban el triple de trabajo doméstico y de cuidados no remunerado que los hombres.

La Catedrática de Economía Aplicada y Vicepresidenta de Economistas Frente a la Crisis, Cecilia Castaño, no duda en afirmar a RTVE que “el mercado laboral ha sido siempre masculino” y que “todas las instituciones que lo regulan están diseñadas en función de lo que son las características y los hábitos de vida de los hombres”. A su juicio, la idea de lo que es un trabajador o una trabajadora está definida en términos de una persona que no tiene responsabilidades domésticas ni familiares y, por tanto, mientras que la concepción siga siendo esta “es como si viviésemos una gran mentira”.

“Ahora mismo no se tiene en cuenta que la vida de la mujer, además de trabajar, también es cuidar, y generalmente lo hacen con mayor frecuencia que los hombres” sobre todo en lo que se refiere a cuidados de atención personal de niños y ancianos, señala Castaño. Según el informe Global Gender Gap 2020, en todos los países de la OCDE las mujeres dedican más tiempo que los hombres al trabajo doméstico y de cuidados. En España, las mujeres lo hacen cuatro horas diarias, mientras los hombres dos. “Esa parte que no se quiere ver es lo que está en la base contra la discriminación de las mujeres”, recalca.

Más mujeres en desempleo y mayor presencia en ERTE

Es precisamente el asunto de los cuidados un problema endémico para las mujeres, sobre todo durante la pandemia: las mujeres son quienes más han abandonado su carrera profesional para dedicarse al cuidado del hogar y la familia desde el pasado marzo. Una labor que, recordemos, en el inicio del confinamiento se convirtió en casi indispensable tras el cierre de los centros escolares y por el aislamiento de muchos de nuestros mayores.

Esto en parte puede explicar que en España más de la mitad del desempleo generado a raíz de la crisis del coronavirus se ha concentrado en mujeres. Según la EPA, el primer año pandémico comenzó con 180.000 mujeres más que hombres en el desempleo y terminó con una diferencia de 263.000 tras unos aumentos de, respectivamente, 306.000 por 222.200. De hecho, España fue el país de la Unión Europea (UE) donde más creció el desempleo entre las mujeres, según Eurostat.

Además, el desempleo femenino también es más persistente: el 61,5 % de las personas desempleadas de larga duración -buscan empleo desde hace más de un año- son mujeres, mientras que el porcentaje de las de muy larga duración -más de dos años- también es mayor que en el caso de los hombres: el 56,7 %.

Otra de las razones detrás de esta ‘sangría’ de empleadas es que las mujeres tienen mayor presencia en sectores más afectados como el turismo o el comercio minorista. Así lo avalan organismos como el Fondo Monetario Internacional (FMI) o el Banco de España. Al tener mayor presencia en las actividades más perjudicadas por la pandemia, las mujeres también son mayoría en los ERTE: de los casi 910.000 trabajadores acogidos a este mecanismo de media en febrero, 477.132 fueron mujeres.

Pero además hay que sumar otras 680.300 personas en lo que se denomina el desempleo oculto: de ellas, un 60 % son mujeres, es decir, unas 408.000. Según los datos manejados por UGT, esta categoría incluye a quienes se han quedado sin empleo, pero no se encuentran inscritos en las listas de paro, entre otras razones, porque no están disponibles para incorporarse a un empleo por razones de cuidado de personas dependientes, quedando fuera del concepto de desempleo e incluidas en el de inactividad.

Más temporalidad y más parcialidad = más precariedad

Pero la brecha laboral no acaba ahí. De hecho, existen otras bastante profundas en el terreno de las condiciones de trabajo. Según Castaño, “una de las diferencias más determinantes en el empleo entre uno y otro sexo es la masiva utilización del contrato a tiempo parcial cuando se contrata a mujeres”. Atendiendo a los datos de la EPA, casi una de cada cuatro ocupadas desempeña su trabajo a jornada parcial, mientras que entre los hombres solo es uno de cada quince -23,5 % frente a 6,9 %-. ¿El principal motivo? De nuevo, las tareas de cuidados no remuneradas que lastran las carreras laborales femeninas.

En lo que se refiere a la temporalidad, y a pesar de que ambos sexos registran un elevado porcentaje de contratos de corta duración, la temporalidad del empleo es mayor para las mujeres: 26,6 % frente a 22,8 % de los hombres. Así, la unión de ambas situaciones -parcialidad y temporalidad-, además de reflejar la persistente discriminación de las mujeres en el mercado laboral, evidencia una profunda situación de precariedad generalizada. Algo que también repercute en los salarios, pues la brecha salarial se ha ensanchado durante el último año: las mujeres cobran de media 4.948 euros menos que los hombres, una cifra que ha aumentado en 33 euros durante el último año, según la Agencia Tributaria. De seguir a este ritmo, harán falta 121 años para alcanzar la igualdad real.

Según la profesora de Estudios de Psicología y directora del máster de Ocupación y Mercado de Trabajo de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), Elsa Santamaría, por todos estos motivos las mujeres sufren en mayor medida la precariedad que se da en el mercado de trabajo, aunque “de forma muy desigual” porque cada una vive realidades laborales muy diversas. “Muchas han perdido sus empleos, precisamente por la debilidad de sus contratos laborales; otras, las que han mantenido su empleo, se han visto muy expuestas al virus por el sector en el están ocupadas; y aquellas que han podido pasar a hacer teletrabajo evidencian aún más las dificultades de conciliación laboral y familiar, que ya tenían”, recalca.

No obstante, entre todas estas cifras negativas, hay un dato para el optimismo. Y es que, a pesar de las condiciones tan extremadamente duras, las mujeres están manteniendo su participación laboral: siguen estando en el mercado de trabajo y su tasa de actividad -el porcentaje de mujeres de más de 16 años que trabajan o buscan trabajo- crece décimas, pero crece, mientras que la tasa de actividad de los hombres se ha reducido en un punto en el último año.

Según explica Castaño, “las mujeres tienen un compromiso con el mercado de trabajo muy grande. Lo que pasa que ese compromiso tiene muchas dificultades para incorporarse al 100 % por los cuidados. Eso es una enorme injusticia». ¿Cómo se resuelve?, nos preguntamos. “Con servicios públicos que ayuden a las mujeres”, afirma con rotundidad.

Un dilema de difícil solución para las mujeres

Todos estos indicadores impiden a la mujer desarrollar su carrera profesional y su vida personal en óptimas condiciones, lo que también influye en su salud y calidad de vida. De hecho, estas condiciones laborales tan precarias elevan las probabilidades de las mujeres de perder su empleo en caso de contagio. “Si te encargas de cuidar a un anciano, y te infectas, probablemente no vas a volver”, lamenta la catedrática. Asimismo, una encuesta de la Fundación Ellis pone de manifiesto que las mujeres tienen más dificultades que los hombres para aislarse en el caso de tener COVID porque tienen que seguir cuidando de los que están a su alrededor.

“Es decir, al final el marcado laboral no podemos mirarlo de forma aislada, tenemos que mirar todos los elementos que están condicionado la inserción laboral de las mujeres de una manera muy diferente a la de los hombres, de una manera que implica muchas desventajas”, explica. Todo ello aboca a la mujer, señala la catedrática, a un dilema de difícil solución: no pueden abandonar el mercado de trabajo, pero tampoco pueden dejar las tareas de cuidados, que cada vez son más exigentes. 

Pero, ¿hasta cuándo será así?

La profesora de la UOC tiene “dudas” al respecto porque quizá no se trata de una cuestión de tiempo. “Los avances en las brechas de género han ido poco a poco y han costado muchos esfuerzos y todavía hay un largo camino por recorrer. Sin embargo, la precariedad en el empleo no cesa y las desigualdades no dejan de crecer, ni siquiera en tiempos de bonanza económica, en los que las desigualdades se tienden a suavizar, pero continúan presentes”, nos explica.

Por todo ello, según Santamaría, “se ha vuelto, más necesario si cabe, un replanteamiento profundo del sistema y de la organización socioeconómica en la que vivimos, que no se base y que no genere desigualdades porque este es el problema realmente existente”.

Castaño, por su parte, critica que la pandemia se utiliza en estos momentos “de excusa” para justificar el retraso en la puesta en marcha de medidas. A su juicio, “los avances en políticas de igualdad son aún insuficientes para poner fin a las discriminaciones por sexo en el ámbito laboral” y, por tanto, es necesario poner en marcha más ayudas públicas que a su vez generen más recaudación de impuestos y cotizaciones a la Seguridad Social. Porque, concluye, “la igualdad de género no es un lujo”: “Hay muchos otros lujos que no nos deberíamos permitir, pero esto es ineludible”.

RTVE

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