Contumacia en el error

Los pueblos tienen la televisión y la clase política que se le parecen. Ambos, la tevé y la política, bailotean en modo Michael Jackson y cantan La cucaracha como número vivo, único y permanente en pos de hacer las delicias de  una masa desagregada y febril que, como tercero en potencial discordia, se mueve y palpita cual si fuera el corazón enfermo de los conurbanos argentinos, en cuyos nidos, que no son de cóndores sino de seres humanos, se cuecen las tragedias diurnas, nocturnas y vespertinas que los jocundos y jocosos animadores de tal canal por cual y del congreso nacional, miran de rabo de ojo a un costado y de reojo tiznado no para enseñar algo que sirva a esos niños argentinos de rodilla y uñas sucias sino para  renovar el vislumbre que les permita prevenir  y no curar, no vaya a ser que la masa que los empodera con su alienación los termine alienando del poder blando con el cual operan para que cada uno siga siendo cada cual en el tablado de la política nacional y de la iconografía hogareña devenida infame bacanal.

Por Juan Chaneton*

*jchaneton022@gmail.com

En una escala de cero a diez que midiera el promedio cultural de los argentinos, donde cero fuera Baby Etchegaray y diez fuera Pino Solanas, si tal promedio fuera ocho no harían falta ni esta televisión ni esta clase política.  Pues ya lo dijo Marx:  alguna vez desaparecerán el Estado y los políticos; lo que no desaparecerá nunca será la polis, es decir, la política.

Y la tevé y la clase política saben que hay una proporción inversa que conspira: a más cultura, menos necesidad de ellos. Y entonces, actúan. Alienan. ¿Cómo? Diciendo que sufren por los más vulnerables. Y haciendo, luego, todo para que los más vulnerables sigan en su lugar y cumpliendo su rol social en el marco del funcionalismo sistémico social tutelar de lo que es de cada uno y de cada cual. La cultura importa poco en este país argentino.

De no, se habría respetado a la Unesco. De Gaulle se asesoraba con Malraux. Pompidou con Raymond Aron. Mitterrand con Foucault. A esos presidentes no sólo les parecía que la cultura era lo esencial.  También actuaban sabiendo que, a largo plazo, la cultura es lo esencial, pues añade el plus de valor que permite prevalecer en la política frente a propios y extraños. La cultura, cuando es genuina y aunque cueste creerlo, permite la elaboración de estrategias de poder porque permite conocer los puntos débiles del enemigo. Entre otras cosas que también permite la cultura.

Se habría podido respetar a la Unesco pero no se lo hizo. La clase política argentina sigue creyendo que la cultura es el ramo de glicinas que la sirvienta coloca en el florero cuando la mesa está servida y con ese adorno la sobremesa es un placer pero lo esencial fueron los ravioles, que los humanos no comen flores, claro.

Y se podía haber respetado la trayectoria de Pino Solanas, reputado en el mundo y que, por ello y por lo que le dio al pueblo  -al peronista y al no peronista-  merecía mejor banco de suplentes. Virgilio, ¿escribía en griego o en latín? Rodolfo Kusch y Mariátegui, ¿abrevan en Heidegger? ¿Hans Kelsen era monista y Carl Schmitt dualista? ¿O era a la inversa? ¿Hay diferencia  entre José Martí  y Américo Barrios?

De yapa, queda muy  a la intemperie el gesto. A los amigos, un consuelo jugoso.  Contumacia en el error se llama eso. Pues el caso es que ni la cultura  debería ser un consuelo ni los dineros del Estado servir para aliviar el agobio de los amigos escaldados por la política.

Se le falta el respeto a Pino, así. De yapa. De yapa, se le falta el respeto a Pino. Además de a los más vulnerables. Pero éstos, afortunadamente, no se enterarán, porque la tevé y la clase política trabajan, siempre y sin piedad, en favor de los más vulnerables, que siguen sin buscar otra cosa que el mendrugo, y no mirarán más que a donde miran siempre, hacia abajo, en busca del mendrugo y no se enterarán de lo que acaba de ocurrir porque, en suma, los pueblos tienen la tevé y la clase política que se le parecen. Afortunadamente.

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