EDITORIAL.- Patentes, el secuestro del saber colectivo

En Europa, hasta donde se sabe, comenzó la práctica de patentar el conocimiento de los artesanos durante los albores del capitalismo.

La idea no pudo ser ocurrencia de los artesanos, sino de los comerciantes y, en particular, de aquellos que, a medida que han pasado los siglos, sustituyeron a los reyes y a los legisladores en la toma de las grandes decisiones, pero a la sombra y con el contubernio de políticos traidores a los intereses de la comunidad: banqueros y Cía.

Ellos son el sistema circulatorio de la cultura capitalista y los vampiros que le chupan la sangre al 90% de la población mundial: los trabajadores.

Uno de esos mecanismos de despojo cotidiano son las patentes. Con ellas garantizan el monopolio por un determinado tiempo. No tiene caso que sea permanente, pues todo tiende a mejorarse; aunque muchos inventos son variantes de un mismo principio.

El argumento pueril es que con las patentes se benefician los inventores y luego la comunidad.

La realidad es otra, porque el conocimiento se adquiere en comunidad, más allá de la creatividad individual de aquellos que dedican muchas horas o años de estudio, investigación, formulación, experimentación (respaldado por saberes anteriores) que en la mayoría de ocasiones no obtienen mayor beneficio económico, sino una recompensa salarial digna y, en otras ocasiones, ni eso.

Son los que crean y controlan el dinero y los dueños de las corporaciones los que más se lucran.

En su lógica no tiene cabida la justicia ni el bien común, solamente la ganancia compulsiva: ideología base del sistema: despojar a los demás –mediante artilugios financieros y legales– del producto de su trabajo material e intelectual, en este caso.

La lógica de esos pocos oligarcas es muy similar a la que llevó a los portugueses, en los albores de las expansión europea por el Atlántico, a hacer del comercio de esclavos un lucrativo negocio.

El comercio de esclavos (a escala global), con el propósito de endulzar el paladar de los europeos con el azúcar de la caña (producido con el dolor y la sangre de los africanos) se volvió cotidiano hasta finales del siglo XVIII, en tanto se consolidaba la práctica de las patentes.

Sin embargo, es durante los siglos XIX y XX –luego de que se se aboliera definitivamente la esclavitud formal– que se fortalecieron mucho más las patentes y otros mecanismos de estafa capitalista.

La esclavitud y la servidumbre fueron durante milenios en algunas partes del mundo, la forma habitual del despojo. Las conquistas permitían a los los jefes de los ejércitos imperiales repartirse bienes materiales apreciados, obtener nuevos conocimientos y apropiarse de muchos esclavos, ya para comerciarlos o ponerlos a trabajar en sus posesiones.

En el mundo moderno hay muchas formas de esclavitud y servidumbre.

El trabajo intelectual es una forma de servidumbre, cuando queda sujeto, precisamente, a la obligatoriedad de las patentes; porque son los comerciantes y banqueros los que se más se benefician.

A final de cuentas, el sistema de patentes con todos sus artilugios, no protege a los inventores, los convierte en siervos de los dueños de las corporaciones farmacéuticas y demás industrias; todas ellas en manos de unas pocas corporaciones que se cuentan con los dedos de la mano.

En realidad,  ni hay interés en beneficiar a los inventores (excepto cuando ellos son comerciantes y se aprovechan de otros inventores, pero eso es una minoría) ni de beneficiar a la sociedad. La multitud sólo interesa como mercado cautivo.

Lo que hay detrás es la ventaja de mantener la delantera en las tecnologías, mientras se crean más enredos legales y, lógicamente, se incrementa la publicidad de las marcas que dominan el mercado.

Las farmacéuticas y otras industrias se vienen aprovechando de las universidades desde hace décadas a través del “patrocinio de investigaciones, experimentos y fabricación de prototipos, entre otras cosas. Otra forma son las competencias o concursos anuales de inventores en diversas áreas en las que se patrocinan premios y con eso se apropian de las patentes.

A partir de las últimas 4 décadas y, muy especialmente, con la puesta en marcha de la Organización Mundial de Comercio (OMC), un ente más poderoso que el FMI y BM juntos, el tema de las patentes se volvió mucho más áspero para los países saqueados sin tregua desde hace 500 años, pues se chantajea y extorsiona a los gobiernos obligándolos a adquirir medicamentos para sus sistemas públicos a precios diez o 20 veces más caros, si se produjeran de otra forma, incluso, cuando las patentes están libres.

Sí los banqueros son el sistema circulatorio del capitalismo, la OMC se ha convertido es su sistema nervioso a través de los acuerdos comerciales.

Porque los acuerdos que se dan en materia internacional no son el consenso de los pueblos, son el producto de la extorsión y el chantaje de los países hegemónicos (de sus oligarcas, políticos y cúpulas militares) al resto de naciones que continúan en servidumbre.

Desde los países hegemónicos de Occidente, especialmente, ee uu y el bloque de la Unión Europea, se esmeran en imponer al mundo sus creencia, sus prácticas productivas y comerciales; pero solamente para sacar ventaja de lo que formalmente perdieron con la independencia de decenas de naciones durante los siglos XIX y XX.

El sistema financiero basado en protocolos que están por encima de las constituciones y, en esencia, del derecho de la autodeterminación de  los pueblos (su soberanía en todos los ámbitos) se aplica de igual manera a las patentes.

De ahí que a los países periféricos se los obliga a contratar deuda interna y externa más cara; a sus poblaciones a pagar intereses financieros de más de 50%; y unos mecanismos de interés compuesto que hacen que las viviendas pagaderas a 20 o 25 años, cuesten hasta 3 veces el valor de contado.

Es lo que ocurre con los medicamentos. Los principios activos para la hipertensión que deberían venderse con el precio de las aspirinas y otros analgésicos, se adquieren entre $30.00 y $40.00  dólares la caja. Una buena parte con el presupuesto público de salud o con el de la seguridad social.

Esa es otra de las razones por la que se debe adoptar, por vía de la soberanía popular, LA CONTRIBUCIÓN REFLEJA, porque no es posible obtener cambios estructurales con la lógica actual de los que controlan la emisión, circulación y la  inversión del dinero con su voluntad política financiera generadora de deudas públicas y privadas.

Es necesario que, desde las comunidades (las naciones, los pueblos o las sociedades) sobre los principios de igualdad, justicia y equidad se asuma el control de los medios de producción, comercio, industria, creatividad artística, tecnologías… y se fortalezca lo público; porque no son los emprendedores los culpables de estas prácticas.

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