La sociedad civil

Que el catalán es individualista y defiende su espacio interior es algo sobradamente conocido. Esta es su fuerza y a veces su debilidad. Pero este sentimiento, que está en las antípodas del servilismo de las sociedades absolutistas (como la castellana), no le ha impedido a lo largo de la historia comprometerse en proyectos colectivos.

Por Alfonso Durán Pich*

*https://www.alfdurancorner.com

Desde la financiación de la primera línea férrea del Estado, hasta la propagación de los ateneos populares, la creación de los coros de Clavé, los “castellers”, el teatro del Liceo, los grupos excursionistas y un largo etcétera, todo ello es una buena muestra de este espíritu civilizado y liberal. Los catalanes, sabedores de su situación como “país ocupado”, no han esperado nunca nada favorable del Estado y de sus representantes y es por ello que han actuado en paralelo, cubriendo los vacíos públicos con sus propios recursos.

Un conocido ejemplo histórico de esta discrepancia cultural es la comparación entre el ferrocarril de Barcelona a Mataró (1848), financiado por pequeños ahorradores, comerciantes, artesanos y campesinos catalanes (que compraron los títulos de renta fija emitidos por la empresa promotora) y el ferrocarril Madrid-Aranjuez (1851), un “pelotazo” promovido por el ministro de Hacienda (marqués de Salamanca), pero eso sí a título privado, junto a otros colegas próximos a la Corte y bajo la tutela y aval del Estado. El tren servía preferentemente para que la reina Isabel II se desplazara a su palacio de Aranjuez. Vale la pena destacar la diferencia entre el burgués catalán, que se juega el dinero, y el aristócrata madrileño, que no se juega nada. El primero hizo la Revolución Industrial y sabía qué era el trabajo; el segundo especulaba desde el interior del sistema, algo que hoy denominamos “insider trading”.

Con estos antecedentes, la sociedad civil catalana debe proseguir sus acciones de resistencia, en lo que ha sido descrito como la “confrontación inteligente”, algo que el fino jurista Jaume Alonso-Cuevillas ha decodificado certeramente ante la sorpresa y desconcierto general de los políticos, lo que pone en evidencia sus limitadas capacidades de análisis.

Y uno de los más reconocidos caminos de este tipo de confrontación es el “entrismo”, una estrategia política de gran alcance con episodios históricos muy conocidos. Es inevitable citar a Trotsky cuando nos referimos al “entrismo”, quizás por el impacto que tuvieron sus movimientos en este sentido, primero en el Partido Obrero Socialdemócrata Ruso y luego con los mencheviques.

El “entrismo” no es más que la incorporación de grupos críticos con los poderes dominantes en organizaciones controladas por estos últimos, con el firme propósito de “cambiarlas desde dentro”. Ya que no puedes derrotarlas enfrentándote a ellas por la asimetría de fuerzas, hazlo desde dentro de forma gradual y progresiva. Esto es lo que hizo Comisiones Obreras (cuando no dependía como ahora de los Presupuestos del Estado), al penetrar en los sindicatos verticales del franquismo y ayudar a su liquidación.

Esto es lo que ha hecho la candidatura Eines de País en la Cámara de Comercio, el soberanismo en las universidades catalanas, algunos colegios profesionales (como el de economistas y el de enfermeras) y también el soberanismo en el Ateneu Barcelonès. Veremos si las esperanzas puestas en la nueva junta del Barça (y sobre todo en su presidente Joan Laporta) se cumplen. Pero todavía hay muchos espacios a ocupar y no hay que perder el tiempo en los bunkers como Foment del Treball y sucedáneos.

Si el “entrismo” se ve acompañado por el “consumo de proximidad” (catalán por supuesto), tanto en marcas como en centros de distribución, la sociedad civil habrá cumplido sobradamente sus objetivos.

Los políticos profesionales, agentes directos de la “democracia representativa” siempre van por detrás de la “democracia directa”, la genuina expresión de la voluntad del pueblo. Un independentista no debe escudarse en la pasividad, con el motto “no podemos hacer nada”. Sí se puede. Solo hay que dejar los eslóganes y pasar a la acción. Seguro que los políticos ya vendrán luego.

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