Nadezhda Lámanova, la genio olvidada de la moda rusa

En 2021 se cumplen 160 años del nacimiento y 80 de la muerte de la diseñadora de modas rusa y soviética Nadezhda Lámanova, que dio lo mejor de sí a su país, pero ha sido olvidada por muchos en la actualidad. Un grupo de voluntarios lanzó una campaña de micromecenazgo para financiar la instalación en Moscú de una placa conmemorativa como homenaje.

«La genio de la moda rusa», así catalogó a Lámanova, en declaraciones a Sputnik, una de los voluntarios, Alla Solóvskaya, que también es etnógrafa, fotógrafa y miembro de la Unión de Artistas Fotográficos de Rusia.

Lámanova nació en el Imperio ruso y murió en la Rusia Soviética –dos mundos aparentemente opuestos– pero el cambio de época no pudo hacer que la modista abandonara su vocación, a la cual permaneció fiel hasta el último soplo de vida.

Su talento, ambiciones y habilidad de adaptarse rápidamente a nuevas circunstancias, en poco tiempo, le ayudaron mucho, tanto en los tiempos del Imperio, como en la época soviética.

«Me di cuenta de que sin independencia económica no puede existir la libertad de la mujer, por lo tanto, es necesario ser capaz de ganar dinero», escribió la propia diseñadora en su autobiografía inconclusa, al describir el momento final de su primer matrimonio, que acabó con la muerte de su marido, y que le hizo pensar a qué dedicarse.

Lámanova, que entonces, tenía poco más de veinte año, tomó la decisión de trasladarse a Moscú, y entre 1883 y 1884 recibió formación en una de las escuelas de corte y costura. Luego, consiguió un trabajo como modelista en el taller de la entonces famosa modista Tatiana Voitkévich.

Muy pronto empezó a gozar de popularidad y un año después, en 1885, logró abrir su propia sastrería. En cuatro años el número de sus empleadas creció desde 11 hasta 38.

Quizás el éxito se debió no solo a su talento, sino también a su enfoque de trabajo: «No creaba simplemente vestidos, sino una imagen emocional y visual de cada mujer. (…) Partía de que cualquier mujer puede hacerse hermosa, de que eso no dependía de la edad, ni del físico», explicó Solóvskaya.

Lámanova creía que no vale la pena seguir la moda, la diseñadora abogaba por adaptarla, agregó la etnógrafa.

SUMINISTRADORA DE LA CORTE IMPERIAL

En 1898, Lámanova recibió el honroso título de «Suministradora de la Corte de Su Alteza Imperial Isabel Fiódorovna», nieta de la reina Victoria del Reino Unido y hermana de la última emperatriz de Rusia, Alejandra Fiódorovna.

Más tarde, en 1904, recibió un título aún más prestigioso: él de «Suministradora de Su Majestad Imperial la Emperatriz Alejandra Fiódorovna».

A partir de la segunda mitad del siglo XIX, fabricantes, artistas y artesanos, que llevaron entre ocho y diez años suministrando sus bienes a la Corte imperial, o completando sus pedidos de forma continua, podían solicitar que se le otorgara el título de «Suministrador de la Corte».

El título les permitía usar el escudo del Imperio ruso en sus letreros y artículos, pero solo por el periodo de su colaboración con la Corte.

«Obtener ese título era muy difícil, algunos no podían conseguirlo en 25 años. Nadezhda Lámanova consiguió el título de «Suministradora de la Corte de Su Alteza Imperial Isabel Fiódorovna» en seis años en vez de en ocho», destacó Solovskaya.

En este contexto, subrayó el hecho de que Lámanova no tenía piedad con sus clientes durante las pruebas de vestidos, pero todos decían que preferían pedir vestidos solo en su taller.

«Nunca esbozaba. Construía sus vestidos justo sobre la persona», relató Solóvskaya y agregó que a la diseñadora tampoco le gustaba coser.

Se llamaba a sí misma la arquitecta de la moda y explicaba que «los arquitectos no levantan ladrillos».

NUEVOS RETOS

En 1917 se produjo la Revolución rusa y el Imperio ruso dejó de existir. El nuevo régimen abogaba por abolir todo lo viejo y crear un mundo nuevo para el nuevo hombre soviético.

Lámanova se negó a abandonar el país y tuvo que adaptarse a las nuevas circunstancias.

Su taller fue liquidado y la diseñadora –para pagar a sus suministradores y personal– tuvo que vender su casa de cuatro pisos, que, además de taller, albergaba una sala de exposición de vestidos, una escuela de costura y otra de enseñanza general para niñas, así como varios apartamentos para los familiares y empleados.

En 1919, Lámanova y su entonces marido fueron arrestados, pero en dos meses y medio la diseñadora fue liberada. Dicen que su liberación se debe al escritor ruso Máximo Gorki y su mujer no oficial María Andréieva, antigua cliente de Lámanova, contó Solóvskaya.

Así comenzó el nuevo capítulo en la vida de Lámanova, quien solía decir que, por un lado, la Revolución obviamente le privo de su riqueza, pero, por otro, le presentó un nuevo desafío y un nuevo empujón: en vez de sastrería a medida obtuvo la oportunidad de vestir a una multitud de personas y crear prendas bellas, aunque cotidianas, para mucho más mujeres.

Pero también hubo otro reto: la recién nacida Rusia Soviética, a principios de su existencia, atravesó años de hambruna, lo que afectó todas las esferas de la vida. «No hubo telas, no hubo producción, no hubo suministros, nada», explicó Solóvskaya.

Sin embargo, el genio de Lámanova encontró la solución. En 1925, la diseñadora y su gran amiga, la escultora Vera Mújina –que más tarde creó la célebre estatua de el Obrero y la koljosiana– publicaron un libro llamado «Arte en el ámbito doméstico», que, entre otras cosas, enseñaba cómo coser vestidos cotidianos, usando toallas, paño para capotes militares o mantones.

En ese mismo año, en París se celebró la famosa Exposición Internacional de Artes Decorativas e Industriales Modernas, que entró en la historia mundial por contribuir a la difusión internacional y la acuñación posterior del nombre del movimiento art déco, abreviatura de las palabras francesas «arts décoratifs».

La colección de vestidos creados por Lámanova, y decorados con bordados basados en los bocetos de Mújina, obtuvo el mayor galardón de la exposición, el Gran Premio, mientras la propia Lámanova recibió un diploma honorífico.

«Nadie sospechaba que los collares para esos vestidos estaban hechos de migas de pan, mientras los increíblemente bellos cinturones, de guisantes», recalcó Solóvskaya.

Lo que hizo Lámanova, dadas sus limitadas opciones en aquel momento, fue un verdadero triunfo.

PATRIMONIO

Además, a lo largo de su vida, tanto en los tiempos del Imperio ruso, como en la época de la Rusia Soviética,  creaba vestuarios para teatro, en particular para el Teatro de Arte de Moscú.

Sus piezas no solo gozaban de belleza, también eran muy confortables, muy importante para los actores que tenían que cambiarse rápidamente. El propio director escénico y pedagogo teatral ruso Konstantín Stanislavski estaba encantado con las habilidades de Lámanova.

Además, se convirtió en una de las primeras diseñadoras de vestuario en la historia del cine soviético.

El 15 de octubre de 1941, durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), Lámanova no pudo evacuarse del Teatro de Arte de Moscú. Esa situación, junto con su dolor por la separación de su amiga Vera Mújina, que fue evacuada unos días antes, y la noticia de que sus disfraces, usados en una gira teatral a Minsk, resultaron quemados en los primeros días de la guerra, provocaron sentimientos que Lámanova no pudo soportar. Murió el mismo día.

Actualmente las creaciones de Lámanova forman parte de colecciones, privadas y de varios museos, entre ellos, el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, el Museo del Hermitage de San Petersburgo, el Museo Estatal de Historia de Moscú, y el Museo del Teatro de Arte de Moscú, entre otros.

Sin embargo, su nombre no significa nada para el ciudadano medio de Rusia y eso es lo que voluntarios como Solóvskaya tratan de cambiar, con la creación de un museo virtual, dedicado a Lámanova, ofrecen conferencias sobre la vida y obra de la diseñadora, organizan exposiciones correspondientes, analizan los datos en los archivos nacionales para obtener y difundir más información sobre ella.

Ahora han lanzado en la plataforma Planeta.ru una campaña de micromecenazgo para financiar la instalación en Moscú de una placa conmemorativa.

Como lo explicó Solóvskaya, no se puede simplemente instalar una placa porque lo quieres. Hay que demostrar a las autoridades de la cuidad que la persona, en cuyo homenaje se prevé hacerlo, efectivamente lo merece.

Sin embargo, cuando está demostrado, todos los gastos de la instalación los deben asumir los autores de la iniciativa. Las autoridades de la ciudad no les van a ayudar, a pesar de que se trata del patrimonio cultural del país.

Solóvskaya y los otros voluntarios esperan que su campaña tenga éxito, para ellos eso sería otra pequeña victoria contra el olvido del nombre de la genial Nadezhda Lámanova y su patrimonio.

Sputnik

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