La trampa de los impuestos

Los impuestos fiscales sustituyeron, que duda cabe, la esclavitud y la servidumbre; y no la costumbre de cobrar por el paso de un territorio, atracar en un puerto o cruzar un puente; o por las contribuciones esporádicas para la defensa de la ciudad, el principado o el reino.

Los impuestos son, pues, –y nadie se llame a engaño– una trampa que provoca que la mayoría de gobiernos se vuelvan incapaces de cumplir sus promesas (salvo excepciones); y que unas pocas personas se favorezcan no solo de la obra pública (puertos, aeropuertos, carreteras, Policía, Ejército, etc.), sino que mantengan el control de los países a través de las prácticas hegemónicas internacionales.

La principal práctica hegemónica moderna es la emisión (creación) del dinero y sus mecanismos de circulación a través del sistema financiero internacional controlado, mayoritariamente, por ee uu.

 Otro aspecto, igualmente importante, es la esclavitud por defecto, en la que quedan atrapados –en invisibles laberintos de deudas e ilusiones mercantiles– centeraes de millones asalariados: campesinos, obreros, trabajdores en las maquilas, pequeños comerciantes, profesionales y productores, entre muchos otros subempleados o desempleados en la enorme jugla de competitividad capitalista.

De esta manera los impuestos son la  derrota programada (con alevosía y ventaja) del colectivo.

Por Jorge Luis Oviedo*

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La producción total es el resultado de un esfuerzo (trabajo material e intelectual) colectivo, más que la suma de acciones individuales. También pasa lo mismo con la acumulación del conocimiento.

La lógica, por justicia social y por participación en la producción, debería propiciar un acceso equitativo a los bienes y servicios de toda la sociedad.

Sin embargo, los asalariados y pequeños empresarios no se benefician de ese excedente productivo; porque se les limita el acceso a los bienes y tampoco disponen de suficiente tiempo libre para disfrutar de las artes, los deportes, las reuniones familiares o familiares ni para pensar con libertad.

Se incentivan los cultos religiosos; pero jamás las reuniones para abordar los problemas comunitarios y sus posibles soluciones.

En los últimos dos siglos (aunque esto ocurriera antes en menor escala) unas pocas personas que se volvieron muy ricas, sin necesidad de esclavos formales.

¿Cómo lo hicieron?

Adam Smith escribió: “Toda persona es rica o pobre según el grado en que pueda disfrutar de las cosas necesarias, convenientes y agradables de la vida. Pero una vez que la división del trabajo se ha consolidado, el propio trabajo de cada hombre no podrá proporcionarle más que una proporción insignificante de esas tres cosas. La mayoría de ellas deberá obtenerlas del trabajo de otros hombres, y será por tanto rico o pobre según sea la cantidad de ese trabajo de que pueda disponer o que sea capaz de comprar. Por lo tanto, el valor de cualquier mercancía, para la persona que la posee y que no pretende usarla o consumirla sino intercambiarla por otras, es igual a la cantidad de trabajo que le permite a la persona comprar u ordenar. El trabajo es, así, la medida real del valor de cambio de todas las mercancías.”

Hay tres cuestiones claves en este párrafo con que Smith abre el capítulo 5 (Del Precio Real…, de La Riqueza de las Naciones):

Primero, que el trabajo individual no es insuficiente para satisfacer todas las necesidades;

segundo que  para ser rico hay que aprovecharse del trabajo ajeno, comprándolo (la esclavitud era todavía una de las formas de comprar el trabajo de otro, también la servidumbre; y , en su defecto, el ya más ventajoso, pago por fuerza de trabajo.

Y el tercer elemento, cuando afirma que el trabajo es la medida real del valor de cambio. Una síntesis, precisamente de la teoría objetiva del valor, a la que Marx le dará amplio desarrollo décadas más tarde, para poner en evidencia el origen del plusvalor o plusvalía (ganancia).

Lo que más facilita que unos pocos despojen, a la gran mayoría, de su fuerza física o de su trabajo intelectual es la manipulación del dinero.

La gran ilusión de millones es la ganancia; pero esta no es posible para la gran mayoría. Pará el rebaño está prevista la derrota; pero no se la percibe, porque está escondida en la niebla de los artilugios financieros y mercantiles.

La multitud de asalariados, pequeños y medianos productores, comerciantes o trabajadores independientes, desconoce que con la idea de la ganancia (y no de la recompensa por su esfuerzo) es despojado de una parte de lo que debe ser su recompensa real del excedente productivo total de la nación.

Así, pues, la derrota planificada por la élite, se materializa:

Primero, cuando acepta una relación laboral de la que no obtiene lo suficiente para satisfacer sus necesidades básicas;

en segundo lugar, con cada compra que normalmente hace, porque en esos productos que adquiere, todos, absolutamente, todos: fabricantes e intermediarios, buscan ganar algo (no ser recompensados);

y, tercero, cuando el Estado le reduce su ingreso anual a través de la retención de una parte de su salario mensual (como impuesto directo) y adquiere muchos productos (la mayoría) con el iva o  el isv –impuesto al valor agregado o impuesto sobre venta–; los de exportación, importación y otros denominados selectivos: tabaco, alcohol, espectáculos…

Los impuestos, en teoría, son para que las obras y los servicios públicos beneficien a la colectividad, es decir, a todas las personas de modo similar a como la madre procura que todos sus hijos coman lo mismo.

Sin embargo, el Estado, a través de los gobiernos de turno, imcumple y, por mucho, esa responsabilidad. La excusa más frecuente es que la recaudación fiscal es insuficiente (y no hay dinero); por eso no hay cobertura educativa, de salud, de salubridad; ni hay empleo suficiente, etc.

Sin embargo, cuando leemos con atención la historia, los textos religiosos y los relatos de tradición oral de hace siglos encontramos con que los impuestos siempre aparecen allí donde había élites consolidadas que tenían esclavos, servidumbre e imponían obligaciones a los campesinos y artesanos; y a aquellos que cruzaban alguna vez por su territorio para intercambiar algo en otro lugar o para intercambiarlo allí.

Así, pues, desaparecida la esclavitud formal (no hace mucho, siglo XIX), la manera más común de apropiarse del trabajo de miles de millones de personas, fue pagar por la fuerza de trabajo o por las ideas, los inventos (patentes) y por la capacidad de algunos (sacerdotes, pastores, escritores, perioditas, sociólogos, abogados, economistas…) para manipular la mente de las mayorías. Gramsci  denominó a este grupo  calificados teóricos: intelectualidad orgánica. Aunque también existe la intelectualidad orgánica comprometida con la colectividad.

De modo que si nos ubicamos en los siglos XX y XXI, nos encontramos con que, una cantidad considerable de esos impuestos (50% o más, en el Tercer Mundo) son para ¡honrar!  de DEUDA PÚBLICA, cuyo origen es el pago de salarios o realización de obras de infraestructura con dinero prestado; y mucho de origen externo: ¡doble cruz!

Reitero, los impuestos, desde que surgieron hace varios milenios, bajo la forma de la esclavitud y la servidumbre, siempre han sido IMPUESTOS DE GUERRA; sin embargo, aunque resulte paradójico, las contribuciones en especias que hacían los campesinos y artesanos; así como el trabajo de los esclavos y los servicios de defensa militar, etc., al menos permitían ocupación.

La concentración de poder adquisitivo y de inversión a través de monedas respaldadas en deuda pública son la mayor y más cínica estafa de todos los tiempos.

Son la base de la enorme capacidad de despojo que forjaron las élites internacionales (aquellos que primero nos conquistaron) con multiplicidad de mecanismos de manipulación, cuyo propósito es mantener una permanente dominación.

Esos mecanismos sutiles de reproducción de dinero se parecen a la facilidad con que las semillas de los pastos brotan en la época lluviosa en la sabana y esta reverdece o con aquella otra con que las hojas caducas de los árboles se desprenden  durante el otoño (y en los trópicos durante la época seca). Así es la ilusión que generan en la mente de las personas una vez que despierta su codicia, para  que inviertan sus ahorros (los jubilados por la vía de la AFP) o aquellos otros que tuvieron un ciclo bueno en su comercio; porque la ilusión de muchos es vivir sin esfuerzo y disfrutar la vida en la Tierra, por si acaso el cielo, la gloria, el paraíso no existen después que la vida de cada uno se apaga.

No existe tal reproducción del dinero. Existen mecanismos que permiten despojar a otros de su dinero recibido en pago por los bienes y servicios que se obtienen con el esfuerzo de toda la sociedad en cada ciclo productivo.

Y  muchísimos son despojados de sus mejores años, de sus sueños, de sus ilusiones, de su felicidad, de su sangre, de su fuerza, de su espíritu.

Y ese despojo se hace por dos vías. La del comercio de las fuerza de trabajo y los bienes comercializados; y las de los impuestos.

La primera la hacen directamente los mayores comerciantes junto con los banqueros; la segunda, indirectamente, a través del sistema de recaudación de impuestos.

Sin embargo, la trampa mayor está en los impuestos, porque es con ellos que se justifica la emisión del dinero y la realización de obra pública.

Pero una de las obras públicas más importante de los impuestos es el uso de la fuerza para acallar los reclamos de la mayoría.

No olvidemos que el Estado Moderno es una especie de Sociedad Anónima, como cualesquiera otra de las corporaciones a través de las cuales unos pocos oligarcas imponen su voluntad (voluntad política capitalista) al resto de la comunidad.

Por eso la deuda pública de los Estados modernos es pertenencia de  los banqueros y de las principales corporaciones (sociedades anónimas), desde la cuales se soborna y cabildea en Parlamentos o Congresos, Gobiernos Nacionales, Regionales (Estados de una Federación) o locales (ciudades, municipios, comunidades originarias) para imponer su voluntad.

Así, pues, ellos (los oligarcas) son los dueños de los medios de producción, comercio, transporte, propaganda y, por ende, de las institucionalidad de los Estados, pues, las controlan la mayor parte de las veces.

No es el comercio (forma antigua de intercambio), no es el mercado el que se equilibra solo. Es la mano oculta de banqueros y comerciantes que, desde la niebla (zona gris) de las sociedades anónimas manipula a su antojo la sociedad mundial.

Sin embargo, reitero, absolutamente todo, tiene su origen (muy sutil) en el sistema impositivo moderno.

La principal función de esta trampa o emboscada al colectivo es el mecanismo de emisión monetaria.

Se trata, pues, de un círculo vicioso para la mayoría. Y de un artilugio virtuoso para la oligarquía.

Veamos el proceso: los banqueros convencieron a los gobernantes de ee uu para que el Congreso y el Senado de ese país aprobaran el mecanismo de la deuda como respaldo de la emisión monetaria.

Una vez que los primeros bonos se adquirieron, muchos millones de deuda, el dinero se imprimió; luego pasó al sistema financiero una parte, otra se usó para obra pública y para pagar empleados públicos.

Así de año en año se han ido incrementando las deudas públicas y la emisión monetaria.

Cada Banco Central, basado en este mecanismo, paga un interés a  los banqueros más el capital; pero más importante que el interés sobre el total de la deuda, es la deuda en sí, su garantía de devolución.

Y la garantía de devolución de esa deuda son los impuestos.

¿A quién se le cobran los impuestos?

A la gran mayoría de personas asalariadas y a pequeños comerciantes y empresarios; y a todos en función de consumidores.

Esa es la primera emboscada, la fundamental, porque da origen a la emisión monetaria base, que luego circula a través del sistema financiero.

Este dinero es el que, en principio, ofrecen los bancos a los comerciantes, a los industriales, a las constructoras con sus proyectos habitacionales, etc.; y, en menores cantidades a los asalariados con empleo permanente. En muchos casos se exigen garantías hipotecarias, prendarias y de algún otro tipo. Pero la garantía mayor es el Estado, cuya institucionalidad, que ayudaron a construir, les garantizará a través de la seguridad jurídica, la devolución de todas esas deudas públicas y privadas.

(No olvidemos que la mayoría de personas, por la pereza de no analizar las cosas, cree casi todo o todo lo que le exponen con una fantasía apropiada. Antonio Machado que no era muy creyente, vale la pena recordarlo, escribió: “Se miente más de la cuenta por falta de fantasía, también la verdad se inventa.”)

Así resulta que, con la segunda emboscada, se sigue creando dinero (a discreción) por los banqueros. Esto significa que las decenas, centenares o miles de millones originales se incrementarán anualmente.

¿Cómo es posible tanta magia?

Bueno, no es magia, es voluntad política en manos de los banqueros. Y esto se obtiene a través de la circulación del dinero y de los intereses que se aplican a los préstamos.

Por eso cada año que pasa las cosas valen menos, los salarios no se ajustan a la inflación (generada por el sistema financiero); y, además, de eso, en los países periféricos hay que soportar la devaluación.

La devaluación monetaria, dicen los economistas que han aprendido bien el catecismo del modo de producción capitalista, vuelve competitivos a estos países. Lo que no dicen es la verdad: la devaluación a quien abarata es a las personas y, con ellas, a los recursos naturales: petróleo, gas, metales, maderas, suelos agrícolas, agua, etc.

(sugerimos la lectura de nuestros nueve artículos que aparecen con el título: La Contribución Refleja en Vez de la Reserva Fraccionaria

No son, pues, inevitables, los impuestos, son una trampa o, dicho de otra forma, muchas emboscadas contra el bien común y contra la el bienestar individual de la mayoría.

Si llegó hasta aquí, compañero lector, se preguntará cuál es la alternativa para que la colectividad (nación o sociedad) sea fuerte.

Lo que este servidor propone como punto de partida para el debate es LA CONTRIBUCIÓN REFLEJA.

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