El grito de la revolución resuena en los Oscar

Algunas de las películas nominadas recuerdan movimientos socialistas o revolucionarios de la historia de EE.UU.

El sociólogo Jean Baudrillard definió que una característica de la contemporaneidad es la experiencia de una realidad simulada: “la historia no acabará porque que las sobras se pueden reciclar indefinidamente. La historia solo se ha arrancado del tiempo cíclico para caer en el orden de lo reciclable”.

Si es cierto ese eterno retorno, en los Oscar de 2021 toca socialismo y revolución: Tres de las ocho nominadas, Mank, Judas y el mesías negro y El juicio de los 7 de Chicago representan distintos desafíos al capitalismo durante los años más convulsos, en política interior, de EE.UU. en el siglo XX.  los años 30 y 60. Y otra, Nomadland, muestra las consecuencias del liberalismo y la desigualdad en la actualidad.

Parásitos, la ganadora del Oscar en 2020, era una sátira de la lucha de clases y en 2021 llegan candidatos socialistas, líderes revolucionarios, llamamientos a la unidad de la izquierda. ¿Coincidencia o tendencia? ¿Por qué Hollywood mira con nostalgia al fracaso de la izquierda y busca la rebeldía como producto cultural? 

1. La pobreza. Mank o la derrota del socialismo

Con el meridiano nombre de EPIC, End Poverty in California (Terminar con la pobreza en California), el escritor Upton Sinclair se lanzó a la campaña como gobernador de California en 1934. Sinclair, celebridad nacional tras destapar en 1906 las miserias explotadoras de la industria cárnica en su novela La jungla, venía de dos fracasos para ser congresista como miembro del partido socialista y se había afiliado al partido demócrata para conseguir unir la izquierda. Y lo hizo: arrasó en las primarias demócratas y lideró lo que parecía un movimiento de masas popular en plena Gran Depresión.

En la película de David Fincher, el guionista Herman J. Mankiewicz, ‘Mank’, recuerda la campaña de Sinclair y su lucha contra establishment mientras escribe, precisamente, un guion sobre el mayor de los magnates, William R. Hearst, que acabaría filmado como Ciudadano Kane.

El escritor y político Upton Sinclair.

Mank, el perfecto cínico, agudo en los diagnósticos del poder, pero experto en tomar el dinero y correr, siente al fin una llamada a la acción. Rechaza la orden del director de la Metro Golden Mayer, Louis B. Mayer, de entregar una donación al candidato republicano e intenta detener las películas de propaganda anti-Sinclair de los estudios, auténticas fake news de la época, pero fracasa como Sinclair lo hizo en las elecciones.

En el guion de Jack Fincher, padre de David Fincher, Mank expía de alguna manera los pecados de la industria: dentro de la maquinaria de los sueños había una vocecilla débil de dignidad. Y poco más. En oposición, Sinclair es el perfecto artista de acción, que no tiene suficiente con señalar las faltas, sino que pretender cambiar el mundo.

Según la película, retratar a William R. Hearst fue la venganza de Mank contra el poder. Su éxito ilustra, aunque sea una victoria pírrica y poética, que la gloria económica no rivaliza en el tiempo con la artística: si la figura de Hearst pervive en la memoria es solo porque está asociada a su trasunto de ficción, Charles Foster Kane.

2. La juventud. Judas y el mesías negro y las lucha por los derechos

En los años 60, ni EE.UU. ni Europa sufrían crisis económicas severas, pero había otro factor que predisponía a los cambios: mucha gente joven. El país reclamaba derechos civiles atrasados en un país moralmente atascado desde el final de la II Guerra Mundial. En ese contexto, 1969, se sitúa Judas y el mesías negro para retratar a Fred Hampton, líder de los Panteras Negras de Chicago, que falleció con solo 21 años cuando la policía le disparó mientras dormía, tras haber sido drogado, durante una redada.

Racismo y brutalidad policial siguen siendo temas centrales de la sociedad estadounidense, más aún tras el convulso 2020, pero la película también es un recordatorio histórico de la implacable persecución con la que el propio estado trató de aplastar cualquier movimiento de izquierdas. Edgard J. Hoover (Martin Sheen en la película) consideraba el Partido Pantera Negra como “la mayor amenaza para la seguridad interna del país”.

Y no se queda ahí: la película se detiene con morosidad en retratar a Hampton como un orador eléctrico, un organizador brillante, y, además, como un integrador: soñaba con unificar los distintos movimientos que luchaban por los derechos civiles, también los no afroamericanos. Si añadimos que, pese a la retórica bélica de los Panteras Negras, Hampton aparece más escorado hacia el pacifismo que a la insurrección violenta, su llamamiento traspasa la película y época e interpela directamente al espectador actual: ¿Y si necesitamos más tipos como Fred Hampton?

3. La unidad: El juicio de los 7 de Chicago y la división de la izquierda

Solo en 1969, 540 bombas estallaron en EE.UU., entre protestas, y ataques terroristas de todas las gamas ideológicas. El país, literalmente, ardía. Prima hermana de la película anterior, El juicio de los 7 de Chicago aborda la persecución a distintos activistas que protestaron contra la participación en la Guerra de Vietnam durante la histórica y convulsa Convención del Partido Demócrata de 1968.

Aaron Sorkin, heredero de Oliver Stone como la “conciencia de América”, compone una película discursiva sobre la revolución y sus límites violentos. Su estilo teatral, basado en diálogos agudos e ingeniosos, marca una distancia con los hechos reales.

Tras los disturbios de las manifestaciones que dejaron 100 heridos, ocho líderes fueron a juicio. Yuppies como Abbie Hoffman; un estudiante con vocación política como Tom Hayden; o el líder de las Panteras Negras, Bobby Seal formaban parte del grupo de acusados. Es una historia real, pero también una metáfora muy oportuna sobre la necesidad de unidad de los reinos de Tafias de la izquierda.

Cartel de apoyo a los activistas juzgados en Chicago. 

4. La desigualdad: Nomadland o los restos del naufragio

Nomadland, la gran favorita, no es una película sobre la revolución, pero si un reflejo del vacío ante el dominio global del liberalismo. La película de Chloé Zhao retrata las comunidades nómadas que se mueven en caravanas por las desérticas carreteras del medio oeste. La mayoría son náufragos de la recesión de 2008: con más de 60 años, sin ahorros y sin pensión, enlazan contratos temporales aquí y allá.

El nómada real Bob Wells en ‘Nomadland’. 

Fern (Francesc MacDormand) es una paria, pero pese al trasfondo de fracaso del estado del bienestar estadounidense, no acepta ninguna ayuda familiar o del entorno. De alguna manera, encuentra cierto consuelo en la autosuficiencia y la comunión con la naturaleza. Bob Wells, personaje real y líder espiritual de los nómadas, habla en la película de «la tiranía del dólar» y la actitud de Fern entronca con la de los grandes pensadores americanos del XIX como David Henry Thoreau, críticos contra la maquinaria del capitalismo.

El mayor referente de Nomadland es Las uvas de la ira, la novela de John Steinbeck (y película posterior de John Ford) sobre los desheredados de la Gran Depresión de los años 30 que atravesaban la ruta 66, y que enlaza así, en un ciclo de 80 años, con Mank. Pero en Las uvas de la ira había un destino, California, mientras que ahora solo queda un vagar nómada con apenas ideología.

RTVE

About ELCOMUNISTA.NET (77562 Articles)
Síguenos en Twitter @elcomunistanet Síguenos en Facebook grupo: el comunista prensa roja mundo hispano Nuestro e mail: elcomunistaprensa@yahoo.com
A %d blogueros les gusta esto: