“…Ahí viene la Plaga, le gusta bailar…”

Era cosa de andar a la moda, a como se pudiera. Aunque unos andaban más a la moda que otros, pero de todos modos era cosa de ‘sentirse a gusto’, sobre todo en las zonas urbanas.

Por Joel Hernández Santiago*

*joelhsantiago@gmail.com

Ellas con falda amplia –hasta debajo de la rodilla–, sueter ajustado, tobilleras, zapatos de correa, cola de caballo o dos colitas amarradas con listones. Ellos con pantalón de mezclilla de tubo–material que comenzaba a ponerse de moda luego de pasar la prueba del que sólo el proletariado—, camisa de manga corta, o larga arremangada, sueter de grecas a lo César Costa; copete alargado con crepé hecho a mano y un buen de vaselina –para parecerse a Elvis Presley–, mocasines en lugar de zapatos de agujeta… y todo listo: “¡Vamos a bailar el rock!”.

A finales de los cincuenta y principios de los sesenta comenzó la revolución musical de los muchachos. Era como escapar del letargo dulce y suave de la postal urbana del “Hay lugar para dos”, de “Una familia de tantas”, de “El gran calavera”…

O como también saltar del bucólico campirano, ese que a la vista era de plácemes pero que escondía sus propias contradicciones y disimulaba ofensas y agravios. Y de las películas en las que se ensalzaba el orgullo de origen y ser de Jalisco y estar en Jalisco, aunque se vieran los famosos sauces de Xochimilco, o los pirules de Azcapotzalco.

Y las de rancheros valerosos que cabalgaban por la campiña para hacer justicia a plomazos, con canciones rancheras que incluían a todo un mariachi que uno nunca veía o que quizá estaba escondidos detrás de los árboles del camino:“… Camino a las alturas se ven los gavilanes…” O las del ‘Águila negra’ o la de ‘Los Villalobos’ y que a las almas puras y sencillas nos hacían muy felices…

En la radio se escuchaban los boleros en sus versiones originales, con solistas que luego en la incipiente tele en blanco y negro ‘Admiral’, se veía que vestían de traje obscuro, camisa clara y corbata de moño. O los tríos oduetos del “Tú como gema preciosa, como divina joya, valiosa de verdad”…

O las solistas de peinados con laca que entonaban con voces profundas y pastosas: “Amor perdido, si como dicen es cierto que vives dichoso sin mí…” Uhhhh… Y rezumbaban los mambos de Pérez Prado, o los danzones de Carlos Campos y su orquesta, o el Chachachá-que rico chachachá-vacilón-qué rico-vacilón…” Y así.

Todo eso se quedaba atrás en aquel momento, aunque siempre está en el recuerdo, con la nostalgia del “era lo que oían mis padres”, y que uno repite a la menor provocación y que los cantantes de moda-hoy, rescatan de las cajas de cartón de Fab escondidas entre el polvo de los años y los días que ya no son lo mismo.

Pero ya. Punto y aparte. Ya estaba digerida la jalea. Ya comenzaba una nueva época, un nuevo modo de ver la vida, de vivirla, de entenderla, de querer participar y de ser otros y decir las cosas de modo distinto, porque había otras cosas que decir.

Y comenzó el ruido. Comenzó el movimiento. Comenzó a moverse el esqueleto social de los adolescentes y jóvenes que querían ese nuevo tiempo; querían respirar aire fresco; querían encontrarse en sus propios términos y en su propio espejo de Texcatlipoca.

… Querían saber a qué sabe tener lo propio, aunque por el momento sólo fuera en cosas de música y baile. Fueron aquellos jóvenes que hoy se conoce como los Baby boomers, la generación que vivió aquella época y que sufrió los cambios de la postguerra: “Buscaban romper con las estructuras establecidas y empoderarse como una generación innovadora, contestataria y organizada que no temía cuestionar a las instituciones.”

Todo comenzó con la música de la que primero se escucharon atisbos y luego el estruendo: eran Elvis Presley y Bill Haley, y sus Cometas. Ellos pusieron en la órbita aquella música al mismo tiempo acompasada como fuera del esquema cuadrado de tiempo atrás: esta era una música multiforme aunque todavía ingenua y socarrona; vertiginosa y expresiva.

Al principio fueron los músicos de orquesta quienes incorporaron ‘aquella música’ que tanto furor causaba fuera de México y que aquí habría que ver si el gusto de la gente daba para ello, porque se le suponía una moda pasajera, como había ocurrido antes con otros ritmos y propuestas.

Pablo Beltrán Ruiz presentó “Mexican rock and roll”, “Rico rock and roll” y “A ritmo de rock and roll” en 1956. Era sólo música, sin letra aun. Y Juan García Esquivel y su orquesta… y más. Los jóvenes comenzaron a escuchar y a querer ser parte de esa nueva idea musical que no sólo rompía con el viejo almidón, sino que les permitiría ser ellos mismos.

Los jóvenes adolescentes mexicanos de entonces comenzaron a interpretar rock and roll; primero en casas particulares en donde se reunión para “ensayar”, luego en fiestas familiares…

De ahí pasaron a la radio. Poco a poco. La XEQ comenzó. Transmitió “Chachachá contra rock and roll” que pegó rápido. Creció pronto el número de grupos musicales de rock con letras en español, ‘para que los jóvenes se sintieran más a gusto’.

Eran ‘covers’ de temas en inglés:“Los Teen Tops”, convirtieron el  “Jailhouse rock” en el “Rock de la cárcel” o “Tallahassee lassie” en “Chica Alborotada” de “Los locos del ritmo”. Comenzaba el frenesí.

Y de ahí en adelante: ‘en 1961 Johnny Laboriel y “Los Rebeldes del Rock” estrenaron “Hiedra venenosa” que superó toda expectativa de popularidad. Estaban Pepe y sus Locos del Ritmo, Los Black Jeans (luego Los Camisas Negras), Los Sinners, Los Jockers, Los Hooligans, Los Spitfires y Los Crazy Boys…’ Uhhh. A granel.

Luego algunos de los vocalistas de estos grupos se convertirían en solistas: Enrique Guzmán, Cesar Costa, Manolo Muñoz, Fabricio. Y solistas en sí: Angélica María; Leda Moreno… ‘Y surgieron rocks originales, como “Tus ojos” de Rafael Acosta (Los Locos del Ritmo), “Yo no soy un rebelde” de Chucho González (Los Rebeldes del Rock) y “Vuelve primavera” de René Ferrer (Los Blue Caps)…’ y así…

Pero no todo fue cantar y bailar. La sociedad mexicana,‘las recatadas almas pura’ acusaban a esta música y a quienes gustaban de ella de ser ‘aberrante’, de ‘gente malviviente’, ‘mugrosos’, ‘vagos’, ‘agresivos’, ‘locos’… Ellas unas ‘pervertidas’. Y surgió el dedo flamígero en el cine mexicano que se convirtió en fiscal musical del rock:

Así películas en las que los muchachos rockeros eran eso: ‘rebeldes sin causa’ (‘¿por qué tenían que rebelarse?’, decían), delincuentes, pandilleros… “Juventud perdida”; “Juventud rebelde”; “Juventud desenfrenada”… y así. Eran los muchachos fuera del orden. Pero ellos, los jóvenes habían dado pasos adelante y no regresarían más. Ya estaban en la onda:

(Y Por onda, José Agustín define: “Hay varias ondas, son las ondas dentro de la misma onda; algunas son materiales, en todo caso, para los chavos mexicanos de los años sesenta la onda fue energía intangible, pero mesurable que funcionaba esencialmente como vía de comunicación, de interrelación que hermanaba.

“Por otra parte, una onda podía ser cualquier cosa, pero también un plan para realizar, un proyecto, una aventura, un estado de ánimo, una pose, un estilo, una manera de pensar e incluso una concepción del mundo (…) Era rechazar los valores desgastados y la hipocresía del sistema, que se condensaba en los “fresa”, antítesis de la buena onda.” (José Agustín, “La contracultura en México”)

Quienes vivieron aquellos años son testigos y parte del despertar de una nueva generación de muchachos y muchachas que querían ser libres. Y comenzaron a forjar esa libertad. Aún faltaba camino para conseguirlo, pero comenzaron a ser ellos, a expresarse en sus gustos y en sus aspiraciones. Y ya estaban listos para lo que seguiría.

Siguió el camino difícil y trágico para conseguir la libertad, el que abrió puertas y ventanas y enseñó a todos que la juventud tiene fuerza y decisión, que tiene coraje y ánimo cuando se enfrenta a lo dañino y renueva su vida. Nada contiene a esa fuerza, cuando se pone en marcha.

Llegó 1968 que fue doloroso, que fue un parte aguas; el parto para una nueva vida y nuevas rutas para el país. El entuerto fue doloroso. Hubo muchachos muertos. Pero nació otro momento y su gente. La lucha por la libertad nunca ha sido fácil. ¿Qué siguió? Eso lo veremos en otro capítulo de: “Nos vemos presumida no te puedo aguantar; esas puntadas tuyas no las puedo pasar...”

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