Éxodo en Twitter: la vorágine de odio empuja a perfiles públicos a dejar la red

Cada vez son más los personajes públicos que deciden dejar Twitter alegando que la red social está dominada por una vorágine de odio.

Por Daniel Martín*

Uno de los últimos casos es el de la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, que el pasado domingo anunció su decisión de abandonar la plataforma para alejarse «del ruido y la confrontación estéril» de una red social que, según dice, no le ayuda a «hacer buena política».

«La política es diálogo, y debate, y gracias al intercambio de informaciones y opiniones podemos mejorar. Cuando empezó Twitter, tenía mucho de eso. Por desgracia, en los últimos años es sabido por todos que la red se ha llenado de perfiles falsos y anónimos que intoxican e incitan al odio. Muchos de ellos comprados con dinero (bots) por la ultraderecha», argumentó Colau en su mensaje de despedida.

Después de la alcaldesa de París, Anne Hidalgo (1,5 millones de seguidores), la regidora de Barcelona es la dirigente municipal europea con más público en Twitter, con 918.000 seguidores. Pese a cerrar esta vía de comunicación con sus gobernados (y potenciales votantes), Colau cree que la desconexión le hará mejor alcaldesa.

«A la política le sobra ruido, testosterona y proclamas de tuit fácil», señaló Colau, añadiendo que pese perder capacidad de incidencia en el corto plazo, retirarse de la red social es una apuesta de largo recorrido para dedicar más tiempo «a leer, pensar y escuchar directamente a la gente, no a través de un tuit».

HERVIDERO DE ODIO

No se trata de la primera figura pública que toma una decisión de este estilo. A principios de año el pianista y escritor James Rhodes –célebre por su activismo contra el abuso de menores– clausuró su cuenta para mudarse a otras redes más «amigables» tras sufrir múltiples episodios de acoso.

En concreto, el cierre tuvo lugar después de que Rhodes expresara su deseo de que los simpatizantes del partido ultraderechista Vox se mudaran a Parler –otra red de microblogging, muy popular entre los seguidores de Donald Trump– lo que hizo que su cuenta se llenara de mensajes de odio, muchos de ellos haciendo mofa por los abusos que sufrió en su infancia.

De forma más reciente, la periodista española Cristina Fallarás (155.000 seguidores) también emprendió un camino similar. Su caso es especialmente llamativo, ya que hace algo más de dos años Fallarás inició a través de Twitter el movimiento #Cuéntalo, que en unos días generó millones de tuits, empujando a más de 150.000 mujeres a narrar sus experiencias como víctimas de agresiones sexuales.

Tras haber exprimido las posibilidades comunicativas de Twitter en el pasado, Fallarás cree que la plataforma ya no sirve para promover ese tipo de iniciativas, lo que motiva su decisión de distanciarse de ella.

«Twitter me sirvió para arrancar la red de mujeres que narraron sus violencias vividas. Hace tiempo que explico por qué eso ahora sería imposible. Se llenaría de machos contando basuras, insultando, burlándose», señala la periodista en una columna publicada en el diario Público.

Por ello –prosigue la columna–, Fallarás decidió bajar la persiana en Twitter, para no «exponerse a diario al vapuleo de incapaces y cerdos» y alejarse de «la violencia de macho que construye de ti un personaje en tanto en cuanto eres una mujer con participación en lo público».

«Una no puede crear una corriente u opinión para ser invadida por las nuevas fuerzas ultras», añade.

¿POR QUÉ TWITTER?

Ante estas experiencias, cabe preguntarse si Twitter se ha convertido un nido de ‘trolls’ o si, por contra, el funcionamiento de la red social no es más que un reflejo del estado actual de nuestras sociedades.

La socióloga Alicia Aradilla, experta en comunicación e identidades narrativas, explica a Sputnik que «las redes sociales son una representación condensada de la vida física», pero puntualiza que la distancia con el interlocutor y la mediación de un avatar dan como resultado «una comunicación desvirtuada».

«El individuo tiene una sensación de poder extralimitado y la sensación de que sus actos no tienen consecuencias», señala esta socióloga antes de incidir en que, además, el ecosistema de Twitter genera usuarios que terminan percibiéndose a sí mismo como expertos, otorgándose una autoridad ficticia que dificulta el debate.

Las características de Twitter –prosigue Aradilla– derivan en una comunicación disfuncional gracias a cuestiones como la limitación de caracteres, que encorsetan la capacidad de matizar los razonamientos, generando una «polaridad comunicativa» que fomenta los discursos de «o conmigo o contra mí».

«La base de Twitter es dar la opinión, y a nivel de comunicación esto solo ofrece dos opciones: o estoy de acuerdo, o estoy en contra. Comunicativamente tiene un recorrido muy corto. No genera dialéctica, genera polaridad», añade Aradilla.

POCOS Y RUIDOSOS

Un estudio de la agencia de marketing digital The Social Family –cuyas principales conclusiones fueron recopiladas por el periodista José Manuel Rodríguez en su boletín sobre medios y plataformas digitales– desmienten la idea de que la conversación en Twitter es representativa de la realidad española.

En España –con una población de 47,3 millones de personas– sólo existen 4,1 millones de cuentas en Twitter, muy lejos de otras redes como Facebook (22 millones) o Instagram (20 millones) e incluso que Linkedin (14 millones).

Además, el número de usuarios cae en picado. Esas 4,1 millones de cuentas son un 7 por ciento menos que las que había en 2019, año en el que ya hubo una caída del 10 por ciento respecto a 2018.

No obstante, lo más llamativo del estudio tiene que ver con la estimación de usuarios activos: sólo un 22 por ciento del total de usuarios utilizaron el servicio al menos una vez en los dos meses previos al estudio. Esto supone un total de 865.00 cuentas activas, un 33 por ciento menos que el año anterior.

«Es un entorno en el que muchos son los llamados y pocos los elegidos, lo que se traduce en que la conversación está dominada por poca gente», apunta José Manuel Rodríguez en su análisis.

Los usuarios de Twitter son cada vez menos y más ruidosos. Y a la proliferación de ‘trolls’ se une el dominio cada vez más evidente del debate por parte de rebaños de activistas digitales dedicados a replicar el mensaje de sus partidos políticos para convertir sus mensajes en Trending Topic.

Aunque decisiones como la de la alcaldesa de Barcelona son especialmente llamativas, los datos apuntan a una tendencia general: cada vez más ciudadanos prefieren prescindir del subidón de dopamina de las notificaciones y dejar de hacer ‘scroll’ de manera compulsiva en una red social donde resulta difícil zafarse del ruido para encontrar una ventana a la realidad.

*Sputnik

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