Del cacao a las monedas digitales

Y tenían allí sus casas adonde juzgaban tres jueces y otros como alguaciles ejecutores que miran las mercaderías. Olvidado se me había la sal y los que hacían navajas de pedernal, y de cómo las sacaban de la misma piedra. Pues pescaderas y otros que vendían unos panecillos que hacen de una como lama que cogen de aquella gran laguna, que se cuaja y hacen panes dello, que tienen un sabor a manera de queso. Y vendían hachas de latón y cobre y estaño, y jícaras y unos jarros muy pintados, de madera hechos. Ya querría haber acabado de decir todas las cosas que allí se vendían, porque eran tantas de diversas calidades, que para que lo acabáramos de ver e inquirir, que como la gran plaza estaba llena de tanta gente y toda cercada de portales, en dos días no se viera todo…”

         Bernal Díaz del Castillo

¿Qué ha cambiado desde las primeras formas de dinero –comestible, bebible o fumable, etc.– hasta la aparición de las actuales monedas digitales?

Por Jorge Luis Oviedo*

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Las monedas siempre fueron medios de intercambio de favores (servicios), bienes materiales o servicios intangibles: diseños arquitectónicos, cálculos climatológicos, propaganda sistémica, etc.

El dinero es, pues, un símbolo que se usa con un propósito determinado y al que se le otorga equivalencia con alimentos, utensilios, herramientas, animales domésticos, vehículos, pero por la conveniencia de facilitar el intercambio de esos bienes y favores.

Con una semilla de cacao se adquiría, en la plaza-mercado de Tlatelolco, por ejemplo, un conejo.

Una manta podía obtenerse por 65 o 100 semillas; dependiendo de la calidad, seguramente. Un esclavo se compraba por 100 mazorcas de cacao.

Está claro que en Mesoamérica el uso del cacao (bebida apreciada por los dioses náhuatl) era totalmente simbólico, pero su tamaño facilitaba la contabilidad; y, las características de su cultivo, el control estatal (de la nobleza).

Lo mismo ha pasado con las muchas  monedas que han existido en distintas partes y épocas.

Pero ese valor simbólico necesita que alguien lo respalde. Y ese respaldo lo ha dado, para que perdure cada moneda, el poder político-militar del Estado.

El único cambio en el simbolismo del dinero ocurrió con el patrón oro; pero esta época fue tan breve para la historia del dinero, que bien podemos decir que duró lo que un pestañeo.

Lo cierto es que tanto el oro como la plata se fueron imponiendo, especialmente en Europa, a lo largo de varios siglos, como la forma más segura de respaldar el valor del dinero. Esto, sin duda, eliminó el simbolismo por varios siglos, porque, precisamente, las monedas acuñadas eran de oro o de plata y en tamaños adecuados a su poder adquisitivo, por peso y calidad.

No es casualidad, por ello que, en el siglo XVII, Francisco de Quevedo, poeta y político, escriba:

Madre, yo al oro me humillo:

él es mi amante y mi amado,

pues de puro enamorado,

de continuo anda amarillo;

que pues, doblón o sencillo,

hace todo cuanto quiero,

poderoso caballero etc. etc.

Nace en las Indias honrado,

donde el mundo le acompaña,

viene a morir en España

y es en Génova enterrado;

y, pues quien le trae al lado

es hermoso, aunque sea fiero,

poderoso caballero etc. etc.

Es galán, y es como un oro;

tiene quebrado el color;

persona de gran valor,

tan cristiano como moro;

pues que da y quita el decoro

y quebranta cualquier fuero,

poderoso caballero etc. etc.

Son sus padres principales,

y es de nobles descendiente,

porque en las venas de Oriente

todas las sangres son reales;

y, pues es quien hace iguales

al duque y al ganadero,

poderoso caballero etc. etc.

Mas ¿ a quién no maravilla

ver en su gloria sin tasa,

que es lo menos de su casa

doña Blanca de Castilla?

Pero, pues da al bajo silla

y al cobarde hace guerrero,

poderoso caballero etc. etc.

Sus escudos de armas nobles

son siempre tan principales,

que sin sus escudos reales

no hay escudos de armas dobles;

y, pues a los mismos nobles

da codicia su minero,

poderoso caballero etc. etc.

Por importar en los tratos

y dar tan buenos consejos

en las casas de los viejos

gatos le guardan de gatos;

y, pues él rompe recatos

y ablanda al juez más severo,

poderoso caballero etc. etc.

Y es tanta su majestad,

(aunque son sus duelos hartos),

que con haberle hecho cuartos,

no pierde su autoridad;

pero, pues da calidad

al noble y al pordiosero,

poderoso caballero etc. etc.

Nunca vi damas ingratas

a su gusto y afición,

que a las caras de un doblón

hacen sus caras baratas;

y, pues hace las bravatas

desde una bolsa de cuero,

poderoso caballero etc. etc.

Más valen en cualquier tierra

-¡mirad si es harto sagaz!-

sus escudos en la paz,

que rodelas en la guerra;

y, pues al pobre le entierra

y hace propio al forastero,

poderoso caballero etc. etc.

Esta letrilla satírica (poderoso Caballero…) pone en evidencia “la doble moral” con que suelen comportarse las personas con aquellos que tienen mucho dinero o cuando ellos lo poseen en cantidades considerables, sin importar la forma en que llegó a sus manos. 

Conviene destacar de manera especial los primeros 4 versos  de la segunda estrofa. Se puede deducir el control que, de algún modo, tenían los banqueros de la época y cómo, con el transcurrir de los siglos, se afianzó la idea del patrón oro; pero mucho más, otra que también se había practicado de hecho: la reserva fraccionaria.

Puede decirse, por tanto, que el dinero en la mayor parte del tiempo ha estado respaldado, por la confianza y la desconfianza.

Así es, la confianza de quienes más lo necesitan: los trabajadores de todas las áreas, los campesinos, los artesanos, los pequeños y medianos productores y comerciantes; y, por la desconfianza, de quienes lo controlan: los que se enriquecen con su control y manipulación. Toda inversión y todo préstamos y artimaña monetaria es una decisión (política) consentida por el poder imperante; pero tomada por los banqueros y los comerciantes más atrevidos.

La Corona Española se llevó muchísimo oro y mucha plata de América. Las tecnologías de la época y los piratas ingleses (ladrón que roba ladrón, en noble lo convertirá la Corona Inglesa) evitaron que la cantidad fuese mayor.

El Siglo de Oro de las Letras Españolas coincide, literalmente, con las décadas más doradas de la corona, es decir, con lo de: “…viene a morir en España / y es en Génova enterrado…”

En esos siglos el oro y la plata, acuñados, eran valores de intercambio equivalentes a los bienes adquiridos o vendidos.

La realidad es que –como equivalente al bien o servicio– ni el oro ni la plata son suficientes para que ser usados por toda la población del planeta; tampoco como patrones, por la misma razón. De ahí su ineficacia para mantener un sistema monetario local, regional o mundial basado en el oro (como patrón) de forma indefinida.

La riqueza o, mejor dicho, la producción material e intangible (conocimiento); así como los servicios, son una consecuencia o un producto del trabajo de las personas y de las máquinas (inventadas, diseñadas, fabricadas y puestas en operación por personas); y no del dinero, pues, éste, es solamente un medio simbólico para facilitar el intercambio (comercio); pero que requiere voluntad política de la institucionalidad pública reconocida o de una élite empresarial (financiera) que esté más allá del bien y del mal o, dicho de otra forma, que actúe a la sombra de las Sociedades Anónimas.

Así que el problema esencial del dinero no es su simbolismo, sino la manipulación de aquellos que lo controlan: los banqueros y derivados.

Esto, precisamente, hizo que el dinero haya tenido cambios cualitativos a través de los siglos; especialmente, a partir del siglo XIX en que comenzó a intercambiarse grandes extensiones territoriales –con población incluida–; tal como ocurrió con las compras de Luisiana a Francia en 1803 o Alaska a Rusia en 1867 o la indemnización que le dieron a México por perder más de mitad de su territorio, es decir, los actuales territorios que corresponden a los Estados de de California, Nevada, Utah, Nuevo México, Texas, Colorado, Arizona y partes de Wyoming, Kansas y Oklahoma.

La tradición de hipotecar terrenos y viviendas se afianzó durante el siglo XX.

El otorgamiento de dominio pleno con escritura pública, por ejemplo, no existía en la mayoría de países del Tercer Mundo a mediados del siglo XX; incluso, la fiebre de promover y otorgar título de propiedad a millones de personas (por sus propiedades rurales o sus escasos metros cuadrados en las ciudades) no es más que la planificación alevosa del despojo. Lo mismo que la forma cómo los banqueros se apropiaron de la decisión política de las soluciones habitacionales urbanas a partir de los años noventa del pasado siglo.

El precio de la vivienda se quintuplicaba, mientras el valor del trabajo se devaluaba.

Desde 1913, con la adopción de la banca de reserva fraccionaria (para impulsar su circulación en la producción y el consumo) y  la deuda pública (bonos) para emitir importantes cantidades de dinero desde la banca central, el dinero ha quedado en realidad respaldado por los impuestos y por la fuerza institucional del Estado.  Un Estado que es monopolio exclusivo de los banqueros, gestores de fondos (de inversión y cobertura) y unos pocos comerciantes e industriales.

En realidad todo parte de la monopolización de las decisiones políticas por parte de una élite institucional y de la élite financiera, sobre la idea básica siguiente: la producción, el comercio  y el dinero (finanzas) deben estar en manos de los particulares y no del Estado. A eso se reduce el capitalismo con sus artilugios, cuya finalidad es la ganancia: despojar a la mayoría del excedente productivo a través del dinero en el proceso de intercambio comercial.

Por cierto, el US $ está respaldado por el poderío militar de USA, más que por la deuda pública de ese país hegemónico. USA se quedó con enormes reservas de oro (en lingotes) que eran pertenencia de otros países; porque la mayoría no retiraron esas miles de onzas de oro cambiadas por US $35.00 la onza.

El Consenso de Washington (neoliberalismo) fue una imposición mayúscula del sistema financiero internacional a través del FMI y BM como intermediarios oficiosos y oficiales para extorsionar los gobiernos de las últimas dos décadas del siglo anterior y obligarlos a (traicionar a sus naciones) privatizar las empresas estratégicas: energía eléctrica, telecomunicaciones, vivienda social, infraestructura, etc.; y para que aceptasen préstamos de bancos de inversión o de fondos de inversión y no del MB o del BID, como había ocurrido en las décadas del sesenta, setenta y ochenta, inclusive.

Así, pues, las monedas digitales, lo único que evitarán es que se use menos papel y tinta en la impresión. Algo que ya hacen las transacciones electrónicas. En cambio, es muy probable que se determine acuñar monedas digitales de oro para coleccionistas.

Las criptomonedas como el bitcoin, son una expresión del anarcocapitalismo, pues pretenden sustituir la tutela del Estado (aval político y militar) para confiar en el dinero. Lo cual parece una apuesta muy difícil  de sostener por mucho tiempo. Además, el Bitcoin y otras criptodivisas se adquieren por medio de dólares o euros, básicamente. En esencia, se trata de un mecanismo de reserva de valor a favor de los mismos manipuladores financieros del mercado.

Por otra parte, la acumulación de valores monetarios existentes en paraísos fiscales son, únicamente, cifras. Carecen, en sí mismas, de la voluntad política de sus propietarios.

Por cierto, esas cifras son, además, el producto del pillaje moderno; algo muy similar a lo que Marx denominó la Acumulación Originaria de Capital; pues, nunca cesó. El despojo se le hace a países enteros a través del endeudamiento externo, de la inversión extranjera, de los bajos salarios, de la precariedad laboral y de otras muchas artimañas. Todo se origina con las deudas públicas y  la banca de reserva fraccionaria.

Esas cifras representan de forma abstracta el pillaje planetario de los últimos cien años.

La gran mayoría de políticos no entiende que es desde lo político, respaldado por lo militar y con el apoyo de la soberanía popular con quien se debe contar para tomar decisiones con relación a la producción, el comercio y, en general, el destino de la humanidad y el planeta.

Cuando los políticos no entienden que el dinero es una entidad simbólica y que toda riqueza real (material o inmaterial: diseños, inteligencia artificial, los libros, la educación, la experimentación científica…) es producto del trabajo de todos (o casi todos) los integrantes de la sociedad, caen fácilmente (como mansos corderos) en la prestidigitación de los banqueros y aprueban sus propuestas. Propuestas que son similares a los ríos de leche y miel y calles empedradas en oro que muchos pastores de sectas protestantes, prometen (para después de la vida)  a sus feligreses.

Algunos políticos no son ingenuos y entienden tan bien esos artilugios, que salen convertidos en multimillonarios después de haber sido parte del Gobierno de un país del Tercer Mundo.

El dinero del a nivel planetario, muy pronto, será digital. De eso no hay duda.

Ahora bien, que su control siga en manos de unos pocos (los banqueros y derivados) y que su emisión inicial dependa de las deudas públicas de mierda, depende de la soberanía popular.

Es tiempo de exigir el debate sobre quién o quiénes deben tener el control del dinero.

Es necesario debatir otras lógicas comerciales.

Los seres humanos somos 99.9% genéticamente iguales; el otro 0.1% es lo que nos hace diferentes a unos de otros, incluyendo a los gemelos.

Y eso es suficiente para tener ideas, gustos, vocaciones… diferentes.

¿Por qué, entonces, debemos aceptar que el sistema financiero controle la emisión (adquiriendo bonos de deuda pública) del dinero, su circulación, intereses, inflación, comercio?

Eso es monopolio, totalitarismo monetario y, a final de cuentas, pillaje descarado.

Lo verdaderamente curioso es que mientras las repúblicas modernas se afianzaban bajo una supuesta democracia; la realidad es que a la mayoría de la población se la ha tratado peor que a los esclavos a la hora de decidir la conducción de las sociedades.

Por eso es muy importante que se discuta la valoración del trabajo; el uso, control, circulación, valor y caducidad del dinero, pues, muy claro está que la mano invisible del “mercado” es  un artilugio, una vil estafa.

Finalizo con un par de preguntas y una breve reflexión sobre la voluntad política soberana.

¿Cuál es la necedad, el capricho de las élites oligarcas y de políticos de oficio traidores a sus pueblos, de que las mayorías vivamos endeudadas, cargadas de impuestos y en precariedad?

¿Si el trabajo de todos, se refleja en la producción de bienes y servicios por qué no se refleja en la recompensa que por derecho corresponde a los trabajadores para acceder a lo necesario y conveniente de esos bienes y servicios?

Claro, estas preguntas no son para los oligarcas ni siquiera para los que promueven nuevas tendencias capitalistas  (verde, amable,  amigable, responsable…); son para los asalariados, para los millones de mal remunerados o para esos centenares de millones de personas subempleadas, desempleadas o expulsadas de sus territorio originales o explotadas a través de las mil una formas de prestidigitación financiera capitalista.

Es impostergable asumir el control de los medios, de decidir en forma colectiva y organizada la construcción de nuevas formas de producción y reparto de los bienes y servicios.

Y entender que el dinero, cualquier moneda es una entidad simbólica, un reflejo como nuestro rostro frente al espejo o como una fotografía impresa o visible en cualquier sistema informático. Su existencia tiene sentido si confiamos en él. El problema está en que, cuando más se confía en él, aquellos a los que les gusta vivir del trabajo de los demás, se aprovechan de la mayoría: muy pocos ricos y muchísimos pobres.

Por eso se arraigaron las deudas (no los favores)  los impuestos y el interés sobre el dinero. Pero ninguna de esas tres cosas son naturales.

El trabajo, en cambio, es real y produce cosas materiales, o abstracciones de muy variada índole (diseños de objetos, máquinas, edificios, redes, medios de transporte y comunicación, etc. ) o bien obras artísticas y literarias.

Al final, todo ese trabajo material e intelectual se refleja en las cosas tangibles e intangibles que denominamos bienes y servicios; de modo que el dinero debe reflejar el valor real de nuestro trabajo siempre.

Y es allí donde debe aplicarse la VOLUNTAD POLÍTICA DE LA COLECTIVIDAD; SU DECISIÓN SOBERANA PARA ELIMINAR DEUDAS E IMPUESTOS.

Y para que esa posibilidad sea una realidad es que proponemos LA CONTRIBUCIÓN REFLEJA.

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