Macron libera a Napoleón del banquillo de los acusados

El presidente francés, Emmanuel Macron, conmemora el 200 aniversario de la muerte de Napoleón Bonaparte, en medio de las críticas de minorías que pretenden condenar al Emperador aplicando una moral retroactiva sobre su obra.

Por Luis Rivas*

«Napoleón es una parte de nosotros». El jefe del Estado francés asume la figura de Napoleón, a quien, enfatiza, «es necesario amar, criticar, pero, sobre todo, conocer». En un discurso esperado con expectación, Macron rechazó rápidamente «el proceso anacrónico que consiste en juzgar el pasado con las leyes del presente».

El dirigente francés intentaba poner fin así a la controversia que desde hace semanas algunos activistas y ciertos partidos políticos de extrema izquierda habían desatado sobre la obra de una de las figuras de la Historia de Francia.

Esos grupos reprochaban al presidente, pues consideran que conmemorar el bicentenario de la muerte de Napoleón era poco menos que un insulto a los franceses descendientes de esclavos y una agresión a las mujeres, a las que el código civil de la época dejaba bajo la tutela de padres y hermanos.

Las nuevas organizaciones «identitarias», «indigenistas» o «decolonialistas», surgidas al calor de la influencia norteamericana, pretenden que la estatua espiritual de Napoleón sea derribada y olvidada.

Pero Macron, como la inmensa mayoría de los historiadores que han tratado la obra del personaje, no ha ocultado «las sombras» de la obra del histórico dirigente. El restablecimiento de la esclavitud en algunas colonias y la minusvaloración jurídica de la mujer no han sido nunca ocultadas como parte del legado criticable de Napoleón.

«ESCLAVISTA Y MISÓGINO»

Que los descendientes de esclavos no se animen a conmemorar la figura de Napoleón puede ser comprensible, pero utilizar la Historia para aplicar una moral retroactiva es pretender en este caso no solo eliminar la figura de Napoleón, sino uno de los pilares de la Historia de Francia, que es lo que algunas minorías pretenden, soliviantadas por la ola de lapidación cultural y censura de la inquisición universitaria que navega desde Estados Unidos hacia Europa. Todo ello, alentado y aplaudido también por la nueva religión ‘woke’ de órganos de información y adoctrinamiento, como ‘The New York Times’, ‘The Washington Post’ o ‘Time’, críticos con el modelo francés que rechaza el multiculturalismo.

Cuando Napoleón decide restablecer el esclavismo en las Antillas y Luisiana, otros imperios de la época ni se habían planteado todavía abolir esa abominación. Cuando los historiadores explican que la decisión de Napoleón respondía a cuestiones de competencia económica entre las potencias de la época, no sirve a nuestros ojos para justificar tal monstruosidad, pero nunca los libros de Historia han dejado de lado ese episodio, que reflejaba un contexto histórico en el que la sensibilidad hacia tal aberración no había alcanzado a la mayoría de la opinión pública ni política.

El nuevo feminismo, también espoleado por un nuevo radicalismo importado del otro lado del Atlántico, aprovecha para recordar el papel que el Código Civil de Napoleón otorgaba a la mujer. Nada que en esa época levantara protesta popular alguna y que, de hecho, no se solucionó definitivamente hasta un siglo y medio más tarde, cuando la mujer fue arrancando conquistas, como el del voto – ¡1946 en Francia! -, la posibilidad de abrir una cuenta bancaria, obtener un pasaporte sin permiso del marido o la despenalización del aborto, derechos todos ellos alcanzados por las francesas en la segunda mitad del siglo XX.

Macron ha querido dejar claro que cualquier figura histórica tiene «sus luces y sus sombras» (algo que hay que obligatoriamente añadir hoy a cualquier discurso para evitar aullidos de ofensa) y ha mencionado incluso las críticas de los enemigos «ideológicos» contemporáneos de Napoleón, pero el presidente francés no podía no asumir la obra completa de Napoleón Bonaparte, que con Jeanne D»Arc (Juana de Arco) y Charles De Gaulle forman el tríptico de la «grandeur» espiritual, política y militar de Francia.

Los pilares del Estado francés, las instituciones políticas, la Justicia, la organización territorial, policial, escolar o universitaria se sustentan en la estructura pensada y puesta en funcionamiento por Napoleón. Y ese corpus legal y organizacional ha sido imitado en medio mundo, donde esa herencia sigue vigente.

A Napoleón se le reprocha también haber sido «un ogro para el enemigo» y se le culpa de la muerte de millones de soldados entre nacionales y extranjeros en el campo de batalla. En ese punto Macron tuvo también un recuerdo para los madrileños «masacrados» (sic) y reflejados para la eternidad por el pintor Goya.

NAPOLEÓN, MACRON Y PUTIN

Ni en España, donde según el propio Napoleón empezó a temblar su imperio, ni en Rusia, escenario de otra de sus derrotas, la figura del militar francés despierta tanto rencor como en ciertos sectores de su propio país. Francia y Rusia iban precisamente a conmemorar este 200 aniversario juntos. Con motivo del evento, París y Moscú había decidido organizar simultáneamente la repatriación de las cenizas del general Charles Etienne Gudin, cuyos restos fueron encontrados cerca de Smolensk, pocos kilómetros de donde tuvo lugar la batalla de Valutina Gora, en 1812. La pandemia y la tensión diplomática entre Europa y Rusia impidieron el encuentro.

Sobre Napoleón se han hecho más de mil obras cinematográficas y se han escrito cientos de miles de libros. Su figura ha sido instrumentalizada políticamente por la izquierda, la derecha o la extrema derecha, aprovechando las diferentes facetas de su vida. Y no solo en Francia. En Rusia, donde el mandatario francés forma parte de la conciencia colectiva, su herencia militar y política fue utilizada tanto por el zar Alejandro I, como por Kerenski o Stalin.

Dos siglos después de su muerte, en su país Napoleón vuelve a ser objeto de combate político. Si en el 200 aniversario de su nacimiento, el conservador George Pompidou y el Partido Comunista se pusieron de acuerdo en recordar la efeméride, hoy, a un año de las elecciones presidenciales, una parte de la izquierda considera la «baza Napoleón» como patrimonio de la derecha. Y Macron es acusado de haber conmemorado a Bonaparte como parte de su estrategia para robar votos conservadores. Todo, dicen, para evitar al actual presidente un Waterloo en 2022.

*Sputnik

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