Melodía encadenada

In memoriam, Carlos Busqued

A veces, no siempre, la escritura no es solamente  resignado tiempo.  A veces, no siempre, la escritura es reflejo pavloviano, garantía procesal, circunstancia atenuante, apelación a la segunda instancia.  Escribir es a veces, no siempre,  escupir un poco de sangre en cada coma, en cada punto, en cada pausa. Escribir es morir de a poco, no siempre, pero cuando escribir es morir de a poco es también mirar, de hito en hito o de reojo, según se pueda,  a eso que aparece  de repente, como un golpe,  como un grito,  como un gesto mudo.

Por Juan Chaneton*

*jchaneton022@gmail.com

Bajo las balas de Juniors murieron mentiras y nacieron verdades. Bajo las balas de Juniors dejó de ser cierta la dulce saga del amor y fue verdad  que  hubo eternidades en que el intelecto humano no existía, y  que el ancestro del  santo es el mono,  y que  cuando alguien  vive solo  la sorpresa nunca  le  tiende una emboscada.

Juniors vivió encadenado a su melodía.  ¿Has visto la lluvia  alguna vez? Juniors nunca escuchó esa pregunta. No habría sabido qué contestar. No habría sabido, ni siquiera, que le estaban haciendo una pregunta.

Juniors escribió:  “Lo más sensato que podemos hacer los humanos es suicidarnos».

Nietzsche escribió:  «Una vieja leyenda cuenta que durante mucho tiempo el rey Midas había intentado cazar en el bosque al sabio Sileno, acompañante de Dioniso, sin poder atraparlo. Cuando por fin cayó en sus manos, el rey pregunta qué es lo mejor y más preferible para el hombre. Rígido e inmóvil , calla el demón; hasta que, forzado por el rey, acaba prorrumpiendo en estas palabras, en medio de una risa estridente:  «Estirpe miserable de un día, hijos del azar y de la fatiga, ¿por qué me fuerzas a decirte lo que para ti sería muy ventajoso no oír? Lo mejor de todo es totalmente inalcanzable para ti: no haber nacido, no ser, ser nada. Y lo mejor en segundo lugar es para ti morir pronto»”.

Juniors escribió: “La mentira es la base de la felicidad de los hombres».

Nietzsche escribió:  “… el arte de la ficción alcanza su máxima expresión en el hombre: aquí, el engaño, la adulación, la mentira y el fraude, la murmuración, la hipocresía, el vivir del brillo ajeno, el enmascaramiento, el convencionalismo encubridor, el teatro ante los demás y ante uno mismo, en una palabra, el revoloteo incesante ante la llama de la vanidad es hasta tal punto la  regla y la ley , que apenas hay nada más inconcebible que el hecho de que haya podido surgir entre los hombres un impulso  sincero y puro hacia la verdad”.

Como la novela  A  sangre fría,  esa película así llamada Implosión  y que cuenta algo sobre Juniors , es  non fiction art.  Pero Capote era un hombre de imaginación, y la imaginación es la condición de posibilidad  del arte  y  es también una condición de posibilidad para una existencia más o menos humana, tomando esto de “humana” como pura positividad instituyente,  lo cual es una licencia arbitraria, por cierto.

La astucia del instinto, no la de la razón, eso fue lo que ocurrió en Patagones en la mañana del martes 28 de septiembre de 2004. Juniors masacró allí a Sandra,  a Evangelina y  a Federico. Y los artistas, los directores de Implosión, nos proponen perdonar o no perdonar.  Pero hay actividades más nobles que perdonar o no perdonar. Si yo tuviera que perdonar o no perdonar me dedicaría al alcohol, como Capote.

Pues  nadie sabe qué ocurrió, en realidad,  en Patagones, en aquella mañana junto al mar. Pues nadie sabe si, en realidad, lo que ocurrió en aquella mañana  había ya ocurrido antes y nadie sabe si volverá a ocurrir, pues la eternidad no necesita de nada más que del  tiempo para existir.

¿Sabes, mi amor …? Los ríos solitarios fluyen hacia el mar, hacia los brazos abiertos del mar … Espérame, espérame, estoy  yendo a casa … Wait for me … Nunca nadie nada de eso, nunca nadie  le contó a Juniors que hay ríos que fluyen y que hay brazos abiertos.  Él no conoció a Elvis Presley.

Ni a Truman Capote.  Ni a los Clutter. Juniors no nació en Holcomb, ni en Kansas, pero fue contemporáneo de Eric Harris y  de Dylan Klebold, los chicos de Columbine, Colorado, de 18 y 17 ellos, que a su masacre la pintaron también de mañana y justo el mismo día que Clinton  reducía a cenizas a Kosovo con armas que el papá de Dylan, ingeniero,  diseñaba allí, en Colorado, al otro lado del río y entre los árboles, y nada era una fiesta,  ahí, como en la Paris de Hemingway, ahí todo era,  todo es, a lo más, el eterno retorno del tiempo, y una familia de Holcomb fue masacrada, 15 niños de Columbine fueron masacrados y Sandra, Evangelina y Federico fueron masacrados en Carmen de Patagones, en el viento, el sur y el frío, como decía Alfonsín cuando quería trasladar la capital a Viedma.

¿No sería mejor que en vez de lenguaje sin sujeto hubiera música sin sujeto?  Nadie  nunca le preguntó esto a Lacan. Cuando la humanidad haya desaparecido, ¿no sería mejor que, en vez de las palabras,  siguiera viviendo, en alguna región del universo, esa melodía encadenada que Elvis Presley entonó, en el piano,  ya gordo y henchido de muerte, minutos antes de la muerte, con una voz que derrotó a  la muerte?

¿Qué ocurre en la mente del victimario antes de la muerte? ¿Qué ocurre en la vida de los deudos después de la muerte?

¿Qué ocurre después de la muerte…?

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